CAPÍTULO 8
La semana que precedió al Broken Spoke fue, sin exagerar, una de las peores desde que Roan había llegado a la destilería.
El lunes, el proveedor de corchos de Nuevo México nos informó, con un correo de dos líneas que no se molestó en disfrazar de disculpa, que el envío de seis mil corchos personalizados con el sello grabado de Earl's Daughter llegaría con tres semanas de retraso por un problema en su línea de producción, lo cual significaba, en la práctica, replantear todo el calendario de embotellado a cinco semanas del Festival.
—Vamos a tener que buscar un proveedor alternativo —dijo Roan el martes, con la libreta de cuero abierta sobre la mesa de la sala de juntas y unas ojeras que delataban más de una noche resolviendo llamadas desde su hotel en Austin—.
Conozco a alguien en San Antonio que podría tener algo similar en stock.
—No quiero "algo similar". Quiero el corcho que diseñamos, con el sello grabado.
—Tatum, no tenemos cinco semanas de margen para esperar a que el sello grabado llegue a tiempo.
—Entonces conseguimos otro proveedor que sepa grabar el sello en el plazo, no uno que nos venda corchos genéricos.
Discutimos durante casi una hora sobre el asunto, la primera discusión de verdad que tuvimos desde el casi-beso de la sala de catas, una discusión que no tenía nada que ver con los sentimientos y mucho que ver con el estrés acumulado de dos personas intentando salvar una empresa familiar contra un reloj cada vez más ajustado, y que terminó, finalmente, con Roan encontrando un pequeño taller artesanal en Fredericksburg dispuesto a grabar los corchos en tiempo récord a cambio de una tarifa que mi padre calificó, con resignación, de "robo a mano armada, pero un robo necesario".
El miércoles, el equipo legal de Cordray Spirits llamó a mi padre directamente, sin pasar por Roan ni por mí, para "aclarar los términos de la visita del señor Pruitt", lo cual, traducido del lenguaje corporativo al lenguaje humano, significaba que querían acceso completo a nuestros libros de contabilidad antes del Festival, una petición que mi padre rechazó con una firmeza que me sorprendió y me llenó de un orgullo difícil de explicar.
—No les debemos nuestras cuentas hasta que firmemos algo —me dijo esa noche, mientras revisábamos juntos el calendario actualizado—. Y no pienso firmar nada hasta que vea con mis propios ojos cómo reacciona el mercado a Earl's Daughter.
Para cuando llegó el viernes, todos en la destilería —yo incluida, y especialmente Roan, que llevaba dos semanas viviendo entre Austin y Dripping Springs sin apenas un día de descanso completo— estábamos agotados de una forma que ninguna cantidad de café o, en mi caso, té helado de menta, conseguía solucionar del todo.
—No tengo ganas de bailar, Selah —protesté, cuando ella anunció que el equipo entero se merecía una noche libre.
—Nadie ha preguntado si tienes ganas. Es una orden de la directora de operaciones, que en este momento tiene más autoridad sobre tu bienestar emocional que tú misma.
Así que a las nueve de la noche del viernes, me encontré sentada en una mesa de madera rayada del Broken Spoke, con una banda de country en directo tocando sobre un escenario iluminado con luces de neón rojas y azules, una cerveza fría delante que casi no había tocado, y Roan sentado al otro lado de la mesa, con una camisa de cuadros que claramente se había comprado para la ocasión y que, contra todo pronóstico, le quedaba mucho mejor de lo que debería quedarle a un hombre que llevaba siete años viviendo en Nueva York.
El Broken Spoke era exactamente lo que alguien de fuera esperaría al escuchar la palabra "honky-tonk": suelo de madera sin lijar, paredes cubiertas de carteles de conciertos desde los años setenta hasta hoy, una barra larga de madera oscura donde los vasos de cerveza dejaban anillos perfectos sobre la superficie, y un olor mezcla de humo residual de tabaco, cerveza derramada y esa especie de electricidad humana particular que desprenden los locales que llevan décadas sirviendo como escenario de conversaciones importantes, de despedidas y de reencuentros y de las decisiones que la gente toma cuando finalmente decide ser honesta consigo misma.
Denny llevaba dos cervezas de ventaja sobre todos los demás y había intentado ya, sin éxito, convencer al camarero de que pusiera un turno de karaoke, lo cual el camarero había rechazado con la paciencia resignada de quien ha tenido esa conversación antes.
Selah bailaba con Corrine, una de las operarias del turno de noche, con una soltura absoluta que hacía que todo el mundo a su alrededor pareciera estar aprendiendo on the go, lo cual, en el caso de Roan, era literalmente cierto.
—¿Sabes bailar esto? —le pregunté, señalando con la cabeza hacia la pista, donde parejas enteras se movían con una sincronía de pasos que parecía coreografiada incluso cuando no lo era.
—Ni idea. ¿Tú sí?
—Crecí viniendo aquí. Mi madre me enseñó a bailar two-step en esta misma pista cuando tenía ocho años.
Algo en mi voz debió delatarme, porque Roan dejó su cerveza sobre la mesa y me miró con una atención completa que sentí en la piel, casi física.
—¿Quieres bailar? —preguntó.
—No sabes bailar two-step.
—Pues enséñame.
Selah, que llevaba toda la noche observándonos desde el otro extremo de la mesa con Denny y dos operarios más del turno de mañana, soltó un silbido que claramente pretendía ser discreto y que no lo fue en absoluto.
—Cállate, Selah.
—No he dicho nada.
—Tu cara ha dicho mucho.
Me levanté antes de poder pensármelo dos veces, agarré a Roan de la mano —la primera vez que lo tocaba de manera tan directa, tan deliberada, desde hacía siete años— y lo arrastré hacia la pista de baile, donde el suelo de madera, gastado por décadas de botas deslizándose sobre él, crujía bajo nuestros pies con un sonido familiar que me devolvió, durante un instante, a una infancia entera de noches de viernes exactamente iguales a esta.
—Vale, paso básico —dije, colocándole una mano en mi cintura y sosteniendo la otra extendida—. Dos pasos largos, dos pasos cortos. Quick-quick, slow-slow. No es complicado, pero hay que sentir el ritmo, no contarlo.
—Eso suena exactamente igual de complicado que contarlo.
—Cállate y baila, Sutherland.
Lo hizo mal los primeros dos minutos, pisándome una vez el pie con suficiente fuerza como para hacerme soltar una maldición que probablemente no debería haber dicho en voz tan alta en un sitio tan familiar, y luego pisándose él mismo con la bota izquierda en un movimiento que no debería ser anatómicamente posible y que nos dejó a los dos parados en medio de la pista, riéndonos lo bastante fuerte como para que dos parejas a nuestro lado nos miraran con una mezcla de simpatía y alivio ajeno.
—Eres un desastre —dije, todavía con la risa en la voz.
—Soy un principiante. Hay una diferencia importante.
—Para los pies de las demás personas no hay diferencia.
—Dame otros dos minutos.
Se los di. Y alrededor del tercer minuto, algo encajó, y nos movimos juntos por la pista con una sincronía que no tenía nada que ver con la técnica y mucho que ver con la cantidad de tiempo que llevábamos, sin saberlo del todo, aprendiendo de nuevo a movernos en torno al espacio que ocupaba el otro.
—Lo estás haciendo bien —dije, sorprendida.
—Tengo una buena profesora.
La banda cambió de canción, pasando de un two-step rápido a algo más lento, una balada de guitarra que reconocí de la radio que escuchaba mi madre en la cocina cuando yo era pequeña, y Roan, sin preguntarme, sin necesidad de pedir permiso, me acercó un poco más, lo suficiente como para que pudiera sentir el calor de su cuerpo a través de la camisa de cuadros recién comprada, y la mano que tenía en mi cintura se asentó con más firmeza, no posesiva sino segura, como la diferencia entre agarrar algo y sostenerse en algo.
—¿Sabes qué llevo pensando toda la semana? —dijo, en voz baja, lo bastante cerca de mi oído como para que la pregunta sonara casi íntima a pesar de la música.
—¿Qué?
—Que la entrevista del Chronicle tenía razón en una cosa. El bourbon es la excusa. La gente, esta gente, tú, sois la historia de verdad.
—Eso suena a algo que dirías en una campaña de marketing.
—Esto no tiene nada que ver con marketing, Tatum.
Levanté la vista hacia él, encontrándome con una expresión que no tenía nada de calculado, nada de profesional, solo la honestidad cruda de alguien que llevaba demasiado tiempo conteniendo algo y había decidido, en ese momento concreto, en esa pista de baile concreta, dejar de contenerlo.
—Knox volvió a llamar esta tarde —dijo—. Whitfield Hotels quiere una respuesta definitiva la semana que viene. O voy a Chicago, o pierden la cuenta y probablemente Knox empieza a replantearse si quiere seguir siendo mi socio.
El corazón se me cayó un poco, anticipando el final de la frase antes de que llegara.
—¿Y qué le has dicho?
—Le he dicho que no.
—¿Que no vas a ir a Chicago?
—Que no voy a dejar este proyecto a medias.
Que si Whitfield Hotels no puede esperar seis semanas más, entonces Whitfield Hotels tendrá que encontrar otra agencia, porque hay cosas que valen más que una cuenta de varios millones de dólares, por mucho que eso suene a locura viniendo de alguien cuya carrera entera se ha construido sobre la base de nunca decir esa frase.
Dejamos de movernos, en algún punto entre la confesión y mi reacción a ella, de pie en medio de la pista mientras otras parejas seguían deslizándose a nuestro alrededor en la penumbra rojiza y azulada de las luces de neón.
—¿Por qué? —pregunté, necesitando escuchar la razón en voz alta, necesitando que fuera él quien la dijera, no yo quien la asumiera.