Al diablo con el amor CAPÍTULO 7
14%

CAPÍTULO 7

Esa mañana, antes de que llegara la periodista, Selah se presentó en mi despacho con tres camisas distintas colgadas del brazo y una expresión de determinación que no auguraba nada bueno para mi tranquilidad.

—No me voy a cambiar de ropa, Selah.

—Llevas puesta una camisa con una mancha de mosto en la manga izquierda.

—Es mi camisa de trabajo. Esto es una destilería. Vamos a hablar de destilación.

—Vamos a hablar de destilación delante de una cámara que probablemente termine en la portada digital del Chronicle, y tú vas a salir con una mancha que parece sangre seca si nadie te lo advierte antes.

Me rendí, como casi siempre que Selah decidía pelear una batalla con esa intensidad, y me cambié a una camisa azul oscuro que, según su criterio profesional, "no competía con tu cara ni parecía que vinieras de un funeral", mientras ella aprovechaba para sonsacarme, sin ningún disimulo, qué había pasado exactamente la semana anterior en la sala de catas.

—No ha pasado nada, Selah.

—Casi-pasó algo. Eso ya es información.

—Tengo una entrevista en veinte minutos.

—Esto no ha terminado, Tatum Calloway.

Salió de mi despacho con las otras dos camisas todavía colgadas del brazo, dejándome con el corazón acelerado por razones que no tenían absolutamente nada que ver con la entrevista que estaba a punto de empezar.

•  •  •

La periodista del Austin Chronicle llegó veinte minutos tarde, con una grabadora digital colgada del cuello como si fuera un collar y una taza de té helado que sostenía con la urgencia de quien lleva despierta desde las cinco de la mañana cubriendo otro evento antes de llegar al nuestro.

—Perdón por el retraso —dijo, dejándose caer en la silla que le habíamos preparado en la sala de catas, ya reorganizada para parecer un espacio de entrevista más que un laboratorio de destilación—.

Soy Marisol Quintanilla. Vuestra agencia me prometió treinta minutos exclusivos antes de que esto se vuelva un circo mediático en el Festival.

—Roan Sutherland —dijo Roan, estrechándole la mano con la soltura profesional que yo todavía no había conseguido dominar del todo después de dos semanas de "entrenamiento mediático", como él insistía en llamarlo—. Y esta es Tatum Calloway, la maestra destiladora.

—La que lleva la familia entera sobre los hombros —dijo Marisol, sin levantar la vista de su libreta—.

He investigado un poco antes de venir. Tres generaciones, una multinacional intentando comeros vivos, y ahora un bourbon de treinta y tres años que ni siquiera teníais planeado lanzar. Es buena historia.

—Es nuestra historia, simplemente —dije.

—Eso es exactamente lo que la hace buena historia.

Llevábamos dos semanas preparándonos para entrevistas como esta: Roan me había hecho practicar respuestas concisas, evitar tecnicismos innecesarios, no dejarme arrastrar por preguntas trampa sobre la salud financiera de la empresa, y sobre todo, según sus palabras exactas, "no empezar a hablar de pH de fermentación a no ser que alguien pregunte específicamente por el pH de fermentación, porque a nadie le importa el pH de fermentación excepto a ti".

—Cuéntame sobre el nombre —dijo Marisol, encendiendo la grabadora—. Earl's Daughter. ¿De dónde sale?

Miré a Roan de reojo, y él me devolvió un gesto casi imperceptible, una especie de permiso silencioso para que yo decidiera cuánto quería compartir, lo cual, después de la sesión de entrenamiento mediático más intensa que me había hecho pasar la semana anterior, me sorprendió, porque esperaba que interviniera con alguna respuesta pulida y preparada de antemano.

—Mi abuelo, Earl Calloway, empezó este lote el año en que supo que iba a ser abuelo —dije—.

Lo guardó pensando en mí, sin saber todavía si yo iba a querer quedarme en esta destilería o no.

Treinta y tres años después, sigue aquí, y yo también, así que supongo que la respuesta a su pregunta llegó con bastante retraso, pero llegó.

Marisol dejó de escribir un momento, mirándome con una expresión que reconocí, la de alguien que sabe que acaba de conseguir la cita que va a encabezar todo el artículo.

—Eso es precioso —dijo, casi para sí misma, antes de recomponerse y seguir con su lista de preguntas—. ¿Y la relación entre vosotros dos? Porque según mis fuentes, no es la primera vez que trabajáis juntos.

La pregunta cayó sobre la mesa con todo el peso de una trampa que no habíamos previsto en ninguno de los ensayos.

—Roan y yo nos conocemos desde la universidad —dije, eligiendo las palabras con el cuidado de quien camina sobre cristal—. Eso ayuda, en realidad. Conoce la historia de esta familia de primera mano, no solo desde una hoja de cálculo.

—¿Y eso es todo? ¿Solo conocidos de la universidad?

—Marisol —dijo Roan, con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos—, creo que el ángulo interesante de este artículo es el bourbon, no nuestra biografía personal.

—El ángulo interesante de cualquier artículo es siempre la gente, señor Sutherland. El bourbon solo es la excusa.

No insistió más en el tema, para mi alivio, y pasamos el resto de la entrevista hablando del proceso de destilación, de la historia de mi abuelo con la demanda de Kentucky, de los planes para el Festival, pero cuando Marisol se marchó, con su grabadora todavía colgada del cuello y la promesa de enviarnos el artículo antes de publicarlo, me quedé con la sensación incómoda de que la pregunta sobre nuestra relación no había desaparecido. Solo se había aplazado.

•  •  •

—Lo has hecho muy bien —dijo Roan, cuando ya estábamos solos, recogiendo los vasos de agua que le habíamos ofrecido a Marisol durante la entrevista—. La cita sobre tu abuelo va a ser el titular. Lo sé.

—Tú también lo has hecho bien. Has dejado que yo respondiera la pregunta más difícil sin intentar controlarla.

—Es tu historia, Tatum. No la mía. Lo único que puedo hacer es asegurarme de que llegue al público de la forma correcta, pero las palabras tienen que salir de ti.

Me apoyé contra la encimera, observándolo mientras enjuagaba los vasos con esa concentración doméstica que me resultaba, contra todo pronóstico, profundamente atractiva.

—¿Por qué no has dicho nada cuando preguntó por nosotros?

Se quedó quieto un segundo, con el agua todavía corriendo sobre sus manos.

—Porque no sabía qué querías que dijera —respondió, al final, cerrando el grifo—. Y porque la verdad es complicada, y no me pareció que una periodista de un periódico local tuviera derecho a una versión simplificada de algo que todavía estamos averiguando nosotros mismos.

—¿Todavía lo estamos averiguando?

—¿Tú no?

No tenía una respuesta fácil para eso, así que cambié de tema, le pregunté por los detalles logísticos del Festival, por la lista de prensa confirmada, por si Knox había vuelto a llamar esa semana, y él me siguió el cambio de tema con la misma facilidad con la que llevaba dos semanas siguiéndome el ritmo en todo lo demás, sin presionar, sin exigir una respuesta que yo todavía no estaba lista para dar en voz alta.

•  •  •

El artículo de Marisol Quintanilla se publicó tres días después, con una fotografía de las barricas de Earl's Daughter en portada de la sección de gastronomía y un titular que decía: "La hija que su abuelo esperó treinta y tres años para conocer: dentro del renacimiento de Calloway & Sons".

Mi padre lo imprimió, literalmente, en papel, y lo enmarcó antes de que terminara el día, colgándolo en la pared de la sala de juntas junto a las fotografías en blanco y negro de mi abuelo joven, lo cual me pareció a la vez conmovedor y profundamente vergonzoso.

Mi abuelo llamó esa misma tarde, su voz ligeramente temblorosa al otro lado del teléfono, algo que rara vez ocurría en un hombre que se enorgullecía de no demostrar emoción delante de nadie, ni siquiera de mí.

—Me han leído el artículo en voz alta —dijo—. La enfermera. Tres veces, porque se lo pedí.

—¿Te ha gustado?

—Niña, llevo treinta y tres años esperando que alguien contara esta historia, y resulta que tenía que esperar a que un publicista de Nueva York viniera a contarla por mí.

—No la contó él solo, abuelo. La contamos juntos.

—Eso he oído —dijo, con un tono que dejaba muy claro que "eso he oído" se refería a bastante más que al artículo—. Selah me ha contado lo del Broken Spoke de pasada. No te enfades con ella, la torturé hasta que confesó.

—Abuelo.

—Solo digo que me alegra. Eso es todo. Ahora cuelga, que Trigo necesita salir y a mis noventa y un años todavía soy yo quien tiene que sacarlo, porque el perro se niega a aceptar ayuda de nadie más, igual que cierta nieta mía que conozco.

Colgó antes de que pudiera responder nada, dejándome con el teléfono todavía pegado a la oreja y una sonrisa que no conseguí borrarme de la cara durante el resto de la tarde.