CAPÍTULO 6
Llegué a la destilería el viernes de la cata una hora antes de lo habitual, porque quería revisar personalmente que las cuarenta y dos barricas seguían en perfecto estado antes de que nadie más las viera, y encontré a Roan ya en el aparcamiento, sentado dentro de su coche con la puerta abierta y el teléfono pegado a la oreja, hablando en un tono que no había escuchado en él hasta entonces: tenso, cortante, completamente distinto al hombre que dos días antes me había confesado, junto al lago, que esta era la primera vez en siete años que se sentía útil para algo de verdad.
—Knox, no puedo soltarlo todo a mitad de proyecto —decía, pasándose una mano por el pelo—. Sí, sé lo que vale la cuenta de Whitfield Hotels. Sí, sé que es el cliente más grande que hemos tenido nunca. Pero les he dado mi palabra a estas personas, y...
Se interrumpió, escuchando lo que fuera que Knox le estuviera diciendo al otro lado, con una expresión que pasó de la tensión a algo más parecido al cansancio.
—Dame hasta el Festival —dijo, al final—. Seis semanas. Después de eso, si todavía quieres que vuele a Chicago para la presentación de Whitfield, lo haré. Pero no antes.
Colgó, vio que yo estaba de pie junto a mi furgoneta observándolo, y por un segundo entero algo parecido a la vergüenza le cruzó la cara, como si lo hubiera pillado haciendo algo que prefería que no hubiera visto.
—Buenos días —dijo, guardándose el teléfono en el bolsillo con un gesto demasiado casual para resultar convincente.
—¿Whitfield Hotels?
—Una cadena de hoteles boutique. Quieren relanzar toda su identidad de marca antes de fin de año. Es la cuenta más grande que ha conseguido nunca Hollis & Vane.
—¿Y Knox quiere que la lleves tú?
—Knox quiere que la lleve yo en Chicago, presencialmente, durante las próximas seis semanas, que es exactamente el tiempo que necesito aquí.
Sentí que algo se tensaba en mi pecho, un eco demasiado familiar de una conversación que ya habíamos tenido una vez, siete años atrás, sobre un trabajo y una ciudad y una decisión que él había tomado sin contar conmigo.
—¿Y qué le has dicho?
—Le he dicho que esperara hasta después del Festival.
—¿Y si no puede esperar?
Roan se quedó mirándome, con la mañana todavía fresca a nuestro alrededor, el sol apenas asomando por encima de las colinas, y por la forma en que apretó la mandíbula antes de responder, supe que la pregunta le pesaba tanto a él como a mí.
—Entonces tendré que decidir qué es más importante —dijo—. Pero todavía no he llegado a ese punto, Tatum. Y cuando llegue, te prometo que esta vez vas a ser la primera persona en saberlo, no la última.
No supe qué responder a eso, así que no respondí nada, y entramos juntos a la destilería en un silencio que llevaba dentro tanto la promesa como la amenaza de todo lo que todavía estaba por decidirse.
• • •
Esa misma tarde organizamos, por fin, la primera cata a ciegas de Earl's Daughter con un grupo reducido: mi padre, Selah, Denny, dos sumilleres de Austin que Roan había contactado para conseguir opiniones profesionales independientes, y, contra todo pronóstico, mi abuelo, que insistió en que lo llevara aunque eso significara sacarlo de casa un viernes por la tarde, algo que no hacía desde hacía más de un año.
—No me voy a perder probar mi propio bourbon antes de que se lo vendan a los ricos de Austin —dijo, instalándose en la silla de la cabecera de la sala de catas con el bastón apoyado contra la mesa.
La sala de catas era pequeña, con paredes de piedra y una mesa redonda de roble donde colocamos siete vasos de cristal, cada uno marcado solo con un número en la base para que las opiniones fueran lo más imparciales posible.
—Antes de empezar —dijo Roan, de pie junto a la pizarra donde habíamos escrito, finalmente, el nombre oficial de la edición—, quiero que sepáis que esto no es solo un ejercicio de marketing.
Esto es, literalmente, la apuesta más importante que va a hacer esta empresa en los próximos años.
Así que bebed con honestidad. Si es malo, decidlo.
Preferimos saberlo ahora que en el Festival, delante de cuatro mil personas y de Vance Pruitt.
—Va a ser bueno —dijo mi abuelo, con la confianza absoluta de un hombre que llevaba destilando bourbon antes de que la mayoría de los presentes hubiéramos nacido—. Yo no guardo basura en barricas durante treinta y tres años.
Empezamos la cata en silencio, cada uno con su libreta para anotar impresiones, el ritual familiar de oler primero, dejar que el aroma se asentara, luego un sorbo pequeño, dejarlo respirar en la boca antes de tragar, y finalmente anotar lo que el retrogusto dejaba atrás.
—Cuero —dijo uno de los sumilleres, una mujer llamada Coralie con un anillo en la nariz y una libreta llena de anotaciones diminutas—. Cuero viejo, casi a silla de montar. Y después algo floral, casi a violeta, que no esperaba en absoluto.
—Higos —dijo Selah—. Y algo de tabaco dulce, como puro recién encendido.
—A mí me sabe a verano —dijo Denny, lo cual hizo reír a todo el mundo, incluido él mismo, antes de añadir, con más seriedad—: en serio. Me recuerda a cuando era pequeño y mi abuela hacía mermelada de melocotón en el porche. Ese olor dulce y un poco quemado al mismo tiempo.
Roan no dijo nada durante la cata, ni siquiera anotó impresiones en su libreta, solo observó con atención cómo cada persona reaccionaba al líquido, y cuando llegó mi turno, sentí su mirada puesta en mí con una intensidad distinta a la de todos los demás, como si mi reacción importara más que la de nadie más en la sala.
—Es el mejor bourbon que ha salido jamás de esta destilería —dije, sin necesidad de consultar ninguna libreta porque la respuesta llevaba dentro de mí desde la primera cata semanas atrás—.
Y probablemente el mejor que va a salir nunca, porque no creo que volvamos a tener la paciencia de dejar algo reposando treinta y tres años sin tocarlo.
Mi abuelo, que había estado callado, escuchando las opiniones de todos con una sonrisa cada vez más amplia, levantó su vaso hacia mí.
—Tu madre habría estado muy orgullosa de ti, niña.
Nadie dijo nada después de eso, no hacía falta, y bebimos en un silencio que tenía la calidad sagrada de los momentos que se quedan grabados en la memoria familiar para siempre.
• • •
Cuando terminó la cata y todos se marcharon —mi abuelo protestando porque quería quedarse a tomar una segunda ronda, hasta que Selah lo convenció de que el médico le había prohibido más de dos dedos de bourbon por visita—, Roan se quedó recogiendo los vasos conmigo, una tarea que ninguno de los dos había pedido hacer juntos pero que tampoco ninguno había evitado.
—Ha salido perfecto —dijo, enjuagando un vaso bajo el grifo de acero inoxidable—. Mejor de lo que esperaba, sinceramente.
—Era mi miedo más grande, ¿sabes? —dije, secando otro vaso con un paño—. Que abriéramos esas barricas y encontráramos algo que mi abuelo había guardado durante treinta y tres años para nada. Que todo ese tiempo de espera hubiera sido en vano.
—No lo fue.
—No, no lo fue.
Nos quedamos en silencio un momento, terminando de recoger, hasta que la sala de catas quedó vacía salvo por nosotros dos y el olor persistente a roble y caramelo quemado que se había impregnado en el aire.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo Roan, apoyándose contra la encimera, mirándome con una expresión que no había visto antes, algo más vulnerable que cualquier broma que hubiera hecho hasta entonces.
—¿Qué?
—Que llevo siete años pensando que la mejor decisión profesional de mi vida fue irme a Nueva York.
Y llevo dos semanas aquí, comiendo barbacoa y oliendo bourbon de treinta y tres años en una destilería familiar, y creo que es la primera vez en todo ese tiempo que me siento de verdad útil para algo.
No para una cuenta. Para algo de verdad.
Me acerqué un paso, sin pensarlo del todo, atraída por la honestidad cruda de lo que acababa de decir.
—¿Eso es por la destilería, o por algo más?
—Tatum.
—Es una pregunta sincera.
Estábamos lo bastante cerca ya como para que el espacio entre nosotros se sintiera cargado de electricidad, esa tensión que llevaba once días acumulándose desde la inundación, desde la nube de aspersores, desde cada mirada robada por encima de una libreta de cuero o una barrica abierta.
Roan levantó una mano, despacio, como si me estuviera dando tiempo de apartarme, y me apartó un mechón de pelo de la cara con dos dedos, un gesto tan pequeño y tan deliberado que sentí que el corazón se me subía a la garganta.
—Es por las dos cosas —dijo, en voz baja—. Pero sobre todo por ti.
Me incliné hacia él sin decidirlo conscientemente, con la misma facilidad con la que el cuerpo recuerda un camino que ha recorrido cientos de veces aunque la mente insista en que lo ha olvidado, y él hizo lo mismo, y durante un segundo entero estuvimos lo bastante cerca como para que sus labios casi rozaran los míos, su aliento cálido y con un rastro dulce de bourbon mezclándose con el mío.
El teléfono de Roan sonó con la insistencia particular de una llamada que alguien lleva intentando hacer varias veces seguidas.
Nos separamos de golpe, los dos respirando un poco más rápido de lo normal, y Roan miró la pantalla con una mueca de fastidio que no conseguía disimular del todo.
—Es Knox —dijo—. Mi socio en la agencia. Tengo que cogerlo, lo siento, lleva toda la semana insistiendo con el presupuesto del trimestre.
—Cógelo.
Se apartó hacia la puerta, contestando con un tono profesional que sonaba completamente distinto al que había usado conmigo treinta segundos antes, y yo me quedé sola en la sala de catas, con el corazón todavía acelerado y la sensación extraña, incómoda, de haber estado a un segundo de algo que llevaba siete años esperando sin saberlo, interrumpido por la cosa más prosaica del mundo: una llamada de trabajo a las seis y media de la tarde.
Terminé de recoger sola, escuchando a través de la puerta entreabierta fragmentos de la conversación de Roan —"sí, lo sé, Knox", "no, todavía no hemos cerrado el presupuesto final", "dale dos días más, por favor"— y pensé que si Knox Whitlow, quienquiera que fuera, tenía la costumbre de llamar justo en los peores momentos posibles, los próximos cuatro meses iban a estar llenos de interrupciones exactamente como esa.
Y, contra todo sentido común, contra toda la armadura que llevaba siete años construyendo con tanto cuidado, descubrí que la idea de que hubiera una próxima vez, una próxima interrupción, un próximo casi, no me asustaba ni la mitad de lo que debería.
• • •
Selah me esperaba apoyada contra mi furgoneta cuando salí, con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno para mi nivel de privacidad emocional esa noche.
—¿Qué? —dije, antes de que pudiera abrir la boca.
—No he dicho nada.
—Tienes la cara de cuando vas a decir algo.
—Tengo la cara que tengo siempre. —Se apartó de la furgoneta, caminando a mi lado mientras yo buscaba las llaves en el bolsillo del mono de trabajo—.
Pero ya que lo mencionas, sí, hay una cosa que quiero decir.
Os he visto salir de la sala de catas con una energía muy específica.
La energía de dos personas a las que ha interrumpido algo.
—No sé de qué hablas.
—Tatum.
—Selah.
—Llevamos siendo amigas desde los diecinueve años. Sé reconocer cuándo mientes igual que sé reconocer cuándo el lote número doce se ha pasado de fermentación. Tienes una cara específica para cada cosa.
Me apoyé contra la furgoneta, derrotada, porque discutir con Selah sobre mi propia cara era una batalla que llevaba una década perdiendo sistemáticamente.
—Casi nos besamos —admití, en voz baja, como si decirlo más alto pudiera hacerlo más real de lo que ya era—.
Y entonces sonó el teléfono de su socio, y se acabó el momento, y ahora no sé qué hacer con la información de que casi he besado a Roan Sutherland en mi propia sala de catas un viernes por la tarde.
Selah no dijo nada inmediatamente, lo cual, viniendo de ella, era casi más alarmante que cualquier sermón que pudiera haberme dado.
—¿Qué sientes? —preguntó, al final, con una seriedad que no era habitual en ella—. No lo que crees que deberías sentir. Lo que sientes de verdad.
Lo pensé, mirando hacia las colinas que empezaban a oscurecerse detrás de la nave de barricas, el mismo paisaje que había mirado la noche en que llamé a Selah para quejarme de que mi padre hubiera contratado a la empresa de mi ex sin avisarme.
—Siento que tengo treinta y un años y que llevo siete fingiendo que superé algo que en realidad nunca terminé de procesar —dije—.
Siento que cada vez que estoy con él, hay una parte de mí que vuelve a tener veintitrés años y ninguna de las cicatrices que he acumulado desde entonces.
Y siento miedo, Selah. Mucho miedo. Porque la última vez que confié en él con esta intensidad, se fue sin avisarme, y no sé si voy a sobrevivir a que pase otra vez.
—¿Y si no pasa otra vez?
—¿Cómo voy a saberlo?
—No lo vas a saber. Nunca se sabe, con nadie, nunca. Esa es la parte mala de querer a alguien, Tatum. No hay garantías. Pero también está la parte buena, que es que a veces, las pocas veces que de verdad importa, vale la pena el riesgo de todas formas.
Me quedé callada, dejando que sus palabras se asentaran, mientras el sol terminaba de ponerse del todo detrás de las colinas y el primer grillo de la noche empezaba su canto solitario en algún punto del campo de pacanas.
—Vance Pruitt llega en cinco semanas —dije, al final, porque era más fácil hablar de la amenaza corporativa que de mis propios sentimientos—. No tengo tiempo para procesar esto ahora mismo.
—Eso es una excusa y las dos lo sabemos.
—Es una excusa muy útil, eso sí.
Selah se rio, me dio un abrazo rápido y firme, del tipo que solo dan las amigas que llevan más de una década conociendo todas tus versiones, las buenas y las espantosas, y se subió a su propio coche dejándome sola en el aparcamiento, con el olor a roble todavía en el pelo y la certeza incómoda de que cinco semanas no iban a ser tiempo suficiente para protegerme de nada en absoluto.