CAPÍTULO 5
Antes de salir hacia Austin, tuve que resolver una disputa entre Denny y el nuevo operario de turno sobre quién era responsable de que la cuba número tres oliera, según las palabras textuales de Denny, "a calcetín de gimnasio fermentado", lo cual resultó ser, tras una investigación de quince minutos, simplemente el resultado de una levadura salvaje que había colonizado un rincón mal limpiado de la cuba y que no representaba ningún peligro real más allá del olor temporalmente insoportable.
—Esto es lo que pasa cuando no limpias bien las esquinas —le dije a Denny, mientras él fingía una indignación que no le sentaba especialmente bien—. Te lo he dicho cien veces.
—Lo limpié bien, Tatum, lo juro por mi camioneta.
—Tu camioneta tiene un radiador que se sobrecalienta cada quince kilómetros. No es el mejor aval.
—Eso es un golpe bajo.
Roan, que esperaba apoyado junto a su coche con las llaves en la mano, observaba la escena con una diversión evidente que intentaba disimular sin demasiado éxito.
—¿Siempre es así por las mañanas? —preguntó, cuando por fin conseguí zanjar la disputa y subirme a su coche para el trayecto hasta el centro de convenciones.
—Los martes son peores. Los martes alguien siempre pierde una llave inglesa y la culpa nunca es de quien la perdió.
—Echaba de menos esto, ¿sabes? El caos pequeño y manejable. En mi trabajo el caos es siempre de los grandes, de los que pueden costarte una cuenta de varios millones de dólares. Aquí el caos huele a calcetín de gimnasio y se resuelve con una manguera y un buen detergente.
—Hay una metáfora ahí dentro que no pienso analizar antes de la primera comida del día.
Arrancó el coche, riéndose otra vez con esa risa que se le escapaba antes de poder decidir si quería reírse, y enfilamos la carretera hacia Austin con las ventanillas bajadas y la radio puesta en una emisora de country clásico que él insistió en cambiar tres veces antes de rendirse y dejarla donde estaba.
• • •
El centro de convenciones de Austin tenía el aire acondicionado puesto a una temperatura que parecía diseñada específicamente para conservar cadáveres, lo cual, después de pasar la mañana entera moviéndome entre naves de fermentación a treinta y cinco grados, me resultó casi un alivio.
—Este es el espacio —dijo la coordinadora del festival, una mujer llamada Priscilla con un portapapeles que parecía pesar más que ella, señalando una zona de doscientos metros cuadrados marcada en el suelo con cinta amarilla, situada justo al lado de un pasillo principal por donde, según nos explicó, pasarían los más de cuatro mil visitantes esperados durante los tres días del evento—.
Stand estándar de veinte por diez. Pueden traer su propia barra, sus propios elementos decorativos, siempre que cumplan con el código de incendios del centro.
—¿Hay algún espacio más íntimo? —preguntó Roan—. Algo separado del pasillo principal, para el evento de prensa que queremos hacer antes de la apertura general.
Priscilla consultó su portapapeles con la expresión de alguien que ha respondido esa misma pregunta cuarenta veces ese día.
—Tenemos la Sala Pecan, en la planta superior. Más pequeña, capacidad para sesenta personas, con vistas al río. Se reserva aparte y cuesta más, pero la mayoría de las marcas grandes la usan para sus lanzamientos exclusivos.
—La queremos —dijo Roan, sin mirar siquiera el precio, lo cual me hizo fruncir el ceño porque ese tipo de decisiones, en mi destilería, normalmente las tomaba yo, y normalmente las tomaba después de mirar el precio con mucho detenimiento.
—Roan.
—Confía en mí en esto, Tatum. La Sala Pecan no es un gasto. Es la diferencia entre que Earl's Daughter sea una más entre doscientas marcas en un pasillo, o que sea el evento que toda la prensa especializada mencione en sus artículos de la semana siguiente.
Priscilla, sintiendo la tensión, se excusó educadamente para "comprobar disponibilidad de fechas", dejándonos solos en medio del pabellón vacío, rodeados de la estructura metálica de stands a medio montar y el eco particular de los espacios demasiado grandes.
—No puedes tomar decisiones de presupuesto sin consultarme —dije, en cuanto Priscilla estuvo lo bastante lejos.
—Tienes razón. Lo siento. Pero necesito que confíes en mi criterio en esto, porque es literalmente mi trabajo, y porque si vamos a hacerlo, hay que hacerlo bien o no hacerlo en absoluto.
—Mi abuelo lleva fundando esta empresa con la filosofía exactamente contraria. Hacer las cosas con lo que tienes, sin gastar de más, sin pedir prestado más de lo que puedes devolver.
—Y por eso seguís siendo una destilería de cuarenta mil litros al año compitiendo contra una multinacional que produce diez millones —dijo Roan, y en cuanto las palabras le salieron de la boca, algo en su cara cambió, como si se hubiera escuchado a sí mismo con un segundo de retraso y no le hubiera gustado lo que oyó—.
Eso ha sonado mucho peor de lo que pretendía.
—No, ha sonado exactamente como pretendías que sonara.
Y quizá tengas razón. Pero no soy yo quien decide solo, Roan.
Es la empresa de mi abuelo, de mi padre, mía.
Si vas a gastar el presupuesto de marketing en una sala con vistas al río, al menos avísame antes de comprometerte delante de la coordinadora.
Se quedó callado un momento, con las manos en los bolsillos, mirando el espacio vacío del pabellón como si estuviera reconsiderando toda la estrategia desde cero.
—Tienes razón —dijo, al final—. Lo siento de verdad. A veces se me olvida que esto no es solo una cuenta más en mi cartera de clientes.
—¿Y qué es, entonces?
—Es tu vida entera, Tatum. La de tu abuelo. La de tu madre, en cierto modo. No debería tratarlo como cualquier otra marca que necesita un golpe de efecto.
El reconocimiento, tan directo, tan sin adornos, me desarmó más de lo que cualquier disculpa elaborada podría haber conseguido. Me quedé mirándolo, con el aire acondicionado helándome los brazos desnudos, y por un segundo entero olvidé qué era exactamente lo que estábamos discutiendo.
—La Sala Pecan —dije, al final, rompiendo el silencio antes de que se volviera peligroso—. Pero la próxima vez, me consultas antes, no después.
—Trato hecho.
• • •
Comimos en un restaurante de barbacoa a pocas manzanas del centro de convenciones, un local sin pretensiones con mesas de madera rayadas y una cola que daba la vuelta a la esquina incluso un martes a mediodía, porque en Austin la gente hacía cola para la buena barbacoa con la misma devoción religiosa con la que en otras ciudades la gente hacía cola para conciertos.
—Esto es ridículo —dijo Roan, mirando la fila—. Llevamos cuarenta minutos esperando para comer carne.
—Esto es Texas, Sutherland. Aquí la espera forma parte de la experiencia. Si la barbacoa estuviera lista en cinco minutos, sospecharíamos de ella.
—En Nueva York podríamos haber pedido algo y haberlo recibido ya hace media hora.
—En Nueva York probablemente habríais pagado treinta dólares por una hamburguesa mediocre con queso artesanal.
—Eso es cierto, en realidad.
Cuando por fin nos sentamos, con una bandeja cargada de pecho de res ahumado, costillas y una pila de pan blanco que servía más como vehículo de salsa que como acompañamiento serio, Roan se quedó mirando la comida con una reverencia que me pareció, sinceramente, adorable, aunque jamás se lo habría confesado en voz alta.
—¿Cómo es Nueva York de verdad? —pregunté, mientras él masticaba un trozo de pecho que claramente le estaba cambiando la vida—. Nunca me lo has contado en serio. Solo lo mencionas para comparar groseramente con Texas.
Se tomó su tiempo antes de responder, limpiándose las manos en una servilleta de papel con más cuidado del estrictamente necesario.
—Es agotador —dijo, al final—. La gente trabaja ochenta horas a la semana y luego se queja de no tener vida, pero nadie es el primero en irse de la oficina porque eso se interpreta como falta de compromiso.
Mi apartamento mide cuarenta metros cuadrados y pago por él más de lo que paga mi hermana por una casa entera en Ohio.
Y la mayoría de la gente que conozco allí mide su valor por el último ascenso que ha conseguido, no por si son felices.
—¿Y tú? ¿Eres feliz?
—Era una pregunta que llevaba mucho tiempo sin hacerme en serio.
—Dejó la servilleta sobre la mesa, mirándome directamente—.
Acepté el trabajo en Nueva York porque pensé que era lo que debía hacer.
Mi padre nunca terminó la universidad. Trabajó toda su vida en una fábrica de piezas de coche en Tulsa y siempre me dijo que yo tenía la oportunidad de hacer algo más grande, de llegar más lejos, y cuando me ofrecieron ese puesto, sentí que decir que no habría sido como decirle a él que su sacrificio no había servido para nada.
No esperaba esa respuesta. Esperaba algo más ligero, más fácil de digerir junto con la barbacoa.
—¿Y ahora qué piensas?
—Ahora pienso que pasé siete años persiguiendo algo que ni siquiera estoy seguro de haber querido de verdad, y que en algún punto del camino dejé que ese algo me costara la única cosa de la que estaba completamente seguro.
No dijo mi nombre, no hacía falta, y el peso de la confesión se quedó flotando entre los dos, mezclado con el olor a humo de la barbacoa y el ruido del local lleno hasta los topes.
—Eso es muy honesto para ser un martes a mediodía —dije, al final, porque necesitaba aligerar el momento antes de que se volviera demasiado pesado para sostenerlo en público.
—Tú sacas eso de mí. Siempre lo has hecho.
—No sé si eso es un cumplido o una acusación.
—Las dos cosas, probablemente —dijo, repitiendo casi exactamente mis propias palabras de la semana anterior, y por la forma en que sonrió al decirlo, supe que lo había hecho a propósito.
• • •
Después de comer, con todavía dos horas por delante antes de que Priscilla nos confirmara la disponibilidad de la Sala Pecan, Roan propuso caminar hasta el lago en lugar de volver directamente al coche, y yo, que tenía la tarde libre y ninguna excusa razonable para negarme, acepté.
Lady Bird Lake a esa hora de la tarde estaba lleno de gente corriendo, de remeros deslizándose sobre el agua plana y verdosa, de familias enteras instaladas bajo la sombra de los cipreses con mantas de pícnic y altavoces portátiles compitiendo entre sí por el dominio sonoro del parque.
—No recordaba que Austin fuera tan verde —dijo Roan, mirando los árboles que bordeaban el sendero—. En mi cabeza siempre lo recordaba como una ciudad de asfalto caliente y locales de música.
—Es las dos cosas a la vez. Esa es la gracia.
Caminamos sin rumbo concreto, dejando que la conversación fluyera hacia temas que no tenían nada que ver con la destilería ni con el Festival: él me contó que había aprendido a tocar la guitarra mal, muy mal, durante el confinamiento, y que todavía guardaba el instrumento en un rincón de su apartamento como recordatorio de un propósito abandonado; yo le conté que llevaba dos años intentando, sin éxito, aprender a hacer pan de masa madre, y que mi último intento se había convertido en lo que Selah insistía en llamar "el ladrillo número siete".
—¿Por qué te empeñas en seguir intentándolo si llevas siete fracasos? —preguntó, genuinamente curioso.
—Por la misma razón que tú sigues tocando una guitarra que no sabes tocar, probablemente. Hay algo en hacer algo mal una y otra vez que no tiene nada que ver con el resultado.
—Eso es sospechosamente filosófico para alguien que hace dos horas se ha enfadado conmigo por reservar una sala de eventos sin consultarlo.
—Puedo ser las dos cosas. Filosófica y rencorosa.
Se rio, esa risa que se le escapaba, y por un momento, caminando junto al lago con el sol de la tarde proyectando sombras largas sobre el sendero de tierra, sentí que estábamos repitiendo, casi sin darnos cuenta, los mismos paseos que solíamos dar por el campus de la universidad hacía siete años, cuando todavía teníamos todo el tiempo del mundo por delante y ninguna razón para sospechar que se nos iba a acabar.
Nos sentamos en un banco de piedra a observar a un grupo de tortugas tomando el sol sobre un tronco caído junto a la orilla, y durante un rato no dijimos nada, simplemente compartiendo el silencio con la misma facilidad con la que habíamos compartido todo lo demás esa tarde.
—¿Crees que esto va a funcionar? —pregunté, al final, sin especificar a qué me refería exactamente, porque la pregunta servía igual de bien para la campaña que para nosotros.
—Creo que las cosas que merecen funcionar nunca son fáciles —dijo Roan, mirando hacia el agua en lugar de mirarme a mí, lo cual, sospeché, era deliberado—. Pero sí. Creo que va a funcionar.
El teléfono de Priscilla llegó entonces, con la confirmación de la Sala Pecan, y el momento se rompió con la misma naturalidad con la que se había formado, dejándonos a los dos de pie, sacudiéndonos el polvo del banco, caminando de vuelta hacia el coche con una distancia entre los cuerpos que había disminuido, sin que ninguno lo comentara, varios centímetros desde que habíamos salido del restaurante.