Al diablo con el amor CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El correo de Vance Pruitt llegó un lunes a las ocho de la mañana, con copia a mi padre, a mí y a un abogado de Cordray Spirits cuyo nombre yo no reconocía, y decía, en el tono cortés y absolutamente amenazante que solo los abogados corporativos consiguen dominar, que la empresa estaría "encantada" de revisar nuestros progresos en una visita programada para dentro de seis semanas, coincidiendo con el Festival de Espirituosos de Texas Hill Country, el evento más grande del sector en todo el estado, que se celebraba ese año en el centro de convenciones de Austin.

—Va a venir en persona —dijo mi padre, leyendo el correo por tercera vez como si las palabras fueran a cambiar si las miraba con suficiente intensidad—.

Quiere ver el stand, quiere ver las cifras de distribución hasta esa fecha, y quiere, literalmente lo dice aquí, "conocer la nueva narrativa de marca en persona".

—Genial —dije—. Una prueba de fuego con público.

—Es exactamente lo que necesitamos —dijo Roan, que había llegado a la reunión con una carpeta llena de gráficas y un entusiasmo que a esas horas de la mañana resultaba casi sospechoso—.

El Festival de Espirituosos nos da una fecha límite real y un escaparate enorme.

Si conseguimos un buen lanzamiento ahí, con prensa, con degustaciones, con la historia de la familia bien contada, no solo convencemos a Pruitt.

Convencemos a todo el mercado de Texas de una vez.

—¿Y cómo planeas hacer eso en seis semanas?

—Necesito un stand que cuente una historia, no que venda una lista de premios.

Necesito que tú estés ahí, hablando con la gente, no escondida detrás del mostrador.

Y necesito un evento previo, algo más íntimo, para la prensa especializada y los compradores de las grandes cadenas de licorerías, donde puedan probar la nueva edición limitada antes de que la vea nadie más.

—¿Qué nueva edición limitada?

Roan sonrió, esa sonrisa que ya empezaba a reconocer como la que usaba justo antes de proponer algo que iba a complicarme la vida.

—La que vamos a crear juntos. Algo que cuente la historia de tu abuelo, de tu madre, de por qué te quedaste. Un bourbon con nombre, con etiqueta, con una historia detrás que la gente pueda sentir cuando lo bebe, no solo leer en una caja.

Mi padre, que llevaba toda la reunión callado, asintió despacio.

—Me gusta —dijo—. ¿Tatum?

•  •  •

Antes de darle una respuesta a mi padre, Roan insistió en convocar lo que llamó una "tormenta de ideas de emergencia" en la sala de juntas, lo cual en la práctica significó que Selah trajo una pizarra blanca que llevaba años acumulando polvo en el almacén, alguien encontró rotuladores que casi no pintaban, y Denny se apuntó sin que nadie se lo pidiera porque, según sus propias palabras, "las mejores ideas de marketing siempre vienen de la gente de producción, que es quien de verdad sabe lo que se vende".

—Necesitamos un nombre con gancho —dijo Roan, plantado frente a la pizarra con un rotulador en la mano—. Algo memorable. Algo que la gente pueda pedir en un bar sin tener que deletrearlo.

—"Whisky del Diablo" —propuso Denny.

—Eso ya existe. Hay como quince marcas que se llaman así.

—"El Whisky Que Casi Te Mata en la Inundación" —dijo Selah, mirándome con una sonrisa que dejaba muy claro que la inundación del primer día se había convertido oficialmente en leyenda del personal.

—Vamos a descartar esa también —dijo Roan, aunque no pudo evitar reírse.

—"Lágrimas de Cobre" —probé yo, sin ninguna intención real, solo para participar del absurdo.

—Eso suena a perfume de centro comercial —dijo Selah.

—Mejor que "Whisky del Diablo".

—Todo es mejor que "Whisky del Diablo", Denny, no te ofendas.

—Me ofendo un poco.

Roan escribía cada propuesta en la pizarra, sin tachar ninguna, asintiendo con una paciencia profesional que probablemente había perfeccionado en cientos de reuniones similares con clientes mucho menos simpáticos que los míos, hasta que después de cuarenta minutos de absurdos sucesivos, la pizarra estaba llena de nombres descartados y ninguna idea se había acercado siquiera a lo que de verdad necesitábamos.

—Esto no está funcionando —admitió finalmente, dejando el rotulador sobre la mesa—. Necesito ver el producto antes de poder ponerle nombre. No se puede vender una historia que todavía no he olido.

—Tengo algo que enseñarte —dije, y fue entonces cuando me levanté y los llevé hacia la nave más antigua, dejando a Selah y a Denny discutiendo todavía en la sala de juntas sobre si "Lágrimas de Cobre" merecía una segunda oportunidad.

Quería decir que crear una edición limitada en seis semanas era una locura, que el proceso de añejamiento mínimo que respetábamos en la casa era de cuatro años, que no se podía improvisar un bourbon nuevo de la nada para cumplir una fecha de marketing.

Pero también sabía, con la misma certeza con la que sabía leer el color del destilado al salir del condensador, que teníamos en la nave de barricas un lote particular, escondido en la esquina más alejada, que llevaba ahí desde antes de que yo naciera, marcado con una tiza descolorida que decía simplemente "E.C.

1991", las iniciales de mi abuelo y el año en que mi madre se había quedado embarazada de mí.

—Tengo una idea —dije.

•  •  •

Les enseñé el lote esa misma tarde: cuarenta y dos barricas en la esquina más oscura de la nave más antigua, cubiertas de una capa de polvo y moho negro que con los años se acumulaba en las paredes de las naves de añejamiento, ese hongo particular que solo crecía donde el alcohol se evaporaba constantemente al aire, conocido entre los destiladores como "el ángel de la tinta".

—Mi abuelo empezó este lote el año en que supo que iba a ser abuelo —dije, pasando la mano por la madera oscurecida de una de las barricas—.

Lo guardó para cuando yo cumpliera dieciocho años, pero entonces murió mi madre, y él decidió que no quería que yo asociara este bourbon con ese momento, así que lo dejó ahí.

Lleva treinta y tres años en barrica. Es, probablemente, el bourbon más viejo de todo Texas que sigue sin embotellar.

Roan se quedó mirando las barricas con una expresión que no era la de un publicista calculando el potencial comercial de algo, sino la de alguien genuinamente sobrecogido.

—¿Puedo probarlo?

Saqué una pipeta del bolsillo de mi mono de trabajo, perforé el tapón de una de las barricas con la habilidad de quien lo había hecho cientos de veces, y extraje una pequeña muestra ambarina, casi roja, en dos vasos de cristal grueso.

—Treinta y tres años en este clima es una barbaridad —dije, entregándole uno de los vasos—.

El calor de Texas acelera el añejamiento de una forma que Kentucky nunca podría igualar.

Esto podría ser una maravilla o podría ser puro tanino quemado.

No lo hemos probado desde hace cinco años, cuando saqué la última muestra para comprobar que seguía vivo.

Levantamos los vasos casi al mismo tiempo, sin necesidad de coordinarlo, y bebimos.

El silencio que siguió tuvo una calidad distinta a cualquier otro silencio que hubiéramos compartido esa semana.

Roan cerró los ojos. Yo dejé que el calor se extendiera por mi pecho, ese ardor familiar que con los años aprendes a leer como una segunda lengua, cargado de notas de cuero viejo, de higos secos, de un dulzor casi a melaza quemada que solo el tiempo conseguía construir.

—Dios santo —dijo Roan, abriendo los ojos.

—¿Verdad?

—Esto no necesita ningún eslogan, Tatum. Esto se vende solo.

—Necesita un nombre.

—¿Qué tal "1991"?

—Demasiado obvio.

—¿"El Ángel de la Tinta"?

—Demasiado gótico para una etiqueta que va a estar al lado de la caja registradora de una licorería de Austin.

Se quedó pensando, dando vueltas al vaso entre los dedos, observando cómo el líquido se deslizaba lentamente por las paredes de cristal, dejando esas piernas espesas que indicaban un contenido alto en azúcares residuales del roble.

—¿Qué tal "Earl's Daughter"? —dijo, al final—. La Hija de Earl. Porque eso es lo que es esto, en realidad. Tu abuelo guardó treinta y tres años de paciencia para ti, sin saber siquiera si algún día ibas a quererlo lo suficiente como para quedarte y abrirlo.

No pude responder de inmediato. Tenía la garganta apretada por algo que no era el bourbon, y que no quería identificar delante de él, así que me concentré en mirar el vaso, en girarlo despacio, en cualquier cosa que no fuera su cara, hasta que conseguí recomponerme lo suficiente.

—Me gusta —conseguí decir.

—¿Solo te gusta?

—Me gusta mucho, Sutherland. No te voy a dar más satisfacción que esa.

—Aceptaré "me gusta mucho" como una victoria.

Salimos de la nave juntos cuando ya el sol se había puesto del todo, dejando atrás las cuarenta y dos barricas que durante seis semanas iban a convertirse en la pieza central de un lanzamiento que podía salvar o terminar de hundir la empresa de mi familia, y caminamos en silencio hasta el aparcamiento, un silencio cómodo esta vez, no cargado, simplemente compartido.

—Gracias —dijo Roan, antes de abrir la puerta de su coche.

—¿Por qué?

—Por confiar en mí con esto. Con la historia de tu abuelo. Con la de tu madre. Sé que no te resultó fácil.

—No me ha resultado fácil ninguna parte de esta semana, Sutherland. Pero supongo que ese era el trato.

—¿Te arrepientes del trato?

Lo pensé de verdad, con la honestidad que llevaba toda la semana intentando esquivar.

—Todavía no —dije.

—¿Eso es esperanzador o es una advertencia?

—Las dos cosas, probablemente. Como casi todo lo que tiene que ver contigo.

Sonrió, se metió en el coche, y esta vez, cuando las luces traseras desaparecieron por el camino de tierra, no esperé hasta que ya no pudiera verlas para reconocer lo que estaba sintiendo.

Lo reconocí ahí mismo, de pie en el aparcamiento, con el sabor a melaza quemada y cuero viejo todavía en la lengua, y decidí que, por una vez, no iba a fingir que no lo sabía.

Roan Sutherland me seguía gustando. Treinta y tres años de paciencia destilada no eran nada comparados con los siete que yo llevaba intentando no admitirlo.