Al diablo con el amor CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El viernes amaneció con una niebla baja que se enredaba entre las barricas del patio exterior, ese tipo de niebla texana que en agosto es prácticamente imposible y que solo hace acto de presencia cuando el tiempo decide ser generoso por una vez, así que decidí interpretarlo como una señal, aunque no estaba del todo segura de si era una buena señal o una advertencia.

Roan llegó con un termo en la mano, no de café, sino de algo que olía a menta y jengibre, y una cámara colgada al cuello que parecía más cara que el coche de alquiler.

—¿Dónde está tu fotógrafo? —pregunté.

—Soy yo el fotógrafo de hoy. Quiero que esto sea informal. Si traigo a todo un equipo, vas a actuar para la cámara, y lo que necesito es justo lo contrario.

—¿Y si me niego a que me fotografíes?

—Entonces tendré que conformarme con grabar tu voz mientras finjo tomar notas, lo cual es mucho más raro para los dos.

Resoplé, pero le hice un gesto para que me siguiera hacia la parte más antigua de la propiedad, una zona que casi nunca enseñábamos en las visitas guiadas: el primer alambique que había usado mi abuelo, ya retirado, conservado como una especie de reliquia bajo un cobertizo de madera que mi padre se negaba a derribar por mucho que el ingeniero de seguridad insistiera en que la estructura no aguantaría otra tormenta de granizo.

—Mi abuelo construyó este alambique con piezas que compró de segunda mano en una feria de maquinaria agrícola en 1967 —dije, pasando la mano por el cobre frío y abollado—.

Tardó dos años en conseguir que destilara algo que no supiera a metal.

Mi padre dice que la primera tanda que de verdad funcionó la celebraron bebiéndosela entera él y dos vecinos, sentados ahí mismo, en esas sillas.

Señalé un par de sillas de madera desvencijadas, con la pintura verde descascarillada, que llevaban en el mismo sitio desde antes de que yo naciera.

—¿Y tú dónde encajas en esa historia? —preguntó Roan, sin levantar la cámara todavía, solo escuchando, lo cual era nuevo, porque la última vez que habíamos hablado de verdad, hacía siete años, él siempre tenía un ojo puesto en el siguiente paso, en la siguiente ciudad, en el siguiente movimiento de su carrera.

—Mi madre murió cuando yo tenía catorce años —dije, y la frase me salió más fácil de lo que esperaba, quizá porque llevaba mucho tiempo sin tener que pronunciarla en voz alta delante de alguien nuevo—.

Cáncer de páncreas. Rápido. Seis meses entre el diagnóstico y el funeral.

Y durante esos seis meses, mi padre prácticamente vivió en el hospital, y mi abuelo, que ya tenía setenta y tantos años, me traía aquí cada tarde después del colegio porque no sabía qué otra cosa hacer conmigo.

Roan no dijo nada. Esperó.

—Me enseñó a oler el grano antes de molerlo.

A reconocer cuándo la fermentación iba bien por el sonido de las burbujas.

A leer el color del destilado según salía del condensador para saber en qué punto cortar las cabezas y las colas.

No era una lección sobre destilación, en realidad.

Era simplemente algo que hacer con las manos mientras todo lo demás se desmoronaba.

—¿Y cuándo decidiste quedarte de verdad? ¿No estudiar otra cosa, no irte a otra ciudad?

—Nunca lo decidí, en realidad. Simplemente nunca quise irme.

Estudié Química en la Universidad de Texas porque pensaba que me serviría para entender mejor el proceso, y resultó que tenía razón, y cuando terminé la carrera, mi abuelo ya tenía ochenta y dos años y mi padre necesitaba a alguien en quien delegar el alambique, y yo era la única persona en el mundo que quería ese trabajo con la intensidad suficiente como para levantarme a las cinco de la mañana sin que nadie me obligara.

Levantó la cámara entonces, despacio, casi pidiendo permiso con el gesto, y yo no me aparté, así que hizo la foto: yo de pie junto al alambique retirado, con la niebla todavía deshaciéndose entre las barricas detrás de mí.

—Tu abuelo sigue vivo, ¿verdad? —preguntó, bajando la cámara.

—Noventa y un años. Vive en una casa a quince minutos de aquí con una enfermera que viene tres veces por semana y un perro que es más viejo que cualquier criatura tiene derecho a ser.

Todavía viene a la destilería los domingos, se sienta en su antigua oficina y huele las muestras que le llevamos, aunque ya casi no puede caminar sin bastón.

—Me gustaría conocerlo.

—Te va a preguntar si tus intenciones con la empresa son honorables.

—Le diré que sí.

—Te va a preguntar también si tus intenciones conmigo son honorables, porque mi abuelo no tiene ningún filtro entre el cerebro y la boca, y nunca lo ha tenido.

Roan sonrió, esa sonrisa lenta que le subía despacio por la cara antes de instalarse del todo.

—¿Y qué le digo a eso?

—Le dices la verdad, supongo. Sea cual sea.

Hubo un silencio entre nosotros que duró más de lo cómodo, un silencio que tenía la textura de algo a punto de decirse y que ninguno de los dos terminó de pronunciar, y entonces, providencialmente o quizá no tan providencialmente, mi teléfono vibró con un mensaje de Selah: EMERGENCIA EN EMBOTELLADO, VEN YA.

—Tengo que irme —dije, ya caminando hacia atrás—. Las emergencias de Selah suelen significar que se ha atascado una máquina o que alguien se ha vuelto a llevar las etiquetas equivocadas, pero a veces significan cosas peores.

—Voy contigo.

—No hace falta...

—Voy contigo, Tatum.

Y fue contigo, literalmente, corriendo a mi lado entre las hileras de barricas con la cámara golpeándole el pecho a cada paso, y por algún motivo que no me molesté en analizar en ese momento, el hecho de que viniera, sin que se lo pidiera, sin necesidad de discutirlo, me hizo sentir algo parecido al alivio.

•  •  •

La emergencia resultó ser una etiquetadora atascada que había arrancado mal trescientas etiquetas de la nueva edición conmemorativa, lo cual era un problema caro pero no catastrófico, y que Selah ya tenía prácticamente resuelto cuando llegamos, lo que me hizo sospechar, no por primera vez, que la urgencia del mensaje tenía menos que ver con la máquina y más con las ganas de Selah de interrumpir lo que fuera que estuviéramos haciendo Roan y yo a solas en el cobertizo del alambique viejo.

—Falsa alarma —anunció Selah, con una inocencia tan exagerada que resultaba casi ofensiva—. Ya está arreglado. Qué rápido habéis venido los dos.

—Selah.

—¿Qué? Es bueno saber que la cadena de mando funciona en situaciones de crisis.

Roan, que claramente había captado el subtexto con la misma rapidez que yo, se mordió el labio para no reírse, lo cual no ayudó nada a mi nivel de irritación.

—Voy a fingir que esto no ha sido una trampa —dije.

—Finge lo que quieras, jefa.

Pasamos el resto de la tarde en el área de embotellado, donde le expliqué a Roan el proceso de filtrado en frío, por qué algunos de nuestros bourbons llevaban la etiqueta "sin filtrar" y otros no, y la diferencia que eso suponía en textura y en la cantidad de ácidos grasos que quedaban suspendidos en el líquido, dándole ese aspecto ligeramente turbio cuando se enfriaba.

Roan tomaba notas en su libreta de cuero con una letra pequeña y apretada, y de vez en cuando levantaba la vista para hacerme una pregunta que demostraba que de verdad estaba escuchando, no solo recopilando material para un eslogan.

—¿Puedo preguntarte algo que no tiene nada que ver con la campaña? —dijo, en algún momento entre dos lotes.

—Depende de qué sea.

—¿Alguna vez piensas en lo que habría pasado si hubiera dicho que no a Nueva York?

La pregunta me cayó encima con todo el peso que llevaba siete años acumulando.

—Pienso en ello menos de lo que crees —dije, lo cual era mentira a medias—. Pero cuando lo hago, normalmente llego a la conclusión de que habrías terminado resentido conmigo por habértelo impedido, y entonces ambos habríamos sido infelices en lugar de solo uno de los dos.

—Eso suena a algo que has practicado decir.

—Es algo que he practicado decir.

—¿Funciona?

—La mayoría de los días.

—¿Y hoy?

Lo miré, con una botella vacía todavía en la mano, esperando a ser llenada en la línea de embotellado, y decidí que la honestidad, por una vez, valía más que la armadura.

—Hoy no especialmente, no.

No dijo nada más al respecto. No hacía falta. Algo en su expresión se aflojó, como si llevara también él cargando esa pregunta desde hacía siete años y por fin alguien le hubiera dado permiso para dejarla en el suelo un momento.

•  •  •

El domingo, como todos los domingos desde que tengo memoria, comimos en casa de mi abuelo.

Earl Calloway vivía solo en una casa de madera pintada de blanco con un porche que daba a un campo de pacanas, acompañado por Trigo, un perro de raza indefinida que había heredado de un vecino fallecido hacía once años y que se negaba, con una terquedad casi humana, a morirse, a pesar de que el veterinario llevaba advirtiéndonos desde hacía tres años que cada visita podría ser la última.

Llevé a Roan sin avisar a mi abuelo, en parte porque sabía que si le avisaba con antelación se pondría su mejor camisa de cuadros y empezaría a ensayar preguntas incómodas con más tiempo del que era saludable, y en parte porque quería ver su reacción genuina, sin preparación, sin guion.

Mi abuelo estaba sentado en el porche cuando llegamos, con un vaso de té helado en una mano y un periódico tres días desactualizado en la otra, y cuando vio a Roan bajarse del coche detrás de mí, no se levantó, no sonrió, simplemente entrecerró los ojos con la misma expresión que usaba para evaluar una muestra de bourbon que sospechaba defectuosa.

—Tú eres el de Nueva York —dijo, antes incluso de que llegáramos al porche.

—Sí, señor —dijo Roan—. Roan Sutherland.

—El que se llevó a mi nieta de viaje a esa ciudad llena de gente que paga ocho dólares por un café y luego se largó solo.

—Abuelo.

—Déjame, Tatum. Llevo siete años queriendo decirle esto a alguien.

Roan, para su crédito, no se acobardó ni intentó suavizar la situación con una broma fácil. Subió los escalones del porche, se sentó en la silla libre junto a mi abuelo, sin que nadie se la ofreciera, y dijo:

—Tiene razón en estar enfadado, señor Calloway. Cometí un error. No el de aceptar el trabajo, eso lo volvería a hacer otra vez, pero sí el de no hablarlo con ella antes de firmar, como si su opinión no importara en una decisión que nos afectaba a los dos.

Mi abuelo lo miró durante un largo rato, el tipo de silencio que solo los hombres de noventa y un años se permiten, sin ninguna prisa por llenarlo.

—¿Y ahora qué? —preguntó, al final—. ¿Has venido a arreglar mi destilería o a arreglar lo que rompiste con mi nieta?

—No sabía que las dos cosas estuvieran relacionadas cuando acepté el proyecto, señor.

—Pues ya puedes ir sabiéndolo.

Trigo, el perro, eligió ese momento para levantarse de su sitio bajo la mesa y apoyar la cabeza, con toda la dignidad senil que le quedaba, sobre la rodilla de Roan, lo cual rompió la tensión de una manera que ningún discurso habría conseguido.

—Le caes bien al perro —dijo mi abuelo, con un tono que sonaba a derrota a regañadientes—. Trigo no le ha hecho eso a nadie desde que murió mi mujer.

—Es un honor, señor.

—No te emociones tanto. Probablemente solo huele tu colonia y la confunde con comida.

Comimos pollo frito y judías verdes con tocino, mientras mi abuelo le contaba a Roan, con todo lujo de detalles que yo había escuchado cien veces, la historia de la demanda de la empresa de Kentucky, exagerando cada vez un poco más el papel heroico de su abogado, y Roan escuchaba con una atención que no parecía fingida en absoluto, haciendo las preguntas correctas en los momentos correctos, riéndose en los momentos correctos, dejando que mi abuelo brillara de la forma en que solo brillaba cuando alguien nuevo le daba la oportunidad de contar sus historias otra vez.

Cuando nos íbamos, ya de noche, mi abuelo me agarró del brazo en la puerta, con esa fuerza sorprendente que todavía conservaba en las manos a pesar de que las piernas ya no le respondían igual.

—No es el mismo que se fue —me dijo, en voz baja, para que Roan no lo oyera desde el coche—.

O quizá sí lo es, pero ha aprendido algo en el camino.

Tú decides qué hacer con eso, pero no finjas delante de mí que no lo has notado, porque te conozco desde que naciste y nunca se te ha dado bien mentirme a la cara.

—No estoy fingiendo nada, abuelo.

—Claro que sí. Es lo único que se te da bien fingir. Anda, vete, que el perro y yo tenemos que dormir.