CAPÍTULO 2
Empezamos al día siguiente a las seis de la mañana, porque si Roan Sutherland quería entender de verdad cómo funcionaba mi destilería, iba a tener que entender que el bourbon no esperaba a que Chicago se despertara.
Llegó puntual, lo cual fue lo primero que me sorprendió.
Llevaba unos vaqueros, una camisa de franela que parecía recién comprada en una tienda con el cartel de "vida rural auténtica" en el escaparate, y unas botas de trabajo nuevas, propias, sin estrenar, con la rigidez característica del cuero que nunca ha pisado barro.
—Te vas a hacer ampollas con esas botas antes del mediodía —le dije a modo de saludo.
—Tengo tiritas.
—No es por las tiritas, es por la arrogancia de pensar que unas botas nuevas se comportan igual que unas viejas.
—¿Es una metáfora sobre nosotros o hablas literalmente de calzado?
—Hablo literalmente de calzado, Sutherland. No todo lo que digo tiene una capa secundaria de significado sobre nuestra vida amorosa pasada.
—Qué decepción.
Le lancé un par de guantes de trabajo, que atrapó contra el pecho con un gruñido sorprendido, y empecé a caminar hacia la sala de cocción sin esperar a ver si me seguía.
Me siguió.
La sala de cocción olía a maíz hervido y a centeno, un olor dulzón y denso que se te metía en la ropa y que yo llevaba encima de manera tan constante que ya ni lo notaba, hasta que alguien de fuera entraba y hacía la cara que estaba haciendo Roan en ese momento, una mezcla de sorpresa y de algo parecido al respeto.
—Esto es nuestra receta —dije, señalando la cuba de cocción enorme, de acero inoxidable, donde el grano molido se mezclaba con agua calentada a una temperatura precisa—.
Setenta por ciento maíz, veinte por ciento centeno, diez por ciento cebada malteada.
Es la misma proporción que usaba mi abuelo, escrita en una libreta que todavía conservo en mi despacho, con su letra y todo.
—¿Por qué centeno y no trigo? Pensaba que la mayoría de bourbons texanos usaban trigo para suavizar.
Lo miré, un poco sorprendida.
—Has hecho los deberes.
—Llevo dos semanas leyendo sobre destilación de bourbon en vuelos a Austin. Mi pareja de asiento del martes pasado sabe ahora más sobre el proceso de "mashing" de lo que jamás quiso saber.
—El centeno da más especia. Pimienta, un poco de calidez en el retrogusto. El trigo suaviza, pero nosotros no buscamos suave. Buscamos algo que se note que está ahí.
—Como tú —dijo, y luego, al ver mi cara, levantó las manos—. Era sobre el bourbon. Lo prometo.
—Ya, claro.
Pasamos la mañana entera recorriendo la cadena de producción: la fermentación en las cubas de ciprés, donde la levadura silvestre que mi abuelo había cultivado durante años convertía los azúcares en alcohol con un burbujeo constante que sonaba, si te quedabas escuchando el tiempo suficiente, casi como una conversación; la destilación en el alambique de cobre, llamado Dorothy por razones que se habían perdido en el tiempo familiar y que nadie se atrevía a cuestionar; y finalmente la nave de barricas, donde cuarenta mil litros de líquido transparente entraban cada año para salir, años después, transformados en algo ambarino y complejo.
Roan hacía preguntas. Muchas preguntas, y casi todas buenas, lo cual me resultaba molesto porque había decidido, en algún momento de la noche anterior mientras no conseguía dormir, que iba a tratarlo como a cualquier consultor de marketing: un mal necesario, una serie de reuniones que tolerar antes de volver a mi alambique en paz.
No había planeado que me hiciera preguntas sobre el ángel's share, el porcentaje de líquido que se evaporaba cada año a través de la madera de los barriles, ni que se quedara durante quince minutos enteros oliendo una muestra de bourbon de seis años sin decir una palabra, con los ojos cerrados, como si estuviera intentando memorizar algo.
—¿Qué notas? —le pregunté, casi sin querer.
Abrió los ojos.
—Vainilla. Algo de caramelo quemado. Y al final, justo antes de tragar, algo que pica un poco, como pimienta negra recién molida.
—El centeno —dije—. Te lo dije.
—Me lo dijiste —confirmó, con una sonrisa que no era ni la educada ni del todo la otra, sino algo intermedio, algo más cauteloso.
Comimos en la cocina del personal, donde Selah, mi directora de operaciones y mejor amiga desde que tenía diecinueve años, había dejado tacos de barbacoa para todo el equipo, como hacía siempre los miércoles.
Selah Okafor medía metro ochenta, llevaba el pelo en un afro perfectamente esculpido que cambiaba de forma cada pocos meses según su estado de ánimo, y tenía la habilidad sobrenatural de saber exactamente cuándo alguien estaba mintiendo, incluido yo misma.
Se sentó frente a nosotros con su propio taco y nos miró con la expresión de quien acaba de encontrar el mejor cotilleo del año.
—Así que tú eres el ex —le dijo a Roan, sin ningún tipo de preámbulo.
—Selah —dije, con la voz más plana que conseguí encontrar.
—¿Qué? Es información relevante. Tatum lleva siete años describiéndote como "el incidente de Nueva York" y de repente apareces en mi destilería con botas nuevas y una libreta de cuero. Tengo derecho a evaluar la situación.
—El incidente de Nueva York —repitió Roan, mirándome con las cejas levantadas—. Es un nombre generoso.
—Quería ser educada —dije.
—¿Cómo lo describías cuando no querías ser educada?
—No te lo voy a decir delante de mi directora de operaciones.
—Yo sí te lo puedo decir —ofreció Selah, masticando.
—Selah.
—Vale, vale. —Levantó las manos en señal de rendición, aunque su sonrisa no desapareció en ningún momento—. Voy a ir a revisar el embotellado. Vosotros dos seguid... haciendo lo que sea que estéis haciendo, que tiene toda la pinta de ser muy tenso y muy poco resuelto.
Se marchó dejándonos en un silencio que se sentía más cargado de lo que un silencio debería sentirse a las dos de la tarde de un miércoles cualquiera.
—¿De verdad me describías como un incidente? —preguntó Roan, al final.
—Te describía de muchas maneras a lo largo de los años. Esa fue solo la versión que sobrevivió hasta hoy.
—¿Y las otras versiones?
—Han cambiado con el tiempo. Como cualquier cosa que se deja añejar el tiempo suficiente.
Sonrió, esta vez de verdad, la risa que se le escapaba antes de decidir si quería reírse.
—Eso ha sido una metáfora de destilería sobre nosotros.
—No tenía intención de serlo.
—Las mejores nunca la tienen.
Esa tarde, mientras le enseñaba a etiquetar a mano una tirada limitada de botellas de edición especial —algo que hacíamos siempre en octubre para conmemorar el aniversario de la fundación de la empresa—, nuestras manos se rozaron al pasar el mismo rollo de cinta adhesiva, y ninguno de los dos dijo nada al respecto, lo cual fue, de alguna manera, peor que si lo hubiéramos comentado.
—Mañana quiero entrevistar a tu padre y a Selah para la campaña —dijo Roan, cuando ya el sol empezaba a ponerse sobre las colinas detrás de la nave de barricas, tiñendo el cielo de un naranja que se reflejaba en las ventanas del despacho de mi abuelo—.
Pero el viernes me gustaría dedicar el día entero a ti.
A tu historia con la destilería. Creo que ahí está el corazón de la campaña.
—¿Mi historia?
—Por qué te quedaste cuando podrías haberte ido. Por qué esto te importa tanto que estás dispuesta a dirigir un alambique a las cinco de la mañana en lugar de hacer cualquier otra cosa con tu vida.
Lo miré, sintiendo que la pregunta tenía más capas de las que él probablemente pretendía, y que algunas de esas capas tenían que ver con la pregunta inversa que yo nunca le había hecho a él hacía siete años: por qué te fuiste cuando podrías haberte quedado.
—El viernes —dije, en lugar de cualquiera de las cosas que de verdad estaba pensando—. Pero te aviso de que mi historia no cabe en un eslogan.
—Las buenas nunca caben —dijo Roan, y empezó a recoger sus cosas para marcharse.
Lo acompañé hasta el aparcamiento, más por costumbre que por cortesía: era yo quien cerraba la propiedad cada noche, comprobaba que las naves estuvieran bien cerradas y que nadie se hubiera dejado una llave de paso abierta.
Roan caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos, observando las colinas, que para entonces ya se habían oscurecido hasta convertirse en una silueta recortada contra un cielo morado.
—Se me había olvidado esto —dijo.
—¿El qué?
—Lo silencioso que es. En Nueva York, si te quedas callado el tiempo suficiente, terminas oyendo una sirena o un camión de basura o a alguien gritándole a un taxi. Aquí solo se oyen grillos.
—Y de vez en cuando un coyote, si tienes suerte.
—¿Eso cuenta como suerte?
—Depende de si te gustan los coyotes.
Llegamos a su coche, un sedán de alquiler completamente fuera de lugar entre mi furgoneta llena de barro y la camioneta destartalada de Denny. Se quedó parado junto a la puerta sin abrirla, mirándome con una expresión que no conseguí descifrar del todo, mitad nostalgia, mitad algo más reciente.
—Tatum.
—¿Qué?
—Me alegro de que tu padre no me lo dijera con antelación.
—¿Por qué?
—Porque si lo hubiera sabido, habría tenido tiempo de prepararme un discurso. Algo profesional, algo distante, algo que sonara a que han pasado siete años y a que soy un adulto completamente funcional que ha superado las cosas que tenía que superar.
—¿Y en cambio?
—En cambio llegué con los zapatos destrozados y te dije que te había echado de menos antes incluso de saludarte como es debido. Así que gracias por la inundación. Me ha ahorrado el discurso.
No supe qué responder a eso, así que no respondí nada, y él tampoco pareció esperar que lo hiciera. Abrió la puerta del coche, se metió dentro y bajó la ventanilla antes de arrancar.
—Hasta mañana, Cal.
—Hasta mañana, Sutherland.
Me quedé en el aparcamiento viendo cómo las luces traseras del coche desaparecían por el camino de tierra hacia la carretera principal, y solo cuando ya no podía verlas me permití reconocer, en algún lugar muy por debajo de mi sentido común, que llevaba siete años sin sentir nada parecido a esto, y que la sensación, aunque inoportuna, aunque profesionalmente desastrosa, aunque completamente en contra de todas las normas que me había puesto a mí misma esa misma mañana, no se parecía en nada a un incidente.
Se parecía más a algo que nunca había terminado de añejar del todo.