Al diablo con el amor CAPÍTULO 1
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Al diablo con el amor

Al diablo con el amor

Por Sheila K. Feye

© inepub.com

CAPÍTULO 1

A las siete y cuarto de la mañana, el sistema contraincendios de la nave de barricas número dos decidió que había llegado su momento de protagonismo, y por eso, cuando Roan Sutherland volvió a aparecer en mi vida después de siete años, yo llevaba un mono de trabajo empapado, dos botas que chapoteaban a cada paso y un humor que podía freír un huevo.

—Necesito que cierres la válvula maestra, no la de la izquierda —le grité a Denny por encima del estruendo de los aspersores—. ¡La de la izquierda nos manda todo el agua a los barriles del fondo!

Denny, que llevaba doce años trabajando para mi familia y que aun así seguía confundiendo izquierda y derecha bajo presión, cerró la válvula de la izquierda.

El chorro que caía sobre la hilera de barricas más antigua de Calloway & Sons —cuarenta y dos toneles de bourbon de doce años que mi abuelo había empezado a añejar el año en que nací— se intensificó.

—¡La otra, Denny!

—¡Es que las dos están a la izquierda según se mire!

No, no lo estaban. Pero discutir geometría con un hombre que llevaba un megáfono inexistente en la voz no iba a salvar doce años de paciencia destilada, así que crucé la nave chapoteando, aparté a Denny de un golpe de cadera nada elegante y giré yo misma la válvula correcta.

El agua se cortó con un gemido metálico.

El silencio que vino después tenía ese peso especial de los desastres que casi ocurren: se podía oír el goteo de los aspersores, la respiración entrecortada de Denny y, en algún punto detrás de mí, el sonido de unos zapatos caros pisando un suelo que llevaba quince minutos siendo una piscina.

Zapatos caros. En mi destilería no había zapatos caros. Mi destilería tenía botas de trabajo, botas de trabajo más viejas y, los martes, las botas de trabajo que mi padre se negaba a tirar aunque tuvieran un agujero del tamaño de una moneda en la puntera.

Me giré.

El hombre que estaba de pie en la entrada de la nave, con un traje gris marengo que probablemente costaba más que mi furgoneta y una expresión de quien acaba de entrar en la sala equivocada de un museo, era exactamente quien yo no esperaba ver jamás dentro de un radio de quinientos kilómetros de Dripping Springs, Texas.

Roan Sutherland.

Llevaba el pelo más corto que la última vez, una barba de tres días que antes no tenía y una American Express de algún metal en la mano, como si estuviera a punto de pagar la fianza de alguien.

Me miró. Yo lo miré. Detrás de él, mi padre apareció con cara de quien sabe que se ha metido en un lío y va a fingir que no.

—Tatum —dijo mi padre—, este es Roan Sutherland, de Hollis & Vane. Va a llevar la campaña de relanzamiento.

—Ya sé quién es —dije.

Lo sabía con una precisión que me molestaba muchísimo.

Sabía, por ejemplo, que tenía una cicatriz pequeña encima de la ceja izquierda de cuando se cayó de una bicicleta a los nueve años.

Sabía que odiaba el cilantro y que una vez lloró viendo un documental sobre pulpos.

Sabía que su risa, cuando era de verdad y no la educada que ahora mismo estaba usando conmigo, sonaba como si se le escapara antes de que pudiera decidir si quería reírse o no.

Todo eso lo sabía porque habíamos salido durante dos años de universidad, porque habíamos hablado de mudarnos juntos a un apartamento con una cocina horrible, y porque una mañana de agosto, hacía siete años, él había aceptado un trabajo en Nueva York sin decírmelo hasta que ya estaba firmado, y yo le había dicho que estaba bien, que me alegraba por él, y luego había llorado en el coche durante cuarenta minutos antes de poder conducir a casa.

—Hola, Tatum —dijo él.

Tenía la voz un poco más grave de lo que recordaba. Eso también me molestó.

—Estás de pie en un charco —le dije.

Bajó la vista. Los zapatos caros, efectivamente, estaban sumergidos hasta el cordón.

—Lo estoy —confirmó, sin moverse—. ¿Es una tradición de bienvenida o debería preocuparme?

—Fallo en el sistema contraincendios —dije—. Denny giró la válvula equivocada.

—¡Las dos estaban a la izquierda! —protestó Denny desde algún punto detrás de mí.

Mi padre carraspeó con la intensidad de alguien que lleva media vida usando el carraspeo como herramienta de gestión de crisis.

—Voy a dejar que os puedas... poneros al día —dijo, y se marchó tan rápido que el agua de los charcos le salpicó los pantalones, lo cual, dado que era él quien había decidido contratar a la empresa de mi exnovio sin avisarme, me pareció una justicia poética aceptable.

Me quedé a solas con Roan Sutherland en medio de un lago artificial de agua de aspersores, con el pelo pegado a la cara y un mono de trabajo que en algún momento de la mañana había dejado de ser azul para convertirse en un tono indefinido entre el gris y la desesperación.

—Así que —dijo él, y por primera vez algo parecido a una sonrisa le tiró de la comisura de la boca— ¿esto es lo que te has estado perdiendo de mí?

—No me he perdido nada de ti, Sutherland.

—Eso ha sonado mucho más a admisión que a negación.

—Ha sonado exactamente a lo que quería que sonara.

Se quedó callado un segundo, mirándome con esa atención completa que siempre había tenido y que en su día me parecía la cosa más bonita del mundo y que ahora, francamente, me parecía una falta de respeto hacia mi privacidad emocional.

—Tu padre no te dijo que era yo —dijo. No era una pregunta.

—Mi padre me dijo que había contratado una agencia de Austin para el relanzamiento. No mencionó nombres. Imagino que pensó que si me lo decía con antelación yo habría tenido tiempo de poner condiciones, como por ejemplo, que tú no pisaras esta propiedad.

—¿Y ahora?

—Ahora ya estás aquí con los zapatos destrozados, así que la condición ha perdido su momento de eficacia.

Por fin se rio. No la risa educada. La otra, la que se le escapaba.

—Te he echado de menos, Cal —dijo, usando el apodo que solo él me había puesto nunca, sacado de mi apellido, y que yo odiaba en todas las bocas excepto en la suya, lo cual era exactamente el tipo de información que no pensaba compartir con él jamás.

—Tienes agua de aspersor en el bolsillo del pecho —respondí—, y dentro de la chaqueta hay un teléfono. Si se ha mojado, esa va a ser tu primera lección sobre cómo funciona esta destilería.

Se sacó el teléfono. Lo miró. La pantalla estaba muerta, negra, con una mancha de humedad extendiéndose desde una esquina como una herida interna.

—Bienvenido a Texas —dije, y me fui a buscar toallas, sobre todo porque necesitaba alejarme de él antes de que mi cara hiciera algo que no pudiera controlar.

•  •  •

La sala de juntas de Calloway & Sons era, en realidad, la antigua oficina de mi abuelo: paredes de madera de ciprés, un ventilador de techo que llevaba girando desde 1987 y una pared entera cubierta de fotografías en blanco y negro de hombres con sombrero junto a alambiques de cobre.

Mi abuelo, Earl Calloway, fundó la destilería en 1968 con una receta de bourbon que había heredado de su madre y la cabezonería suficiente para sobrevivir a tres recesiones, un incendio y una demanda de una empresa de Kentucky que decía que no se podía llamar "bourbon" a nada que no se hubiera hecho en Kentucky, demanda que perdió, porque la ley federal no estaba de su lado y porque mi abuelo contrató al abogado más terco de todo el condado de Hays.

Llevaba dirigiendo la destilería como maestra destiladora desde hacía cinco años, desde que mi padre, Gideon Calloway, decidió que prefería ocuparse de la parte comercial y dejarme a mí el alambique, que era, sinceramente, el trato que yo siempre había querido.

Lo que no había querido nunca era que la empresa estuviera al borde de ser comprada por Cordray Spirits Group, una multinacional con sede en Chicago que llevaba dos años intentando adquirir destilerías artesanales de Texas para meterlas en su catálogo de "marcas con alma local", vaciarlas de toda su alma local, y venderlas en supermercados de todo el país con una etiqueta que decía "elaborado en pequeños lotes" mientras producían cien mil cajas al mes.

Mi padre se sentó a la cabecera de la mesa con un fajo de papeles delante y una expresión que solo le había visto dos veces en mi vida: cuando mi madre murió y cuando el banco llamó la primera vez para hablar de la línea de crédito.

—Vance Pruitt nos ha dado hasta el primero de noviembre —dijo, sin preámbulos—.

Si no demostramos un crecimiento sustancial en distribución y en presencia de marca antes de esa fecha, Cordray retira la oferta de inversión minoritaria y empieza a comprar directamente a nuestros distribuidores para sacarnos del mercado.

—¿Cuánto es "sustancial"? —pregunté.

—Veinticinco por ciento de crecimiento en ventas interestatales. En cuatro meses.

Roan, que se había cambiado los zapatos por unas botas de repuesto que alguien del almacén le había prestado —unas botas que le quedaban un número grande y que le daban un aspecto cómicamente desproporcionado con el resto del traje—, sacó una libreta de cuero y empezó a tomar notas sin levantar la vista.

—Es factible —dijo—. Apretado, pero factible. Necesito acceso completo: redes sociales, base de datos de distribuidores, el calendario de eventos del año, y necesito pasar tiempo en la propia destilería para entender el producto de verdad, no solo desde una hoja de cálculo.

—¿Tiempo en la destilería? —repetí.

—Es la única forma de que la campaña no suene a publicista de Chicago que nunca ha olido un alambique —dijo, y por primera vez en toda la reunión me miró directamente a mí—. Necesito que alguien me enseñe cómo funciona esto. Desde dentro.

Mi padre, con la sutileza de un camión de mudanzas, dijo:

—Tatum puede enseñarte.

—Tatum tiene una destilería que dirigir —dije.

—Tatum tiene un encargado de producción llamado Denny que puede ocuparse del turno de mañana mientras tú le enseñas a Roan los procesos —dijo mi padre, con la voz de alguien que ya había tomado la decisión antes de entrar en la sala—. Esto es importante, cariño. Es la empresa de tu abuelo.

Apelar al abuelo era jugar sucio y los dos lo sabíamos.

Miré a Roan. Roan me miró a mí, con esas botas prestadas tres tallas grandes y una expresión que no conseguía decidir si era de disculpa o de algo parecido a la expectación, y pensé que el universo tenía un sentido del humor particularmente cruel.

—De acuerdo —dije—. Pero las normas las pongo yo.

Nada de fotos en el alambique sin permiso, nada de eslóganes que usen la palabra "auténtico" más de una vez por frase, y como vuelvas a llamarme Cal delante de mis empleados, te voy a enseñar personalmente lo que se siente al caer dentro de una cuba de fermentación.

—Trato hecho —dijo Roan, y me tendió la mano por encima de la mesa como si fuéramos a cerrar un acuerdo comercial cualquiera, como si siete años atrás no hubiera dejado un hueco en mi pecho con la forma exacta de él.

Le estreché la mano. Tenía la palma caliente y un apretón firme, nada cambiado en ese sentido, y cuando nuestros dedos se separaron, sentí el contacto durante un segundo más de lo que era estrictamente necesario, como una marca que tarda en desaparecer.

—Bienvenido a Calloway & Sons, Sutherland —dije.

—Me alegro de estar aquí, Calloway —respondió él, y por la forma en que lo dijo, despacio, mirándome a los ojos, supe que los próximos cuatro meses iban a ser un infierno con olor a roble americano.

•  •  •

Esa noche llamé a Selah desde el porche de mi casa, una construcción de piedra caliza a quince minutos de la destilería que había comprado hacía tres años con los ahorros de toda una vida y una hipoteca que todavía me quitaba el sueño los domingos.

—Necesito que me digas que esto es una broma —le dije en cuanto contestó—. Necesito que me digas que mi padre no ha contratado a Roan Sutherland para salvar la empresa de mi abuelo.

—¿Quieres la verdad o quieres que te mienta un rato para que duermas mejor?

—Quiero la verdad, pero dicha con cariño.

—Tu padre contrató a Hollis & Vane hace tres semanas. Yo estaba en la reunión. Cuando dijeron el nombre del estratega senior asignado al proyecto, a mí también se me cayó el café encima de la mesa, para que conste.

—¿Y no se te ocurrió avisarme?

—Tu padre me hizo jurar que se lo dejaría decir a él. Y luego, evidentemente, le faltó valor y dejó que te enteraras viendo cómo entraba por la puerta con zapatos de mil dólares en medio de una inundación.

Me quedé callada un momento, mirando las luces de las colinas a lo lejos, los faros de algún coche subiendo la carretera hacia Dripping Springs.

—Tiene la misma risa —dije, al final, porque era lo único que se me ocurría decir que fuera verdad sin ser demasiado verdad.

—¿La risa que se le escapaba?

—Esa.

—Tatum.

—¿Qué?

—Cuatro meses es mucho tiempo para fingir que un hombre con esa risa no te afecta.

—No me afecta.

—Acabas de llamarme a las nueve de la noche para hablar de su risa.

No tenía una buena respuesta para eso, así que cambié de tema, hablamos del pedido de barricas nuevas que llegaba la semana siguiente y de si el roble tostado número cuatro iba a darle demasiado humo al lote de centeno, y cuando colgamos, me quedé un rato más en el porche, escuchando a los grillos, pensando en lo fácil que había sido, durante un segundo en la sala de juntas, olvidar por qué Roan Sutherland y yo habíamos dejado de ser un nosotros.