Al descubierto: Cinco romances MM CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

CALLUM MERCER

ESTACIÓN SIETE

ALDER RIDGE, OREGÓN

El confinamiento no me concedió paz.

Me dio tiempo para considerar varios usos ilegales de un catre municipal y al menos una forma creativa de estrangular a Julian Shaw con una manguera de incendios.

Zara apareció tras la puerta con barrotes poco después del desayuno, con los brazos cruzados sobre el uniforme.

—¿Qué has hecho?

Levanté la vista del manual de incidentes abierto sobre mis rodillas.

—¿Ahora mismo?

—A Julian.

—Existir cerca de él siempre le ha provocado sufrimiento.

—Está en el despacho de la capitana Ellis discutiendo lo bastante alto como para asustar al personal administrativo.

Eso me hizo levantarme del catre.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

—Mal criterio.

—Callum.

Me acerqué a la puerta.

—¿Qué ha dicho exactamente?

—He oído tu nombre, contexto operativo, antecedentes traumáticos, sanción desproporcionada y revisión regional.

Sentí calor bajo el cuello.

—Se lo ha contado.

—¿Contado qué?

Me aparté.

—Nada.

—Evidentemente.

—No necesito que monte una defensa utilizando mi infancia.

La expresión de Zara cambió.

No a compasión.

Eso habría sido más fácil de rechazar.

—Está intentando evitar que la infracción sea lo único que vea la junta.

—Infringí el mando.

—Sí.

—Acepté el castigo.

—También encontraste a Sophie.

—Eso no lo borra.

—Nadie ha dicho que lo haga.

Su calma me irritaba más que una acusación.

—Quiero salir.

—Te quedan cuarenta y tres horas.

—Abre la puerta.

—No.

—La amistad se ha vuelto decepcionante.

—Subirías y convertirías una discusión profesional en una agresión.

—Me mantendría mayormente profesional.

—No sales.

Se acercó a los barrotes.

—Sé que odias que la gente toque aquello a lo que has sobrevivido.

Mi cuerpo se quedó quieto.

—Pero dejar que alguien entienda la forma de tu decisión no es lo mismo que pedirle que sienta lástima por ti.

—¿Julian te dio el recorte?

—No.

—Te contó suficiente.

—Le contó suficiente a la capitana Ellis. Yo se lo pregunté directamente después de verlo pasearse por el garaje media noche.

Aparté la mirada.

La voz de Zara se suavizó.

—Le diste miedo.

—Ya ha tenido miedo antes.

—No así.

La miré.

—¿Qué significa eso?

—Tendrás que preguntárselo.

—No le pregunto a Julian por sentimientos. Los archiva por categoría y restringe el acceso.

—Os merecéis el uno al otro.

—Eso es ofensivo.

—Pretendía ser una advertencia.

Se marchó antes de que pudiera preguntar más.

Una hora después, Noah abrió la puerta.

—Te liberan.

Lo miré.

—A mi condena le queda día y medio.

—La capitana Ellis la ha modificado.

—¿Por qué?

—Contexto adicional, expediente de servicio ejemplar, recomendación médica y que el teniente Shaw se haya vuelto insoportable.

Cerré el manual.

—¿La capitana ha dicho eso?

—No. Tengo ojos.

En cuanto se abrió la puerta, pasé junto a él.

Noah me agarró de la manga.

—Callum.

—No voy a pegar a nadie.

—Esa frase rara vez genera confianza.

Recogí el teléfono, la cartera, las llaves y la placa de servicio de la taquilla de custodia.

Mi moto seguía en el garaje de Zara por orden médica, lo que me dejaba sin vehículo y con una cantidad enorme de ira.

Zara esperaba cerca de la entrada de la estación.

Me abrazó.

Me puse rígido antes de devolvérselo.

—Todos necesitáis mejores aficiones —dije.

—Sugirieron terapia.

—Traidora.

—Julian lo sugirió primero.

—¿Dónde está?

Miró hacia el garaje de vehículos.

—Fuera.

Julian estaba cerca de la torre de entrenamiento con ropa deportiva de calle, hablando con un técnico de mantenimiento. Pantalones cortos negros. Camiseta negra. Zapatillas de correr. Ninguna barrera de uniforme entre su cuerpo y mi atención.

Me vio.

Despidió al técnico.

Después vino hacia nosotros.

—¿Contento? —pregunté.

—¿De que no estés tras una puerta cerrada? Sí.

—Metiste a media estación en algo que te conté en privado.

—Le di a la capitana información relevante para tu revisión de conducta.

—No era tuya para contarla.

—No.

La admisión inmediata le quitó impulso a mi enfado.

Continuó.

—Debería haberte preguntado.

—No podías preguntar porque estaba encarcelado.

—Estabas a quince metros.

—Detrás de barrotes.

—Dramático.

—Aprendí de ti.

Zara nos miró a ambos.

—Me voy antes de que la hostilidad homoerótica se convierta en propiedad municipal.

—Zara —advirtió Julian.

Se alejó riéndose.

Volví a él.

—Interferiste.

—Corregí un expediente incompleto.

—No necesitaba tu ayuda.

—Necesitabas que alguien dijera que tu error tenía un motivo.

—Un motivo no es una excusa.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué discutir?

—Porque la junta estaba hablando de retirarte del mando de campo seis meses.

Mi ira desapareció de golpe.

—¿Qué?

—La capitana Ellis pensaba recomendar tres meses.

—¿Y tú?

—Terapia. Recertificación de mando en entorno natural. Evaluación operativa continuada.

—Eso suena a ayuda.

—Sí.

—Te dije que no la necesitaba.

Se le tensó la mandíbula.

—Tú no decides qué se me permite ofrecer.

—Sí decido lo que compartes.

—En eso estuve equivocado.

—¿Solo en eso?

Se acercó.

El patio parecía demasiado abierto.

Aspirantes cruzaban cerca de las puertas del garaje. Los motores estaban al ralentí. En algún lugar dentro, una radio hacía una prueba.

—Sigues tratando la ayuda como una invasión —dijo—. Y después arriesgas la vida para que desconocidos no pasen cinco minutos de miedo solos.

—Ese es el trabajo.

—No. El trabajo tiene límites.

—Tus límites.

—Los de todos.

Reí sin humor.

—¿Quieres convertirte en capitán enseñándome contención?

—Quiero convertirme en capitán porque soy bueno mandando.

—Y yo soy imprudente.

—Sí.

La respuesta debería haberme enfadado.

En cambio, me hizo querer tocarlo.

—También eres el mejor rescatista de campo con el que he trabajado —añadió—. Las dos cosas son ciertas.

Algo cambió en mi pecho.

También odié eso.

Julian señaló el aparcamiento.

—He venido a llevarte a casa.

—Puedo llamar a alguien.

—Podrías.

—Lo haré.

Esperó.

Saqué el teléfono.

La pantalla mostraba cuatro llamadas perdidas de Zara, tres de Noah, dos de la abuela de Milo y ninguna de alguien que pudiera venir a buscarme sin escuchar antes toda la historia.

Julian alzó una ceja.

—Tu independencia empieza a parecer petulancia.

—Sube al coche.

Condujimos en silencio.

Se detuvo frente a mi casa, pero no apagó el motor.

Los niños del barrio estaban en el colegio. La piscina permanecía quieta bajo un cielo gris.

—Dijiste cena —le recordé.

—Esta noche.

—¿Con Milo?

—Sí.

—¿Qué llevo?

—Nada.

—No voy a presentarme con las manos vacías.

—Trae postre.

—¿Confías en que elija yo?

—No.

—Eso le da significado.

Abrí la puerta.

—¿A las siete?

—A las siete.

Miré atrás.

—Julian.

Esperó.

—Sigo enfadado.

—Lo sé.

—Y agradecido.

Su expresión se suavizó.

—Eso también lo sé.

Cerré la puerta antes de que la gratitud se volviera peligrosa.

Después de dos días fuera de servicio, esperaba descansar.

En lugar de eso, volví a encontrarme con Julian en el gimnasio.

Estaba poniendo discos en una barra de sentadillas cuando Piper cruzó la zona de pesas.

—Callum.

Me quité un auricular.

—¿Qué?

Señaló detrás de ella.

Julian se acercaba vestido de negro desde el cuello hasta los zapatos, con una botella de agua y ninguna señal visible de arrepentimiento.

—¿Qué hace aquí?

—Preguntó dónde entrenabas.

—¿Y se lo dijiste?

—Es atractivo.

—La ética se derrumba rápido ante unos hombros.

Se marchó.

Julian dejó la botella junto al soporte.

—Zara dice que tienes permiso para ejercicio controlado.

—Zara habla demasiado de mí.

—También dice que te vuelves insoportable si estás inactivo.

—Siempre soy insoportable.

—Más.

Agarré la barra.

—¿Por qué estás aquí?

—Para entrenar.

—¿Conmigo?

—Sí.

—¿Voluntariamente?

—No me hagas reconsiderarlo.

Lo estudié.

La ira que esperaba recuperar no llegó.

Solo curiosidad.

Y el recuerdo de su mano frente a la mía a través de los barrotes.

—Seguirás mi rutina.

—No.

—Entonces vete.

Miró la barra cargada.

—¿Qué hacemos?

—Piernas.

Entrecerró los ojos.

—Lo has planeado.

—Estoy de pie junto a un soporte de sentadillas.

—Venganza.

—Rehabilitación.

Se colocó bajo la barra.

Lo hice pasar por sentadillas, zancadas divididas, empujes de trineo y subidas a banco hasta que la camiseta se le pegó a la espalda y empezaron a temblarle los muslos.

Rechazó todas las oportunidades de abandonar.

Lo respeté contra mi voluntad.

En la última serie apoyó ambas manos en las rodillas.

—¿Acabado? —pregunté.

Alzó la vista a través del pelo oscurecido por el sudor.

—¿Parezco acabado?

—Sí.

—Entonces no.

Terminó la serie.

Le ofrecí la mano.

La aceptó.

El contacto duró más de lo necesario.

—Esta noche —dije mientras tiraba de él para ponerlo de pie—. La cena con Milo.

—Se queda con Dana.

Lo solté.

—Dijiste que estaría.

—Cambió el calendario de custodia.

—Entonces solo nosotros.

—Sí.

Aquella palabra adquirió de pronto otro significado.

—¿Debería ir igualmente?

La mirada de Julian sostuvo la mía.

—Sí.

Mi cuerpo respondió antes que la razón.

Lo oculté con humor.

—Bien. Nunca he disfrutado del postre bajo amenaza.

Se secó la cara con una toalla.

—Ben juega esta noche un partido benéfico de fútbol cerca del río. Zara nos ha invitado.

—¿Nos?

—Al equipo.

—¿Quieres ir allí en lugar de cenar?

Vaciló.

—Cena después.

—¿Estás evitando estar a solas conmigo?

—Sí.

La sinceridad me sorprendió.

—¿Por qué?

Miró hacia los espejos.

—Porque te invité a cenar antes de decidir qué significaba cenar.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

—Entonces deberíamos comer en público hasta que lo sepas.

Alivio y decepción cruzaron su cara.

—De acuerdo.

El recinto benéfico tenía dos campos de fútbol pequeños, una pista de voleibol, un bar y suficientes muebles de plástico para que el código contra incendios fuera teórico.

Llegué primero.

El trabajo de Ben había organizado el partido. Su equipo vestía de naranja. Los rivales, de verde, y se tomaban el evento demasiado en serio.

Pedí una cerveza y me senté cerca del medio campo.

Varias mujeres de la mesa de al lado me sonrieron.

Una alzó la copa.

Le devolví el gesto.

Entonces llegó Julian.

Se había cambiado a vaqueros y una chaqueta oscura. Milo no estaba con él.

—Has venido —dije.

—Dije que vendría.