Al descubierto: Cinco romances MM CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

ROWAN HALE

La mañana después de la subasta benéfica marqué dos goles en el entrenamiento y fallé a puerta vacía desde seis metros.

El entrenador decidió que aquel fallo representaba mi alma.

—Tienes la cabeza en otra parte —dijo mientras los demás jugadores se dirigían al vestuario.

—He marcado dos.

—Deberías haber marcado tres.

Un chef me había dicho lo mismo dos noches antes.

Miré hacia la portería.

La lluvia oscurecía el campo. Al otro lado se alzaba el complejo de entrenamiento, todo cristal, acero y los colores del club. Tras la valla, varios aficionados esperaban con los teléfonos en alto.

—¿Negociaciones para un traspaso? —preguntó el entrenador.

—Malcolm dice que hay ofertas.

—Malcolm dice lo que sea que le dé ventaja.

—Tú has preguntado.

—Te pregunto si tienes intención de marcharte.

Me pasé la chaqueta por la cabeza.

—No lo sé.

—Tienes lo del viernes.

—Lo sé.

—El club quiere certezas antes del invierno.

—Eso también lo sé.

El entrenador me estudió.

—Te repites cuando te acorralan.

—Entonces deja de acorralarme.

Se rio.

—Viernes. A las cuatro. Prepárate.

En el vestuario, tenía treinta y siete mensajes en el teléfono.

Patrocinadores.

El equipo de prensa.

Malcolm.

Un chat de grupo dedicado a la próxima fiesta de cumpleaños de un antiguo compañero.

Un mensaje de Noah Price.

¿MISMO HOTEL?

Lo miré más tiempo del necesario.

Noah era discreto, guapo, poco complicado y cobraba lo suficiente como para no preguntar si que fuera poco complicado era la única razón por la que lo llamaba.

Respondí.

UNA HORA.

El apartamento pertenecía a un hotel de lujo cuyo personal había aprendido a no recordar a los huéspedes famosos. Entré por el garaje subterráneo, recogí una tarjeta llave sin dar mi nombre y subí.

Noah llegó doce minutos después.

Llevaba vaqueros negros, un abrigo holgado y, bajo la fina camisa, nada salvo piel.

—¿Bien el entrenamiento? —preguntó.

—Mojado.

—Rebosas entusiasmo.

—Estoy cansado.

—Entonces ¿por qué me has llamado?

Lo besé en lugar de responder.

Noah entendía nuestro acuerdo.

También entendía demasiado bien mi cuerpo.

Sus manos se deslizaron bajo mi camisa mientras atravesábamos la suite. Me mordió el labio inferior. Le empujé el abrigo por los hombros y lo hice retroceder hacia la cama.

—¿Fuerte? —preguntó.

La pregunta importaba.

—Sí.

—¿Cuánto?

Sostuve su mirada.

—Dímelo si cambia algo.

—No cambiará.

Sonrió.

—Entonces ven aquí.

El sexo con Noah era directo porque la ternura corría el riesgo de confundir las cosas.

Al menos, esa era la explicación que me había dado a mí mismo.

Se arrodilló entre mis muslos, me tomó en la boca e hizo desaparecer todos mis pensamientos con una atención experta. Cuando le agarré el pelo, alzó la vista buscando permiso antes de dejar que apretara más.

Después, lo puse boca abajo.

Buscó lubricante y protección en el cajón de la mesilla. El hotel tenía ambas cosas porque yo les pagaba para que entendieran la previsión.

Entré en él despacio pese a lo que me había pedido, esperando hasta que su cuerpo se adaptó.

—Rowan.

—¿Qué?

—Puedes dejar de tratarme como si fuera a romperme.

Me incliné sobre él.

—Me lo dirás.

—Sí.

Me moví con más fuerza.

Noah empujó hacia atrás, encontrándose con cada embestida.

Sus sonidos llenaron la suite sin vergüenza.

Los míos no.

Había aprendido joven a guardar silencio: en vestuarios, hoteles, dormitorios donde los hombres entendían que la privacidad tenía un precio.

Cuando llegó el orgasmo, sujeté a Noah por las caderas y cerré los ojos.

Durante varios segundos no existió nada salvo calor, respiración y la ausencia de alguien pidiéndome que me explicara.

Después, se tumbó a mi lado con una mano sobre mi pecho.

—Vas a dejar el club —dijo.

—Yo no he dicho eso.

—No hace falta.

—¿Qué te hace pensarlo?

—Estás inquieto.

—Siempre estoy inquieto.

—Esto es distinto.

Trazó una línea sobre mis costillas.

Le aparté la mano antes de que el contacto empezara a resultar reconfortante.

Noah se dio cuenta.

Siempre se daba cuenta.

—Malcolm quiere que monte una relación pública —dije.

—Una novia.

—Sí.

—¿Alguien en concreto?

—Una lista.

Se rio.

—Qué romántico.

—Cree que el público quiere estabilidad.

—El público quiere goles.

—Díselo a él.

—Él cree que los goles necesitan una historia.

Noah se volvió de lado.

—Podría ponerme un vestido.

—Saldrías mejor en las fotos que la mitad de la lista.

—Eso ha sonado cariñoso.

—No lo era.

Sonrió.

—¿Vas a la fiesta de esta noche?

—Puede.

—Me han invitado.

—¿Quién?

—Un amigo en común.

Eso podía significar cualquiera de mi círculo social y la mitad de las personas que ganaban dinero gracias a él.

—Te mandaré un coche.

—No hace falta.

—Lo sé.

Me observó mientras me vestía.

—¿El club ha hecho la transferencia?

—Mi gestor se encargó.

—Demasiado.

—Prestas un servicio.

—También un fisioterapeuta.

—Tú eres más guapo.

—Otra vez romántico.

Le lancé su camisa.

—Nunca me han acusado de eso.

Fuera, había fotógrafos esperando cerca de la entrada del hotel.

Usé el garaje privado.

Cuando llegué a casa, cuatro vehículos desconocidos ocupaban la entrada.

Me apoyé en el claxon hasta que alguien salió corriendo y movió uno.

La casa había sido de mi padre.

Después de que muriera, lo reformé todo salvo su despacho y la cocina pequeña donde Mae todavía preparaba comida como si yo tuviera catorce años y regresara del entrenamiento con hambre suficiente para comerme los muebles.

Malcolm esperaba en el comedor con ocho desconocidos.

Tenían los portátiles abiertos.

Una pared mostraba fotografías mías.

Algunas de partidos.

Otras saliendo de discotecas.

Una, del callejón detrás de Ember & Vine, con la mano de Elias Hart apoyada en mi espalda.

Me detuve.

—¿Qué es esto?

Malcolm señaló la silla vacía a su derecha.

—Estrategia de imagen.

—¿Has traído a un comité a mi casa?

—Ya hablamos de esto.

—Tú hablaste. Yo te ignoré.

Una mujer joven se puso de pie.

—Señor Hale, soy Tessa Bloom. Desarrollo de audiencias.

—Mi pésame.

Parpadeó.

Malcolm empujó unos documentos hacia mí.

—Siéntate.

Permanecí de pie.

—¿Qué necesitas?

—Evitar que la temporada termine con preguntas sobre traspasos, vida nocturna y por qué te fotografían saliendo de restaurantes a solas con hombres.

La última frase contenía menos acusación que cálculo.

Eso lo empeoraba.

—Me acompañaron por una cocina.

—La fotografía no dice cocina.

—Muestra una zona de carga.

—Muestra intimidad.

Volví a mirar la fotografía.

El perfil de Elias bajo la lluvia.

Mi mano en su hombro en la siguiente imagen.

No había ocurrido nada.

Y, sin embargo, la imagen contenía una naturalidad que yo no sentía en las fotografías preparadas con mujeres elegidas por Malcolm.

Tessa habló con cuidado.

—Nuestros datos indican que su público responde mejor a la autenticidad, la disciplina y la estabilidad privada.

—La estabilidad privada suena bastante pública.

—Recomendamos anunciar una relación estructurada después del último partido.

—¿Con quién?

Abrió una presentación.

Aparecieron mujeres en la pantalla.

Actrices.

Modelos.

Una deportista.

Una empresaria de redes sociales cuyo nombre solo conocía porque Malcolm me había obligado una vez a asistir a su cumpleaños.

Lo miré.

—No.

—Ni siquiera las has revisado.

—No voy a elegir a una persona de un dossier de patrocinio.

—Nadie te está pidiendo que te cases.

—Me estás pidiendo que mienta.

Malcolm se reclinó.

—¿Crees que tu situación actual es honesta?

Los desconocidos guardaron silencio.

Sabía lo de Noah.

No porque yo se lo hubiera contado.

Sino porque nada de mi vida seguía siendo privado para el hombre en quien mi padre había confiado una vez.

—¿Qué situación? —pregunté.

Su sonrisa contenía una advertencia.

—Exacto.

Cogí la propuesta y la rasgué por la mitad.

El rostro de Malcolm se oscureció.

—Esta gente cuesta dinero.

—Mándalos a casa.

—Los necesitas.

—Necesito a mi lado un delantero que sepa centrar bien.

—Tu carrera vale más que el fútbol.

—Para mí no.

—Eso es porque no entiendes la magnitud.

Le devolví los documentos.

—Nada de relaciones falsas. Nada de un equipo social nuevo. Nada de acceso a mis cuentas personales sin Alex presente.

Tessa cerró el portátil.

Los demás hicieron lo mismo.

Malcolm se puso de pie después de que se marcharan.

—Me has humillado delante de ellos.

—Tú humillaste a Simone Reed delante de todo un restaurante.

—¿Otra vez con eso?

—Sí.

—¿Crees que defender a la gente hará que te sea leal?

—No. Tratarlos como personas quizá sí.

—Hablas como el chef.

La observación me irritó porque pretendía que lo hiciera.

Malcolm cruzó la habitación.

—Tu padre me pidió que protegiera todo lo que había construido alrededor de ti.

—Mi padre te pidió que negociaras contratos.

—Él sabía lo que eras.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Malcolm vio la línea demasiado tarde.

Se ajustó los puños de la camisa.

—Significa impulsivo. Fácil de influir. Hambriento de atención.

—Vete.

—Rowan.

—Fuera de mi casa.

Me miró fijamente.

Después recogió la carpeta.

En la puerta, se detuvo.

—Tienes una final dentro de dos días. Sea cual sea la rebelión que crees estar librando, termínala después de marcar.

Se marchó.

Mae entró desde la cocina con un sándwich.

Trabajaba para mi familia desde antes de que muriera mi madre. Me llamaba niño cuando estaba contenta y usaba mi nombre completo de registro cuando se enfadaba.

—Come —dijo.

—Voy a salir.

—Entonces come antes de salir.

—Tengo veintiocho años.

—Adelgazas cuando estás nervioso.

—Peso noventa kilos.

—Noventa kilos nerviosos.

Cogí el plato.

Miró hacia el comedor vacío.

—Demasiada gente.

—Malcolm los invitó.

—Esta es tu casa.

—Se lo dije.

—Díselo más alto.

Sonreí sin querer.

—¿Viste la fotografía?

—¿La del chef?

—Sí.

—Tiene ojos amables.

—Amenazó con echar a Malcolm de su restaurante.

—Muy amables.

Me comí el sándwich de pie.

Mae empezó a recoger los vasos de agua intactos.

—Deberías invitar aquí al chef.

—Está casado.

Me miró.

—¿Felizmente?

La contemplé.

—¿Has aprendido todo eso de una fotografía?

—Lo aprendí de su cara cuando lo tocaste.

—Te lo estás inventando.

—Claro.

Sonrió y se llevó la bandeja.

Subí.