CAPÍTULO 42
ADRIAN LOCKE
Laurel estaba retenida en un edificio que olía a lejía, café viejo y a todas las malas decisiones que alguien hubiera intentado atribuir a otra persona.
Llegué antes del cambio de turno de la mañana.
El supervisor de detención me reconoció y me condujo a través de dos puertas con código hasta el ala femenina. Había dejado el arma en una taquilla de seguridad arriba, pero la ausencia de su peso hacía que el pasillo pareciera extrañamente desequilibrado.
Laurel estaba sentada al final de un banco junto a otras dos detenidas.
Llevaba el pelo recogido con una goma. Vestía ropa institucional gris y no llevaba maquillaje. Sin la armadura del dinero y la apariencia, parecía menos poderosa de lo que recordaba.
No menos peligrosa.
Una de las mujeres que estaba a su lado silbó al verme.
Laurel cerró los ojos.
—Tu ex tiene un gusto excelente —dijo la mujer.
—No he venido para entretener a nadie —respondí.
El guardia abrió la reja interior.
Laurel se levantó despacio.
—¿Has venido a disfrutar de esto?
—No.
—Podías haber mandado a Flavia.
—Caleb me pidió que me asegurara de que tuvieras abogado.
Algo cambió en su expresión.
—¿Él te lo pidió?
—Sí.
La sala de entrevistas contenía una mesa atornillada al suelo, tres sillas y una cámara tras un plástico ahumado. Esperé mientras el guardia aseguraba la puerta.
Laurel siguió de pie.
—¿Micah está detrás de esto?
—Las pruebas están detrás de esto.
—Me odia.
—Apenas te conoce.
—Me detuvo.
—Ejecutó una orden firmada por un juez.
Se sentó.
Siempre había tenido manos elegantes. Incluso ahora las entrelazó con cuidado sobre la mesa metálica, como si aparentar compostura pudiera modificar la acusación.
—¿Voy a ir a prisión?
—Eso debes preguntárselo a tu abogado.
—Mi abogado no contesta.
—Está de viaje. Aterriza esta tarde.
—¿Tú lo has organizado?
—Caleb me lo pidió.
Apartó la mirada.
Dejé una tarjeta sobre la mesa.
—El supervisor tiene el número del despacho de Flavia. Mason está detenido por separado. No intentes coordinar declaraciones a través de familiares.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque llevas años confundiendo control con estrategia.
Sus ojos destellaron.
—¿Crees que tú eres diferente?
—Estoy intentando serlo.
—Por él.
No respondí.
Laurel se recostó.
—Lo he perdido todo.
—Vendiste la casa.
—Era mía legalmente.
—Vaciaste la cuenta para los estudios de Caleb.
—Él estuvo de acuerdo.
—Tenía miedo de que volvieras a abandonarlo.
La boca se le tensó.
—Invertí el dinero.
—En una empresa sometida a una investigación internacional por fraude.
—No lo sabía.
—No preguntaste.
—Mason se ocupaba de eso.
—Y tú le diste acceso.
Se volvió hacia la cámara.
—¿Por qué estás aquí, Adrian?
La pregunta contenía más cansancio que rabia.
—Por Caleb.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única razón por la que entraría voluntariamente en esta habitación.
Se estremeció.
No había pretendido ser cruel.
La intención importaba menos que el efecto. Micah me había enseñado eso.
Me puse de pie.
—Laurel, los investigadores van a preguntarte por el fideicomiso, la casa, la garantía del préstamo, las fotografías y tus comunicaciones con Mason. Di la verdad.
Su expresión cambió al mencionar las fotografías.
—Las has visto.
—Sí.
—¿Todas?
—Sí.
Bajó la mirada hacia sus manos.
—Estaba enfadada.
—Me drogaste.
—Lo hizo Mason.
—Tú le dijiste qué botella debía marcar.
—Quería pruebas.
—¿De qué?
—De que no eras lo que todo el mundo creía.
La miré fijamente.
Continuó, en voz más baja:
—Siempre eras el honorable. El estable. El hombre en quien todo el mundo confiaba. ¿Sabes cómo era estar casada con alguien que hacía que cada error pareciera mío?
—No.
—No veías nada que quedara fuera de tu uniforme.
—Vi lo suficiente para saber que pensabas marcharte antes de montar aquella habitación.
Los ojos de Laurel se llenaron, pero no cayó ninguna lágrima.
—Necesitaba cerrar el acuerdo antes de que se liberara el fideicomiso.
—Y utilizaste mi cuerpo para forzarlo.
Apartó la mirada.
No sentí ninguna victoria al verla reducida al silencio.
Solo cansancio.
—Tu hermano va a culparte —dije—. Tú lo culparás a él. Los dos culparéis al agente, al administrador del fideicomiso, al fiscal y a cualquiera que entre en la habitación. Nada de eso cambia lo que hicisteis.
—Caleb me odia.
—No.
—Todavía no.
—Está herido. No es lo mismo.
—¿Qué dijo?
—Que quería que tuvieras abogado.
Laurel apretó los labios.
Me dirigí hacia la puerta.
—Adrian.
Me detuve.
—¿Lo amas?
No hacía falta preguntar a qué hombre se refería.
—Sí.
Se rio una vez, con amargura.
—Entonces quizá por fin entiendas lo que es volverse idiota por alguien.
—No.
La miré por encima del hombro.
—Entiendo lo que es volverse sincero.
El guardia me dejó salir.
Llegué a mi apartamento antes de las ocho y abrí el expediente de pruebas de Monarch Vale sobre la mesa del comedor.
Leí cada página que Micah había preparado.
La reconstrucción financiera era despiadadamente clara. Fechas, transferencias, sociedades pantalla, firmas, registros de dispositivos, fotografías editadas, metadatos y testimonios formaban una estructura tan completa que incluso al abogado de Laurel le costaría inventar ambigüedad.
Micah había construido el caso sin dramatismos.
No había suavizado pruebas porque perjudicaran a Caleb.
No las había exagerado porque Laurel me hubiera hecho daño.
Había hecho el trabajo.
A las ocho y catorce se iluminó mi teléfono.
MICAH: ¿Ocupado?
ADRIAN: Revisando el caso.
MICAH: Eso no era un permiso.
ADRIAN: ¿Permiso para qué?
MICAH: Ven.
ADRIAN: ¿Por qué?
Aparecieron tres puntos.
Desaparecieron.
Volvieron.
MICAH: Carlos me ha abandonado por una emergencia de verdad y llevo puesta la camisa negra que dejaste aquí.
Sonreí a pesar mío.
ADRIAN: No es información suficiente.
MICAH: Es lo único que llevo puesto.
Cerré el expediente.
ADRIAN: Quince minutos.
MICAH: Doce.
Paré abajo a comprar chocolate, agua con gas y las palomitas saladas que aseguraba que no le gustaban mientras se comía media bolsa.
El portero del edificio de Micah me dejó pasar con un gesto.
—Puede usar las plazas de residentes, comandante.
—No vivo aquí.
Sonrió.
—No oficialmente.
Decidí no preguntar.
La puerta del apartamento de Micah estaba abierta unos centímetros.
El pasillo estaba en silencio.
Entré con una mano cerca del arma bajo la chaqueta.
—¿Micah?
No hubo respuesta.
Sonaba música suave desde el dormitorio.
Revisé la cocina.
Vacía.
El baño.
Vacío.
La antigua habitación de Leo solo contenía una pila de libros y un escritorio sin montar.
Dejé las bolsas y me acerqué a la consola estrecha junto a la entrada donde Micah guardaba una caja de seguridad.
Se oyeron pasos en el pasillo.
La puerta se abrió.
Micah entró con una bolsa de basura en la mano y vestido con mi camisa negra y unos calzoncillos oscuros.
Se detuvo al verme acercando la mano hacia la caja.
—Casi disparas a los muebles.
—Has dejado la puerta abierta.
—He caminado seis metros hasta el conducto de basura.
—Sin pantalones.
—No ha muerto nadie.
—Ese no es un estándar.
Cerró la puerta y dejó a un lado la bolsa vacía.
La camisa le terminaba muy arriba en los muslos.
Lo miré más tiempo de lo que permitía la discreción.
Micah se dio cuenta.
—Has venido deprisa.
—Creaste urgencia.
—Puede que haya exagerado lo de Carlos.
—¿No te abandonó?
—No había ningún plan.
—Mentiste.
—Hice una invitación operativa.
Crucé la habitación.
Sonrió hasta que mis manos se posaron en su cintura.
Entonces el humor se suavizó.
—¿Cómo estaba Laurel?
—Detenida.
—No era eso lo que preguntaba.
—Enfadada. Asustada.
—¿Aceptó abogado?
—Sí.
Micah apoyó las palmas en mi pecho.
—Has leído el expediente.
—Entero.
—¿Y?
—Era excepcional.
Alzó las cejas.
—¿Tienes fiebre?
—Sé reconocer un buen trabajo.
—Normalmente lo reconoces asignando más.
—Podrías haber estudiado Derecho.
—¿Por qué iba a elegir una profesión en la que todo el mundo discute conmigo?
—Ya lo hiciste.
Se rio.
Lo besé.
El primer contacto fue lento.
No porque me faltara hambre.
Sino porque habíamos pasado demasiado tiempo dejando que la urgencia decidiera qué significaban nuestros actos.
Los dedos de Micah se deslizaron bajo mi chaqueta.
—Te he echado de menos —dijo contra mi boca.
—Estuve contigo ayer.
—Te fuiste antes del desayuno.
—Tenía que visitar a una detenida.
—Prioridades horribles.
Su boca volvió a encontrar la mía.
Le sujeté las caderas y lo sentí acercarse.
La puerta se abrió.
Ninguno oyó una llave.
Leo entró con una bolsa de papel llena de comida.
Vio a Micah con mi camisa.
Vio mis manos.
Vio cómo estaban colocados nuestros cuerpos.
La bolsa se le resbaló.
Una naranja rodó bajo una silla.
Nadie habló.
Leo nos señaló.
Luego señaló el suelo.
Después volvió a señalarnos.
—Ah.
Micah se apartó.
—Leo.
—Olvidé las llaves de repuesto.
—Ya lo veo.
Adrian Locke, comandante de una división táctica nacional, se había enfrentado a militantes armados con menos incertidumbre de la que sentí bajo la mirada de Leo.
Leo cerró la puerta.
—Estáis juntos.
Micah se ajustó el borde de mi camisa.
—Es complicado.
—Eso significa que sí.
—Significa que lo estamos hablando.
Leo me miró.
—¿Lo estáis hablando con las manos?
—Debería irme.
—No —dijo Micah deprisa.
La orden me detuvo.
Leo recuperó la naranja.
—No estoy enfadado.
—Pareces alarmado —dijo Micah.
—Estoy recalculando años de comportamiento.
—¿Años?
—Meses. Parecieron más.
Dejó la comida sobre la encimera.
—Flavia me debe dinero.
—¿Apostaste por nosotros? —pregunté.
—Ella dijo antes del invierno. Yo dije antes del juicio de Kade.
Micah se quedó mirándolo.
—¿Se lo dijiste a Flavia?
—Se lo dije a Ivy. Ivy se lo dijo a Flavia. June se enteró por Leo, que se enteró por Caleb, que al parecer lo sabía antes que ninguno de nosotros.
Leo se encogió de hombros.
—No erais nada sutiles.
—Éramos extremadamente sutiles —dije.
Micah me lanzó una mirada.
Leo abrió el frigorífico.
—¿Estáis saliendo?
Micah cruzó los brazos.
—Pregúntaselo a él.
Los dos hermanos me miraron.
La respuesta importaba más que lo absurdo de la situación.
Micah llevaba mi camisa.
Leo sostenía una caja de huevos.