Al descubierto: Cinco romances MM CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

JULIAN CROSS

Hay dos tipos de personas que se describen a sí mismas como discretas.

Las primeras valoran la intimidad.

Las segundas creen que la vergüenza es una personalidad.

El hombre del pub pertenecía al segundo grupo.

Había salido con mi amiga Maren porque amenazó con presentarse en mi apartamento y sacarme físicamente si me negaba. Maren trabajaba en contabilidad forense, vivía enfrente de mí y trataba el alcohol como herramienta de investigación.

The Lantern Room ocupaba el sótano de un antiguo teatro de ópera. Las paredes estaban cubiertas de madera oscura. Lámparas de latón brillaban sobre las mesas de billar. Un cuarteto de jazz tocaba cerca de la barra.

Maren y yo ocupamos una mesa junto a la escalera del fondo.

—Mañana trabajo —dijo cuando pedí tequila.

—Yo también.

—Te han asignado a la unidad más disciplinada del país.

—Me mejorarán.

Me miró.

Los dos nos echamos a reír.

Acababa de contarle lo de Carlos cuando un camarero dejó ante nosotros un cóctel verde que ninguno había pedido.

—Del hombre que está junto a la barra —dijo.

Maren se volvió tan deprisa que estuvo a punto de lesionarse.

Un hombre guapo con chaqueta de cuero alzó su copa hacia nosotros.

—Oh —dijo—. Eso es ofensivamente bonito.

—He venido aquí a beber contigo.

—Puedes beber conmigo después de hablar con él.

—No quiero.

—Lo has mirado cuatro veces.

—Comprobaba si seguía ahí.

—Ve.

—Odio esta parte.

—Te enfrentas a contrabandistas armados.

—Los contrabandistas armados no preguntan si vengo mucho por aquí.

Maren empujó el cóctel hacia mí.

Me bebí primero el tequila para reunir valor, me arrepentí de inmediato y crucé la sala.

El hombre giró sobre el taburete.

—Hola.

—Julian.

—Dane.

Nos dimos la mano.

—Gracias por la copa —dije.

—Te vi en la mesa.

—Así es como suelen enviarse las copas.

Sonrió y mostró unos dientes caros.

—Me gusta tu estilo.

—¿Mi abrigo?

—Ya sabes. Masculino.

La atracción empezó a morir antes de que entendiera por qué.

Dane se acercó un poco más.

—Normalmente no me van los tíos del ambiente.

—¿Qué ambiente?

—El ambiente gay. Discotecas, cosas del orgullo, todos esos tipos dramáticos.

Dejé el cóctel sobre la barra.

—Ah.

—Me gustan los hombres que se comportan con normalidad.

Hay momentos en que la ira llega ardiendo.

Esta llegó cansada.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

—¿Te comportas con normalidad?

Se echó a reír.

—Salgo con mujeres.

—¿Exclusivamente?

—Casi siempre. A veces quedo con algún tío. Sin etiquetas.

—¿Tu novia lo sabe?

La sonrisa le vaciló.

—No necesita conocer cada detalle.

—Claro.

—Solo digo que no me gusta toda la política. Hombres vestidos de mujer, hablando con las manos, convirtiendo su sexualidad en toda su identidad.

—Nada en contra de ellos —dije.

—Exacto.

—Te estaba terminando la frase.

Frunció el ceño.

Empujé hacia él la bebida intacta.

—Quédatela.

—¿Has venido hasta aquí solo para rechazarme?

—He venido a averiguar si la belleza estaba compensando alguna carencia. Lo está.

Su rostro se endureció.

—¿Crees que eres mejor que yo?

—No. Creo que yo me gusto más de lo que tú te gustas a ti mismo, y preferiría no verme implicado en la negociación.

Volví con Maren.

Le bastó mirarme.

—¿Qué ha dicho?

—Se siente atraído por los hombres de esa forma trágica y confidencial.

—¿Casado?

—Novia.

—Cobarde.

—También cree que los hombres gais visibles dan vergüenza.

Maren cogió el bolso.

—¿Qué haces?

—Buscar un ladrillo.

Me reí y la detuve.

Jugamos al billar con dos mujeres de la mesa de al lado. Bebí despacio después del tequila, comí aceitunas fritas e intenté no pensar en Marcus.

No funcionó.

El capitán ocupaba mis pensamientos con persistencia profesional.

Su disculpa.

Los mensajes.

La forma en que me había mirado después de que lo llamara casi atractivo.

El nombre de su hijo en el expediente de Vale.

La tensión silenciosa bajo su control.

Yo sabía que no debía desear a hombres cuyas vidas se construían alrededor de puertas que aún no habían decidido abrir.

Carlos me lo había enseñado.

Marcus no era Carlos.

Tal vez eso fuera peor.

Cerca de medianoche se rompió un vaso junto a la barra.

Dane había chocado con otro cliente. El whisky le empapaba la parte delantera de la chaqueta de cuero. Las palabras se convirtieron en empujones. Un empujón se convirtió en un puñetazo.

Maren suspiró.

—Ve.

—No.

—Eres agente de la ley.

—Estoy fuera de servicio.

El segundo puñetazo lanzó a un hombre contra una mesa.

Dejé el taco.

—Me indignan tus principios éticos.

—Lo sé.

Llegué a la pelea cuando Dane y otro hombre se estrellaron contra la base de la barra.

Agarré a Dane por el cuello y tiré de él hacia atrás. Lanzó un puñetazo a ciegas.

Lo esquivé y lo empujé contra una columna.

—Basta.

El otro hombre se abalanzó.

Me interpuse entre ellos.

Dane se limpió la sangre de la boca.

—Quítate de en medio.

—Vete.

—Tú no me dices lo que tengo que hacer.

—Esta noche sí.

El otro hombre gritó que lo mataría.

Me volví justo cuando metía la mano dentro del abrigo.

Saqué la pistola de la funda bajo la chaqueta.

Toda la sala retrocedió.

—Las manos a la vista —dije.

El hombre se quedó inmóvil.

Mostré la placa.

—Oficina Nacional de Investigación. Nadie va a matar a nadie y nadie va a sacar nada de ningún sitio.

Dane miró el arma y luego a mí.

El reconocimiento apareció en su cara de la forma más previsible posible.

—¿Eres policía?

—Muy observador.

La encargada se acercó a toda prisa.

Ordené que sacaran a ambos hombres por separado y esperé hasta que seguridad los metió en taxis distintos.

Cuando regresé, Maren sostenía mi abrigo.

—Mi héroe.

—Vuelve a decir eso y te detengo.

—¿Por qué?

—Mala conducta emocional.

La encargada intentó no cobrarnos.

Pagué de todos modos.

—Ha evitado un problema serio —dijo.

—También he sacado un arma de fuego en su pub. Cóbreme.

Maren vivía en el edificio de enfrente del mío, así que compartimos taxi.

En su portal me besó en la mejilla.

—No te acuestes con el capitán hasta que decidas si lo odias.

—No voy a acostarme con nadie.

—Sonreíste mirando el teléfono mientras jugábamos al billar.

—Era trabajo.

—Tú nunca sonríes por trabajo.

A la mañana siguiente, Tessa me despertó llamándome seis veces.

Contesté a la séptima.

—¿Por qué sigues viva?

—¿Dónde estás? —preguntó.

Miré el reloj.

Nueve y doce.

—Oh, no.

—La directora Shaw ya ha preguntado dos veces por ti.

Salté de la cama.

—Voy.

—Pareces desnudo.

—Voy a colgar.

Me vestí mientras me lavaba los dientes y llegué a la sede en veintitrés minutos.

Tessa había dejado café sobre mi mesa.

—¿Tengo aspecto normal? —pregunté.

—No, pero eso nunca te ha detenido.

Sonó mi extensión.

La directora Shaw.

Entré en su despacho preparado para mi ejecución.

—Cierra la puerta.

Me senté.

Abrió un documento.

—El capitán Hale se ha puesto en contacto conmigo esta mañana.

Se me encogió el estómago.

¿Ya le había llegado lo ocurrido en el pub?

—El arma estuvo controlada —dije—. No hubo disparos ni heridos y la seguridad local aceptó cómo se resolvió la situación.

Elaine pareció confundida.

—¿Qué arma?

—Nada.

Me estudió y luego continuó.

—El capitán Hale ha solicitado que te asignen a tiempo completo al grupo de trabajo de Vale.

—Creía que ya estaba aprobado.

—La autorización anterior era provisional. Esta es formal y sin fecha de finalización.

—Ah.

—Seguirás teniendo obligaciones de reporte aquí. Tessa asumirá tus casos restantes.

—Sí, señora.

—Entiendes que la cultura de Respuesta Especial no es la nuestra.

—He visto los rifles.

—También conoces la reputación del capitán Hale.

—Condecorado, exigente y protegido políticamente.

—Y meticuloso. Si avergüenzas a esta oficina, lo documentará con frases completas.

—Soy capaz de construir frases completas.

—No antes del café.

Firmó la orden.

—Empiezas mañana.

Me puse en pie.

—Gracias.

—No me des las gracias. Dáselas a Hale.

De vuelta en mi mesa, Tessa me leyó la expresión.

—¿Qué?

—Soy permanente.

Se tapó la boca con ambas manos para contener un grito.

Carlos entró en la oficina diez minutos después con un paquete de seguridad marcado CONFIDENCIAL.

Lo dejó sobre mi mesa.

—El capitán me ha pedido que te entregue tus credenciales de acceso.

—Podría haber enviado a un mensajero.

—Me pidió que viniera yo.

Había incomodidad en su rostro, pero no resentimiento.

Quizá Marcus hubiera querido decir algo con aquello.

Quizá simplemente confiara en Carlos.

—Gracias —dije.

Carlos asintió.

—Julian.

—¿Sí?

—Lo siento.

Tessa se quedó muy quieta a nuestro lado.

—¿Por qué parte? —pregunté.

—Por hacerte sentir que dejar que me vieran contigo iba a destruirme.

El viejo dolor no desapareció.

Se desplazó.

—Esa disculpa le pertenece al hombre que yo era entonces.

—Lo sé.

—Espero que también la digas por ti mismo.

Bajó la mirada.

—Lo intento.

Después de que se marchara, Tessa empujó el teléfono hacia mí.

—Llama al capitán.

—No.

—Dale las gracias.

—Lo veré mañana.

—Los adultos expresan gratitud antes del siguiente día laborable.

—Te acabas de inventar eso.

Ya estaba marcando.

Intenté colgar.

La llamada conectó.

—Despacho del capitán Hale —contestó Noah.

Tessa cubrió el auricular.

—Es su novio.

—Noah no es su novio.

—¿Cómo lo sabes?

—Yo… dame eso.

Ella habló con voz alegre.

—Llama el agente Cross para agradecerle al capitán Hale la asignación.

Le arrebaté el teléfono.

Noah se rio.

—Se lo diré.

—No lo hagas.

—Está ocupándose de un asunto personal en los tribunales.

—¿Qué asunto?

—Cross.

—Cierto. Intimidad.

La voz de Noah se suavizó.

—Llamará.

Cuando terminamos, Tessa se inclinó sobre mi mesa.

—Estás perdido.

Abrí el paquete confidencial.

Dentro, debajo de las credenciales del grupo de trabajo, Marcus había incluido una nota manuscrita.

Intenta entrar por la puerta principal esta vez.

La leí dos veces.

Después sonreí.