Al descubierto: Cinco romances MM CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

A diferencia de la cámara acorazada de la finca, aquel sistema no tenía vulnerabilidades elegantes. Lo habían construido para seguir funcionando después de impactos, incendios, inundaciones y ataques electrónicos.

Rowan no necesitaba elegancia.

Inundó el bus de diagnóstico con alertas contradictorias del motor, activó el sistema contra incendios del puente y bloqueó las puertas interiores.

El transbordador redujo la velocidad.

El remolcador de Mara tomó el control de su rumbo y lo obligó a dirigirse hacia una plataforma de mantenimiento bajo una grúa abandonada.

—Puente contenido —dijo Rowan por radio.

—¿Heridos? —preguntó Mara.

—Solo en el orgullo.

Declan y dos miembros enmascarados de la tripulación cruzaron desde el remolcador. Inmovilizaron a los operadores del transbordador con bridas y los alejaron del compartimento de evidencias.

Uno de los agentes intentó alcanzar su arma reglamentaria.

Rowan la pateó bajo una consola.

—No lo hagas —dijo—. Todos vuelven a casa si nadie se empeña en hacerse el héroe.

El agente lo miró fijamente a los ojos, lo único que llevaba al descubierto.

Por un instante, Rowan se preguntó si Ellis alguna vez le habría dado formación, supervisado o compartido un café con él en algún pasillo de la policía.

Entonces Declan tiró de Rowan hacia el compartimento trasero.

—Muévete.

La cámara de evidencias ocupaba el centro del transbordador, dentro de un recinto de acero reforzado. Declan colocó cargas de corte alrededor del marco exterior de la cerradura.

Rowan comprobó la posición de los agentes.

—Reduce la potencia.

—Necesitamos abrir la puerta.

—Necesitamos que el contenido quede intacto.

Declan retiró una carga.

—Más.

—Rowan.

—Más.

Con visible irritación, Declan retiró una segunda.

Se pusieron a cubierto.

La explosión los golpeó como una onda física. El acero se combó hacia dentro. El humo llenó el pasillo.

Mara llegó con una palanca. Entre ella y Declan forzaron la puerta dañada lo suficiente para que Rowan alcanzara el puerto interno.

Le temblaban las manos al abrir el maletín del equipo.

No por la explosión.

Por el mensaje que le había enviado a Ellis.

Una disculpa absurda y críptica dirigida a un hombre que quizá ya estuviera dentro del lugar utilizado como señuelo, arriesgando la vida porque Rowan había contribuido a ponerlo allí.

—¿Tiempo? —preguntó Rowan.

—Seis minutos hasta que las unidades portuarias lleguen a la esclusa superior —respondió Mara.

Se conectó a la cámara.

El cifrado se desplegó por la pantalla de la tableta.

La primera capa era arquitectura gubernamental estándar.

La segunda pertenecía a una empresa de seguridad privada.

La tercera había sido instalada al margen de cualquier contrato documentado y exigía una llave física rotatoria.

Rowan cerró los ojos.

—¿Problemas? —preguntó Declan.

—El alcalde pagó seguridad ilegal con dinero legal. Casi admiro la simetría.

—¿Puedes abrirla?

—Sí.

—¿Cuánto tardarás?

—Más si hablas.

Creó una copia virtual del controlador de la cerradura, aisló su proceso de temporización y lo obligó a ejecutar miles de ciclos de autenticación dentro de un entorno comprimido. El hardware comenzó a sobrecalentarse.

Parpadeó una advertencia.

Treinta segundos para el bloqueo permanente.

Rowan anuló el sensor de temperatura.

Quince segundos.

Identificó un retraso repetido en la secuencia de verificación de la llave: menos de una fracción de segundo, demasiado pequeño para importar en circunstancias normales.

Lo amplió.

Insertó su propia orden.

La cerradura hizo clic.

Nadie se movió.

Rowan se dejó caer sobre los talones.

—Ábrela.

Mara tiró de la manija.

En el interior, unas estanterías de acero contenían cajas de evidencias selladas, maletines de documentos y bolsas de dinero etiquetadas con números federales.

Declan las ignoró.

Encontró un estrecho recipiente aislante fijado al suelo.

Al soltar los cierres, un vapor frío se enroscó alrededor de sus manos.

Diecinueve piedras en bruto descansaban en cápsulas transparentes individuales.

Bajo una luz normal, las alejandritas parecían de un verde intenso. Bajo la lámpara roja de emergencia cambiaban: un violeta florecía en su interior como fuego amoratado.

Mara susurró:

—¿Cuánto?

—¿Siendo prudentes? —dijo Declan—. Ochenta millones.

Sacó un segundo objeto de debajo de las gemas: un libro contable negro sellado en plástico.

El teléfono de Rowan vibró.

ELLIS LLAMANDO.

El nombre resplandecía en su palma.

A su alrededor sonaban las alarmas. El agua golpeaba el casco. Mara ordenó a las lanchas remotas que adoptaran posiciones de retirada. Declan pasó las piedras a un maletín impermeable.

Rowan imaginó a Ellis con el chaleco antibalas puesto, los ojos brillantes de rabia y comprensión.

Imaginó contestar.

Imaginó decir la verdad.

En lugar de eso, silenció la llamada y se guardó el teléfono en el bolsillo.

—Lanchas policiales en la compuerta superior —dijo Mara—. Nos vamos ya.

Declan cerró el maletín de golpe.

Los tres corrieron hacia el remolcador que los esperaba mientras las sirenas aumentaban al otro lado de los muros del canal.

Bajo las costillas de Rowan, el triunfo y el temor se volvieron indistinguibles.

Por primera vez en su vida, había robado algo más peligroso que el dinero.

Le había robado un futuro al hombre que amaba.