Al descubierto: Cinco romances MM CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

ROWAN

El planetario llevaba once años cerrado, pero las estrellas todavía funcionaban.

Se desplazaban por el techo abovedado formando constelaciones desvaídas mientras Rowan contaba fajos de billetes bajo una proyección del cinturón de Orión.

Declan estaba sentado en la primera fila, con las botas apoyadas en el asiento de delante. Mara deambulaba entre los pasillos comiendo palomitas saladas de una caja de cartón que había traído de un cine del otro lado de la ciudad.

—Uno coma cuatro para cada uno —dijo Declan.

Rowan dejó de contar.

—El acuerdo eran dos.

—El comprador rebajó el precio.

—El comprador conocía nuestro precio antes de que adquiriéramos la piedra.

—Se puso nervioso después de la cobertura de prensa.

Mara se lanzó una palomita a la boca.

—Entonces debería pagar un extra por apoyo emocional.

Declan la ignoró.

—El zafiro pasó la autenticación. Ya está en el extranjero.

—Entonces el comprador no tiene ninguna ventaja —dijo Rowan.

—Tiene la ubicación del dinero.

—Y tú tienes la ubicación del comprador.

La mirada de Declan se endureció.

—¿Quieres el pago o una guerra?

Rowan siguió contando.

No se fiaba de la explicación de Declan. Eso no significaba que Declan estuviera mintiendo. En su profesión, la verdad y el engaño solían llevar el mismo abrigo.

—El efectivo es provisional —dijo Rowan—. Dame cuatro días para repartirlo entre las cuentas.

—Tres.

—Cuatro, salvo que quieras que se iluminen todos los paneles de delitos financieros del país.

Mara cogió dos fajos de su parte y los metió en el bolso.

Declan frunció el ceño.

—¿Qué haces?

—Comprar comida.

—¿Con cincuenta mil dólares?

—Tengo mucha hambre.

Se marcharon por separado.

Rowan esperó bajo las estrellas artificiales hasta que ambos se hubieron ido y luego guardó el resto del dinero en una bolsa de mensajero.

Fuera, los trabajadores de la mañana recorrían la avenida, ajenos a que un planetario muerto contenía suficiente dinero para cambiar varias vidas y arruinar muchas más.

Un agente de tráfico estaba junto a la motocicleta de Rowan, escribiendo algo en una tableta.

El pulso de Rowan se mantuvo estable.

—¿Algún problema? —preguntó.

El agente levantó la mirada.

—¿Es suya?

—Sí.

—Está bloqueando el acceso de mantenimiento.

—Puedo moverla.

La bolsa de mensajero colgaba de la cadera de Rowan, más pesada de lo que debería pesar la inocencia.

El agente estudió el edificio abandonado.

—¿Qué estaba haciendo ahí dentro?

—Fotografiando la cúpula.

—¿A las ocho de la mañana?

—Es la mejor hora para las estrellas.

El agente no pareció convencido.

Mara apareció al otro lado de la calle empujando un cochecito de bebé.

Rowan no tenía ni idea de dónde lo había sacado.

Se detuvo junto a ellos, sin aliento y furiosa.

—Ahí estás.

El agente parpadeó.

Mara golpeó el hombro de Rowan.

—Me dejaste en la cafetería con tu hija.

Una manta abultada ocupaba el cochecito.

Rowan se asomó al interior.

Un gran saco de harina llevaba un gorrito rosa de punto.

—Mis disculpas —dijo con gravedad.

—Eres increíble. —Mara se volvió hacia el agente—. Se olvida de todo cuando hace fotos. El mes pasado dejó la bolsa de los pañales en un ferry.

El agente miró del cochecito a Rowan y pareció decidir que, fuera cual fuera el delito que pudiera estar cometiéndose, aquel caos doméstico ya era castigo suficiente.

—Mueva la moto —dijo.

—Inmediatamente.

Esperaron hasta que desapareció dentro de la estación.

Rowan miró a Mara.

—Mi hija se parece al pan.

—Ha salido a ti.

DOS SEMANAS DESPUÉS

El apartamento de Rowan ocupaba la última planta de una antigua fábrica de relojes. Tenía ladrillo visto, vigas de acero y ventanas tan altas que convertían la intimidad en una ilusión cara.

Declan fumaba junto a una ventana abierta a pesar de que le habían dicho que no lo hiciera.

Mara estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la encimera de la cocina, bebiendo cerveza.

Sobre la mesa entre ellos había mapas de la Oficina Municipal de Ensaye de Greyhaven, rutas fluviales, horarios de seguridad y fotografías de vehículos blindados utilizados por el contratista logístico privado del alcalde.

Rowan le quitó el cigarrillo de los dedos a Declan y lo dejó caer dentro de su cerveza.

Declan miró la botella.

—¿Era necesario?

—Sí.

—Estaba usando la ventana.

—La ventana no es una exención moral.

Mara dio unos golpecitos sobre uno de los mapas.

—Esto no es tres personas colándose en una casa privada.

—No —dijo Declan—. Esto es dinero suficiente para no volver a trabajar jamás.

—Eso dijiste después del golpe de la galería —le recordó Rowan.

—Entonces me faltaba imaginación.

Declan desplegó un segundo plano.

La oficina municipal almacenaba piedras preciosas incautadas, bonos al portador no registrados y pruebas de gran valor a la espera de ser transferidas a custodia federal.

Según la fuente de Declan, hacía poco se había añadido un envío privado a la cámara acorazada: alejandritas en bruto utilizadas como pago en una trama de sobornos relacionados con contratos públicos.

—¿Cuánto? —preguntó Mara.

—Potencialmente, ochenta millones.

Rowan estudió el plano del edificio.

—Potencialmente es una palabra que la gente utiliza antes de los funerales.

—Las piedras se trasladarán el mes que viene.

—Pues que las trasladen.

Declan se inclinó sobre la mesa.

—Tú gastas la mitad de tu parte en mantener vivo a tu padre desde la distancia. Mara mantiene tres hogares bajo nombres que ni siquiera conozco. Yo estoy harto de necesitar otro golpe antes de que se haya liquidado el dinero del anterior.

El rostro de Mara se enfrió.

—Mis hogares no forman parte de tu argumento.

—Forman parte de la realidad.

Rowan apartó los planos.

—La respuesta es no.

Sonó el timbre.

Los tres se quedaron inmóviles.

No esperaban a nadie.

Declan llevó una mano bajo la chaqueta.

Mara dejó la cerveza y avanzó hacia el pasillo.

Rowan comprobó la cámara en su teléfono.

Ellis estaba frente a la entrada del edificio, sosteniendo una bolsa de papel y mirando directamente al objetivo.

A Rowan se le hundió el estómago.

—Ha visto mi moto —dijo.

—¿Quién? —preguntó Declan.

—Alguien que no puede veros.

La expresión de Declan se volvió letal.

—¿Policía?

—No ha venido como policía.

—Eso no es una respuesta.

El timbre sonó de nuevo.

La voz de Ellis llegó por el interfono.

—Rowan, sé que estás en casa.

Mara barrió los mapas dentro de una carpeta. Declan recogió las fotografías y desapareció hacia el dormitorio con la cerveza.

Sobre la mesa seguían quedando tres pistolas.

Rowan recogió dos y las metió en un cajón. Mara deslizó la tercera bajo un cojín del sofá.

—Haced que esto resulte creíble —dijo Rowan.

Mara se quitó la goma del pelo, sacudió la melena sobre los hombros y se desabrochó los dos primeros botones de la blusa.

—No me refería a eso.

—Resulta creíble.

Rowan abrió la puerta justo cuando Ellis llegaba al rellano.

—Hola —dijo Rowan.

La mirada de Ellis recorrió su cuerpo y luego pasó más allá.

Mara estaba apoyada contra la isla de la cocina, descalza, sosteniendo la correa de una cámara que había encontrado sobre una silla.

—¿La luz es mejor desde este lado? —preguntó.

Rowan cerró los ojos un instante.

Ellis se quedó inmóvil.

—He interrumpido algo.

—No —dijo Rowan.

—Sí —dijo Mara al mismo tiempo.

Ellis miró la bolsa de papel que llevaba en la mano.

—He traído la cena.

—Ellis…

—Debería haber llamado.

—No has hecho nada malo.

Desde el dormitorio llegó un ruido cuando Declan chocó con algo.

La mandíbula de Ellis se tensó.

Rowan salió al pasillo.

—Déjame explicártelo.

—No tienes por qué. —Ellis forzó una sonrisa que dolió más que la rabia—. Dejamos las reglas muy claras.

—Esto no es lo que piensas.

—¿Y qué pienso?

Rowan no tenía ninguna respuesta segura.

Ellis le entregó la bolsa.

—Buenas noches.

Caminó hacia el ascensor.

Rowan lo siguió.

—Ellis.

Las puertas se abrieron.

Ellis se volvió antes de entrar.

—No me debes fidelidad. Pero ojalá me hubieras dicho que no viniera.

Las puertas se cerraron entre ambos.

Rowan se quedó allí, sosteniendo dos recipientes de comida tailandesa mientras el pulso le martilleaba.

A su espalda, Declan salió del apartamento.

—Tu debilidad lleva un bonito abrigo —dijo.

Rowan se volvió tan deprisa que Declan dejó de sonreír.

—No hables de él.

—Entonces mantenlo lejos de nosotros.

Mara volvió a abrocharse la blusa.

—Basta.

Declan señaló hacia el ascensor.

—Se mueve como un policía de campo.

—Trabaja en casos administrativos.

—¿Te lo crees?

Rowan sí.

Hasta la mañana siguiente.

Fue al edificio de Ellis antes de las nueve, con intención de esperarlo con café y una disculpa que no revelara la existencia de un delincuente armado en su dormitorio.

Un todoterreno negro sin distintivos se detuvo junto a la acera.

Ellis salió del vestíbulo con una sobaquera y la placa enganchada a la vista en el cinturón. Dos agentes lo esperaban dentro del vehículo. Uno le entregó un grueso expediente.

Ellis no parecía un hombre que revisara papeles.

Parecía alguien al mando.

Rowan permaneció al otro lado de la calle, bajo el toldo de una panadería, hasta que el todoterreno se alejó.

La comprensión le llegó por capas.

Ellis había mentido.

Rowan había mentido más.

Ninguna de aquellas verdades hacía que la otra fuera menos peligrosa.

Se volvió bruscamente y chocó con un adolescente que llevaba una pila de libros escolares. Los papeles se esparcieron por la acera.

—Perdona —dijo Rowan, agachándose.

El chico también se arrodilló. Unos rizos negros le caían sobre la frente. En el borde de la mandíbula tenía un moratón que empezaba a desaparecer.

—No estaba mirando —dijo el chico.

Rowan lo reconoció por una fotografía que Ellis guardaba cerca de la cocina.

Theo.

Un grupo de estudiantes junto a la parada de autobús se rio. Uno fingió lanzarle un beso. Otro llamó a Theo con una palabra elegida para hacer daño.

Theo recogió los papeles más deprisa.

El temperamento de Rowan se agitó.

—¿Amigos tuyos? —preguntó.

—No.

—¿Desconocidos insistentes?

—Son idiotas.

Uno de los chicos volvió a gritar, preguntando si el novio de Theo le había hecho aquel moratón.

El rostro de Theo se cerró.

Rowan se levantó y cruzó la acera.

Las risas perdieron fuerza al verlo acercarse.

No los amenazó. Las amenazas se recordaban.

En vez de eso, levantó el teléfono y empezó a grabar.

—Empezad de nuevo —dijo—. Esta vez, con claridad. Primero los nombres.

El más alto frunció el ceño.

—¿Qué?

—Se ve el escudo de vuestro instituto. La cámara del autobús está detrás de vosotros. Me gustaría tener un audio limpio para el director y para los padres que hayan pagado esas chaquetas.

Miraron hacia el autobús.

Rowan sonrió.

—Continuad.

Ninguno lo hizo.

Se retiraron calle abajo entre murmullos.

Cuando Rowan regresó, Theo lo observaba con curiosidad cautelosa.

—No tenías por qué hacer eso.

—No me gustan las conversaciones repetitivas.

Theo metió el último cuaderno en su mochila. Cuando Rowan se agachó para entregarle un bolígrafo, el fino estuche de cuero dentro de su abrigo se abrió y cayó. Las ganzúas brillaron contra el terciopelo oscuro.

Theo lo vio.

Alzó las cejas.

Rowan cerró el estuche.

—Herramientas para restauración de arte.

—Claro.

—¿Y tú te caíste?

Theo se tocó el moratón.

—Del monopatín.

—Claro.

Se miraron el uno al otro.

Rowan le entregó el bolígrafo.

—Tu secreto es aburrido.

—El tuyo también.

—No tienes ni idea.

Theo se ajustó la mochila.

—¿Conoces a mi padre?

Rowan miró hacia la entrada del edificio.

—Un poco.

—Lo estabas esperando.

—Un poco.

Theo pareció barajar varias posibilidades. Rowan lo dejó hacerlo.

Por fin, Theo dijo:

—Se ha ido a trabajar.

—Lo he visto.

—Llegará tarde.

—Lo sé.

Las palabras sonaron demasiado íntimas.

La mirada de Theo se agudizó, pero se limitó a decir:

—Gracias por lo de esos chicos.

—No dejes que te convenzan de que callar es estar a salvo.

Rowan se alejó antes de que el chico pudiera hacer otra pregunta.

Su segundo destino estaba en el distrito industrial occidental, donde hileras de casas estrechas se levantaban bajo la sombra de una vía de tren elevada.

Sienna abrió la puerta de la casa de su padre y envolvió a Rowan en un abrazo antes de que pudiera hablar.

—Has venido.

—Pareces sorprendida.

—Normalmente mandas dinero y desapareces.

—El dinero también viene.

La sonrisa de ella desapareció.

—No lo va a aceptar.

—Necesita diálisis con más frecuencia.

—Necesita dejar de rechazar ayuda.

Su padre estaba sentado en la habitación del fondo junto a una chimenea fría, más delgado de lo que Rowan recordaba. Martin Vale había reparado barcos para medio puerto. La enfermedad lo había empequeñecido, pero no ablandado.

Sus ojos fueron al sobre que Rowan llevaba en la mano.

—No.

—Hola a ti también.

—La última vez dije que no.

—La clínica privada tiene una plaza.

—¿Y con qué la has comprado?

—Con dinero.

—¿De quién?

Rowan dejó el sobre sobre la repisa de la chimenea.

—Da igual.

—A mí no me da igual.

—¿Prefieres morirte correctamente?

Sienna susurró:

—Rowan.

Martin se incorporó.

—Preferiría que mi hijo entrara por esa puerta con suciedad honrada bajo las uñas.

—No sabes a qué me dedico.

—Sé lo que hiciste a los diecisiete años. Sé que la policía registró esta casa mientras tu hermana lloraba en la cocina. Sé que cada pocos meses apareces con más dinero del que gana escribiendo programas informáticos un hombre de tu edad.

—Intento mantenerte con vida.

—Y yo intento recordar al chico que crié.

La garganta de Rowan se cerró.

—Ese chico nos dio de comer cuando tu astillero quebró.

—Ese chico robaba a desconocidos.

—A bancos.

—Detrás de los bancos hay personas.

Martin recogió el sobre y lo apretó contra el pecho de Rowan.

—Nunca me importó a quién amaras —dijo—. Nunca me importó cómo vistieras, dónde vivieras ni si querías una vida que yo pudiera entender. Lo que me importaba era que no te volvieras cruel.

—No soy cruel.

—Coges lo que pertenece a otros y decides que se lo merecen.

La rabia de Rowan creció porque la acusación era demasiado precisa.

—No sabes nada de ellos.

—¿Y tú sabes lo suficiente para ser juez?

Sienna se interpuso entre los dos.

—Por favor.

La voz de Martin se quebró en los bordes.

—Vuelve cuando puedas sentarte a mi mesa sin mentir.

Rowan miró a su padre, el tono grisáceo de su piel y aquella vida obstinada que aún ardía en sus ojos.

Después se marchó con el dinero en el bolsillo.

Fuera, un tren retumbó sobre los tejados.

Rowan permaneció debajo hasta que pasó el ruido, preguntándose cuántas vidas podía construir una persona antes de descubrir que ninguna le parecía un hogar.