AKELARRE 657 Epílogo #3
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Epílogo #3

Una noche, Narud se preparaba para hacer lo que mejor sabía: narrar historias que drenaban la energía de su público.

En una taberna oscura, una docena de personas ya yacía inconsciente tras apenas cinco minutos de relato mágico.

Cuando se disponía a despojarlos de sus monedas y joyas, las sombras se abrieron y aparecieron Ainigriv, Suri, Lia, Torvic y Lebasi. Habían venido a enfrentarlo.

Narud quedó paralizado. No hallaba palabras, solo temblores que recorrían su cuerpo, mezcla de nervios y rabia contenida. Pero lo peor estaba por suceder.

No solo había sido cazado por los Letters of Blood . De pronto, irrumpieron más de treinta cazadores de brujas, armados hasta los dientes con cuchillos, hachas y lanzas. Sus gritos eran como aullidos de muerte.

Las brujas y el brujo Torvic se pusieron a la defensiva.

La taberna se convirtió en un campo de batalla: magia contra acero, versos contra sangre.

Los hechiceros no estaban preparados para la guerra, pues sus dones habían nacido para contar historias y proteger, no para matar.

El choque fue brutal. En medio del caos, Lia cayó gravemente herida, su cuerpo atravesado por la violencia de los cazadores.

Con esfuerzo desesperado, los Letters of Blood lograron escapar, arrastrando a Narud consigo hacia el Edén mágico. La batalla quedó atrás, pero la herida de Lia y la traición de Narud pesaban como un presagio oscuro sobre la hermandad.

Suri y Lebasi se apresuraron a sanar las heridas de Lia, que yacía inconsciente, vomitando borbotones de sangre. La sala se impregnaba de un silencio denso, roto solo por los jadeos de la joven.

—¿Ves lo que causó tu inconsciencia? ¡Lia está muriendo! —le gritó Ainigriv con severidad a Narud, cuyos labios permanecían sellados y cuyos ojos desorbitados reflejaban miedo y rabia—. El pacto se está rompiendo. Tú sabes lo que debes hacer: disculparte y volver a sellar con tu sangre.

Pero Narud jamás se había disculpado en su vida. Siempre protegido por su madre, nunca asumió sus fechorías. Dentro de él ardía la convicción de que no había hecho nada malo. La oscuridad lo había consumido.

—No tengo nada que disculpar… y me llevo la gema. Es mía —dijo con voz quebrada, mientras cogía el cristal. Al tocarlo, sintió que lo quemaba y retrocedió jadeando.

Ainigriv había previsto aquel momento: había colocado un hechizo en la gema para repeler la corrupción de Narud.

—La gema no es tuya, la robaste. Ahora pertenece a Letters of Blood —sentenció Torvic con voz tajante—. Has distorsionado el propósito de esta comunidad, y por ello serás expulsado… a menos que te retractes.

Narud soltó una carcajada escandalosa.

—¿Me vais a expulsar del grupo que yo mismo fundé? —dijo con odio en la mirada.

—Lo fundamos juntos, y juramos proteger esta hermandad. Tú rompiste esa promesa —respondió Ainigriv con voz regia.

—Esto es absurdo —replicó Narud, riendo de manera desquiciada.

—Narud, aún puedes volver a la luz. Yo te ayudo, siempre he estado a tu lado. Haz lo que debes hacer, por favor —rogó Ainigriv, aunque su tono era firme.

—Jamás… No tengo nada que disculpar. ¡Vosotros no seríais nada sin mí! —gritó Narud, con los ojos inyectados de ira.

En ese instante, Suri anunció con alivio:

—Lia ya está bien. Logramos salvarla… por muy poco.

La joven se levantó con determinación, mostrando que estaba lista para cumplir su misión. Todos suspiraron aliviados, aunque la tensión seguía latiendo en el aire.

—Narud, por última vez… Si quieres seguir con nosotros y que perdonemos tu traición, ya sabes lo que debes hacer —insistió Ainigriv.

—Jamás… —repitió Narud, escupiendo al suelo con desprecio.

Ainigriv apretó los labios, suspiró y miró a Lia. Le dio una orden telepática.

—No hay nada más que hacer. Hasta pronto, Narud —dijo Liagiba con ojos tristes. Apuntó hacia él y de su dedo brotó un rayo celeste que impactó en su pecho, desintegrándolo y enviándolo de regreso a su pueblo natal.

Los cinco hechiceros cerraron todo acceso a Narud.

Nunca más pudo regresar al Edén mágico. Nunca más tuvo contacto con la gema roja.

Nunca más supieron de él. Ni siquiera Torvic, que vivía en la misma región, volvió a cruzarse con su sombra.

Sin embargo, en ciertas ocasiones —sobre todo en la víspera de los grandes eventos mágicos— emergía un vestigio oscuro: la silueta de una sombra que acechaba en silencio, deseosa de arrebatar la gema roja.

El destino de Narud fue sombrío. Errante y consumido por la corrupción del cristal y los fantasmas de su pasado, se convirtió en una sombra que vagaba por los pueblos, robando y desapareciendo sin dejar rastro.

Su nombre se volvió tabú, su recuerdo un eco de advertencia.

Nadie supo si murió o si aún respiraba en algún rincón olvidado, pero su alma quedó marcada por la oscuridad, condenada a repetir la traición en cada nueva era.

Letters of Blood siguió activo y creciendo, ayudando a todo humano con el don mágico y de la literatura.

Pero la caza de brujas se intensificó, obligando a la hermandad a ocultar sus dones y mostrarlos únicamente dentro del Edén mágico.

Con el paso de los años, los cinco hechiceros envejecieron y, guiados por las visiones de Lebasi, decidieron cerrar la comunidad y esconder la gema roja.

Ella había previsto un colapso terrible si el cristal seguía siendo usado, aunque también anunció que, con el tiempo, regresarían reencarnaciones capaces de retomar conscientemente la hermandad.

Los Letters of Blood dejaron parte de su fortuna —monedas y joyas— junto a la gema, ocultos en aquel lugar donde el tiempo y el espacio se entrelazaban de formas antinaturales.

Pasaron siglos, y cada cierto tiempo surgía una nueva comunidad literaria con el mismo nombre o con uno similar, formada por humanos sin magia pero con el don de narrar historias.

Siempre eran seis, portadores de las almas de los primeros hechiceros.

Y siempre, como una maldición, el hombre que llevaba el alma de Narud terminaba traicionando a la hermandad, arrastrado por sus traumas y su ambición.

Así llegó el año 2020, cuando se fundó la comunidad literaria Letras de Sangre, y la historia volvió a repetirse en el 2023 cuando el sexto líder —el portador del alma de Narud— casi destruyó la hermandad.

Pasaron tres años desde ese acontecimiento y en el 2026, la comunidad, libre de oscuridad, crecía y se propagaba por los medios tecnológicos de la época: las redes sociales.

Aunque la magia ya no era necesaria, seguía presente en cada palabra.

Los escritores de Letras de Sangre creaban universos reales con sus relatos, y de esa chispa nació el sello editorial Letras Eternas, donde se publicaron libros y antologías que abrían otras realidades en planos invisibles.

La llama seguía viva. La hermandad nunca murió. Solo se transformó, esperando el momento en que las almas de los seis volvieran a encontrarse… y el destino de Narud, inevitablemente, volviera a oscurecer la historia.

Víctor, portador del alma de Torvic, había fundado el sello editorial de la comunidad Letras de Sangre, pero llevaba más de un año sin escribir.

Las responsabilidades cotidianas lo habían apartado de su don más preciado.

Un día, durante una caminata por la naturaleza de Madrid junto a su esposa e hijos, se separó del grupo y fue atraído hacia una cueva extraña.

Como poseído, pronunció en la penumbra las palabras:

—Letters of Blood.

Ante él, un símbolo tallado en la roca —una pluma fusionada con una espada— se iluminó, y una puerta triangular y dorada emergió. Víctor la atravesó con una inercia incontrolable.

Dentro, recobró la conciencia y quedó maravillado: cascadas cristalinas serpenteaban entre vegetación viva, estructuras doradas y pétreas se alzaban formando una cúpula imposible que dejaba entrar la luz del sol.

Mesas de mármol y muebles mullidos de estética futurista y ancestral se desplegaban en aquel recinto.

En el centro, incrustada en un pedestal, brillaba la enorme piedra roja.

No resistió la tentación y tocó el cristal carmesí.

Una energía vertiginosa recorrió su cuerpo, fundiendo su mano con la gema.

Recuerdos ancestrales lo invadieron, revelándole los misterios del universo y la historia de la hermandad.

Al liberarse, caminó hasta la bóveda, donde miles de joyas y millones de monedas de oro relucían.

Tomó lo necesario y guardó el botín en una tula de cuero.