AKELARRE 657 Epílogo #2
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Epílogo #2

Cuando los problemas lo asfixiaban, Ainigriv era su refugio. Lo consolaba con palabras llenas de amor y sabiduría, y era también quien más reía de sus chistes absurdos, como si en ellos hubiera un destello de luz que equilibrara su tormenta interior.

Bajo la guía de los líderes de los Magic Writers , los brujos y brujas comenzaron a expandirse en sus pueblos. La literatura viva se propagaba como un fuego secreto por todo el mundo, en una época en la que los libros aún no existían como los conocemos hoy.

De tanto en tanto, se ofrecían tributos a Jergo y a las tres brujas, guardianes del conocimiento, quienes permitían que los aprendices siguieran accediendo a la biblioteca mágica.

Sin embargo, Narud aún no lograba surgir como deseaba.

Sus historias, aunque intensas y emocionantes, nunca alcanzaban un final digno.

Las proyecciones holográficas de sus relatos se desvanecían de forma abrupta, dejando a los espectadores decepcionados, quienes se marchaban sin ofrecer una sola moneda.

Sus ingresos seguían siendo escasos y, por ello, no podía aportar ofrendas a los dirigentes de los Magic Writers.

Con el paso de las semanas, la asistencia comenzó a menguar. Corría el rumor de que muchos estaban siendo expulsados.

La bruja rubia, llamada Anin, se mostraba xenófoba y despectiva con la mayoría.

Se ensañaba especialmente con quienes tenían piel y rasgos distintos a los suyos, pues para ella no merecían pertenecer a los Magic Writers .

Organizaba batallas de literatura mágica y se erigía como jueza, pero sus veredictos eran siempre fraudulentos: premiaba el color de piel y el estatus social, nunca el talento.

Mientras tanto, en el mundo exterior, comenzaba a gestarse la cacería de brujas. Los humanos sin magia empezaban a temer a los brujos y las brujas, y el miedo se transformó en odio. Así nació una persecución implacable, destinada a diezmar a quienes portaban el don.

La comunidad de los Magic Writers se fue desmoronando, como un castillo de arena arrastrado por la marea.

Un día, Narud intentó abrir la puerta que lo conducía a la biblioteca mágica, pero esta no apareció. En su lugar, halló una nota que anunciaba su expulsión.

Lo mismo ocurrió con Ainigriv, Torvic, Lia, Suri y Lebasi. Todos quedaron incomunicados, obligados a ocultarse de los cazadores de brujas que acechaban en cada rincón.

✽✽✽

Con el paso de los meses, Narud volvió a su vida de carencias.

Su don mágico se debilitaba, como si la luz que lo sostenía se extinguiera poco a poco.

Se resignó a la mediocridad, hasta que una nueva feria llegó al pueblo, trayendo consigo un artilugio misterioso: un cristal enorme, de un rojo profundo, como sangre petrificada.

El cristal era exhibido por una pareja de ancianos sin magia, aunque la piedra sí la contenía. A través de ella podían comunicarse con personas a miles de kilómetros y, por unos instantes, otorgaba el don a quienes carecían de él.

Narud, fascinado, interrogó a los dueños.

—Esta piedra cayó del cielo y dejó un hoyo repleto de fuego. No pudimos tocarla al principio, estaba tan caliente que arrancaba la piel de un tajo… —contaba la anciana con voz temblorosa, pero llena de emoción.

Cuando Narud posó sus manos sobre la gema, sintió la magia recorrer sus venas con una fuerza renovada.

Intentó dar vida a uno de sus relatos y, por primera vez, lo logró.

Los ancianos quedaron maravillados ante una historia de terror poblada de asesinos y dragones.

Los personajes emergían del pergamino con tal realismo que parecía posible tocarlos.

El efecto duró apenas media hora, pero bastó para que Narud completara una narración de principio a fin.

De pronto, gritos desgarradores rompieron la calma. Afuera de la tienda se desataba un caos: un grupo de hombres armados con cuchillos, hachas y lanzas cazaba a quienes sospechaban de tener magia. Los cuerpos caían bajo golpes brutales, la sangre manchaba las piedras del suelo.

El pánico se apoderó de Narud. Corrió hacia la parte trasera de la tienda, pero antes de huir, arrebató el cristal rojo. La pareja de ancianos salió a enfrentar el tumulto y fue golpeada con tal violencia que sus cuerpos quedaron inertes, sin aliento.

Los cazadores de brujas saquearon monedas, joyas y riquezas, y luego incendiaron lo que quedaba de la feria. Las llamas devoraron el aire, mientras Narud escapaba con el corazón desbocado y el cristal ardiente en sus manos.

✽✽✽

Pasaron los meses, y Narud guardaba el cristal rojo como si fuera un tesoro prohibido.

Lo acariciaba en secreto, extrayendo de él destellos de energía que avivaban su don.

Con esa fuerza efímera lograba entretener a pequeños grupos en lugares clandestinos, siempre oculto de los cazadores de brujas que rondaban como espectros armados.

Aun con la tragedia que había marcado la feria anterior, los eventos no dejaron de llegar al pueblo. Fue en uno de ellos donde Narud se reencontró con un viejo amigo. Torvic había regresado con la nueva feria, y su voz tejía historias a través de versos que ocultaban la magia con astucia.

Los viejos amigos volvieron a compartir confidencias. Narud, con un brillo febril en los ojos, le mostró la gema roja. Torvic, intrigado por aquel objeto que parecía latir como un corazón de fuego, decidió quedarse un tiempo en el pueblo.

✽✽✽

Pasó un año, y con la ayuda de un grimorio que Torvic había sustraído de la biblioteca mágica de los Magic Writers —un libro que nunca pudo devolver tras su expulsión— lograron crear un espacio semejante, aunque más humilde: un cuarto rocoso y rústico, con muebles toscos y mesas gastadas.

Allí, mediante antiguos rituales, invocaron a Ainigriv, Lia, Suri y Lebasi.

Los seis compañeros se reunieron de nuevo.

Con los vastos poderes de Ainigriv, la sala se transformó en un lugar habitable, con una estética nunca antes vista: un recinto futurista, iluminado por luces que no provenían de velas, con estructuras esbeltas de piedra y oro que parecían desafiar el tiempo.

Suri, con su don, hizo florecer jardines espléndidos, creando un contraste ecléctico entre la arquitectura futurista y la magia ancestral.

En el centro de aquel santuario, la gema roja ardía como un corazón latente, alimentando las energías de todos.

Fue entonces cuando los seis hechiceros literarios sellaron un pacto de sangre.

Se hicieron una herida en la muñeca y dejaron caer gotas sobre el cristal rojo.

La alianza quedó marcada en sus cuerpos: la herida cicatrizó al instante y se convirtió en un símbolo, mitad pluma y mitad espada.

Así nació Letters of Blood , hace seiscientos cincuenta y siete años, una hermandad destinada a proteger a los humanos con magia y a mantener viva la literatura encantada.

Cada semana se reunían en aquel Edén extraordinario y cambiante según fuera requerido para la ocasión, convocando a escritores mágicos de todos los rincones del mundo.

Una nueva comunidad literaria florecía, distinta a la anterior: sin xenofobia, sin competencias, con la esperanza de enseñar a vivir de los dones sin atraer la mirada de los cazadores de brujas.

Sin embargo, las sombras nunca se disipaban del todo; de vez en cuando llegaban noticias desgarradoras de compañeros ejecutados.

Los seis hechiceros de Letters of Blood absorbían cada semana un poco de la energía del cristal rojo, potenciando sus poderes para sostener la comunidad y esparcir la literatura viva.

Pero el Edén mágico no podía contenerlos demasiado tiempo: la gema colapsaba si se abusaba de su fuerza, por lo que las visitas se limitaban a unas pocas horas.

Narud, sin embargo, se encontraba en su gloria.

Cada vez necesitaba más de la energía del cristal, y cada vez le costaba más obtenerla.

Su rostro se tornaba demacrado, como si la gema le arrancara la vitalidad gota a gota.

Aun así, continuaba con sus sesiones clandestinas en pueblos cercanos, alimentando su ambición.

Pronto, lo nefasto comenzó a manifestarse.

Lebasi lo había visto en sueños y se lo confió a Ainigriv, quien empezó a vigilar a Narud con mayor atención.

Ella conocía los fantasmas que lo perseguían: una infancia marcada por carencias, una madre sobreprotectora que lo mantenía inútil y frágil, un padre borracho que malgastaba lo poco que ganaba, y un hogar sostenido apenas por las manos incansables de su madre tejiendo lencería.

Narud había crecido lleno de rencor y envidia, culpando al mundo de sus desgracias.

Sus relatos mágicos comenzaron a absorber la energía de los espectadores.

Uno a uno caían desmayados antes de que la historia concluyera.

Al principio, Narud se horrorizó, pero pronto descubrió que podía aprovecharse: robaba monedas y joyas de los cuerpos inconscientes.

Así nació su mala fama, y lo peor era que siempre se presentaba como miembro de Letters of Blood , manchando el nombre de la hermandad.

Tuvo que huir de su pueblo y devolver lo robado para evitar que asesinaran a sus padres. Se convirtió en un brujo errante, saqueando cada lugar que pisaba y desapareciendo sin dejar rastro. Su cabeza se convirtió en una de las más buscadas por los guardias de la realeza y los cazadores de brujas.

Narud empezó a refugiarse diariamente en el Edén mágico, protegido de los humanos comunes. Pero la gema comenzó a resquebrajarse bajo su presencia constante, como si rechazara su avidez.

Los líderes de Letters of Blood se reunieron en secreto, sin Narud. Debían actuar: el cristal rojo estaba quebrándose, el equilibrio se desmoronaba y el pacto de sangre corría peligro. Idearon un plan para atraparlo con las manos en la masa y enfrentarlo de una vez por todas.

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