Epílogo
© Virginia Salazar
N arud se paseaba con curiosidad por la feria recién levantada en el corazón del pueblo.
Sus ojos se detenían en los artilugios que los comerciantes exhibían con orgullo, y un suspiro escapaba de sus labios al imaginar poseer alguno.
Sin embargo, su bolsillo vacío lo mantenía atado a la contemplación.
Se conformaba con aspirar los aromas que flotaban en el aire: especias desconocidas, carnes ahumadas, perfumes exóticos que lo sorprendían, pues creía haberlo visto todo.
La feria era un crisol de lenguas y rostros, con extranjeros llegados de tierras lejanas.
La oscuridad comenzaba a teñir el cielo con pinceladas de añil. Algunas tiendas cerraban sus puertas, mientras otras encendían velas que temblaban como pequeñas estrellas, preparándose para una noche de música, licor y relatos que se derramaban en la voz de juglares y contadores de historias.
Narud suspiró. Siempre había deseado participar en una feria como aquella. Guardaba un talento secreto, un don que pocos dominaban: la magia corría por sus venas como un río oculto. Le gustaba inventar historias, aunque nunca lograba darles un final.
Entre los puestos, descubrió a quienes practicaban artes misteriosas: curanderas que sanaban con hierbas, mujeres que leían el futuro en las líneas de la mano, hombres capaces de mover objetos con la fuerza del pensamiento.
Había espectáculos de toda índole, algunos de magia genuina y otros meros engaños para los ojos.
Narud, sin embargo, sentía que sus propios dones eran apenas un murmullo frente a aquel estruendo de maravillas.
De pronto, se detuvo ante un espectáculo que jamás había presenciado.
Tres mujeres —una rubia, una morena y una pelirroja— acompañadas por un hombre, narraban historias que se volvían realidad.
Los personajes y sucesos emergían de un pergamino de cuero, proyectándose como espectros luminosos, figuras que danzaban en el aire como hologramas.
Era magia avanzada, tan sublime que parecía arrancada de un sueño.
Narud quedó impactado, como si un espejo invisible le devolviera su propia esencia.
Aquello era lo que siempre había anhelado: no solo por pasión, sino porque veía en ello la oportunidad de escapar de la pobreza.
Al concluir el espectáculo, las multitudes arrojaban monedas y joyas a los brujos, como si fueran dioses de carne y hueso.
—Maravilloso —exclamó Narud, aplaudiendo mientras se acercaba con entusiasmo al grupo de brujos—. Quiero ser vuestro discípulo. —Se inclinó en una reverencia torpe.
La bruja de cabello negro sonrió con picardía. Le divertía el aspecto de Narud: despeinado, pálido, con ojeras profundas y ropas descoloridas que no combinaban, semejante a un bufón extraviado.
La bruja rubia, de ojos tan claros que parecían ciegos, lo miró con desprecio. El aura que emanaba Narud le resultaba incómoda, casi repulsiva.
—¿Tienes el don? —preguntó el brujo, alto y apuesto, con voz grave que parecía resonar en las entrañas de la feria.
—Claro que lo tengo —respondió Narud, exaltado. Con un movimiento de manos hizo aparecer un pequeño pergamino, que entregó al brujo con solemnidad.
El hechicero lo desplegó y asintió en silencio. Luego pasó la hoja a la bruja pelirroja, quien la leyó con atención, sonrió y devolvió el papiro a Narud. En aquel pergamino estaba escrito uno de sus relatos de terror, impregnado de sombras y presagios.
El brujo se presentó como Jergo. Le entregó a Narud otro pergamino, más pequeño, en el que había dibujado un mapa acompañado de palabras que debía pronunciar al llegar al lugar señalado. La cita era al atardecer del día siguiente.
Narud, con el corazón desbocado, no pudo dormir aquella noche.
La emoción lo mantenía despierto, imaginando cómo sus historias cobrarían vida a través de la magia, cómo las monedas se acumularían hasta formar montañas doradas.
En su mente ya habitaba un castillo donde sus padres podrían vivir sin preocupaciones, protegidos por los muros de sus sueños.
✽✽✽
Al día siguiente, el pueblo volvió a su rutina.
La feria había desaparecido como un espejismo, pero los comerciantes locales aún ofrecían verduras frescas, leche espumosa, frutas brillantes y panes recién horneados.
Al caer la tarde, las calles empedradas comenzaron a vaciarse, como si la sombra de la montaña reclamara el silencio.
Narud apenas podía contener la emoción que hervía en su interior.
Se vistió con su mejor atuendo, intentando emular la presencia de Jergo.
Solo consiguió un aire más digno gracias a un traje formal heredado de su padre, holgado en su cuerpo.
Al menos, los tonos tierra y blanco armonizaban con la sobriedad del momento.
Con paso rápido, siguió el mapa inscrito en el pergamino.
Cada piedra bajo sus pies parecía guiarlo hacia un destino inevitable.
Finalmente, llegó a un rincón sin salida: los pies de una montaña rocosa, coronada por un árbol retorcido que parecía agonizar en silencio.
La decepción lo atravesó por un instante, pero recordó las palabras que debía pronunciar.
— Magic Writers —susurró con voz firme.
El suelo crujió como huesos quebrándose, y el árbol comenzó a balancearse lentamente, como si despertara de un sueño antiguo. En la base de la montaña se abrió una puerta de madera, oscura y pesada.
Narud, con las pulsaciones desbordadas, empujó el portal. Una luz cegadora lo envolvió, obligándolo a cerrar los ojos. Con valentía, cruzó el umbral y se encontró en un lugar que jamás habría imaginado.
Las paredes estaban cubiertas de repisas infinitas, repletas de libros de todos los tamaños y colores.
Narud nunca había visto un libro; desconocía la naturaleza de aquellos objetos.
Caminó con paso tembloroso entre mesas abarrotadas de pergaminos, donde mujeres y hombres, todos portadores del don, compartían la velada.
Dragones holográficos surcaban el aire, carruajes espectrales rodaban sobre las mesas, y criaturas imposibles saltaban entre los escritos, como si la fantasía hubiera roto sus cadenas.
Al fondo, sobre un podio elevado, se alzaban cuatro tronos.
En ellos descansaban las tres brujas y el brujo Jergo, tal como los había visto en la feria.
Narud sonrió, aceleró el paso y los saludó con reverencia.
Tras el encuentro formal, se adentró en la sala para conocer a sus iguales, convencido de que había encontrado el lugar donde su destino comenzaba a escribirse.
Narud avanzaba con cautela, observando cada detalle como si el aire mismo estuviera impregnado de secretos.
De pronto, se detuvo en seco: frente a él se encontraba una bruja de aspecto singular.
Su piel, color canela, contrastaba con las facciones finas de su rostro y los labios carnosos que parecían guardar un misterio.
Su cabello negro, frondoso y rizado, caía como una cascada indómita.
Pero lo que más atrapó a Narud fueron sus ojos: un púrpura tan profundo que rozaba el negro, como abismos que lo llamaban.
Sintió una atracción inmediata, casi hipnótica.
La bruja lo miró y sonrió. Se levantó con gracia y caminó hacia él.
—Hola, Narud, eres el chico nuevo —dijo con voz suave, pero firme, la bruja de ojos púrpura.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó él, sorprendido.
—Puedo leer la mente —respondió ella con una sonrisa pícara.
Narud se sonrojó, pues hacía apenas un instante pensaba en lo hermosa que era.
«¿Habrá escuchado ese pensamiento?» se inquietó.
—Sí, lo escuché —contestó la bruja en voz alta, provocando que el corazón de Narud se agitara—. Mi nombre es Ainigriv. Ven, quiero que conozcas a mi grupo.
Ainigriv tomó su mano con naturalidad y lo condujo hacia una mesa donde aguardaban otros jóvenes con dones extraordinarios.
Así fue como Narud entabló amistad con cinco personas:
Ainigriv, la bruja que leía la mente. Experta en historias que narraban futuros imposibles, visiones de carros eléctricos y voladores, de máquinas pensantes y artificios que nadie en aquel tiempo podía concebir. Provenía del continente americano, un lugar que Narud ni siquiera sabía que existía.
Torvic, un brujo de Europa, maestro en relatos de terror y poesía. Sus versos invocaban melodías con instrumentos aún no inventados, creando ritmos que hoy llamaríamos rap y heavy metal.
Suri, un brujo multicolor, joven de cuerpo pero antiguo de alma. Tenía el don de hacer brotar flores en la tierra más árida y era hábil en la preparación de pociones. Su poesía era tan precisa que podía levantar historias enteras con apenas unas palabras. Venía de unas islas peculiares de Europa.
Lebasi, una bruja capaz de ver el futuro en visiones y sanar con el toque de sus manos. Su especialidad era la literatura romántica, capaz de ablandar los corazones más endurecidos. Al igual que Ainigriv, provenía del continente americano.
Liagiba, la más joven del grupo. Su don era desdoblar su cuerpo y trasladarlo a otros lugares, lo que hoy llamaríamos teletransportación, habilidad que podía extender a otros. En la literatura era experta en la fantasía. Lia provenía de las mismas islas que Suri.
Cada semana, Narud se reunía con su círculo más cercano en aquel espacio secreto de los Magic Writers , un santuario donde brujos y brujas de todos los rincones del mundo compartían sus dones.
Por fin había aprendido a dar forma tangible a sus escritos, aunque seguía sin poder culminarlos.
Sus creaciones se desmoronaban, las figuras se distorsionaban como sombras quebradas.
Ainigriv solía aconsejarle con paciencia: «Para manifestar, debes estar en paz contigo mismo».
Pero Narud era un torbellino de emociones, y la mayoría de ellas se teñían de oscuridad.
Con el paso de los meses, encontró su voz en la comedia negra y el terror. Por ello, su mejor aliado fue Torvic; juntos pasaban horas conversando, hilando historias que se mezclaban con versos sombríos.