15. Dormidos para siempre
©Alberto Espada Soriano
T odo ocurrió en un hospital, a las afueras, pero muy a las afueras de la ciudad, un hospital a medio reformar.
Un hospital psiquiátrico, del cual casi nadie sabía su ubicación exacta por lo aislado que estaba.
Era un lugar ruidoso, gritos constantes, ruidos y voces estridentes.
Los enfermeros no se daban abasto. Además, era un complejo grande, todos hablaban, medicados hasta las cejas, fumaban sin cesar.
A veces se creaban conflictos, peleas, pero por la noche, a partir de la una y durante la madrugada, rara vez se escuchaba nada.
A los celadores les extrañaba mucho, pero, al final, acababan por no darle demasiada importancia, porque se hacían la idea de que los pacientes dormían o estaban muy somnolientos por el exceso de medicación.
Y así pasaban los días. Durante el transcurso de las mañanas y tardes, prácticamente lo mismo, pero cambiaba un poco para los que trabajaban allí.
Los enfermos cada vez estaban más delirantes y nerviosos, y pronunciaban un nombre.
Los trabajadores del hospital se dieron cuenta de ese detalle.
Los enfermos repetían el mismo nombre y añadían y balbuceaban alguna palabra seguida al nombre.
Incluso temblaban, se agarrotaban, gritaban, lloraban, pronunciando ese nombre. Un nombre de mujer.
Esto hizo que llegara a oídos del director del psiquiátrico, y este trató de restarle importancia.
Pero pasaban las noches y el patrón se repetía, un silencio escalofriante, un silencio misterioso y oscuro, nada, nadie se escuchaba, ni siquiera un ronquido, era estremecedor.
Uno de los enfermeros hizo un grupo con los demás y planteó la medida de intentar lograr comprender qué pasaba realmente.
Si era que todos los ingresados estaban profundamente dormidos, qué es lo que se daba por sentado o qué estaba ocurriendo.
Y empezaron a ponerse serios con las cámaras de vídeo vigilancia y los paseos rutinarios por pasillos y habitaciones, pero todo cada día seguía igual.
Durante el día se percataron de que los residentes se encontraban más débiles y seguían pronunciando dos palabras compulsivamente: un nombre seguido de algo, que no lograban aún descifrar.
Y así, día tras día, hasta que una noche, uno del equipo médico se dio cuenta de que los pacientes de las habitaciones que él controlaba ni siquiera respiraban.
Era como si estuviesen muertos, y empezó a avisar a sus compañeros y estos entraban a las habitaciones para comprobar dicha sospecha.
Y claramente era así, no tenían pulso, no se movían ni respiraban.
Durante toda la noche, todos los enfermos estaban sin vida en sus camas y sus cuerpos estaban fríos.
Se preguntaron cómo podían haber muerto todos esa misma noche.
Llamaron al director y todos los encargados se agruparon y esperaron toda la noche, sabiendo con certeza que nadie, excepto ellos, seguía con vida.
Hasta recién llegada la mañana fueron sacando los cuerpos inertes, y más tarde, después de un agotador y terrorífico día sacando a los muertos, alguien pareció oír algo, como si alguien hablase en voz alta.
Todos, asustados, se dirigieron a donde se oía esa voz, porque habían estado todo el día viendo a todos los internos dormidos para siempre, pero no consiguieron encontrar nada.
Hasta que se les ocurrió mirar las cámaras de seguridad del hospital y se dieron cuenta de lo ocurrido...
Janet, una paciente que había permanecido interna desde siempre, era la que cada noche susurraba en alto, mientras todos los demás se iban silenciando.
No solo susurraba, sino que llegaba a elevarse de la cama mientras decía palabras que no se entendían, eran como conjuros.
Y esas palabras llegaban a los oídos de los demás ingresados.
A Janet también la hallaron sin vida, sólo quedaron las grabaciones.
Los profesionales del lugar, helados, salieron despavoridos, y meses después cerraron permanentemente el hospital. Pero nadie pudo explicar lo sucedido: ¿cómo Janet, o quien poseía a Janet, hizo que poco a poco, desde la hipnosis al sueño eterno, condenó a todos hacia la muerte?
A Janet la llamaron la bruja.
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