14. Persecución
©Alberto Espada Soriano
C orrí lo más que pude, tropezando a oscuras, guiado por la leve luz de la linterna del móvil.
Escapando no del viento, sino con miedo calado en los huesos.
Escuchaba una voz cada vez más cercana, cada vez más terrorífica, estridente, multisonora, muy grave, como gritos llegándome a la nuca.
Corrí desesperado, perseguido por alguna presencia oscura y agresiva, que corría más rápido que yo despavorido.
Era la bruja de humo, metáfora que utilicé para describirla, pues aparecía desde todos los ángulos para susurrarme y volver a gritarme, golpeándome, empujándome.
Era la bruja de humo, la bruja sin rostro.
Todo ocurrió en una noche, adentrándome en el bosque de mi pueblo.
No más de una hora como algo casual, me llegó a inmovilizar.
Antes de soltarme, de repente y definitivamente, corrí hacia mi casa, pero, antes de abrir la puerta del bloque, miré hacia atrás asustado y, además de un escalofrío, lo que vi fue a una mujer corriendo por plena carretera hacia mí.
Hasta que, antes de entrar en casa, cerré los ojos fuertemente y, al volver a abrirlos, desapareció.
Nunca olvidaré esa noche, esa agónica e incomprensible persecución.