13. Ariss
© UGE F.
N ació cuando al reloj le quedaba el último cuarto de vuelta, para anunciar el final del día. Nació, arropada por la diosa de la mañana bajo la luz del lucero que no quiso esperar a la madrugada; nació en la fría cuna que aquella noche le preparó la luna.
Creció alejada de los demonios, de las puertas del bajo astral, de los fantasmas que solo vienen a molestar.
Ocultaron las ruecas entre la bruma, para que no se pudiera pinchar. La escondieron de las pesadillas que se quedan sin soñar, de las sombras oscuras, de las ciénagas impuras del más allá.
Ariss, que así la llamaron, olía a menta, a hierba recién cortada.
Su piel era como acariciar el pétalo de una flor, bañada por el rocío de la mañana. En sus ojos se reflejaba la abrumadora inmensidad de lo desconocido, la desconcertante sabiduría que se oculta tras lo prohibido, la profundidad de los universos que aún están por desvelar.
Unos ojos repletos de vida, de la misma vida que aquel nefasto día quiso celebrar, que la estirpe de las brujas por fin podría continuar.
Ariss nació, o tal vez, como nació muerta, nunca nació.
Decían los antiguos escritos que el corazón de su madre latía en su interior, que cuando la dio a luz no lloró, que el hades para sí la reclamó.
Fue tan terrible aquel dolor, tan grande la tristeza, que le entregó el corazón, a su hija que nació muerta.
La vida continuó y el tiempo en su devenir, pasaba tranquilo. Contando estrellas las noches de primavera, corriendo bajo las tormentas de verano, decorando calabazas en otoño, para pintar un rayito de sol, que en invierno dé calor.
Su nombre se enterró, como en una antigua profecía. Ariss, la niña que nació muerta, la última bruja conocida.
Bajo la tierra, en los estratos más profundos, donde se oxida el dinero corrompido se atragantaba su nombre.
Decidieron que, para acabar con su poder, tendrían que poner precio, a su blanca piel, a su aroma de hierba fresca, a su pelo brillante como la miel.
Ariss, la última bruja, la pequeña nacida muerta, llegó a este mundo con el don de la salvación, brotando como un torrente dentro de su corazón.
Su madre, antes de morir a manos del oscuro mal, la entregó a los lobos del lugar. Que juraron que con su vida a aquella niña protegerían, alejándola de todo lo que la pudiera causar algún mal.
La niña creció junto a las hadas que encendían las estrellas, Junto a las ninfas que hicieron en su pelo enredaderas, mientras escuchaban a las sirenas cantar. Así transcurrió la infancia de la niña que no podía hablar.
Uno tras otro, los años pasaron como suelen pasar, sin apiadarse, sin dejar tiempo para pensar.
Un día el hastío llegó para hacer daño, para llenar el vacío con difusos recuerdos de antaño, con las ganas de abrazarse a la almohada y llorar.
La niña creció, pero cada vez tenía la cabeza más revuelta, plagada de cuestiones a las que nadie daba una respuesta.
Se cansó de regar las rosas que nacían sin espinas, de mirar a los duendes que no paraban de bailar.
Se aburrió de la magia de los gnomos, de cantar con los pájaros a coro, de no vivir una vida de verdad.
Una tarde de esas en las que la melancolía te coge de la mano y no te quiere soltar, Ariss salió a pasear, pero esta vez a otro lugar.
Se marchó a la espesura del bosque, por donde los elfos no suelen pasar. Encontrando a uno de los lobos de la manada muerto a manos de un ser infernal.
¡Sus ojos como platos se abrieron, se tapó la boca, aunque no podía gritar! Miró al cielo, y las estrellas que comenzaban a despertar, muertas de miedo se volvieron a ocultar.
Los árboles, guardianes del lugar, ya lo habían avisado tiempo atrás, que las bestias del infierno, no tardarían en llegar.
Más de cien años habían pasado, sin que nadie se atreviera a cruzar el laberinto de espinos que las brujas consiguieron levantar.
La joven Ariss, desesperada, corrió buscando un escondite entre la espesura, camuflándose entre la bruma, para que nadie la pudiese encontrar.
La tarde rápidamente se hizo noche, se borraron los caminos, Ariss no regresó jamás al lugar del bosque donde las hadas la esperaban para jugar, donde las almas de los ancestros se encontraban, donde, aunque fuera despierta, se podía soñar.
Los árboles más antiguos se movían como podían para cerrar los caminos. Las hojas de sus copas ya no reían, las tinieblas el mundo por momentos corrompía, alimentándose de los fracasos, de los celos y la envidia, de todo lo que da asco.
El corazón del bosque no pensó que, al cambiar la orientación, la joven se perdería en las ciénagas.
La piel de Ariss brillaba entre los vapores que de ella emanaba como un faro en medio de la oscuridad, del cielo cayó una centella, donde la joven cansada de escapar se paró a llorar.
Un ser vestido de negro luto, de figura descarnada y con la nada asomando en la mirada, junto a ella se vino a sentar.
No temas, muchacha, le dijo, la profecía acaba de comenzar.
Al siguiente día no amaneció, las tinieblas se asentaron en la tierra y la tempestad se adueñó del mar.
El bosque fue perdiendo su color cuando, de entre la tierra, los gusanos se adueñaron del corazón que palpitaba en el último rincón de las montañas, en medio de la desolación.
Una desolación que se hacía fuerte con las almas de los atormentados, que dormían para siempre en el lodazal.
El silencio cubrió lo que antes sonreía, la tristeza quería reinar en el lugar, los lamentos paseaban a sus anchas, los suspiros de la luna, dejaron de suspirar.
Casiopea no paraba de llorar, sus lágrimas de plata se deslizaban, hasta el mar.
Al bosque llegaron las antorchas, el fuego y los tambores de una guerra que nunca debió comenzar.
Buscaban a la reina de los bosques, aquella que nació muerta, que nunca debió haber vivido.
El ser que junto a ella se sentó, con su negro manto la cubrió.
Ariss, la joven con olor a menta, se dejaba morir, ahogándose en su respiración.
Un alarido desgarrador sumió al bosque en un silencioso terror. ¡Las hadas habían caído!, alguien gritó.
Los gnomos, sorprendidos por las llamas, tampoco pudieron escapar de aquel horror.
Ariss reaccionó empujando a la muerte, salió de aquella eterna oscuridad y se lanzó a correr. Corrió como nunca lo hizo.
El bosque, su pequeño hogar ardía, su mundo se consumía.
La manada de lobos desgarraba a todo aquel que se acercara, pero contra las bestias del mal era imposible luchar.
La barrera de espinos en vano trató de reforzar, las aberraciones que de la nada surgían, con su aliento las consumían.
Seres desfigurados, apestados, inmundicias de la sociedad, arrancaban todo lo que no se debía tocar.
El reloj dejó de girar, el tiempo se detuvo para siempre como en Nunca jamás.
Se marcharon los cuervos que marcaban las horas, los segundos se apagaron, los minutos ni llegaron.
La muerte, furiosa como estaba, sacó su guadaña, el oxidado filo revolvió las entrañas del bosque, abriendo paso a las arañas.
Ariss cerró los ojos y en ese momento desde su pecho, como una dulce visión, su madre apareció. Vestida de raso blanco, rodeada de flores, ¡por fin conoció a su madre!, que por un instante la hizo olvidarse de los horrores.
Debía cumplir la profecía, ella era la última de las brujas que quedaba con vida, debía terminar con aquel mal.
Desata el caos, Ariss, le dijo su madre con una voz aterciopelada. ¡Desátalo!
Cuando los volvió a abrir, la visión ya no estaba allí. Ariss por primera vez en su vida gritó. Y lo hizo tan fuerte, que un tornado se levantó.
Se volvió negra el agua que salía de la fuente, tan negra como el alma de la muerte. De las profundidades del mar surgieron los dioses que dominan la tempestad.
El mar también despertó, con un rugido atronador, con una fuerza descomunal, derribó las montañas que los espectros trataban de escalar.
La diosa de la lluvia apagó las llamas con sus frías lágrimas de cristal. La oscuridad por un momento dejó de avanzar.
Ariss tenía los ojos ensangrentados. Desde el infinito, un halo de luz blanca la cubrió por completo. Y así se quedó, tranquila, hasta que la muerte la encontró.
La joven ya no podía ver nada, la sangre apagó su mirada, y aprovechando aquel momento de confusión, la muerte perforó el pecho de Ariss con su guadaña y le arrancó el corazón.
En segundos, la tierra que sostenía al bosque se partió en dos, tragándose todo lo que en aquel momento estaba a su alrededor.
La batalla fue brutal, gritos, muerte y desesperación.
De súbito, todo paró. Una extraña calma, regada con el incómodo silencio de la desolación.
Ni el aire, sin vergüenza, se atrevía a pasar.
Los días siguientes pasaron, casi en cámara lenta.
Todo perdió su color, como una vieja foto en blanco y negro, como una bocanada de dolor.
La luna, desde su trocito de cielo, se volvió loca, las estrellas perdieron su fulgor, Ariss ha muerto, gritaron los duendes, que sobrevivieron a tanto dolor.
Ariss no ha muerto, dijo la estrella polar, que se atrevió a salir del mar.
Su corazón, en el último momento, escapó de la oscuridad que la atrapaba, del vacío de una muerte profetizada, del silencio de la nada.
Su corazón se convirtió en piedra y está escondido en algún lugar para enseñarnos que la vida son momentos, nunca dejes de soñar.
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