AKELARRE 657 12. Pentagrama de espinas #2
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12. Pentagrama de espinas #2

Ella no perdió el tiempo, ignoró la incómoda sensación de su montura y continuó en silencio.

Él asumió que ella había aceptado la derrota por lanzarle un estúpido hechizo de pedos, sí, uno tan vergonzoso que se activaba cada vez que su trasero se separaba de la montura.

Anularlo le costó demasiado tiempo y concentración.

Llegado el momento en que tenían que cruzar un arroyo, el experimentado caballo de Lex confundió, sospechosamente, tierra firme con un banco de lodo. Lex terminó de cabeza sobre un lodazal.

—¡Señor! —Su segundo al mando, trató de ayudarlo a salir.

Mariane sonrió con suficiencia mientras pasaba, asegurándose de salpicarlos de lodo. Entretanto, las tropas elegían pasar sin mirar la triste escena, en donde dos tipos resbalaban una y otra vez sin lograr salir del lodazal.

—Deberías dejarlo ir —murmuró el segundo de Mariane.

Los ojos de ella brillaban con un suave halo de luz, siempre lo hacía cuando usaba su magia sin invocaciones. Algo de lo que muy pocos eran capaces.

—Entonces debieron abrir el portal hacia la frontera Ilusoria.

—Ya sabes que es imposible, todo el territorio está bajo asedio y los pentagramas de la familia están rotos.

Ella bufó y siguió su camino. Su segundo quería darse de cabezazos.

Mariane era una de las raras brujas que podía crear un portal de teletransportación.

Era un secreto de estado que ella no podía revelar, por órdenes explícitas de su padre, aunque la seguridad del reino pendiera de un hilo.

Y así tardaron cinco días en llegar a la zona. Humo y hedor a muerte invadía el lugar.

—Esto es peor —exclamó Lex, tratando de visualizar el estado del asedio.

La que antes fue conocida como «la ciudad de los jardines colgantes», había sido arrasada y reducida a escombros.

El palacete de la casta Ilusoria estaba claramente rodeado por seres humanoides, no portaban armaduras, sino túnicas blancas.

Las armas simples no los afectaban y repelían los ataques mágicos con ayuda de la energía vital que robaban.

—¡Ya saben qué hacer! —gritó Mariane, iniciando la marcha.

La especialidad de su ejército era el ataque envolvente. Sus tropas se dividieron en dos. Ella, en el centro, como cebo, solo con algunos hombres. Eran los más capaces.

—¿Qué demonios haces? —Lex trató de detenerla.

Ella apenas se giró a verlo, sin perder el paso con su caballo.

—Cazar —respondió resuelta—. Es para lo que vine.

Sus ojos brillaron cuando una espesa neblina cubrió a las dos grandes facciones de sus tropas, incluyendo a las de Lex. Mariane era una desvergonzada amazona de la casta Elemental, cabalgaba sin temor hacia la retaguardia del enemigo.

—Esto no estaba planeado —comentó su segundo a Lex, este negó con la cabeza.

—Leroana —espetó—, la fundadora de su casta, era una loca como ella. —Su admiración le brillaba en los ojos—. Cubriremos su flanco. —Observó un detalle—. Y que un escuadrón prepare la ruta de escape.

Porque si moría la familia de la casta principal, de cualquiera de las siete castas, todos se quedarían sin magia.

Ya había ocurrido una vez: restablecer el orden requirió el sacrificio de los líderes de las castas restantes mediante un hechizo prohibido.

Sabían que el heredero de la casta Divina continuó su legado, porque la magia no se había anulado, como sucedió con la casta nigromante, por la lucha sucesoria.

Los magos expertos empezaron a crear un pentagrama de teletransportación.

Lex iría hacia el interior del palacete para crear el otro; era la única manera de rescatarlos usando poca energía.

Mariane hacía lo suyo, haciendo explotar elementales con sobrecargas de energía solar y rayos.

Invocaba a los elementos de forma tan vana que cualquiera pensaría que solo estaba jugando. Su magia era brutal.

—Te hubieran pateado el trasero —comentó el segundo de Lex de una manera muy casual.

Se refería al torneo. Pasaron por un lado, tratando de evitar el combate. Su misión era rescatar a la familia principal y, de paso, a los que pudieran. Sortearon los ataques del enemigo, mientras galopaban a todo lo que podían sus monturas, pero, entonces, los muros empezaron a colapsar.

Mariane y Lex cruzaron sus miradas y decidieron actuar.

O algo así entendieron sus segundos, cuando Lex creó un pentagrama de luz y lo expulsó hacia los escombros de los muros, elevando una potente barrera.

Mariane, con llamas en las manos, las fusionó y creó un pequeño sol que lanzó hacia el cielo, provocando que los elementales empezaran a quemarse vivos.

Era demasiada luz y sus cuerpos no podían procesarlo.

Justo al momento de llegar, el chillido demencial del líder enemigo surgió cerca de Lex.

Él no iba a poder evitar ese ataque. Su segundo estaba envuelto en medio de dos elementales, que también iban por su cabeza.

Se preparó para la embestida del potente ataque del elemental, quizás perdería la vida.

El delgado cuerpo de Mariane se interpuso, su rata familiar fue lanzada a su cara.

Ella no solo absorbió el ataque, también devolvió la potente energía convertida en rayos que recorrieron el campo de batalla.

Era como una especie de purificación que aniquilaba elementales.

El choque fue tal, que sus cabellos se soltaron de su apretada trenza y se volvieron blancos.

—¡ Illuminatio [4] !

Lex cubrió a su nueva carga y lanzó su segundo hechizo para cubrir el de Mariane. Los elementales empezaron a descomponerse por el exceso de luz. Pronto, sólo quedaron las tropas de brujos, vitoreando y gritando por la victoria. El cuerpo de Mariane humeaba, su respiración era lenta y forzosa.

—Dion solo come avellanas —dijo en un susurro, antes de caer desplomada de su caballo, milagrosamente intacto.

Su cara aterrizó a pocos milímetros del suelo, porque Lex la atrapó con las justas.

—Bruja tonta —gruñó con un suspiro.

✽✽✽

Mariane abrió los ojos. Su sangre se heló al ver la pétrea expresión de su padre, que sonrió con rictus serio antes de ponerse de pie. Junto a él se hallaba el hijo mayor, Anastasius. Su mirada vacía, carente de alma, y labios babeantes la pusieron en alerta.

—Hiciste bien, hija —musitó Aldebarán—. Ahora todos saben que tu estúpida hermana actuó por capricho y que favoreces a los Harrington.

Ella no pudo articular ninguna palabra.

—Harás bien en seguir bajo mi guía —dijo al llegar a la puerta—. No querrás terminar como tu hermano.

Solo por breves momentos, Mariane pudo vislumbrar el brillo en los ojos de Anastasius, su alma gritando por el infierno en el que se encontraba.

—Pronto perfeccionaré mi técnica —masculló su padre antes de salir. Él compartía sangre arcana.

Las horas transcurrieron en calma, mientras ella se recuperaba en aquella acogedora habitación. Parecía ser de algún noble. Un suave toque en la puerta la alertó.

—Es de buena educación sonreír a las visitas —musitó Lex al ingresar. —Ella lo miró sin comprender—. Que bajes ese cuchillo —sugirió él mientras ingresaba.

Solo en ese momento, ella se percató.

—Ah, claro —susurró, dejando el arma bajo su almohada—. ¿Qué haces aquí?

—Interesante —comentó él, tomando asiento en la silla junto a la cama—. ¿No puedo visitarte? —Ella enarcó una ceja—. Gracias por salvarnos. —Lex se arrodilló con el puño en el pecho. Era el máximo saludo que se podía dedicar.

—Eres el maldito heredero, no podía dejarte morir en mis narices.

—Pensé que me querías muerto.

Ella se encogió de hombros, sus dedos jugueteaban con las mantas que tenía enrolladas en la cintura. Solo en ese momento, se percató de que estaba en camisón. «Rayos». Su rostro empezó a colorearse. Y se hizo más consciente de que Lex permanecía arrodillado.

—Ya puedes levantarte —agregó ella.

—Cásate conmigo.

Ella sintió una punzada en el pecho.

—No —respondió sin pensarlo, su rostro pálido.

No negaría que aquellas palabras calaron muy profundo en su alma. Se quedó helada al sentir la furia de las espinas que rodeaban su cuello. El oxígeno fue bloqueado.

—¡Dije que no! —gritó, mientras se sostenía inútilmente del cuello. Era magia arcana del más alto nivel.

—¿Qué te sucede, Mariane? —Lex trató de revisarla.

Ella rodó fuera de la cama, empezando a perder el color del rostro. Las lágrimas surcaban sus mejillas, no podía respirar ni hablar. Estaba muriendo. Lex tuvo que emplear mucha energía para anular la maldición que atacaba a Mariane, una que muy pocos brujos de su casta eran capaces de crear.

— ¡Regressio!

Ella empezó a vomitar hojas, ramitas y espinas con sangre. Poco a poco, logró recuperar el color del rostro con el oxígeno arremetiendo en sus pulmones.

—Ahora lo sabes —respondió ella sin enfrentarlo—. No debo codiciar lo ajeno. Solo atormentarlo.

Lex se despeinó los cabellos.

—No soy un objeto y la promesa sólo especifica una hermana Leroana.

Ella negó.

—Te robaré. —Le ofreció su pañuelo—. No podrán hacerte nada.

Ella dudó, sabía lo que ocurriría.

—Acogeré a los tuyos.

Lo tomó.

— Tempestas [5] .

Él observó que sus ojos brillaban.

—Se supone que te estoy secuestrando.

—Ah, cierto.

(¿FIN?)

✽✽✽