12. Pentagrama de espinas
© Kristine V. Wolf
E l continente occidental se encontraba dividido en varios reinos y se fueron unificando a través de matrimonios políticos o guerras.
Se dice que la paz permaneció por casi más de un milenio, pero la corrupción se apoderó de la mente del rey más sabio.
Un hombre que era casi una divinidad; podía curar casos imposibles y pacificar zonas de conflicto.
Todo ocurrió tras perder a su reina, a la cual no pudo tratar a tiempo.
Rompió la sagrada ley que establecía que no se debía resucitar a los muertos.
La reina resucitada costó muchos sacrificios y generó caos.
No volvió el alma inocente que todos conocían, era un demonio lo que residía en ese cuerpo.
El rey, enceguecido por su obsesión, se negó a detenerla, y así, una sola vida provocó la caída de un vasto reino.
Las grandes familias se agruparon en dos bandos, los que creían en la reivindicación divina a través del único descendiente del rey y los que querían independizar sus tierras.
Lo que desencadenó la gran guerra de castas.
La lucha fue atroz y erradicó muchas vidas inocentes.
Pero aquella demoniaca criatura fue vencida y, con ella, su enloquecido rey.
Al final, se dice que el único príncipe divino, desapareció sin dejar rastro.
El reino se dividió en siete castas: Divina, Elemental, Ilusión, Invocación, Transmutación, Nigromancia y Arcana.
Por desgracia, la divinidad terminó corrompiéndose desde adentro; el poder era tan codiciado que, uno a uno, como si fuera un castigo de los cielos, los portadores de la divinidad fueron cayendo.
Sus templos quedaron en el olvido, sus grandes acciones como mitos y su único descendiente real se convirtió en leyenda.
—Qué lastre —espetó Mariane al terminar de leer el libro que trataba sobre el antiguo reino divino de las brujas.
Se encontraba sentada sobre un tronco caído, vestía su ropa de entrenamiento porque había llegado directo de machacar a sus hombres y ahora solo le apetecía descansar.
La historia la relajaba. Observó sus botas polvorientas que colgaban del tronco y suspiró.
«Ya debe haber terminado el compromiso», pensó con agobio.
Decidió ignorar su arruinada trenza, sus cabellos color caoba parecían ramitas.
Mientras se bajaba, pateó una bellota que caía.
Casi de inmediato, el chillido de un ave captó su atención.
—Maldita mi suerte.
Una daga fue hacia su dirección, ella la evitó con una finta, mientras aterrizaba sobre el suelo cubierto de hojas.
— Expergiscere [1] —susurró, dibujando el pentagrama en su mente; mientras sus ojos grises se iban iluminando al activar su poder—. Nocturnus venatores [2]
Desde roedores, aves y otras alimañas muertas se levantaron de entre las hojas y árboles, y empezaron a rodear al intruso que salió armado con una espada. Vestía la ropa ceremonial de la casta Harrington.
—Señorita Leroana —gruñó el joven de cabellos negros. Su mirada esmeralda se estrechó.
Le llevaba casi una cabeza de altura.
—Tenía que ser el niño Lex —espetó ella, sin dejar de invocar a los animales muertos—. ¿Quieres tu paliza ahora?
Porque ambos tenían un ajuste de cuentas pendiente.
—Solo a una loca se le ocurre lanzar nueces a un hombre meditando —respondió él.
La tensión fue en aumento.
—Estás en territorio enemigo, niño.
Él le llevaba fácilmente cinco años, pero, aun así, ella lo desmerecía. Él guardó el arma en un estuche que mantenía a su espalda.
— Regressio [3]
Lex anuló la magia de Mariane, sin embargo, esta lo reactivó de nuevo y los envió al ataque. La víctima fue la lechuza familiar de Lex, que terminó huyendo del ejército zombi. Él contuvo su comentario y suspiró. «Sé paciente, no puedes colgarla de cabeza, acabas de comprometerte», se dijo.
—Me marcho —espetó en cambio—. Deje de torturar animales.
Mariane levantó el mentón, no le debía explicaciones. Una rata blanca se asomó por su hombro, los ojos rojos del animal observaban con atención.
—Ese idiota no deja de ponerme los pelos de punta —gruñó ella—. No sé qué le ve Eleanora.
Era su medio hermana, la misma que la odiaba con todo su ser. Ser hija ilegítima le hacía la vida cada vez más difícil. Aunque le provocaba curiosidad el ver al prometido «meditando» en medio del bosque.
✽✽✽
Días después, durante el gran baile organizado por la familia Leroana, se daría el gran anuncio del futuro líder de la casta Elemental y del paladín, que participaría en el torneo de sucesión del futuro líder de las brujas.
Seis paladines competirían entre sí, porque una vacante siempre quedaba libre.
Nunca apareció un descendiente de la casta Divina.
Ninguno con un poder equiparable que llevara el orgulloso linaje de un santo.
—Mis hijas aquí presentes —anunció el cabeza de familia, Aldebarán Leroana—. Mariane, mi más joven y prometedora hija, pasará a ser mi sucesora.
—¿Qué? —exclamaron las dos hermanas.
—Y mi dulce hija Eleanora competirá por el derecho de sucesión de las siete castas.
Una corriente fría circuló por las venas de Mariane.
Ella, solo ella, había tenido que entrenar durante años para esa maldita competición, mientras que Eleanora solo se dedicó a las fiestas de té y bailes.
«Incluso fui…», no pudo completar ese pensamiento porque su garganta empezó a cerrarse, como si una rama de espinas se incrustara en su piel.
Era la maldición que su padre había impuesto sobre ella.
Fidelidad absoluta a la casta Elemental.
Los murmullos de sorpresa y burla surgieron de golpe.
Un invitado, que era parte de otra casta, sonrió divertido.
Incluso codeó a Lex, que acababa de llegar.
—Te dije que ese viejo era inteligente —susurró a Lex.
Él enfocó su mirada en Mariane, ella iba ataviada con un sencillo vestido rosa; solo se mantuvo inmóvil, ante el extenso discurso de su padre. La hermana, que vestía un atuendo digno de una princesa, pareció mortificada al inicio, luego, empezó a saludar a los invitados, sonriendo con suficiencia.
—Beban, beban hasta cansarse, pronto iniciaremos una nueva era —finalizó Aldebarán.
✽✽✽
La gran prueba llegó y los seis competidores presentes realizaron el saludo respectivo al actual líder. Era el abuelo de Lex, Erimeter Harrington. Siempre se saltaban una generación.
—No importa si no gano, padre. Igual me casaré con Lex Harrington —exclamó Eleanora con suficiencia, momentos antes de ingresar a la arena.
No le había importado quién pudiera escuchar.
Mariane solo observaba en silencio, con rabia, por la estúpida decisión de su padre.
Sus puños apretados a los costados, soportando las risas poco simuladas de los otros competidores.
«Tu hermana va a ser la futura esposa de Harrington», había dicho Aldebarán.
«Da igual si ella gana o pierde, los Harrington han ocupado el poder desde la gran caída».
«Padre nunca necesitó de mí», pensó Mariane con amargura.
«Mamá no tuvo por qué morir y yo no tendría que haber terminado en este infierno».
Su cuello empezó a apretarse. Uno a uno, los candidatos iban desfilando, haciendo su demostración de habilidades, era parte fundamental del evento.
Eleanora pasó con su gato familiar, Satán.
Ningún truco ni encantamiento, nada. Solo indumentaria bonita para mostrar.
El rostro de Aldebarán estaba más rojo que un tomate, e incluso Mariane sentía la aplastante vergüenza.
Lo peor vino durante los combates. Eleanora perdió en la primera tanda, tras un simple hechizo de explosión que le salió mal, el mismo que la envió fuera del pentagrama de combate.
Un error que ningún principiante cometería.
—¡Casta Elemental, eliminada!
Todas las miradas se clavaron en Aldebarán, quien terminó envuelto en la expresión más fría que Mariane ya conocía. «Esto es un delicioso karma», pensó Mariane. Mantuvo su rostro desprovisto de cualquier emoción para no terminar peor de lo que ocurriría con Eleanora.
El torneo terminó con la victoria de Lex Harrington, de la casta Arcana.
Estuvo muy discutido entre la casta Nigromante, con sus cuervos zombi, pero no pudieron contra las potentes garras de la lechuza familiar de Lex.
Eran de acero puro. «Al menos el acoso de la señorita Mariane sirvió de algo», pensó él con sarcasmo.
En medio de la celebración, a la que Mariane tuvo que asistir en nombre de su indispuesto padre, llegó un mensajero de la casta Ilusoria, mostraba signos de un salvaje ataque.
—¡Ataque de elementales de Luz! —gritó antes de desplomarse en el suelo.
«Lo que faltaba», pensó Mariane. Aquellos seres eran vampiros, los cuales podían caminar bajo la luz del sol. Extraían las almas de sus víctimas como alimento. No eran raros, pero cuando decidían atacar, solo significaba una cosa.
—¡Guerra!
✽✽✽
—Elevarás la dignidad de la familia.
Tras la orden de su padre, Mariane y doscientos brujos partieron junto a las tropas de la actual casta gobernante.
Entre ellos no había querellas, solían patrullar los límites territoriales gran parte del año.
El problema eran los dos comandantes. que no dejaban de hacerse bromas pesadas.
Esta vez, Mariane se sacudía del rostro los jugos de un slime, uno que había rebanado en cuanto la criatura se lanzó contra ella.
O cayó, no estaba claro. Era un completo fastidio pegajoso, que se metía entre las costuras de la ropa.
Y Lex parecía ser el autor de aquella aberración.