11. El último invierno de Aisling #3
La oscuridad dentro de él rugió con desesperación.
Por unos segundos volvió a luchar. Sus manos temblaron, su cuerpo se estremeció y su voz volvió a pertenecerle.
—Corre.
Aisling sintió las lágrimas arder en sus ojos.
—No puedo.
La luz terminó de cerrar el círculo y un dolor insoportable atravesó su pecho. Sus piernas dejaron de sostenerla y cayó lentamente sobre el suelo de piedra, mientras el monasterio se estremecía a su alrededor.
La oscuridad salió de él con un grito que hizo temblar las montañas.
Y desapareció.
Durante unos segundos solo quedó silencio.
Después, él cayó de rodillas junto a ella.
La sostuvo entre sus brazos, desesperado, como si todavía existiera alguna manera de impedir que se marchara. Sus manos temblaban mientras apartaba el cabello de su rostro y las lágrimas descendían sin control por sus mejillas.
La miró como si apenas pudiera reconocer el precio que ella había pagado por él.
—Perdóname...
Aisling abrió los ojos con dificultad.
Lo observó durante un largo instante y, por un momento, volvió a ver al hombre que había encontrado herido junto al bosque. Al hombre que hablaba de constelaciones, que conocía las plantas medicinales y que había pasado siglos huyendo de una oscuridad que nunca eligió.
Con un esfuerzo que le arrancó las últimas fuerzas, levantó la mano y rozó su rostro.
—No fui yo quien debió intentar salvarte.
Él cerró los ojos mientras un sollozo escapaba de su garganta.
A su alrededor, el monasterio continuaba derrumbándose. Las llamas ascendían por las columnas de madera y las sombras danzaban entre los muros cubiertos de antiguos símbolos que pronto desaparecerían bajo el fuego.
A lo lejos, la niebla descendía lentamente desde las montañas, atravesando los árboles y acercándose al monasterio, como lo había hecho durante generaciones.
Aisling la observó una última vez.
Siempre había creído que la niebla guardaba los lugares que protegía, pero ahora sabía que también guardaba las promesas que nacían dentro de ellos.
Una lágrima silenciosa recorrió su rostro, mientras una pequeña sonrisa aparecía en sus labios.
Porque algunas almas no se pierden cuando una vida termina.
Algunas regresan cuando llega el momento de cumplir aquello que dejaron pendiente.
✽✽✽
La actualidad
Durante mucho tiempo no hubo nada.
Aisling no sabía cuánto había pasado ni si aquello que sentía podía llamarse tiempo. No existía el dolor, tampoco el miedo. Solo una quietud profunda, semejante a la que precede al despertar de un sueño demasiado largo.
Entonces escuchó una voz.
Era suave, cercana, imposible de confundir.
La voz de su madre.
—Descansa, hija.
Aunque no podía verla, sintió su presencia con una claridad que atravesaba aquella oscuridad.
—Has cargado demasiado durante esta vida.
Una calma desconocida comenzó a envolverla, como si por fin pudiera soltar todo aquello que había intentado sostener durante tanto tiempo: la culpa, la pérdida y el peso de haber querido salvar a alguien que debía encontrar su propia luz.
—Volverás cuando recuerdes quién eres.
Aisling quiso responder, pero la voz comenzó a alejarse lentamente, dejando tras de sí una certeza que no necesitaba explicación.
Algunas promesas no terminan con la muerte.
Algunas almas siempre encuentran el camino de regreso.
✽✽✽
Muchos años después…
Una niña abrió los ojos en una pequeña ciudad rodeada de montañas y niebla.
Sus padres decidieron llamarla Cristal.
Desde muy pequeña sintió que existían cosas que no podían explicarse con palabras.
Percibía emociones en los lugares, encontraba calma en la naturaleza y tenía una sensibilidad especial para aquello que otros apenas podían notar.
A veces soñaba con paisajes desconocidos, con voces que no recordaba haber escuchado y con una tristeza que parecía venir de una historia que no era la suya.
Con el paso de los años, esa conexión la llevó, junto a su hermano Chace, a crear un espacio donde otras personas pudieran encontrar respuestas, equilibrio y un poco de luz en medio de sus propios caminos.
Una tienda esotérica en Blue Ridge.
Entre cristales, libros antiguos, aromas de hierbas y objetos cargados de historias, Cristal comenzó a descubrir que algunas conexiones no nacen en una sola vida.
Hay lugares que parecen reconocernos, personas que llegan a nosotros con una familiaridad inexplicable y recuerdos que permanecen guardados en algún rincón del alma esperando el momento adecuado para despertar.
Una noche, mientras ordenaba antiguos cristales dentro de la tienda, sostuvo entre sus manos una pieza que le provocó una emoción difícil de comprender.
No era miedo.
Tampoco tristeza.
Era la sensación de extrañar algo que nunca había perdido.
Durante unos segundos, una imagen atravesó su mente: una montaña cubierta por niebla, un invierno lejano y unos ojos llenos de amor y dolor que la observaban como si hubieran esperado siglos para encontrarla.
Cristal cerró los ojos y sonrió, aunque no sabía por qué.
Porque algunas almas no olvidan.
Solo esperan el momento correcto para recordar quiénes son.
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