AKELARRE 657 11. El último invierno de Aisling #2
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11. El último invierno de Aisling #2

—Hace muchísimo tiempo tuve una familia, un hogar y una vida tan sencilla que apenas logro recordarla. Después alguien decidió arrebatarme todo eso. —Su voz permanecía serena, pero cada palabra parecía contener siglos de resignación—. No nací siendo esto.

Ella sintió que el aire se volvía más denso entre los dos.

Él levantó lentamente la vista.

—Fui convertido.

La palabra quedó suspendida en el silencio.

Durante toda su vida había escuchado historias sobre criaturas condenadas a alimentarse de la sangre de otros para sobrevivir.

Relatos que la mayoría repetía con miedo y que su madre siempre evitaba confirmar o desmentir.

Aisling jamás imaginó que algún día tendría una de aquellas criaturas sentada frente a ella.

—¿Eres un...?

Él asintió antes de que pudiera terminar la pregunta.

No había orgullo en su expresión.

Solo una tristeza infinita.

—Sí.

Aisling sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. No retrocedió por miedo, sino porque, de pronto, muchas cosas comenzaron a cobrar sentido: las noches en vela, el rechazo constante a la comida, la manera en que evitaba caminar bajo el sol y aquella melancolía que parecía no abandonarlo nunca.

—¿Has hecho daño a alguien?

Él cerró los ojos durante unos segundos antes de responder.

—Sí.

La confesión salió acompañada de un dolor tan profundo, que Aisling comprendió que aquella culpa llevaba demasiado tiempo habitando en su interior.

—Y viviré arrepintiéndome de ello mientras exista.

Permanecieron en silencio. El crepitar de la leña fue lo único que rompió la quietud de la cabaña.

—Desde entonces he pasado siglos huyendo de mí mismo. Aprendiendo a controlar el hambre. Alejándome de las personas antes de convertirme en aquello que más temo.

Después la miró con una serenidad que le desgarró el alma.

—Por eso debes marcharte, Aisling. No porque quiera perderte, sino porque no pienso permitir que cargues con una condena que nunca te ha pertenecido.

Ella sintió que el pecho se le oprimía.

Podía haber huido.

Podía haber obedecido a su razón.

Pero el hombre que tenía delante no era el monstruo que describían las leyendas. Era alguien que llevaba siglos luchando contra una oscuridad que jamás había elegido.

—Tiene que existir una forma de romper esa maldición —susurró.

Él negó despacio.

—Si existiera, ya la habría encontrado.

Aquella respuesta debió bastarle.

Debió aceptar que había batallas que no le correspondían.

Pero el amor rara vez escucha a la prudencia.

Esa misma noche, cuando el monasterio quedó sumido en el silencio y solo el viento recorría los pasillos de piedra, descendió hasta la biblioteca que su familia custodiaba desde hacía generaciones. Su madre le había prohibido entrar en la sala más antigua desde que tenía memoria.

«Hay conocimientos que existen únicamente para recordarnos por qué nunca deben utilizarse».

Aisling siempre había respetado aquella advertencia.

Hasta entonces.

Empujó la pesada puerta de madera y el olor a pergamino antiguo envolvió la estancia. Recorrió lentamente las estanterías iluminadas por una única lámpara de aceite, hasta detenerse frente a un volumen encuadernado en cuero oscuro, tan viejo que parecía haber sobrevivido a siglos de inviernos.

Permaneció inmóvil unos instantes.

Sabía que cruzar aquel umbral significaba desobedecer a su madre por primera vez.

También sabía que, si existía una mínima posibilidad de devolverle la vida que le habían arrebatado, no podría marcharse sin intentarlo.

Así que abrió el libro.

Y, sin advertirlo, abrió también la primera grieta en el destino que su familia llevaba generaciones protegiendo.

✽✽✽

La grieta

El manuscrito no hablaba de vampiros. Hablaba de almas condenadas y de antiguos vínculos capaces de alterar el equilibrio cuando alguien, movido por el amor o la desesperación, intentaba desafiar aquello que nunca debía tocarse.

Aisling leyó cada una de sus páginas convencida de que encontraría una forma de romper la maldición sin comprender que, a veces, la diferencia entre salvar y condenar dependía únicamente de una advertencia ignorada.

Durante días ocultó el libro y estudió cada símbolo en silencio. Él nunca supo lo que estaba haciendo. Solo notó que su mirada había cambiado, como si una esperanza que antes no existía hubiera comenzado a abrirse paso dentro de ella.

—¿Qué ocurre? —le preguntó una tarde.

Aisling sonrió.

—Creo que por fin encontré una salida.

Él negó con una tristeza infinita.

—No sigas buscándola.

—¿Por qué?

—Porque hay maldiciones que no pueden romperse sin destruir algo más.

Ella quiso creer que el miedo era el que hablaba. Después de todo, ¿cómo podía resignarse alguien a vivir una eternidad huyendo de sí mismo?

Esperó hasta la última noche de invierno.

La niebla descendía lentamente por la montaña cuando lo condujo hasta el antiguo círculo de piedra oculto entre los árboles. Encendió las velas, colocó las hierbas, tal como indicaba el manuscrito, y comenzó a recitar las palabras escritas siglos atrás.

Él la observó en silencio durante los primeros instantes, hasta que comprendió lo que estaba intentando hacer.

—Aisling... detente.

Ella continuó.

—Escúchame, por favor.

Pero no dejó de leer.

El aire comenzó a volverse más pesado. Las llamas de las velas oscilaron con violencia y una vibración profunda recorrió la tierra bajo sus pies. Entonces, él cayó de rodillas, llevándose las manos al pecho, mientras una sombra oscura parecía desprenderse lentamente de su cuerpo.

Aisling sintió que el corazón iba a escapársele del pecho.

Había funcionado.

O eso creyó.

La sombra permaneció suspendida apenas un instante antes de expandirse como una grieta sobre la piedra. El suelo tembló con fuerza y un murmullo antiguo, tan profundo que parecía surgir de las entrañas de la montaña, envolvió el bosque.

Fue entonces cuando recordó la última advertencia del manuscrito.

No existía ninguna maldición que romper.

Aquella oscuridad no era el origen del castigo.

Era aquello que el castigo mantenía encerrado.

El horror la paralizó.

—No... —susurró.

Pero ya era tarde.

La oscuridad regresó hacia él con una violencia imposible de contener. El hombre se arqueó mientras luchaba desesperadamente por resistirse.

—¡Corre! —gritó con la voz quebrada—. ¡Aisling, huye!

Ella dio un paso hacia él.

Jamás llegó a alcanzarlo.

Cuando volvió a levantar la cabeza, aquellos ojos grises que una vez le habían hablado de estrellas ya no estaban allí.

Solo quedaba una oscuridad inmensa.

Y un hambre que llevaba siglos esperando ser liberada.

✽✽✽

La promesa

Cuando Aisling regresó al monasterio, ya era demasiado tarde.

El fuego consumía las vigas de madera que, durante generaciones, habían protegido aquel lugar.

El humo ascendía entre los ventanales rotos, mezclándose con el olor de la sangre y el incienso que todavía ardía en algún rincón.

Las antiguas piedras, que tantas veces habían escuchado las plegarias de las guardianas, ahora estaban cubiertas de ceniza.

Su madre yacía junto al altar de piedra. Las demás guardianas habían corrido la misma suerte.

El lugar que, durante siglos, había custodiado el equilibrio se había convertido en un reflejo de aquello que habían intentado impedir.

Entonces lo vio.

Permanecía entre las sombras del monasterio, inmóvil, con las manos cubiertas de sangre y una expresión de horror que no pertenecía a la criatura que había tomado su cuerpo, sino al hombre que aún intentaba regresar.

Durante un instante, sus ojos volvieron a ser los mismos.

Los ojos del hombre que hablaba de estrellas y que había aprendido a sonreír junto a ella.

—No... —susurró, llevándose una mano al rostro—. ¿Qué hice?

Aisling sintió que algo dentro de ella se quebraba, pero no podía permitirse caer. La entidad seguía unida a él, y mientras permaneciera allí, aquella oscuridad continuaría buscando una forma de extenderse más allá de las montañas.

Abrió el manuscrito por última vez.

Ya no buscaba una manera de salvarlo.

Buscaba una forma de detener aquello que había liberado.

Las últimas páginas hablaban de un nuevo sello, uno que no exigía poder ni conocimiento, sino una entrega voluntaria. Una vida ofrecida con plena conciencia para restaurar el equilibrio perdido.

Y entonces comprendió que aquella siempre había sido la única salida.

Él entendió lo que estaba a punto de hacer.

—No. —La palabra salió de sus labios cargada de miedo—. Aisling, no lo hagas.

Ella lo miró con una tristeza serena.

—Ya intenté salvarte una vez.

Los símbolos grabados en la piedra comenzaron a iluminarse bajo sus pies. Uno tras otro, despertaron, mientras el monasterio entero parecía contener la respiración.