AKELARRE 657 11. El último invierno de Aisling
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11. El último invierno de Aisling

©Bells Devis

«Hay inviernos que no anuncian el final de una vida, sino el comienzo de un alma».

E l frío dejó de doler mucho antes que la herida.

Yacía sobre el suelo de piedra de un antiguo monasterio oculto entre montañas, donde la niebla jamás terminaba de disiparse.

El humo ascendía desde las vigas consumidas por el fuego, mezclándose con el olor metálico de la sangre y el incienso que aún ardía en algún rincón.

A su alrededor solo quedaban ecos: el crujido de la madera al desplomarse, el ulular del viento colándose por los ventanales rotos y un silencio tan profundo que parecía haber devorado incluso las plegarias.

Intentó incorporarse, pero el dolor le atravesó el pecho como un hierro candente. Bajó la mirada.

La sangre seguía brotando entre sus manos.

No le quedaba mucho tiempo.

Cerró los ojos un instante y dejó que el aire helado rozara su rostro.

Aquellas piedras habían sido su hogar desde la infancia.

Entre esos muros había aprendido que la luz no se imponía, sino que se protegía; que el poder jamás pertenecía a quien lo buscaba por ambición, sino a quien era capaz de renunciar a él.

Ahora todo era ceniza.

Un paso vacilante rompió el silencio.

Alzó la vista.

Él seguía allí.

De rodillas frente a ella.

Su ropa estaba desgarrada, las manos temblaban y la sangre que cubría sus labios descendía lentamente hasta el mentón. Aun así, era imposible no reconocer el mismo rostro que meses atrás le había devuelto una sonrisa que creía olvidada.

Sus ojos, antes serenos, estaban rotos por una culpa insoportable.

—Perdóname... —susurró con la voz quebrada.

Ella lo observó largamente.

Durante un instante quiso recordar al hombre que había conocido junto al río, cuando todavía sonreía con timidez y evitaba mirarla demasiado tiempo.

Al hombre que hablaba de constelaciones como si las hubiera visto nacer y que jamás aceptaba la comida que ella le ofrecía sin antes preguntarle si alcanzaría para todos.

Pero ese hombre ya no estaba allí.

Solo quedaban los restos de alguien que había perdido la batalla contra sí mismo.

Una lágrima descendió por la mejilla de Aisling.

No era de miedo. Tampoco de rabia.

Era la tristeza inmensa de descubrir que el amor, por sí solo, no siempre bastaba.

Con un esfuerzo que le arrancó un gemido apenas audible, levantó la mano y rozó su rostro.

Él cerró los ojos al sentir el contacto.

—No fui yo quien debió intentar salvarte —murmuró ella.

Las palabras parecieron quebrarlo definitivamente.

El hombre inclinó la cabeza hasta apoyar la frente sobre la mano de Aisling, mientras un sollozo ahogado escapaba de su garganta.

Alrededor de ellos, el monasterio continuaba derrumbándose. Las llamas trepaban por las columnas de madera y las sombras danzaban entre los muros cubiertos por antiguos símbolos que el fuego comenzaba a borrar para siempre.

A lo lejos, la niebla descendía lentamente desde las montañas.

Avanzaba sin prisa.

Como si hubiera estado observando todo desde el principio.

Aisling sonrió con una serenidad que ya no pertenecía a este mundo.

Sabía que su historia terminaba allí.

O, quizás...

Que apenas estaba comenzando.

✽✽✽

Antes de las cenizas

Tres meses antes...

Aisling siempre había creído que el silencio también podía enseñar.

Lo había aprendido de su madre mucho antes de comprender el verdadero significado de las palabras que repetía con tanta frecuencia.

Mientras otras niñas de su edad corrían entre los bosques persiguiendo mariposas o inventando historias junto al río, ella pasaba las tardes recorriendo los senderos de la montaña, escuchando el viento deslizarse entre los árboles y observando la niebla extenderse lentamente sobre los valles.

—La naturaleza siempre habla —solía decirle su madre mientras caminaban juntas—. El problema es que casi nadie ha aprendido a escucharla.

Su familia llevaba generaciones habitando aquel antiguo monasterio escondido entre las montañas. No eran sacerdotisas ni hechiceras, como muchos creían. Tampoco buscaban poder, riquezas o reconocimiento. Eran guardianas.

Custodiaban lugares donde el equilibrio entre la luz y la oscuridad era demasiado frágil para quedar desprotegido.

Aisling nunca terminó de comprender por qué su familia había sido elegida para aquella tarea. Cada vez que hacía la misma pregunta, su madre respondía con una sonrisa serena, como si la respuesta no pudiera explicarse con palabras.

—Hay dones que no se heredan, hija. Son las almas las que se reconocen entre sí.

Desde pequeña había aprendido a percibir aquello que otros ignoraban.

Había lugares donde el aire parecía más liviano, árboles cuya sola presencia transmitía una calma difícil de describir y senderos que, por alguna razón, nadie del pueblo se atrevía a cruzar después del anochecer.

Su madre nunca le pidió que creyera en lo invisible.

Solo le enseñó a confiar en aquello que despertaba dentro de ella cuando algo no estaba en armonía.

Aquella mañana, mientras acomodaban algunas hierbas recién recolectadas, Aisling rompió el silencio.

—¿Alguna vez has querido cambiar el destino de alguien?

Su madre levantó la vista y la observó durante unos segundos antes de continuar separando las hojas de romero.

—Muchas veces.

—¿Y nunca lo hiciste?

La mujer negó despacio.

—Nuestro deber nunca es cambiar el destino. Solo impedir que alguien lo corrompa.

Aisling frunció ligeramente el ceño.

—¿Y si pudiéramos evitar el sufrimiento?

Su madre sonrió con una ternura que solo los años parecían conceder.

—Entonces terminaríamos arrebatándole a las personas la oportunidad de descubrir quiénes están destinadas a ser.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambas, mientras el viento comenzaba a mover las ramas de los abedules que rodeaban el monasterio.

Aisling aún no podía saberlo.

Pero muy pronto llegaría el día en que olvidaría por completo aquella enseñanza. Y el precio de hacerlo sería mucho más alto de lo que jamás habría imaginado.

✽✽✽

El encuentro

La primera vez que lo vio, creyó que el bosque estaba jugándole una mala pasada.

Había salido sola al caer la tarde para recoger hojas de milenrama antes de que llegaran las primeras heladas. El sendero permanecía cubierto por una niebla tenue que apenas dejaba entrever los troncos de los robles, cuando un gemido, casi imperceptible, rompió el silencio.

Se detuvo.

Volvió a escucharlo.

Abandonó el camino y avanzó entre la maleza hasta encontrarlo.

Yacía apoyado contra el tronco de un viejo fresno, con la ropa desgarrada y un profundo corte atravesándole el costado. Su respiración era lenta, irregular, y la palidez de su piel hacía pensar que llevaba horas perdiendo sangre.

Aisling se arrodilló junto a él.

—¿Puedes oírme?

El hombre abrió los ojos con dificultad.

Eran de un gris tan claro que parecían reflejar el mismo cielo de invierno.

Durante unos segundos la observó en silencio, como si intentara recordar quién era o cómo había llegado hasta allí.

—No deberías estar aquí —murmuró con voz ronca.

Ella ignoró la advertencia.

Con cuidado rasgó un trozo de su capa, improvisó un vendaje y pasó uno de los brazos del desconocido sobre sus hombros para ayudarlo a incorporarse.

—Ven. Hay una cabaña cerca del bosque. Nadie te encontrará allí.

Él dudó.

—No es una buena idea.

—Si permaneces aquí, morirás.

Una sombra pareció cruzar fugazmente su mirada.

—Eso sería lo mejor.

Aisling frunció el ceño.

Nunca había escuchado a alguien pronunciar aquellas palabras con tanta serenidad.

Lo condujo hasta una pequeña cabaña que su familia utilizaba durante las temporadas de recolección. Encendió el hogar, limpió la herida con una infusión de caléndula y preparó un emplasto de consuelda, mientras él permanecía inmóvil, observándola trabajar.

—Conoces las plantas —comentó al cabo de un rato.

Ella sonrió apenas.

—Mi madre dice que la naturaleza siempre ofrece una respuesta para quien sabe escucharla.

Él bajó la vista.

—Ojalá todas las heridas pudieran curarse así.

Aquella frase quedó suspendida entre ambos.

Los días siguientes regresó una y otra vez para cambiarle los vendajes y llevarle alimento. Él apenas hablaba de sí mismo. Prefería preguntarle por las montañas, por los árboles que rodeaban el monasterio o por las leyendas que los ancianos contaban junto al fuego durante el invierno.

En cambio, cuando ella le preguntaba por su vida, siempre desviaba la conversación.

Descubrió que le gustaba la poesía. Recitaba versos antiguos sin equivocarse una sola vez, como si llevara siglos memorizándolos.

Conocía el nombre de constelaciones que Aisling jamás había escuchado y hablaba del cielo con una nostalgia difícil de explicar, como si añorara un tiempo que nadie más recordaba.

A veces lo sorprendía contemplando el amanecer desde la ventana.

Nunca salía mientras el sol permanecía alto.

Ella atribuyó aquella costumbre a la debilidad provocada por la herida.

Nunca imaginó que la verdadera herida era mucho más antigua.

Y mucho más oscura.

✽✽✽

La verdad

Con el paso de las semanas, la herida de su costado terminó por cerrar. Sin embargo, había algo que ningún ungüento parecía capaz de aliviar. La tristeza seguía habitando en sus ojos con la misma intensidad del primer día, como si cargara un peso demasiado antiguo para compartirlo con nadie.

Aisling había aprendido a leer sus silencios casi tan bien como los libros que llenaban la biblioteca del monasterio.

Había noches en las que él permanecía largo rato observando el fuego, perdido en pensamientos que jamás se atrevía a pronunciar.

Ella nunca insistía. Sabía que algunas heridas necesitaban tiempo antes de encontrar las palabras adecuadas.

Aquella noche, sin embargo, el silencio se volvió demasiado pesado.

—¿Quién eres realmente? —preguntó con suavidad.

Él esbozó una sonrisa apenas perceptible, una de esas sonrisas que nacían más del cansancio que de la alegría.

—Quizá la pregunta correcta sea quién fui.

Aisling lo observó sin apartar la mirada mientras él dejaba escapar un largo suspiro.