10. Brujas reales #2
—No, para nada. Teníamos hambre, pero Derrmod y yo estábamos agitados todavía, así que las guardé y nos olvidamos.
—Ya veo —dijo ella poniéndose unos guantes transparentes y tomando un cuchillo—. Ahora vean esto.
Entonces cortó una de las rebanadas por la mitad y, con sus dedos, buscó en la masa esponjosa.
Al poco sacó una hebra de cabello negro muy larga, que apartó con expresión de repulsión.
Luego sacó otra y otra más. Siguió sacando y luego tomó la otra rebanada e hizo lo mismo.
Puso todos los cabellos sobre un plato. Les echó una cerilla encendida y se quemaron al instante.
—Esto ya no vale —dijo, limpiando el resto del pastel y llevándose todo lo que había usado mientras yo miraba a Derrmod buscando una explicación.
De él nada más recibí silencio. Mi amigo miraba hacia abajo como si hubiera cometido una falta.
De repente, no lo reconocí. ¿Dónde estaba el muchacho siempre seguro de sí mismo?
¿Dónde estaba su postura que lo hacía ver como el príncipe de un reino distante?
Le iba a preguntar qué le pasaba cuando su mamá volvió a entrar.
—Ya no pasa nada. Everyone is fine. Don’t you worry.
Lo abrazó y él entonces pareció recomponerse.
Por mi parte, no terminaba de entender lo que había pasado, pero fue ver que Derrmod sonreía de nuevo lo que me hizo sentir bien otra vez.
Pregunté dónde estaba el baño y me lavé.
Al salir, madre e hijo hablaban, pero lo hacían en inglés, un tipo que sonaba algo diferente al de las películas.
—Supongo que ya llamaste a tus papás avisando que estabas aquí —me preguntó la señora Cornwall.
—No, no les dije, pero ellos son buenos imaginando que estoy bien.
Ella enarcó las cejas sin dejar de sonreír y miró a su hijo, quien le contestó con su característico gesto de encogerse de hombros.
—Derrmod me dijo que también querían jugar una partida de video. Está bien, pero solo una hora.
Ambos asentimos y fuimos a su cuarto que, de no ser por las paredes de roca, habría lucido como el de cualquier otro chico de su edad, aunque el suyo estaba adornado con pósters que ya en ese tiempo estaban cayendo en desuso.
Los de él eran todos acerca de castillos y espadas.
No es sorpresa entonces que en el juego asumíamos los roles de dos caballeros medievales que no solo llegan a recibir a Excalibur, sino que, además, luchan contra los caballeros de la mesa redonda y terminan derrotando al mismo Rey Arturo.
—Oye, ¿no era ese rey el bueno?
—Aquí no —me dijo juntando los labios—. Bueno, esta es la primera vez que le gano. Se puede decir que eres un tremendo caballero medieval.
Su mamá nos llamó. Habíamos jugado hora y media y ella ya tenía al chofer esperándome para llevarme a casa.
—Siento haberte puesto en peligro —me dijo Derrmod antes de despedirse.
—Fue un juego, nada más.
—No hablaba del juego, pero eso era algo que deseaba hacer hace tiempo contigo. Es una partida que un caballero no puede ganar, a menos que esté apoyado por un amigo verdadero. Lo recordaré por siempre porque la pasé bien.
—Yo también la pasé bien —contesté con la incómoda idea de que aquello no era una simple despedida.
—Ya mismo se dan un besito —dijo su mamá para luego soltar una carcajada seguramente por la cara que pusimos.
— Mom!
—Ya, ya. Ve rápido a tu cuarto, que debes hacer tus deberes. Yo me hago cargo de Dalton, no te preocupes.
Obediente, mi amigo fue a su habitación, no sin antes despedirse con la mano antes de desaparecer en los vericuetos de aquel museo que era su hogar.
—Le agradezco mucho por haberme recibido.
—Y yo te doy gracias por ser amigo de Derrmod. Aunque no lo parezca, él es muy privado y no suele traer amigos a la casa.
—Somos mejores amigos. No se enoje con él por lo de los pedazos de torta. La idea de aceptarlos y comerlos fue de ambos.
—No estoy enojada con él, pero tu amigo debió ser más prudente.
—Una pregunta. Entonces, lo del pastel, ¿era algo así como brujería?
Estábamos ya a la puerta de la casa y el enorme auto esperaba pacientemente por mí con el chofer parado a un lado. La señora Cornwall hizo un gesto dubitativo con sus labios, que eran rosados y bien definidos.
—Tal vez las brujas son reales, Dalton.
—No creo y no veo por qué alguna bruja querría hacerme daño.
—A ti no, Dalton. Tú estabas ahí, eso es todo.
Al escuchar eso, retrocedí un paso sin querer.
—Pero usted dispuso de esas cosas. Parecía que sabía qué hacer. Entonces, ¿no significa eso que usted…? —Me detuve, me mordí los labios.
—¿Qué yo qué, Dalton?
—Que usted… No, nada, olvídelo.
—Está bien, pero espera. Antes de que te vayas, te daré dos cosas.
Me extendió una flor de pétalos rosados y un spray. Tomé ambos sin poder resistir mi curiosidad. Eran objetos simples, pero había algo acerca de ellos.
—¿Para qué son?
—La flor es comestible y muy rica, se llama Flor de Loto. Cómela cuando estés en el carro. El spray es para poder dormir bien.
—¿Por qué piensa que no duermo bien?
—Por tus ojeras, darling. Úsalo antes de irte a dormir. Con una vez bastará.
—Gracias —dije y me embarqué en el vehículo.
Hice lo que ella me indicó. La flor era deliciosa.
Jamás había comido una flor antes; jamás había encontrado un sabor así, pues fue como si un torrente fresco me recorriera el cuerpo, borrando todas mis preocupaciones.
Aquella noche, antes de irme a dormir, usé el spray rociando, sobre todo, los lados de mi cama.
Luego de usarlo, quedó un aroma a palosanto que perduró toda la noche.
Pude dormir bien. Pude dormir toda la noche tranquilo porque los seres que entraban a mi casa para quedarse al pie de mi cama observándome no aparecieron ni han vuelto a aparecer.
Y al día siguiente me sentí dichoso y feliz de vivir, pero mi contento no duró.
Derrmod no fue a clase, nunca volvió. Mis compañeros y mis profesores me preguntaron por él como si yo supiera o debiera saber algo.
Comprendí que lo hacían porque lo extrañaban, aunque no tanto como yo.
Llegué incluso a hablar con el rector del colegio y este me indicó que a Derrmod su propia madre lo había transferido a otro local escolar, pero que no se sabía cuál.
Lo llamé varias veces los siguientes días hasta que me respondió alguien y me dijo que ese número se lo había asignado recientemente la compañía telefónica.
Todavía lo seguí intentando. Como en mi regreso a casa observé la ruta de retorno, usé esos datos para volver a la casa de Derrmod.
Cuando estaba a tan solo una manzana, me desviaba o me confundía.
Algo siempre sucedía que no me dejaba llegar.
Pregunté a los vecinos de la zona y les describí la casa que buscaba.
Todos decían recordarla, aunque ninguno sabía cómo llegar.
Lo intenté varias veces más, hasta que me di cuenta de que la casa no quería ser encontrada o yo estaba predispuesto a no hacerlo.
No quise, pero desistí. No he vuelto a saber de Derrmod, pero conservo su recuerdo como una de las mejores personas que he conocido.
Gracias a él, mi primer año en el colegio fue lo opuesto a lo que esperaba antes de entrar.
Algo que me quedó de eso fue lo cuidadoso que me volví para comer tortas cuando alguien me brinda algún pedazo.
Usando la cucharita que suele acompañar, de a poco lo separo todo.
Si no encuentro cabello alguno, entonces, y no antes, me como el pedazo deshecho en migajas.
Alguna vez, mi mamá se fijó en mí haciendo eso.
—Te has hecho melindroso —me dijo.
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