AKELARRE 657 10. Brujas reales
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10. Brujas reales

© Luis Bermudes

E l colegio, dicen, es otro mundo. No sé a qué exactamente se refieren, pero para mí fue otro paso en la vida, uno de esos que estamos obligados a dar.

Pero no era necesario que lo disfrutara, ¿o sí?

Dejé que mis padres escogieran por mí. Pedí una cosa apenas y eso fue que, donde fuera que me enviaran, hubiera un programa de teatro.

Lo hice con la secreta esperanza de que esta vez se pusieran de acuerdo, dejaran sus desavenencias y, por fin, me dieran algo que en verdad pudiera disfrutar.

Porque eso era lo que quería, la única pasión que he tenido.

Esta vez, ellos se esmeraron y me matricularon en el único colegio del gobierno con un programa de teatro serio y aclamado.

¿Por qué lo harían? ¿Sentimiento de culpa compartido?

Con ellos, mis expectativas eran siempre las mínimas, pero había veces en que no eran tan malas.

No encontré nada extraordinario en mi nuevo plantel.

Los profesores eran aquí incluso más genéricos que los de mi escuela.

Recuerdo que el primer día me dediqué a hacer tantos amigos como pudiera.

Ellos, mis compañeros, no lo sabían, pero ese era un ejercicio de actuación.

Había adoptado un papel que me sirviera y era aquel del muchacho amiguero.

Y eso me llevó a un partido de fútbol donde jugamos en contra de otro curso con chicos de nuestra edad.

En ese partido jugué contra el chico del nombre más improbable: Derrmod Dargponne.

Aquel partido lo perdimos porque, a pesar de que traté de ser un excelente jugador, no me bastaron mis dotes histriónicas.

Yo juego a la pelota, pero, si hubiera escogido esa carrera, no habría llegado a nada importante.

Mis compañeros de equipo eran tan malos como yo, así que no me sentí mal por haber perdido en contra de los otros chicos que, además, tenían en Derrmod a un jugador de otro nivel.

A él lo volví a encontrar en el grupo de teatro.

Ambos éramos los integrantes más recientes, pero los que más empeño demostramos desde un principio.

Nos volvimos rivales, pero también amigos.

—Ese nombre que tienes… ¿de dónde es? —pregunté apenas entablamos conversación.

Derrmod sonrió como si ya supiese que le preguntaría eso.

—Del Reino Unido, de Inglaterra más bien, que es de donde viene mi familia.

Me contó que, incluso en su país, su nombre y apellido eran inusuales, así que contestar esa pregunta no le molestaba para nada.

—Pero tu español es muy bueno.

—Puedo hablar inglés tan bien como hablo español —dijo encogiéndose de hombros—. Y mi español es muy ecuatoriano porque también crecí aquí.

Derrmod tenía la habilidad de convertirse en el centro de todo lo que estuviera cerca de él.

Y no era por su apariencia, pues era blanco, esbelto, rubio, con ojos azul claro, los rasgos que nos han vendido como «hermosos».

Aquel muchacho daba la impresión, ligera e incómoda, de que él no pertenecía aquí, como si fuera el último representante de un tipo humano ya desaparecido.

O al menos esa era mi impresión. Claro, me he equivocado muchas veces y también he estado en lo cierto en un número igual de ocasiones.

Pero cerré mis ojos a ese detalle porque aquel muchacho fue mi primer amigo verdadero.

Entendí que era muy afortunado de haberlo conocido y nos volvimos inseparables.

Ambos teníamos un gran amor por el teatro y hablábamos de ello todo el tiempo.

En diciembre de aquel año, un día jueves, presentamos una versión libre de Canción de Navidad .

Derrmod fue Scrooge y yo fui el fantasma de las navidades futuras.

El aplauso que recibimos fue fenomenal. Todo el colegio adoró nuestra puesta en escena y los elogios, como los regalos, llegaron después.

Y al final los profesores, también los papás que estaban presentes y las autoridades, nos felicitaron.

Derrmod siempre regresaba en bus como el resto de nosotros.

Como estábamos felices por el éxito obtenido, él me invitó a comer en su casa y, en lugar de irnos en bus, un carro enorme y oscuro vino por nosotros.

En uno de sus costados estaba un pequeño escudo de armas, en el que se veían dos criaturas aladas de color dorado sobre un campo verde.

Las criaturas eran semejantes a dragones y cada una parecía dispuesta a volar en sentidos opuestos.

—¿Eres millonario? —pregunté, sin pensar si era apropiado o no hacerlo.

Pero éramos un par de adolescentes, nada más.

—Digamos que tenemos lo suficiente para vivir bien —me contestó Derrmod sonriendo, mientras ambos subíamos al enorme vehículo.

—¡Oh, vaya! —exclamé cuando llegamos a su enorme casa, que, en lugar de cemento y mortero, estaba hecha de piedra—. Ustedes son los pelucones de los pelucones.

—Exagerado.

—Así es, exagerado —dijo alguien cuya voz tenía, a diferencia de Derrmod, un claro acento extranjero.

— Hello, mum.

Habíamos entrado a la casa y se sintió como si hubiésemos hecho un viaje, pero no dentro del mismo país, sino a un lugar lejano. Asimismo, los muebles, la pintura de las paredes y los cuadros que de ahí colgaban, todo parecía sacado de un museo.

— Say, dear. Are you not going to introduce me?

—Dalton, esta es mi mamá.

La señora Fey Cornwall era una de esas mujeres de edad indefinible a quienes Dios les ha dado el don de lucir bien sin importar lo que se pongan.

Ella apenas llevaba un par de jeans, una blusa muy breve y unas alpargatas que se veían cómodas.

Mis hormonas se descontrolaron un poco al verla, pero era la mamá de mi amigo.

—Tú eres entonces el amigo del que tanto me habla Derrmod.

—Mucho gusto, señora.

Balbuceé, o eso pensé que había hecho. Entonces recordé que era un actor y actué como si fuera un joven seguro de sí mismo.

—Vayan al comedor, que ya pronto me les uno —nos dijo y fue a su cuarto, o al menos así lo creí.

El comedor era incluso todavía más vistoso que la sala. Nos sentamos ante una mesa larga que sugería la presencia de más comensales, pero, aparte del chofer que nos había traído, la señora Cornwall y nosotros, no parecía haber nadie más.

—¿Tu papá está trabajando? —pregunté volviendo a hacer gala de mi indiscreción.

—No, no sé dónde está ahora.

—¿Cómo es eso?

—Que no sé dónde está —dijo encogiéndose de hombros—. Se lo he preguntado muchas veces a mi mamá, pero siempre me dice que me lo dirá a su tiempo.

—¡Qué misterio!

—Sí, pero no es que me haga falta. De él tengo solamente mi raro apellido y eso basta.

—Ah, bueno. Tienes suerte.

—Voy a mi habitación a cambiarme. Si quieres, puedes tomar una de las latas de cola negra que hay en el refrigerador de la cocina.

—¿Y por dónde está la cocina?

Me indicó por dónde era y luego desapareció para cambiar el uniforme del colegio por ropa de casa.

En aquel entretiempo fui a la cocina y abrí el refrigerador buscando las latas de colas y tomé una.

Dentro, no había nada que no se pudiera encontrar en el interior de cualquier otro artefacto similar.

Sin embargo, por alguna razón que no comprendí, miré en la parte en que estaban ubicados los huevos.

Había una docena de ellos, todos de color blanco.

En eso, como si la irrealidad me hiciera un guiño, los huevos se vieron diferentes, más grandes cada uno de ellos y con formas que no eran ovaladas.

Tres de ellos eran transparentes y permitían ver su contenido, que consistía en larvas de aspecto singular, pues parecían tener alas diminutas y su cuerpo era largo, oscuro y escamoso.

Parpadeé y la visión singular desapareció; los huevos lucían normales otra vez.

Retorné con lentitud al comedor y me senté con la lata en mano.

La abrí sin apuro y tomé un par de sorbos de aquel delicioso líquido dulce, tratando de convencerme de que lo que había visto no podía ser real.

Luego volvió Derrmod, ya libre del uniforme.

—¿Sí o no que es rica una de estas bien frías?

—Sí, amigo, así es —respondí asintiendo con la cabeza y dudando en contarle o no sobre lo que había visto.

En eso, regresó la señora Cornwall y eso me distrajo. Hablamos, comimos y reímos.

— It was amazing, mom —comentó Derrmod ya al final—. Incluso hubo quien nos brindó unas rebanadas de pastel.

—¿Rebanadas de pastel? —repitió su mamá y yo creí que era porque no había entendido, pero me di cuenta de que era algo más.

En eso, sentí la mirada de Derrmod sobre mí.

—Tú las tienes, ¿verdad? Dijimos que las íbamos a comer como postre. ¿Te acuerdas?

—¡Ah, sí! —contesté reaccionando— Yo las tengo. Están en mi mochila. Ya las traigo.

Al poco rato volví trayendo las rebanadas que Derrmod había mencionado y las puse sobre la mesa.

La verdad ya habíamos comido, pero esas rebanadas en verdad se veían deliciosas y venían en envases plásticos y transparentes.

Sin embargo, al colocarlas frente a nosotros, el rostro de la señora Cornwall pareció desencajarse.

—¿Quién les ha dado eso?

—Pues una señora que estaba en el público —respondió Derrmod—. Se nos acercó y nos dijo que había disfrutado tanto la presentación que nos ofreció pastel como regalo.

—Sí. Era una señora ya mayor, aunque parte de su cabello todavía estaba negro y me acuerdo de que tenía dos trenzas.

No lo mencioné, pero sus dientes eran pequeños, chuecos y amarillentos y sus pupilas eran un poco grandes, como las de los gatos en la noche.

—¿Dos trenzas? ¿Por si acaso no tenía unos ojos como grandes?

Iba a responder, pero al ver que Derrmod guardó silencio, yo hice lo propio.

—Te he dicho que no aceptes regalos de extraños —dijo la señora Cornwall—. Y me imagino, Dalton, que tu mamá te ha de haber dicho lo mismo.

Mi abuelita Consuelo lo había hecho infinidad de veces.

—Sí, sí —respondí—, ella siempre se preocupa.

Se sintió bien mentir sobre eso y me sentí mal de que no fuera cierto. Pero ¿no son acaso las abuelitas más mamás que nuestras mamás?

—Al menos, no se las han comido. ¿No las probaron?