9. El libro de las recetas arcanas #2
Sara iba poniendo todos los ingredientes y llamó a Celeste, la mujer de su vecino, para preguntarle dónde conseguir los polvos.
Le dio un número de delivery para brujas y estuvieron charlando un rato.
Cuando colgó, llamó a ese número, pidió los polvos, teniendo el presentimiento de que se le había olvidado algo.
A los diez minutos llegó su pedido; lo agregó al batido con una pizca de edulcorante, por si los polvos amargaban.
A las cinco en punto, con su mejor cara de nunca haber roto un plato, tocó el timbre de su vecino, con sus dos termos que presumiblemente llevaban el mismo batido de frutas y se fueron a pasear.
Él iba entusiasmado con lo bueno que estaba el batido, hasta que llegaron al parque.
Ya habían dado cuenta de la bebida y ella ya había percibido que le hacía efecto.
Sacó de su bolso una correa con su collar y ordenó a Asrael que se pusiera a cuatro patas para el paseo.
Asrael no protestó, se puso y ella se lo puso todo ante la mirada atónita de los viandantes.
Ella, con su mejor sonrisa, les decía que era para un corto.
Aún tuvo un poco de consideración y cuando él le dijo que tenía que hacer pis, le quitó todo y le permitió ponerse de pie, premiándolo con un helado para que pudiera ir al baño.
Pero solo si al pedírselo al camarero lo hacía como si fuera una mujer y coqueteaba con él de forma descarada.
Y Asrael lo hizo. Casi los echan del local a patadas si ella no llega a decir que todo había sido una broma de cámara oculta, pero que les prometía que no se iba a emitir en ningún programa de televisión, que solo era una prueba.
Asrael no se enteraba de nada; fue al baño y salieron del local.
Dieron por finalizado el paseo y, al llegar al edificio, cada uno se fue a su piso.
Sara se había divertido tanto, aunque prometió que la próxima vez no lo utilizaría para abochornar al muchacho.
En ese momento sonó el timbre y, al abrir la puerta, Asrael entró hecho una furia, exigiendo explicaciones de por qué le había hecho hacer todo eso tan vergonzoso.
—Yo no te he obligado a nada —dijo Sara.
—¡Algo me has hecho o me has dado! Espera un momento, ¡el batido! ¡¡Algo me has echado!!
—Todo lo que tienes de guapo lo tienes de tonto, yo he bebido el mismo batido.
—¡Ja! Y yo que me lo creo. Mira, bonita, lo voy a descubrir y me las vas a pagar.
—¡Pues adelante, investígalo! —desafió Sara, sosteniéndole la mirada con una frialdad impecable que ocultaba el vuelco violento que acababa de dar su corazón.
Los polvos del olvido. Se le había olvidado pedirlos a la tienda.
Se suponía que él debía despertar en su casa creyendo que todo había sido un sueño absurdo, pero ahora estaba allí, consciente y sediento de respuestas.
Asrael la escudriñó, buscando un parpadeo, una gota de sudor, cualquier señal de culpa.
La rabia lo cegaba, pero, en el fondo, sabía que solo tenía lagunas mentales extrañas y una terrible sensación de pérdida de control.
No podía ir a la Policía a decir que un batido lo había convertido en marioneta; lo tomarían por loco. Necesitaba que ella confesara.
—Te estás divirtiendo, ¿verdad? —siseó él, acortando la distancia, tratando de amedrentarla—. No sé qué clase de droga o juego psicológico me has hecho, pero te juro que voy a analizar la cocina entera si hace falta. Sé lo que sentí. Sé que fuiste tú.
Sara soltó una risa seca, obligándose a relajar los hombros, mientras su mente trabajaba a mil por hora para idear una coartada.
—Estás paranoico, Asrael. Si haces el ridículo por la calle, no me culpes a mí ni a mis batidos de frutas. Pero adelante, busca lo que quieras. No vas a encontrar nada. Y ahora te agradecería que salieras de mi casa.
Asrael quedó entre enfadado, confundido, enormemente atraído por esa pelirroja de ojos verdes y algo avergonzado, quizás, por si su intuición hubiera fallado por primera vez.
Bajando la cabeza, abandonó el lugar susurrando un perdón y un adiós que Sara sí escuchó, dibujando una sonrisa entre triunfante y arrepentida.
—No quiero que vuelvas a hacer nada parecido —dijo Morgana—, y menos para tu diversión personal. Primero, sin saber todavía las consecuencias de alguna de esas recetas, y menos olvidando ingredientes. Eres una completa inconsciente.
Sara se sintió avergonzada de que la hubieran descubierto, pero sabía que Morgana tenía razón.
Sin embargo, había sido divertido, y el enfado de Asrael la había hecho pensar en alguna maldad más.
Eso sí, esta vez sin olvidar ningún ingrediente y preguntando las consecuencias a Celeste.
Lo que no sabía era que su vecino había escuchado esa conversación desde la ventana de su baño y había dibujado una sonrisa divertida y, a la vez, perversa, porque ya sabía cómo hacerle pagar a su querida y adorable pelirroja.
Sin que lo supieran, esas tres aprendices no eran conscientes de que Asrael estaba allí precisamente para ayudarlas a aprender a utilizar cada uno de sus poderes antes de la noche mágica que se acercaba.
Pero, por supuesto, la venganza no estaba reñida con su cometido y la llevaría a cabo antes de informar a las tres brujas sobre cómo controlar los poderes que cada una de ellas poseía.
La más peligrosa era, sobre todo, Sara, debido a su juventud y su impulsividad.
Asrael tocó el timbre del piso de sus vecinas, le abrió Malvina y, enseguida, le regaló una sonrisa que hizo que el muchacho cogiera fuerzas para llevar a cabo lo que había ido a hacer.
—Esta mañana creo que metí la pata con Sara y quería resarcir mi mal comportamiento que habéis sufrido las tres por mi culpa. Así que he hecho un rico y fresquito gazpacho para pediros perdón.
—¡Bah! Eso ya está olvidado, pero igualmente pasa y probamos ese gazpacho que tiene una pinta increíble. ¡Chicas! Venid que un rico gazpacho os espera y una visita aún mejor.
Morgana fue la primera en aparecer y un pálpito la azotó al ver al muchacho, pero no fue de esos que a veces le daban cuando algo malo iba a pasar, sino uno de esos que la llevaron a la calma. Sara no tardó en salir de su habitación con algo en las manos que escondió sin que nadie se percatara.
—Vaya, vaya, así que nuestro vecinito vino en son de paz.
—Sara, no sigas por ahí —le advirtió Morgana.
—Vale, vale. Perdón, mis disculpas.
La tarde fue agradable, pero Sara empezó a ponerse roja como si de un tomate maduro se tratase.
Se levantó y corrió al baño; todos los presentes se miraron sin comprender.
Ahí llegó el momento de Asrael de decirles a las brujas mayores de aquel trío el encargo que le había traído hasta allí.
Morgana fue la que más calma le aportó, pues pensó que sería una suerte contar con esa ayuda.
Malvina quiso saber cómo sabía él tantas cosas.
Y Sara salió del baño justo en el momento preciso y empezó una verborrea que ninguno de los presentes esperaba, excepto uno.
—A ver, Asrael, yo pensé que habías venido a pedir mi mano, cosa que estoy dispuesta a darte, ya que me pareces el hombre más guapo, más listo y más apuesto que he conocido en mi vida.
Asrael se estaba divirtiendo, pero también le pareció deliciosamente preciosa; ese hechizo de amor creía que le había afectado a partes iguales o él ya estaba enamorado desde el primer momento en que la vio.
Esa alianza se fue afianzando hasta el día de la toma de poder real, no sin algún quebradero de cabeza provocado por la pequeña Sara, a quien Asrael sabía domar de una manera u otra.
Los cuatro eran brujos y su misión era revertir el mal.
Juntos hacían un mundo mejor, no sin ese toque loco que aportaba la pequeña pelirroja.
El amor entre ambos también creció y la combinación de sus poderes se hizo más fuerte.
La magia es así de impredecible.
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