9. El libro de las recetas arcanas
© Mercè Morillo Aracil
(Volvoreta)
E ra día de limpieza en el piso y también como era normal día de disputas entre las más jóvenes.
—¡Detened todo! —chilló Malvina, señalando el suelo con el dedo índice perfectamente manicurado—. Hay exactamente dos milímetros de grasa acumulada detrás de la freidora de aire. Esto es un atentado sanitario. Si viene mi madre a cenar, me deshereda.
Sara rodó los ojos, soltando la espátula de silicona.
—Malvina, es una cocina, no un quirófano. Además, estoy intentando clonar la receta de los muffins de Starbucks y necesito concentración.
—Tu concentración me da igual, la higiene no. ¡Morgana, dile algo!
Morgana apagó la pantalla de su tableta con parsimonia. Como la mayor de ellas, la paz mental era su prioridad.
—Malvina tiene razón, Sara. Mueve el aparato, limpia esa zona y así nos ahorramos el drama semanal.
Sara bufó, agarró la freidora de aire y tiró de ella con fuerza. El electrodoméstico cedió de golpe, pero el cable se enganchó en un azulejo mal pegado de la pared de pladur. Con un crujido seco, la baldosa saltó en pedazos, revelando un hueco oscuro, polvoriento y oculto en el muro.
—Genial, ahora tenemos humedades —protestó Sara, metiendo la mano a ciegas por el agujero—. Un momento... aquí hay algo. Qué raro.
Tiró con fuerza y sacó un volumen grueso, forrado en piel, de un color indefinido entre el marrón y el verde moho.
En la portada, grabado en letras doradas medio borradas por el tiempo, se leía: El gran libro de la cocina arcano-moderna .
Al moverlo, una nube de harina ancestral hizo estornudar a las tres.
—Vaya taradez de título —comentó Sara, hojeando las páginas amarillentas—. Debe de ser de los anteriores inquilinos. Mirad esto, está lleno de anotaciones raras a mano.
Malvina ya se había puesto unos guantes de látex rosa para tocarlo.
—Esto tiene ácaros de la dinastía Ming, pero las fotos vintage de los platos tienen su punto...
A ver, página cuarenta: «Bizcocho Esponjoso de la Sinceridad Absoluta».
Menudo nombre más cursi. Dice que lleva harina, tres huevos, canela y una cucharadita de «polvo de estrellas».
Supongo que se refiere a azúcar glass de ese brillante que venden en las tiendas gourmet.
—Oye, pues a mí me vendría genial para la cena con mi jefe de mañana —bromeó Morgana, empujando sus gafas de lectura sobre el puente de la nariz—.
A ver si así es sincero con los incentivos de este mes.
Venga, hacedlo, que nos faltan postres para la semana.
Pero usad la levadura química normal, no nos vayamos a intoxicar con los experimentos de un hippie de los años setenta.
Malvina, obsesionada con la precisión, midió los ingredientes con una báscula digital.
—Si vamos a probar una receta nueva, se hace con rigor. Sara, bate los huevos. Morgana, vigila el temporizador de Alexa.
Pusieron la masa en el molde y la metieron al horno. Diez minutos después, la cocina se inundó de un aroma celestial que olía a vainilla, a lluvia limpia y a algo extrañamente reconfortante. Las tres hermanas se inclinaron sobre el cristal del horno, fascinadas.
—Oye, pues sube un montón para no llevar casi levadura —comentó Sara, extrañada—. Y mirad el centro... ¿Eso que brilla es un reflejo de las luces LED de la campana extractora o la masa tiene purpurina propia?
—Será el azúcar gourmet ese que ha dicho Malvina —sentenció Morgana, encogiéndose de hombros.
—Anda, saca los platos, que en cuanto se enfríe lo catamos.
Ninguna de las tres tenía la menor idea de que el verdadero ingrediente secreto no estaba en la despensa, sino en su propio ADN, y que la primera persona que probara ese bizcocho no iba a poder callarse ni una sola verdad.
La cena de empresa se desarrolló con la normalidad y seriedad propias de un encuentro pequeño en casa del jefe.
Sin embargo, había un aspecto que inquietaba a Malvina, quien, además de ser algo quisquillosa, como la llamaban sus compañeras, era muy observadora.
La esposa de su jefe no había dejado de vigilarlas desde que llegaron con el bizcocho.
Cuando llegó el momento de servirlo, con una alegría inusual exclamó:
—Disfrutad de esta delicia y que la mentira brille por su ausencia.
—¿Qué dice esta? —murmuró Malvina al oído de Morgana.
—No tengo idea.
Poco a poco, todos comenzaron a servirse del bizcocho y, en poco tiempo, aquello se convirtió en un auténtico caos, donde cada uno empezó a expresar lo que pensaba de los demás. Todos, excepto las tres amigas y la esposa del jefe, quien se acercó a ellas y les susurró:
—Nunca hubiera imaginado que fuerais brujas. Bienvenidas al club.
—¿Cómo dices? —preguntó Malvina.
—Vuestro hechizo os ha delatado. ¿De dónde, si no, lo habéis sacado?
—De un libro de recetas que encontramos por casualidad en nuestra cocina —respondió Sara.
—Esos libros de recetas solo funcionan con brujas. Venid conmigo y lo descubrimos.
La siguieron, dejando a aquellas hienas devorándose entre sí.
Entraron en una biblioteca y ella se dirigió a un libro en particular, lo giró y allí se abrió una puerta.
Al entrar, la habitación estaba llena de los más variados cachivaches.
Les invitó a sentarse en una mesa redonda con extraños signos grabados en la madera y, en el centro, había un nudo de bruja tallado.
—Si sois brujas, el nudo se encenderá en llamas; si solo una de vosotras no lo es, solo brillará. Ahora, tomad las manos y cerrad los ojos un momento.
La luz hizo que los abrieran: el nudo era puro fuego.
—Ahí tenéis la respuesta. Si tenéis alguna duda, aquí tenéis mi número de teléfono. No hay nada más peligroso que brujas sin control.
El extractor de humo de la cocina zumbaba a máxima potencia, pero no daba abasto con el vapor lila que brotaba de la Thermomix.
—¡Te dije que la receta pedía tres gramos de cola de lagartija, Malvina, no tres malditos botes! —gritó Sara, apartándose un mechón de pelo azul de la cara, mientras intentaba limpiar los chorretones fosforitos que caían por la encimera de granito.
Malvina se cruzó de brazos, arrugando la nariz con evidente asco.
—En primer lugar, no me grites. En segundo lugar, esa pantalla táctil tiene la sensibilidad de un trol de las cavernas.
Y en tercer lugar, el lagarto no sé encuentra en las estanterías del supermercado, está cortado sin ningún tipo de rigor simétrico, porque nunca había cortado ninguno —dijo con cara de asco.
—Es insoportable. Así no hay quien concentre el karma —agregó Sara.
—Lo que no hay es paciencia —intervino Morgana desde la mesa del comedor, sin levantar la vista de su tableta digital.
Se acomodó las gafas de lectura y suspiró—.
Menos discutir y más remover, que como el conjuro de rejuvenecimiento capilar se pase de rosca, el vecino del quinto va a terminar pareciendo un Chewbacka.
Por cierto, Sara, ¿le has quitado el bisfenol al caldero de inducción?
No quiero otra multa de Sanidad y mucho menos de esa bruja de la presidenta de la comunidad.
Al día siguiente, Sara estaba recogiendo el correo cuando por el portal entró el nuevo vecino del tercero B, Asrael.
Era insultantemente guapo, perfectamente despeinado y tenía una sonrisa capaz de congelar el tiempo.
El problema era que toda esa belleza venía acompañada de un radar infalible para el chisme.
Entró arrastrando los pies a propósito, ralentizando el paso mientras clavaba sus ojos verdes, llenos de curiosidad, en las cartas que ella sostenía en la mano y en las tres bolsas de la compra que colgaban de sus brazos.
—¿Necesitas ayuda, vecina?
Sara, que aunque sabía lo cotilla que era, se le caía la baba con el chico, no se negó, aunque normalmente no era necesaria esa ayuda, ya que el ascensor estaba disponible. Ese día, sin embargo, el dichoso aparato había decidido estropearse.
—Te lo agradezco. Ya llevo un trecho con las bolsas y lo que menos me esperaba era que esta máquina del demonio no funcionara.
—Dame las bolsas, anda. Recibís mucho correo, ¿no?
—Lo normal, ya que somos tres personas viviendo en el piso. Bancos, propaganda, nada de importancia.
—¿Y cómo os llamáis? Yo soy Asrael, para servirte, bella dama.
—Qué pomposo y cursi ha sonado eso, pero lo de «para servirte» lo apunto. La chica del pelo negro con mechas platino es Morgana; la rubia de pelo rizado es Malvina, y esta que viste y calza, Sara.
—Un placer, Sara. Por cierto, tengo una duda.
—Tú solo pregunta, Asrael.
—Soy curioso, no lo niego.
—¿Sabes el dicho que dice que la curiosidad mató al gato?
—Pero sin curiosidad no se aprende, y a mí me encanta saber cosas nuevas.
—Dime, Asrael, ¿te gustan los batidos de frutas?
—Me encantan y tomo muchos con proteína para el gimnasio. Ahora me toca a mí: ¿quién de vosotras cocina? A veces huele a gloria, pero otras veces huele a huevos podridos.
—Depende de quién cocine. Cuando huele a huevos podridos, es Malvina que ha hecho uno de sus potingues de belleza. ¿Esta tarde haces algo?
—¿Y sirven de algo esos potingues? No, esta tarde la tengo libre. ¿Por qué, tienes algún plan?
—Sí que sirven, vendré a buscarte con una sorpresa sobre las cinco. ¿Te parece bien?
—Perfecto.
Sara tenía una travesura en mente y, si le salía bien, tendría al chico perfecto en sus manos. En cuanto llegó, después de organizar toda la compra, se puso manos a la obra con su batido especial. Quería ver hasta qué punto era eficaz y qué mejor cobaya que el vecino cotilla.
Receta del «Elixir del Payaso Dócil»:
- 100 gramos de polvos de pelo de mono
- Una manzana verde
- Una naranja dulce
- Un kiwi
- Una pizca de polvos de nulidad
- 100 gramos de polvos de olvido