8. Manual para no arder
© Abigail Tejera
D espertó como si le hubieran encendido un fuego en el pecho; la pesadilla la había arrancado de la noche con violencia, dejándole en la boca el sabor a ceniza de una hoguera imaginaria.
Bruja, había leído justo antes de apagar el móvil; la palabra, lanzada con desprecio, se había adherido a sus huesos.
No era la primera vez. No sería la última.
En la cocina, su madre movía la taza entre las manos, intentando que la mañana fuera lo más neutra posible.
—Hoy no te vendría mal tener un gesto contigo misma, hija —dijo, como quien ofrece un consejo inofensivo.
Ella alzó la mirada, afilada como una cuchilla.
—¿Arreglarme? ¿Para qué? ¿Para parecer tan hueca como los que creen que la estética sustituye la moral?
La frase cayó como una losa. Su madre apartó la mirada, entre ofendida y preocupada, buscando algo conciliador que decir para intentar arreglar un lazo que cada vez estaba más roto.
—No digo que cambies quién eres. Solo… que la imagen importa.
—La imagen importa para quienes no tienen otra cosa que ofrecer —replicó ella—. Y si creen que mi cara limpia ofende, que lo haga; limpiar no es pecado.
Salió de casa con el chándal arrugado y la coleta hecha a toda prisa. En el portal, la vecina del primero, una mujer de cejas demasiado definidas, la miró con aquella mezcla de curiosidad y juicio propios del siglo pasado.
—No he podido evitar escuchar. Sé tú misma, cariño —dijo la vecina—. La gente necesita referentes.
—Reflejos prefabricados —contestó ella—. No tengo tiempo para ser el manual de alguien.
La mujer sonrió, le agradaba la adolescente.
Le recordaba a ella misma a su edad. Con un vago gesto la despidió, mientras seguía limpiando el piso de la zona común.
En el instituto, el rumor circulaba como una densa niebla: «rara, bruja».
Era un comentario pequeño, apenas audible, pero la intención detrás era grande.
A su lado, su mejor amiga le susurró desde la mesa.
—Olvídalo, no merece la pena. Seguramente ni siquiera se creen lo que dicen.
Ella sonrió, pero no con una sonrisa de consuelo; su boca era una guadaña.
—Si no lo piensan en serio, ¿por qué lo repiten? ¿Por qué cada vez que alguien se incomoda con mi independencia, la palabra bruja aparece como un conjuro barato?
Sus palabras sembraron un silencio inmediato.
Su amiga bajó la mirada, incómoda, porque la verdad no siempre es agradable de escuchar.
En clase de Historia, la profesora hablaba de hogueras y superstición como si fueran cosas del pasado.
Ella alzó la mano, con la calma de quien coloca un libro sobre la mesa antes de abrirlo.
—¿No cree que la persecución cambió de forma, profesora? —preguntó—. El fuego es virtual; las acusaciones se lanzan desde la seguridad de una pantalla o un pasillo. Ahora se quema reputación, no carne, pero el daño es el mismo.
La profesora, que prefería la certeza de los manuales, dudó.
—Es diferente, por la tecnología...
—Solo parece diferente porque las manos que lanzan las piedras están más lejos —replicó ella—. Antes te encendían para que aprendieras a callar; ahora te silencian con miedo y vergüenza. El rubor que provoca la vergüenza es un reflejo del antiguo fuego.
Durante el recreo, se sentó cerca de un grupo de chicas que comentaba sobre la última influencer castigada por no sonreír en un directo. Una de ellas, con uñas demasiado largas, dijo:
—Hay cosas que no se permiten. Si no sonríes, pierdes contratos, amigos, oportunidades —decía una de las chicas, hablando con el tono de quien recita normas no negociables.
Ella se aproximó a la mesa, apoyó el codo y observó como quien mira un gabinete de curiosidades.
—Si ser sincera es brujería, entonces soy una hechicera de primera categoría —murmuró, y la mesa rio a medias.
Un chico, más por costumbre que por otra cosa, la señaló por su ropa.
—Podrías cuidar un poco tu aspecto —comentó, con condescendencia.
Ella giró la cabeza, despacio, y le respondió.
—Descuidada es la gente que invierte horas en maquillarse solo para no incomodar a desconocidos. Yo prefiero no desperdiciar mi tiempo. Pero gracias por tu consulta estética, doctor.
El comentario lo dejó sin réplica. Ella sabía lo que provocaba: un tropiezo en el que los demás se enredan cuando se encuentran con algo que no controlan.
Más tarde, en el laboratorio de ciencias, el profesor procedió a preparar un ejercicio de pensamiento crítico.
Era el profesor favorito de la chica, pues pensaba como ella.
Creía que dejarse llevar por lo que opinan los demás, por las modas, no es muy diferente de seguir al rebaño.
No hemos evolucionado para actuar como animales.
Mientras los demás se conformaban con respuestas manidas, ella quiso ir más allá. Interrumpió con una objeción afilada.
—Si aceptamos la jerarquía de datos sin cuestionar, reproducimos la misma sumisión que condenamos. El pensamiento crítico no es un lujo, es una responsabilidad.
Un compañero la miró con molestia.
—¿Tienes que ser tan extrema?
—¿Deseas moderarme? ¿Para qué? Lo esperado es seguir reglas sin pensarlas. Yo prefiero destriparlas y ver qué esconden. Si eso les asusta, problema suyo.
La clase fue un debate continuo. Un alumno, que había tragado normas como si fueran verdades inamovibles durante toda su vida, replicó con la voz del que teme perder el suelo sobre el que camina.
—No sé qué ganas con complicarlo todo.
—Gano entender —contestó ella—. Y en eso no hay concesiones.
Sonó la campana, señal suficiente para que recogiera apresuradamente sus cosas y se dirigiera con rapidez a su lugar favorito de la escuela. En la biblioteca, entre títulos desgastados y páginas amarillentas, la bibliotecaria, que llevaba allí toda una vida, la miró con respeto.
—Te he visto aquí desde pequeña —dijo la mujer—. Siempre buscando algo que otros no ven o no desean ver.
—Busco respuestas —respondió ella—. Y a veces, las respuestas son incómodas.
—O peligrosas —añadió la bibliotecaria, y las dos sonrieron, cómplices.
La tarde trajo conversaciones por mensaje; una amiga propuso salir.
—Vamos, serán solo dos horas —suplicó.
Ella tecleó con la misma indiferencia que usaba para ordenar la ropa.
—Salir para encajar en la tontería colectiva no es mi idea de diversión; prefiero encender mi mente y ver cómo se mueven los demás, como piezas de un tablero del que no saben que ya he leído las reglas.
Soltó el móvil y se sumergió en la lectura y escritura hasta la puesta de sol, ese instante en el que luces y sombras se entrelazan en un baile vertiginoso, tiñendo el cielo de mil colores y llenando las calles de siluetas alargadas.
Caminó de noche por calles que parecían recitar la historia de la ciudad en voz baja.
Al pasar junto a una antigua placa que recordaba a una mujer juzgada en el siglo XVIII, pensó en Marie Curie, en Rosalind Franklin, en todas las que fueron llamadas peligrosas, como si el pensamiento fuera veneno y la duda un crimen.
Recordó a Hipatia, despedazada por atreverse a pensar; a Juana de Arco, convertida en hoguera por escuchar una voz distinta; a Olympe de Gouges, castigada por reclamar derechos en plena revolución.
También a tantas anónimas, maestras, sanadoras y escritoras, borradas de los libros, arrancadas de la memoria colectiva con la misma violencia con la que se quemó la biblioteca de Alejandría, cuya única culpa fue mirar más allá del marco que les impusieron, negándose a fingir ignorancia.
Eran nombres grabados a fuego en la memoria colectiva, ejemplos de que la inteligencia femenina siempre había sido un riesgo insoportable.
No eran ecuaciones ni anécdotas; eran un linaje.
Mientras pensaba todo esto, llegó a la zona comercial de su ciudad.
Al mirarse en un escaparate, volvió a pensar en esa palabra tan repetida, «bruja», pero ya no le quemó. Era un estandarte.
—Quizá sí soy una bruja —dijo en voz baja—. ¿Y qué si lo soy?
La respuesta fue un silencio bien ganado.
Se permitió una sonrisa completa, sin acritud, sin necesidad de convertir el tono en un arma.
Aquel nombre, escupido con desprecio, había pasado a ser su emblema, un espejo que le devolvía la certeza de su propia voz y de su propia libertad.
Al regresar a su casa, tras prepararse para dormir y antes de apagar la luz, escribió en la esquina de su cuaderno: «No me quemen por lo que sé.
Aprendan a leer. Aprendan a aprender. Seamos todas brujas».
Luego cerró el cuaderno y, con la ventana abierta al rumor de la ciudad, se sintió más ligera.
No había triunfado por convertir a nadie ni por vencer en una disputa; tampoco exponiendo su cuerpo o disfrazándose de mentira andante; había tomado una palabra, la había mirado a los ojos y la había hecho suya.
La valentía nace de enfrentarse a los propios miedos y, a veces, el mayor miedo es no encajar o ser rechazado. Ella era valiente.
La ciudad dormía y ella se preparó para, por una vez, imitarlos, con la certeza de que la verdadera magia no era la capacidad de asustar, de crear o destruir; es la de resistir, la de pensar y decir en voz alta lo que la mayoría calla.
Fue así como, a salvo de la hoguera que la había atormentado en sus pesadillas y de los pequeños linchamientos diarios, comprendió que el arma más contundente no era la venganza, sino la claridad.
Y, con ella, se preparó para el día siguiente, con la lengua afilada, la mente despierta y la convicción de quien ya no pide permiso para ser.
✽✽✽