7. La bruja y el espejo
© Elma Frederitt
D esde el instante en que nació, Mirvaleth fue distinta.
Los vecinos de Dunwraith recordaban el silencio antinatural que acompañó su primer llanto.
No fue un sonido fuerte ni desesperado, sino un gemido tenue, contenido, como si la niña dudara en pertenecer a este mundo.
Su madre, Alina, la sostuvo contra el pecho con un amor tembloroso, pero no pudo evitar estremecerse al encontrarse con sus ojos.
Eran grises, ni claros ni oscuros, sino un tono acerado que parecía absorber la luz y devolverla en destellos inquietantes.
—Parece que ya ha visto demasiado para ser recién nacida —murmuró la comadrona, apartando la mirada.
Con los años, aquel detalle se convirtió en un murmullo constante.
Los demás niños tenían ojos color miel, verdes como el musgo, azules como el río.
Los de Mirvaleth, en cambio, parecían fragmentos de niebla solidificada.
Los pequeños de la aldea huían al sentirlos demasiado cerca cuando jugaban con ella.
A los seis años, ocurrió el primer signo de lo que sería su destino.
Estaba sentada junto al fuego, mientras su madre amasaba pan.
Una ráfaga de viento apagó la llama y Alina suspiró con fastidio.
Pero, antes de levantarse, Mirvaleth fijó la mirada en las brasas y, sin tocar nada, la llama volvió a encenderse.
Alina palideció. La niña sonrió, como si aquello le resultara tan natural como respirar.
El rumor corrió rápido. Algunos aldeanos decían que la pequeña era un prodigio; la mayoría, que era un mal presagio.
El panadero Orlin, un hombre grande y supersticioso, se santiguaba cada vez que ella pasaba cerca.
La anciana Sevria, en cambio, se inclinaba para mirarla con ojos vidriosos y murmuraba palabras que Mirvaleth no comprendía:
—El gris siempre anuncia tormenta.
Pese a todo, la niña crecía sin miedo. El bosque le ofrecía compañía: aves que no huían de su presencia, ciervos que la miraban como si reconocieran en ella algo ancestral.
Una tarde, al sacar agua del pozo, un corzo se plantó frente a ella.
Sus ojos, tan oscuros como la tierra húmeda, se cruzaron con los suyos.
El animal bajó la cabeza y retrocedió sin violencia, desapareciendo entre los árboles.
No fue miedo lo que Mirvaleth sintió, sino una certeza: la naturaleza la reconocía.
A los doce años, la diferencia entre ella y los demás se volvió un abismo.
Los niños que antes la buscaban ahora se apartaban.
Nadie quería compartir el banco en la escuela con la muchacha de ojos grises.
Su madre trataba de protegerla, pero era pobre y débil; apenas podía con el peso de las cosechas y las habladurías.
Una noche, en el mercado, un muchacho la llamó «bruja».
Mirvaleth lo observó en silencio. El chico, sin más, cayó de bruces en el barro.
Juraba después que nadie lo había empujado.
La palabra quedó prendida a ella como una marca.
Bruja . Lejos de ofenderse, Mirvaleth comenzó a pronunciarla en secreto, saboreándola.
Bruja. La repetía frente al espejo de cobre que colgaba en la choza, viendo cómo sus ojos grises parecían oscurecerse cada vez que lo hacía.
Fue en esa época cuando la anciana Sevria la interceptó en el bosque.
La vieja tenía el cabello blanco como ceniza y los dedos manchados de tierra.
—Tus ojos —le dijo, sin más—. Los ojos siempre saben más de lo que deberían.
Mirvaleth quiso preguntar qué significaba aquello, pero la mujer desapareció entre los árboles antes de que pudiera hacerlo.
Al cumplir quince años, la joven ya había descubierto que podía manipular la voluntad de los demás con apenas una mirada.
Los niños dejaban de llorar al verla; los perros se echaban al suelo con las orejas bajas; incluso los adultos evitaban contradecirla.
Esa obediencia involuntaria alimentaba en ella un orgullo silencioso.
Los aldeanos comenzaron a dejar ofrendas en la entrada de su casa: un puñado de granos, un jarro de leche, un trozo de carne.
Nadie admitía tenerle miedo, pero todos querían asegurarse de no atraer su ira.
Mirvaleth comprendió que el poder no solo residía en la magia, sino también en el temor.
A los dieciocho, la muchacha ya era bruja.
La transición fue silenciosa pero irrefutable.
Su madre murió ese invierno y Mirvaleth no lloró.
Se limitó a cubrirla con una sábana y enterrarla bajo un roble, murmurando palabras que nadie le había enseñado y que resonaron como un rezo en lenguas olvidadas.
Sola en el mundo, construyó su morada en el corazón del bosque.
Allí, entre la humedad y el silencio, comenzó a invocar fuerzas invisibles.
Espíritus del aire acudían a su voz, sombras se deslizaban en las paredes, aves nocturnas volaban en círculos sobre su techo.
Fue en una de esas invocaciones que apareció el espejo de obsidiana.
No supo decir si lo había fabricado con sus propias manos o si había emergido del humo y la sangre del ritual.
Solo sabía que estaba allí, negro y profundo como un pozo sin fondo.
La primera vez que se miró, vio lo que ninguna mirada humana debería contemplar: su muerte.
No eran símbolos oscuros ni metáforas ambiguas, sino la sentencia precisa:
—Morirás el 31 de octubre de 1637, a las seis campanadas de la medianoche. Una joven de ojos grises, hija de nadie, clavará una daga de hierro en tu corazón.
El terror inicial la paralizó, pero pronto se convirtió en certeza.
Y con la certeza vino la audacia: si conocía la hora de su final, nada antes de ese momento podía destruirla.
Se lanzó a vivir con una intensidad feroz.
Exigía tributos de los aldeanos, castigaba a quienes la desobedecían, celebraba banquetes de vino y hechicería bajo la luna.
Nadie osaba enfrentarse a ella. Cuando un grupo de hombres intentó atacarla con antorchas, una ráfaga de viento apagó las llamas y los dejó a oscuras.
Ellos huyeron, convencidos de que era inmortal.
Mirvaleth se sentía invencible. Pero, en lo profundo de su alma, una sombra crecía: la imagen de la joven de ojos grises.
¿Quién era esa hija de nadie? ¿Dónde estaba?
¿Había nacido ya, o esperaba su hora en algún lugar?
Los años pasaron. Mirvaleth envejecía apenas, como si el tiempo se detuviera ante su mirada acerada.
Pero la obsesión por la profecía la consumía.
Comenzó a recorrer aldeas, observando huérfanos, mendigas, niñas abandonadas.
Ninguna tenía los ojos grises. Ninguna era la destinada.
Sin embargo, cada noche, al mirarse en el espejo de obsidiana, la visión volvía: la joven de mirada fría, la daga, la sangre.
La bruja se volvió cada vez más cruel. Quienes acudían a pedirle ayuda salían temblando, con marcas en el cuerpo o en el alma.
Mirvaleth disfrutaba del poder, pero más aún de probar, una y otra vez, que nada podía matarla antes de la fecha marcada.
El bosque entero parecía obedecerla. Los cuervos graznaban al unísono cuando ella lo ordenaba; los lobos rondaban su cabaña sin atreverse a entrar.
El aire mismo parecía contener la respiración cuando Mirvaleth hablaba.
Pero, en la soledad de la noche, cuando las velas se apagaban y el viento gemía entre las vigas, los ojos grises la acechaban desde cada rincón.
Ya no sabía si los veía en sueños o despierta. Su cordura comenzó a resquebrajarse.
El año 1637 llegó con un otoño cruel. Las hojas caían como cenizas y los árboles parecían inclinarse hacia la cabaña de la bruja.
Los aldeanos evitaban siquiera mencionar su nombre.
El 31 de octubre, Mirvaleth encendió velas negras alrededor del espejo de obsidiana.
Se sentó en su trono de espinas, con la daga preparada a su lado.
Afuera, los cuervos formaban un coro fúnebre. Las campanas comenzaron a sonar.
Una. Dos. Tres.
En el espejo apareció la joven de ojos grises. Pálida. Silenciosa. Perfecta. Mirvaleth se inclinó hacia adelante, con el corazón desbocado. La figura imitaba cada uno de sus movimientos.
Cuatro. Cinco.
El filo de la daga brilló a la luz de las velas. El aire se volvió espeso, casi sólido.
Seis.
Un grito se mezcló con el tañido de la campana.
El cuchillo descendió. Un grito se perdió entre el viento y la lluvia.
La cabaña tembló. Mirvaleth cayó de rodillas, los ojos fijos en el espejo.
La figura de ojos grises estaba allí, igual que siempre, y sin embargo…
algo había cambiado. Quizá la sangre en la daga, quizá la sensación de que un hilo invisible había sido cortado, quizá nada en absoluto.
La línea entre la realidad y la ilusión se desvaneció.
El amanecer llegó lentamente, tiñendo de amarillo los árboles y los charcos.
Cuando los aldeanos, guiados por rumores y temor, se acercaron a la cabaña, encontraron un lugar silencioso.
El espejo seguía allí, limpio y oscuro. Las velas negras estaban apagadas.
No había rastro de lucha ni de sangre sobre el suelo.
Solo el cuerpo de Mirvaleth, tendido, con los ojos abiertos, fijos en el cristal.
Algunos contaron haber visto una figura alejarse entre los árboles, otros juraron que nadie salió de la cabaña aquella noche.
Nadie podía explicar lo que había sucedido y, con el tiempo, la historia se convirtió en leyenda: la bruja que conocía su destino, la hija de ojos grises que aguardaba tras el cristal, la profecía que se cumplió o que fue desafiada hasta su límite.
Cada año, cuando la luna de octubre iluminaba el bosque, se decía que los ojos grises de Mirvaleth brillaban entre las sombras.
Y los aldeanos, temblando, se preguntaban si alguna vez la bruja había sido derrotada o si su obsesión había trascendido la carne y la sangre para quedarse para siempre, aguardando al que se atreviera a mirar.
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