5. El ánima del Vaupés #2
—Soy Apaporis —dijo ella, sonriente—. El pájaro de metal por donde volabas se estrelló en la frontera entre Colombia y Brasil. En un departamento llamado Vaupés, región colombiana. Es un lugar despoblado, rodeado de selva, no hay asentamientos indígenas ni grupos paramilitares. Es tierra virgen.
—Si ese lugar está deshabitado, ¿cómo fue que me encontraste?
—Yo soy el río Apaporis. El pájaro de metal cayó cerca de sus aguas, y tú en ellas. Tuviste suerte. Si más personas se hubieran zambullido en el Apaporis en el momento del impacto, habrían sobrevivido.
—Espera un momento —dije, haciendo un ademán con las manos, en son de consternación—. ¿Cómo así que eres un río? ¿Eres un espíritu o un demonio?
—Soy la protectora del río Apaporis. —Mantuvo su sonrisa—.
Podría decirse que soy un espíritu. Por este camino —dijo, señalando la vereda que dibujaba el minúsculo río y los árboles que respetaban su curso— llegarás al poblado más cercano, al municipio La Libertad.
No sé si tiene suficiente tecnología que permita hacer comunicación con tu gente, pero al menos habrá personas que te ayuden.
La miré, su rostro emitió un resplandor, un hechizo…
Su sonrisa me cautivó. Claramente, con su introducción me había informado que era un ser del Más Allá.
Sin percatarme, la empecé a ver más bella, más joven, como si fuéramos contemporáneos.
En definitiva, me embrujó y permití que siguiera hipnotizándome con su encanto.
Me levanté del riachuelo y me aproximé a ella, erguido, con la confianza de un modelo de pasarela que camina por la larga tarima.
Ella puso la canasta sobre las piedras y sacó una túnica de color crema, la cual miré en mis manos, pero la arrojé a un lado y me lancé en sus brazos.
Ella me enseñó el arte de las caricias, de los besos y la penetración.
Me enseñó a cómo tener y dar un intenso orgasmo.
Cuando no copulábamos, caminábamos en dirección al occidente, siguiendo el camino del río Apaporis al desviarnos un kilómetro al norte.
Ella me ofrecía frutos que recogía de arbustos, me instruía cuáles comer y cuáles evitar.
Me enseñó a cazar roedores con una destreza que el animal poco sufría en su sacrificio.
Me dio de beber de aguas claras. Cuando Apaporis tenía la oportunidad, sellaba mi boca con sus labios, mas yo me entregaba a su lujuria para entrar y salir de ella tal como me exigía.
En determinado momento, ella se había despojado de sus vestimentas para hacer juego con mi desnudez.
Los vellos de mi cuerpo crecían, la barba poblaba mi rostro, mis músculos aumentaron y se endurecieron.
Mi abdomen, de un rosado curtido, se había convertido en una gráfica cuadriculada.
Ahora mis brazos sostenían el peso de Apaporis con facilidad.
Ahora ella tenía que elevar la cabeza para mirar mis ojos azules.
Ahora me quería quedar en la selva y vivir por siempre la fantasía que solo Apaporis me ofrecía.
No me importaron cuántos amaneceres pasaron, si meses, años o décadas.
Apaporis era como un narcótico, uno que me daba salud, juventud y la vitalidad de un niño hiperactivo.
Ahora no me interesaba llegar a ningún poblado, solo me importaba seguir sus pasos, dándome igual si me conducía hacia la humanidad o al caos, o si me arrastraba a las profundidades del pecado.
No sé si lo que sentía por ella era amor u obsesión, pero estaba seguro de que la necesitaba en mi vida, que sin ella mi existencia estaría vacía, que sin sus caricias en mi piel enloquecería y que si ella desaparecía prefería terminar con mi vida.
Pasado tanto tiempo indefinido, ella tomó mi mano, se empinó para rozar nuestros labios, puso un gesto de tristeza y observó a través de unas lianas por donde se contemplaba mucha luz del sol. Miré sus ojos negros, tan bellos y de un brillo hipnótico.
—Ya llegamos a La Libertad, el poblado que te prometí —dijo con tristeza.
—¿Qué tiene que ver ese lugar contigo? —le pregunté, mirándola e ignorando la antigua promesa de tanto tiempo atrás.
—Que ya puedes volver a España. Con una llamada sería fácil.
—¡No! —La atraje hacia mí por la cintura—. Quiero estar contigo por siempre.
Ella me apartó por el pecho, rechazando mi beso.
—¿Por qué me alejas después de haberme hechizado? —le reproché.
—Porque me enamoré de ti y no quiero que termines como ellos.
—¿Como quiénes?
Ella se volteó hacia las espesuras de la jungla, sin el velo de su magia.
Entre la vegetación había huesos humanos, esqueletos bien ubicados, como si el individuo no hubiera sido violentado en su muerte, como si un anciano hubiera yacido dulcemente entre la yerba y las rocas.
Miré el camino de restos humanos sin inmutarme, si mi destino era el mismo, con tal de seguir con Apaporis me abandonaría con sumisión al final que ella me mostrara.
—No me importaría terminar como esos viejos si muero junto a ti —dije, convencido de mi veredicto.