AKELARRE 657 5. El ánima del Vaupés
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5. El ánima del Vaupés

© María Rogosace

M i cabeza punzaba terriblemente. En mis brazos algo caminaba, picándome, pero no tenía fuerzas para rascarme.

Abrir los ojos era imposible, como si los hubieran embadurnado de pegamento.

Mi conciencia amenazaba con volverse a fundir en la nada.

Dolía mucho tener la mente activa. ¿Significaba que moriría?

¿Que mi aventura por la vida culminaría a mis diecisiete años?

¿Que no vería a mis padres antes de expulsar mi último aliento?

Creí que así sería, que perecería antes de dar mi primer beso y experimentar mi primera vez.

Escuché unos pasos, como alguien caminando entre la maleza.

Escuché, además, muchos tipos de piares y aullidos de monos.

Un rugido… ¿algún animal salvaje? Sonaba como un felino.

Mi estómago rugió, pero, antes de poder alimentarme, tal vez yo sería el alimento de alguien más.

Sonó el aullido de un mono, mas su sonido cambió, se sumó otro más, para luego iniciar una pelea de simios.

Además del olor a tierra mojada, a excremento de tanto animal y de la humedad impregnada en el ambiente, percibí el crujir de una fogata.

De repente, escuché el sutil canto de una mezzosoprano , tan suave, lento y bajo, que podría confundirse con un contratenor .

Su voz aumentó de fuerza, subiendo un poco de tonalidad, extendió un vibrato de estilo aborigen, lo sostuvo un poco y, antes de detener el compás, sacó el resto del aire de sus pulmones con un abrupto staccato , sellando su laringe.

Su lírica continuó armonizando mis tímpanos por largos minutos.

No detuvo sus melismas , subió dos tonos, bajó cinco, elevó medio tono, queriendo imitar los sonidos irregulares y rítmicos del entorno.

Mi estómago crujió, anunciando el primitivo instinto de supervivencia.

La persona a mi lado exclamó un «ah» sorpresivo.

La escuché dar pasos opuestos a mi ubicación, con el andar entre la vegetación.

Me pareció que recogió una vasija y volvió a situarse junto a mí, tan cerca, que hizo contacto con mi brazo izquierdo y cintura.

Masticó algo duro. Había perdido toda esperanza de vivir, dejando mi último suspiro a quien sea que rondara en mi proximidad.

Una mano acarició mi rostro, muy suavemente, apartando mi cabello de la frente.

La mano recorrió mis mejillas. Su tranquilo roce erizó todo mi cuerpo.

Uno de sus dedos, quizás el pulgar, abrió mi boca, haciendo descender mi labio inferior y, a continuación, mis labios fueron sellados por algo suave y caliente, algo muy agradable que extrañamente me excitó.

No obstante, desde esa suavidad algo ingresó a mi boca; tuve la energía para tragarlo.

Ese ritual se repitió veinte veces, cantidad suficiente para que mi estómago me dejara en paz y pudiera caer dormido sin soñar.

Pasó el tiempo, no sé cuánto… Abrí los ojos, sobre mí había un techo de paja, sostenido por dos palos de madera que me permitían contemplar árboles de tantos tamaños y texturas, arbustos, helechos, lianas cayendo de inmensos palos de caucho, rocas y piedras con musgo, un riachuelo que fluía tan calmado que ni sonido emitía…

Cerré los ojos, quizás me encontraba entre el cielo y el infierno, vagando en un limbo selvático.

Traté de elevar mi tronco con las manos y miré mi vientre.

Estaba desnudo; me avergoncé un poco. Paseé la vista a mi alrededor, con temor de que, quizás, me hubieran violado.

A mi izquierda había una persona agachada, con ropas holgadas de tonos tierra.

Por su tamaño y fisonomía, intuí que era una mujer.

Abracé mis piernas, como símbolo de pudor antes de dirigirme a ella.

—Oye, ¿tú me salvaste?

Ella, sin darse la vuelta ni levantarse, asintió con la cabeza.

—¿Sabes cómo llegué aquí?

La mujer se levantó, revelando su rostro, gran estatura y atuendo completo.

Tenía el cabello negro y liso hasta las rodillas; su piel anaranjada encuadraba un rostro bello de ojos negros, de nariz triangular y delgados labios curtidos por quién sabe cuánto sufrimiento y extenso ciclo en este plano.

Bajo su ropa se notaba la delgadez, sus manos con cicatrices revelaban mil batallas, pero en sus ojos negros se notaba la esperanza.

Ella sonrió, con la inocencia intacta de un niño que sobrevive a las penurias por el optimismo ingenuo.

—El pájaro de metal en el que viajabas cayó del cielo, no muy cerca de aquí, y confirmé que fuiste el único que no murió.

—¿Pájaro de metal? —pregunté, con el ceño arrugado de incredulidad—. Tal vez quisiste decir «avión».

—Pues sí, tú debes saber más, ya que llegaste aquí en uno de esos.

Había mucha humildad en su hablar, pero me había salvado por tanto tiempo con conocimientos que quizás se salen de la medicina actual.

—¿Sabes desde cuándo se cayó el avión?

Ella se me aproximó con sus alpargatas, sosteniendo un tazón de barro con una cuchara de madera, y se arrodilló a mi lado. Me sonrió.

—Mañana se cumplirán sesenta puestas de sol.

—¡¿Qué?! ¡¿Llevo dos meses aquí?! —Se me puso el rostro pálido.

—Sí, como tú dices: dos meses.

—¿Y cómo he sobrevivido? ¿Cómo me he alimentado?

—Bueno, como no podías masticar ni moverte, pasé por tu boca la comida masticada.

—¡Entonces ¿me besaste?! —dije, alarmado e indignado.

—No sé qué significa «besaste» —dijo ella, con un tono de reproche—. Pero para que no murieras, tuve que hacerlo.

Ella se levantó del suelo, muy molesta, dejando el cuenco de comida junto a mí, cogió una canasta trenzada, se la puso en la cabeza y se adentró en las espesuras de la selva.

—¡Ey, ¿a dónde vas?! —le grité, nervioso de que me dejara desamparado a mitad de la jungla.

Me levanté con dificultad de la estera y corrí desnudo hacia ella, teniendo que acelerar mi andar porque el suyo iba a mil revoluciones.

Estiré el brazo para tocar su hombro, pero su silueta se alejaba como una transposición estelar.

Me pinché el pie con alguna espina y grité, mas tropecé con una roca y caí de cara en el riachuelo hasta hacerme un chichón en la frente.

Ella se detuvo y se giró hacia mí con un gesto de desdén, sin embargo, había compasión en sus ojos heridos por mi reciente ofensa.

Me miró desde arriba. Yo yacía en el riachuelo, interrumpiendo su débil curso, adolorido por la caída.

—Perdóname por molestarme ante tu beso. No. Bueno, ante tu intento de alimentarme.

Ella no cambió su expresión, manteniéndose a varios metros con la canasta todavía en su cabeza.

—En mi cultura, ese contacto significa otra cosa.

—En la mía es lo mismo que la tuya —dijo ella, molesta—. Parece ser algo instintivo del humano. No obstante, la boca es tan versátil, capaz de hacer mil cosas más, además de generar placer.

Mantuve la mirada hacia abajo, entre mis piernas sumergidas en el riachuelo, avergonzado por mi ignorancia de la vida, porque una aborigen supiera más del universo que yo.

¿Cuántos años tendría esa mujer? ¿Cuántos partos habrá dirigido?

¿Cuántas bocas habrá besado? ¿Cuántos cuerpos habrán recorrido sus manos?

¿Cuántos hijos habrá tenido? ¿Se habrá casado?

, ¿divorciado? ¿Habrá perdido algún hijo?

¿Cuánto habrán trabajado sus manos?, ¿amasado pan, moldeado vasijas, trenzado canastas y sandalias, confeccionado ropas…

? Un alma posee tanta experiencia y conocimientos que un aula de clases se quedaría pequeña para todo lo que se necesita en la vida para sobrevivir.

La había subestimado. La había juzgado bajo el sesgo de la educación.

Había visto a un ser primitivo, por el hecho de vestir atuendos que no pasaron por una máquina de coser industrial.

La había acusado de violarme por un modo de alimentación.

Bajé la cabeza, arrepentido de mi prejuicio, de mi soberbia disfrazada de conocedor.

—Perdóname, te juzgué mal. —Mantuve los ojos en el agua que se arremolinaba entre mis nalgas y piernas—.

No sé nada de la selva, vengo de ciudades de cemento y acero, de vehículos con motores y pájaros de metal, como tú los llamas.

Te agradezco que me hayas alimentado, que me hayas rescatado del accidente y que tuvieras la paciencia de cuidarme en los sesenta amaneceres, así como tú dijiste.

Ella me siguió mirando con seriedad, esperando más información que la satisficiera.

—Soy Oscar Guerrero, vengo de España y tengo veinte años.

Me dirigía a Bogotá para una feria, pero parece que los operarios de las torres de control de Colombia y España tuvieron interferencias, el piloto del pájaro de metal se desvió y tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia, y pues, terminé aquí, a tu lado, y vivo, gracias a ti. Un gusto.

Ella analizó mi explicación, como si desgranara cada palabra para corroborar si había verdad o mentiras en ella.

Me escaneó con la vista de arriba abajo, sin morbo en mi desnudez; parecía que había visto tantos cuerpos carentes de ropa que ya no percibía erotismo.

Después puso sus ojos intensos en los míos, atemorizando mis nervios con la frialdad y enigmas de su oscuridad.

Hizo un ademán personal con la cabeza, como si desglosara códigos de programación para corroborar que no hubiera ningún error.

—Bien —dijo al fin—, me convenciste. No veo mentiras en tus argumentos y espero que no te atrevas a mentirme.

Me quedé en el agua, todavía alerta de que ella pudiera reaccionar de manera impredecible.

Temblaba por el pensamiento de que, si le mentía, acabaría con mi vida en tan solo un movimiento.

Por mi supervivencia, todo lo que saliera de mi boca debía ser lo más transparente posible, sin atisbos de ironía, sarcasmo, doble sentido, bromas o cualquier cosa que la ofendiera.