4. Las negaciones de Alma #2
Varias semanas después, Alma estaba preparando una poción cuando sonó el intercomunicador.
—Señora Cendrero, Diego Santamaría está aquí. Dice que no tiene cita, pero que es urgente.
El corazón de Alma se aceleró de una forma completamente impropia para una mujer de su edad y experiencia.
—Hágalo pasar.
Diego entró con una expresión que ella no le había visto antes: confundida y vulnerable.
—Alma —dijo, usando su nombre de pila por primera vez—. Quiero preguntarte algo, y necesito que me respondas con total honestidad.
Ella asintió, no confiando en su voz.
—¿Eres realmente psicóloga?
La pregunta la golpeó como un puñetazo. Se quedó callada, estudiando su rostro, buscando pistas sobre qué sabía exactamente. Pese a lo que su marketing anunciaba, ella conocía los foros de internet y otros lugares más oscuros de la Deep Web, donde se discutía sobre su verdadera naturaleza.
—Carmen vino a verme de nuevo —continuó Diego—.
Está completamente diferente. Dice que ha tenido sueños muy vívidos donde se despedía de mí, donde de repente entendía que teníamos que seguir caminos separados.
No son sueños normales, Alma. Describe imágenes, sensaciones, como si alguien hubiera... plantado esas ideas en su mente.
Alma sintió que se le secaba la boca.
—Los sueños pueden ser muy poderosos —murmuró.
—Venga, por favor —cortó sin agresividad—.
Sé reconocer cuando algo no es natural. Mi abuela era...
digamos que tenía habilidades especiales.
Preparaba remedios que funcionaban mejor que la medicina convencional.
Reconozco el olor de ciertas hierbas, la energía de ciertos lugares.
Esa planta del rincón no crece en España. ¿A qué no?
Alma se quedó callada durante un largo momento. Luego, lentamente, se quitó la máscara de profesional que había llevado durante años.
—No —dijo finalmente—. No crece en España ni en ningún lugar de este mundo.
Diego asintió, como si hubiera confirmado algo que ya sabía.
—¿Eres una bruja? —preguntó con la misma naturalidad con que habría preguntado la hora.
—¿Me estás insultando? Soy una especialista licenciada en manipulación de energías emocionales —respondió Alma—. Bruja es un término arcaico.
Para su sorpresa, Diego se rio. Una risa genuina, cálida.
—Mi abuela se habría llevado bien contigo —dijo—. Ella también odiaba las etiquetas.
Alma se sentía completamente expuesta, más vulnerable de lo que había estado nunca.
—¿Y ahora qué? —preguntó negando—. ¿Vas a huir gritando? ¿Vas a llamar a la Policía? O lo que es peor… ¿vas a ponerme una reseña negativa en Google Maps? Mucha gente viene aquí sabiendo o sospechando mi verdadera naturaleza.
Diego se sentó en su silla habitual, con la misma calma de siempre.
—No. Confío en ti, aunque… Me gustaría saber cómo y por qué ayudaste a Carmen sin que yo te diera nada que le perteneciera.
La pregunta la desarmó.
—Yo... —comenzó, pero se detuvo. No podía decirle que había usado magia a distancia porque no soportaba verlo sufrir. No podía admitir que había violado sus propias reglas éticas porque había comenzado a sentir algo extraño.
Algo que no sentía desde hacía siglos.
—No importa. —Diego cambió de tema suavemente—. Creo que ya sé la respuesta.
Se levantó y rodeó el escritorio. Por un momento, Alma pensó que se acercaría a ella, pero se detuvo junto a la ventana.
—¿Sabes qué es lo más difícil de restaurar una obra de arte? —preguntó—. No es quitar las capas de suciedad o reparar las grietas. Es saber cuándo parar. Cuando has llegado a la verdadera esencia de la obra, sin sobrepasar la línea que la convertiría en algo diferente.
Alma no entendía hacia dónde quería llegar.
—Tú ayudaste a Carmen a encontrar su propia verdad —continuó—. No le implantaste sentimientos falsos ni borraste los reales. La ayudaste a ver con claridad. Eso no es manipulación, Alma. Es compasión.
—No sabes lo que hago realmente —susurró ella—. Las pociones, los hechizos...
—¿Le has dado alguna vez a alguien algo que lo hiciera amar a una persona que no querría amar por sí mismo?
Alma reflexionó. Era cierto que todas sus pociones se basaban en potenciar cualidades existentes, en dar confianza, en clarificar emociones, nunca en crear amor de la nada.
—No —admitió—. Pero sí he facilitado conexiones que tal vez no habrían ocurrido naturalmente de una forma sencilla.
—¿Y eso está mal?
La pregunta la desconcertó.
—A veces, dos personas están hechas la una para la otra, pero son demasiado tímidas, demasiado inseguras o están demasiado cegadas por sus propios miedos para verlo —continuó Diego—. Si tú les das el empujón que necesitan para encontrarse realmente... ¿no es eso hermoso?
Alma sintió que algo se aflojaba en su pecho, una tensión que había cargado durante años sin darse cuenta.
—¿Por qué no viniste a tus citas? —le preguntó de repente.
Diego se volvió hacia ella y, por primera vez desde que lo conocía, pareció nervioso.
—Porque me di cuenta de algo que me asustó —dijo—. Me di cuenta de que ya no venía por Carmen. Venía por ti.
Escalofrío en ambas direcciones.
El silencio que siguió fue eléctrico. Alma sentía como si estuviera al borde de un precipicio.
—Yo no he usado magia contigo —aclaró, adelantándose a la pregunta.
—Lo sé —dijo Diego, acercándose lentamente—. Por eso me asusta tanto. Porque esto, lo que siento, es completamente real.
Alma se levantó. Gracias a sus tacones Jimmy Choo, eran casi de la misma altura.
—No sé cómo amar sin magia —admitió.
Diego levantó una mano y, muy suavemente, le acarició la mejilla.
—A veces no hace falta saber. Sólo hay que sentir. Podemos aprender juntos. —Su voz era aterciopelada, era un susurro que traspasaba todas sus defensas. No había runas ni salvaguardas mágicas que la protegieran de él.
Cuando se besaron, Alma sintió algo que nunca había experimentado en sus pociones más potentes: una magia que no venía de hierbas ni cristales, sino de la simple y aterradora belleza de dos personas eligiéndose mutuamente.
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Tres meses después, Alma seguía atendiendo a sus clientes, pero había cambiado su enfoque.
Ya no se limitaba a dar pociones y talismanes; también hablaba con ellos sobre la autenticidad, sobre la diferencia entre querer a alguien y querer la idea de alguien, sobre el valor de ser rechazado por quien uno realmente es en lugar de ser aceptado por una versión falsa.
Ulysses había notado el cambio.
—Estamos perdiendo clientes —le advirtió un martes por la mañana—. La mitad de sus citas de esta semana cancelaron después de la primera consulta.
—Lo sé —respondió Alma, contemplando el jardín desde su ventana—. Pero los que se quedan son los que realmente encuentran lo que buscan.
Diego había empezado a pasar las tardes en el despacho después del horario de consultas, restaurando un pequeño óleo del siglo XIX que Alma había encontrado en un mercadillo.
Lo que no le había revelado era cuándo lo había hecho.
Y es que Alma aparentaba muchos menos años que los que realmente tenía.
—¿Nunca te arrepientes? —le preguntó Diego una tarde, mientras trabajaba con pinceles minúsculos en una esquina de la pintura—. De haber renunciado a la magia fácil, quiero decir. —Levantó la vista y tenía una mancha de pintura azul en la frente.
—Jamás. —Alma sonrió, acercándose para limpiarle la mancha con un pañuelo—. Esto es mucho más aterrador, pero también mucho más real.
—Exacto —murmuró él, atrayéndola hacia sí—. Y lo real siempre vale la pena. Todo lo que me inspiras rima con el verbo amar.
Dos pares de zapatos cayeron al suelo y, en el jardín exterior, las plantas mágicas de Alma se agitaron con una brisa cargada de promesas.
Había descubierto que el amor verdadero tenía su propia magia, una que no se podía embotellar ni recetar, que solo podía vivirse un día a la vez, con toda la valentía que requiere elegir la autenticidad por encima de las certezas.
Por primera vez en su vida, Alma Cendrero entendió que las negaciones más poderosas no eran las que protegían el corazón, sino las que lo liberaban para amar sin condiciones, sin hechizos, sin más magia que la fe. A veces, lo real era suficiente.
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