4. Las negaciones de Alma
© Janmi Pace
E l despacho de Alma Cendrero parecía el de cualquier psicóloga de éxito en Las Rozas de Madrid.
—Su cita de las cinco ha llegado —anunció Ulysses desde el intercomunicador.
Alma ajustó su chaqueta de Armani y cerró en su tableta el expediente que revisaba. Otra ejecutiva desesperada, según recordaba. Los había a docenas: hombres y mujeres brillantes que habían conquistado consejos de administración, pero seguían creyendo que el amor se podía negociar como un contrato.
—Hágala pasar, por favor —dijo con un tono monocorde, propio de cajera de supermercado.
La mujer que entró tenía la fragilidad nerviosa de quien ha apostado demasiado y está perdiendo.
—He oído que usted puede ayudar con asuntos del corazón de maneras poco convencionales.
Alma gesticuló hacia la silla frente a su escritorio, observando cómo la mujer se aferraba a su bolso Hermès como a un salvavidas.
—Cuénteme qué la trae por aquí.
—Ya se lo dije a su secretario ¿de verdad tengo que repetirlo?
—Bastó una ceja levantada de Alma para que la paciente claudicara—.
Es mi jefe. Llevo cinco años trabajando para él, soy la mejor en mi departamento, pero...
—Su voz se quebró ligeramente—. Necesito que se fije en mí.
Como mujer, quiero decir. Sé que, si lo hiciera, todo cambiaría.
Alma asintió, catalogando mentalmente los ingredientes que necesitaría. Raíz de confianza, esencia de presencia, quizás un toque de aceite de determinación. Nada que alterara la voluntad ajena. No estaba allí para juzgar a sus clientes.
—Puedo ayudarla —dijo finalmente—. Pero debe entender que lo que ofrezco es una forma de realzar su propia esencia natural.
Los ojos de la mujer brillaron con esperanza desesperada.
Tres días después, su asistente, Ulysses, asomó la cabeza por la puerta, mientras Alma preparaba una mezcla particularmente delicada.
—Tiene una llamada. La ejecutiva del martes. Dice que funcionó demasiado bien. Su jefe la ha ascendido y le ha pedido salir, pero ahora está aterrorizada porque no sabe si sus sentimientos son reales o causados por hechicería.
Alma suspiró, dejando caer una gota de extracto lunar en el mortero.
—Dígale que venga mañana. Sesión de seguimiento.
Ulysses le entregó una tarjeta de visita.
—Su cita de las cuatro. Diego Santamaría. No tiene ficha, sólo esto.
Alma estudió la tarjeta:
Diego Santamaría . Restauración de Arte.
Devolución de belleza a lo olvidado.
«Qué pretencioso», pensó, aunque algo en la caligrafía manuscrita al dorso la intrigó: Necesito ayuda con alguien que no soy yo .
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No necesitaba ser adivina para saber que rondaba los cuarenta y tres años, aunque se cuidaba y aparentaba menos.
Tenía una media melena castaña rizada, salpicada de canas, y barba recortada.
Sus manos estaban manchadas de pintura seca en las uñas.
Vestía una camisa de lino arrugada y pantalones vaqueros cortos y rasgados.
—Señor Santamaría —lo saludó, gesticulando hacia la silla en su ritual habitual—. ¿En qué puedo ayudarle?
Diego se sentó con calma. No tenía la urgencia nerviosa de sus otros clientes. Sus ojos —de un verde grisáceo como el mar en invierno— la miraron con una franqueza que la hizo sentirse súbitamente expuesta.
—Vengo por alguien que está sufriendo por mi culpa —respondió, y su voz tenía una cadencia pausada, como si le pesara cada palabra.
Alma frunció el ceño. Era la primera vez que alguien venía a verla de forma altruista.
—Explíquese.
Diego se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos.
—Hay una mujer: Carmen. Nos conocimos hace un año en una exposición, comenzamos a salir como amigos; literalmente por amor al arte. Pero ella quería algo más y yo no pude corresponderle. Lo intenté, créame que lo intenté, pero no habría sido justo fingir algo que no sentía.
Alma asintió, catalogando mentalmente: otro caso de amor no correspondido. Con un enfoque diferente pero rutinario.
—Le expliqué las cosas y se lo pasó muy mal. Ha estado forzando encuentros. Me llama y me escribe a diario. Sé que está sufriendo y no soporto ser la causa de ese dolor.
—No lo disfrace con eufemismos: lo está acosando ¿Y qué espera que haga yo? —preguntó Alma, aunque ya intuía la respuesta.
—He oído que usted puede ayudar con estos temas. No quiero hacerle daño a Carmen, pero necesito que supere esto. Por su propio bien.
Alma se recostó en su silla, estudiándolo. En todos sus años de oficio, nadie había venido pidiendo ayuda para liberar a alguien del amor.
—Está bien —dijo finalmente—. Requerirá varias sesiones para entender completamente la situación.
—Perfecto. ¿Cuándo empezamos?
La primera sesión de trabajo fue tres días después. Diego llegó puntual, con un café para él y otro para ella.
—No era necesario —dijo Alma, aceptando la taza con una sonrisa forzada.
—No es molestia. Es de una cafetería pequeña cerca de mi taller. Tuestan el grano ellos mismos.
El café era extraordinario: complejo, con notas de chocolate y especias que bailaban en el paladar.
—Hábleme de Carmen —dijo, preparándose para tomar notas en su tableta digital.
—Como ya le dije, nos conocimos en una exposición de arte. Yo estaba restaurando una pieza del siglo XVIII que exhibían junto a obras modernas. Carmen es crítica de arte. Se acercó para preguntarme sobre las técnicas de restauración.
Diego habló durante media hora sobre Carmen: su inteligencia, su pasión por el arte, su risa contagiosa. Lo hizo con una ternura que desconcertó a Alma. No había desprecio, sólo una tristeza genuina por no poder corresponderle como merecía.
—Parece una persona muy interesante ¿Por qué no la ama? —le preguntó directamente.
Diego se quedó callado un momento, girando la taza entre sus manos.
—A veces el corazón simplemente no elige donde debería —dijo por fin—. Carmen es maravillosa, pero no hay conexión. ¿Sabe a qué me refiero?
Alma creía saberlo, aunque no estaba segura de haberlo experimentado nunca. Había conocido cientos de historias de amor, pero a través de los demás.
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La segunda sesión se convirtió en una conversación sobre la naturaleza del amor. Diego tenía ideas fascinantes: creía que el amor verdadero era como restaurar una obra de arte, un proceso lento de descubrir capas de belleza oculta, de reverencia por lo auténtico.
—Hablémonos de tú, si no te importa. Entonces tú manipulas el amor profesionalmente —le dijo, con una sonrisa que no tenía juicio—. ¿No crees que eso lo corrompe?
La pregunta la tomó por sorpresa. Nadie le había preguntado nunca sobre la ética de su trabajo.
—Yo no creo en el amor —se defendió—. Sólo facilito conexiones que ya existen potencialmente.
—¿Y si esas conexiones no existieran de forma natural?
Alma no supo qué responder.
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En la tercera sesión, Diego trajo fotos de su trabajo: pinturas del Renacimiento devueltas a su gloria original, frescos medievales que había salvado de la ruina. Sus manos se movían con reverencia al mostrarle cada imagen.
—¿Ves esto? Cuando llegó a mi taller era irreconocible. Tardé ocho meses en devolverle su verdadera cara.
Alma miraba las fotos, pero se encontraba observando más las manos de Diego que las imágenes. Tenía dedos largos, con pequeñas cicatrices de años de trabajo meticuloso. Se preguntó cómo sería que esas manos la tocaran con la misma reverencia que mostraba hacia sus obras de arte.
La mujer negó. El pensamiento la sobresaltó tanto que derramó el café sobre la mesa, salpicando su blusa Chanel.
—¿Estás bien? —preguntó Diego, ofreciéndole su pañuelo.
—Perfectamente —mintió, secando el charco con movimientos bruscos que no hicieron sino empeorar las cosas.
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Esa noche, en su ático, Alma se sirvió una copa de vino —tan añejo que debería estar picado— y se sentó en una hamaca de la terraza ¿Qué le estaba pasando?
Había conocido a cientos de hombres en sus consultas.
Muchos de ellos habían aprovechado la temática amorosa para insinuarse. Ninguno la había afectado así.
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En la cuarta sesión, Diego llegó con expresión preocupada.
—Carmen vino a verme ayer —dijo sin preámbulos—. Está peor. Ha perdido peso, dice que no puede dormir. Me siento como un monstruo. No sé qué hacer…
Alma sintió una punzada extraña al verlo sufrir.
—No es culpa tuya —le dijo—. El amor no correspondido es doloroso, pero es parte de la experiencia humana.
—¿Tú has estado enamorada alguna vez? —le preguntó de repente mirándola fijamente.
La pregunta la desarmó completamente.
—Yo... eso no es relevante para tu caso.
—Perdón, no quería ser indiscreto. Espero que no te moleste lo que te voy a decir, pero, a veces, hablas del amor como si fuera algo que se observa de lejos.
Tenía razón, por supuesto. Alma había pasado tanto tiempo manipulando los sentimientos ajenos que había olvidado cómo sentir los suyos propios.
—Mira, creo que podemos ayudar a Carmen —dijo, cambiando de tema—. Necesito hacer una preparación. ¿Podrías conseguirme algo que le pertenezca? Algo que haya estado en contacto con su piel.
Diego frunció el ceño.
—¿Para qué?
Alma vaciló.
—Para entender mejor su energía emocional.
Diego la miró con una expresión extraña, pero asintió sonriente.
—Le preguntaré si puede prestarme algo. Un libro de poesía de V.R. Cuevas, quizás.
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La quinta sesión nunca llegó. Diego la canceló, y lo mismo con la siguiente. Alma se sorprendió comprobando obsesivamente sus citas.
Ulysses la observaba con una mezcla de preocupación y diversión mal disimulada.
—¿Quiere que lo llame? —ofreció—. Para preguntarle sobre la continuidad del caso.
—¡No! —respondió Alma negando con más brusquedad de la necesaria—. Si necesita mis servicios, ya sabe dónde encontrarme. Hemos cobrado todas las sesiones hasta ahora, ¿no? Pues ya está.
Pero, por las noches, se descubría pensando en él. En sus manos manchadas de pintura, en la forma en que hablaba de su trabajo con tanta pasión y, a la vez, con tranquilidad; en cómo sus ojos se iluminaban cuando explicaba el proceso de devolver vida a algo que parecía perdido para siempre.
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