AKELARRE 657 3. La sorgina
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3. La sorgina

© Daniel Piniella.

L a noche de su menarquía bramaba como un toro dormido.

Una piel negra cubría el firmamento, roto solo por la fina asta de la luna como todo fulgor.

Noche de luna nueva, el mismo signo bajo el que Ilangi había nacido.

A lo lejos, nubes sin lluvia horadaban el Valle del Baztán con rayos incandescentes.

Los helechos, altos como osos, se batían ante el viento, revelando una boca de piedra en mitad de la ladera.

Nadie rompía el silencio. Ni la vieja. Ni la niña. Ni las sombras.

Ilangi apretó el pequeño envoltorio que sujetaba entre las manos. Tres tributos para la diosa: una piedra negra del río, un mechón castaño de su cabello y un pañuelo que contenía su primera sangre.

—Ilangi —la llamó Garasa con voz recia—, estaba escrito. Naciste para ser sorgina.

Desde que trece inviernos atrás había asistido el parto, la vieja bruja había vigilado a la cría como una loba hambrienta a un corderillo. Posó una de sus nudosas manos sobre el hombro de la zagala y, con un tono ronco y nasal, le recordó:

—Conoces los rituales del bosque y la montaña. La posición de los astros y el lenguaje de las plantas. —Clavó los ojos de sapo en el rostro albino de Ilangi—. Ahora que el oscuro ha olido tu sangre, no dejará de darte caza. Solo la protección de la diosa Mari puede salvarte.

—Lo sé, ama zaharra. —La voz se le quebró al pronunciar el título de la bruja.

La vieja carraspeó. Los mechones blancos flotaban como tentáculos que apuntaban al interior de la cueva.

—Conoces las reglas —murmuró Garasa rompiendo el contacto visual para escudriñar la oscuridad—. No mientas a la diosa. No te sientes ni aunque te lo ofrezca. No la mires a los ojos. No la toques. Jamás le des la espalda.

La niña asentía ante cada precepto.

—Y ahora entra en silencio. Recuerda: el silencio te protege.

La muchacha contempló la oquedad, una herida en mitad de la arenisca roja que supuraba negrura. Las plantas se inclinaban en aquella dirección aplastadas por el viento, un rayo iluminó el cielo e hizo vibrar la tierra; la tormenta incrementaba su violencia. La Mari estaba impaciente.

—Deja atrás el miedo y la codicia o sufre las consecuencias —bramó el trueno dentro de la cabeza de Ilangi.

La niña se estremeció. Tragó el aire; olía a ozono.

Apretó el paquete entre sus dedos. Se obligó a dar un paso.

Luego otro. Los zuecos parecían enterrados en la tierra.

La abertura crecía conforme se acercaba, cual boca de serpiente antes de engullir a un ratón.

La muchacha se detuvo. Las rodillas le temblaban.

Agachó la cabeza, apartando la vista de aquellos labios de piedra que la reclamaban con ansias.

Todos habían escuchado desde niños lo que ocurría a quienes penetraban en el interior de la tierra sin permiso de la Mari: entraban, pero jamás salían.

Un aullido quebró la noche de tormenta. Una docena de lobos respondieron a la llamada.

—De prisa —le urgió el ama zaharra—, el enemigo se acerca.

Los helechos la azotaron la espalda y la cadera, impacientes.

La hierba, mecida por el viento, serpenteaba hacia el subterráneo.

Ilangi arrastró un paso tras otro sin dejar de mirarse los pies, remolcándolos del verde vivo del lecho del valle al gris sepulcral de los huesos de la roca, sin separar jamás los ojos de los plomizos y gastados zuecos hasta que estos desaparecieron del todo engullidos por la oscuridad de la gruta.

Miró hacia atrás. Una estrecha hendidura indicaba la salida al valle, el mundo donde aún reinaba la voluntad del hombre y no el poder de los espíritus primordiales.

Demasiado estrecha, demasiado achatada, demasiado distante para los pocos codos que había avanzado.

Allí dentro olía a humedad, a cal viva, a reptil, a piel de chivo, a animales sacrificados, a mirra y a magia.

Ningún fuego estaba permitido en el interior de las estancias de la diosa: aquello era tabú, intromisión, quebrantamiento.

Los ojos, esos ojos dorados que, según los augurios de su madre, tantos problemas le traerían en breve, no captaban nada, ni el más remoto ápice de luz.

Extendió la mano. Tanteó la oscuridad como un ciego hasta dar con la pared.

La roca era rugosa y húmeda. Avanzó en silencio.

«El silencio me protege».

Dejó que el tacto la guiara. Rezaba a la Mari para que no la dejase caer en un pozo estrecho y profundo del que ya no pudiese salir.

No sería la primera aspirante a sorgina que acababa sus días enterrada en vida, lamiendo las gotas que se condensaban en la roca, con una pierna rota, tumefacta, pútrida, la fiebre invadiendo su mente, mientras los insectos, las ratas y otras criaturas en las que era mejor no pensar devoraban poco a poco un cuerpo que languidecía por la sed y el hambre.

No, por nada del mundo deseaba terminar así.

Por eso oraba, rogaba y rezaba, en silencio, siempre en silencio, para no atraer a lo innombrable.

Tic.

Tic.

Tic.

Tic.

Ploc.

Gotas de agua caían desacompasadas desde las alturas.

Algunas cerca. Otras lejos. Unas casi imperceptibles.

Otras silbando en el oído. La cueva salivaba ante su carne tierna.

La observaba sin ojos. La escuchaba sin oídos.

Inspiraba su olor. El olor de la primera sangre.

Los efluvios de un cuerpo que mudaba una piel de niña por piel de mujer.

Ilangi se concentró en mantener el equilibrio sobre aquel terreno irregular.

Tropezaba contra piedras invisibles, carámbanos y estalagmitas puntiagudas.

Exprimía los salientes de la pared cada vez que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El corazón le latía desbocado y, a pesar del fresco y la humedad, sudaba.

Había perdido la percepción del tiempo y el espacio; podría haber andado diez minutos o diez horas, media legua o medio valle.

Y en mitad de esa confusión: lo sintió.

El aire estaba más cargado, olía a fruta fermentada y amoniaco.

Un aleteo membranoso sonó sobre su cabeza.

Aceleró el paso. El zueco patinó. Cayó hacia atrás.

La vibración recorrió su espalda, aturdiéndola.

Trató de levantarse. El suelo estaba pegajoso, escurridizo.

Los chillidos y revoloteos nerviosos se intensificaban.

Gateó. Resbaló. Rodó. Un limo grumoso y frío se escurría entre sus dedos.

Logró levantarse. Avanzó a tientas. Corriendo.

Tropezando. Volviéndose a levantar. Agitando los brazos en todas direcciones.

Deambulaba con la espalda y el cuerpo encorvado hacia delante.

Los chirridos, los aleteos, lo inundaban todo.

Su mano se cerró sobre una roca. La siguió.

La siguió. La siguió.

Giraba. Giraba. Giraba.

A la derecha. A la derecha. A la derecha.

Aquello no era una pared: estaba rodeando un pilar formado por la unión de una estalactita y estalagmita.

¿Cuántas vueltas había dado? ¿Una? ¿Dos?

¿Nueve? ¿Cuarenta? ¿Seguía aún en la buena dirección?

Se paró para intentar orientarse. Algo le tocó el pelo.

Gritó. Fue involuntario, pero gritó. Había roto el silencio.

El silencio sagrado. El silencio que la protegía.

Los chillidos y aleteos se volvieron ensordecedores.

Ilangui arrancó a correr. No sabía a donde.

Hacia qué. Si huía hacia la salida o se internaba aún más en la montaña.

Daba igual: solo quería alejarse. Escapar de aquello que moraba en esa región de la gruta.

Su cara se estampó contra una pared. Al momento sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.

Escupió. Siguió avanzando con la palma pegada a roca.

Esta vez no se separaría. Por nada del mundo se separaría.

Era la decisión correcta. Era la decisión acertada.

Era una ilusión. De pronto, el muro desapareció y sus manos se aferraron a la nada.

Un aliento fétido, como a carnero mojado, le sopló en la cara.

Tanteó la oscuridad hasta darse cuenta de que se trataba de una galería que partía de la cámara.

Los aleteos a su espalda. El olor a chivo al frente.

Gritos sobre ella. Hedor animal a sus pies.

Se internó por el corredor pestilente para huir de las alas membranosas.

Camino todo lo aprisa que le permitía aquel terreno descendente y la negrura absoluta.

Pasó un buen rato hasta que se atrevió a bajar el ritmo.

Necesitaba limpiarse las manos pringosas, recuperar el aliento y orar a la diosa para que la guiase.

Se agachó para sentarse, pero dudó: no debía hacerlo en presencia de la Mari, pero ¿eso se extendía al resto de la cueva?

¿Cómo saber si estaba o no en su presencia con tamaña oscuridad?

Se arrodilló en el lecho rocoso; pese al espesor de la falda, las aristas del suelo se clavaron en las rodillas.

Frotó las palmas con un pañuelo y bebió un largo trago de agua del odre que llevaba a la cintura.

«Mari, señora de la tierra y mi destino» —rezó en silencio—. «Acudo a vuestro lado, no con fuerza, sino con temor. No vengo a pedir, sino a estar cerca. Mari, he perdido el camino, pero mi nombre aún te pertenece. Muéstrame por donde no debo avanzar y por dónde sí».

Se levantó y continuó internándose en las entrañas de la tierra.

El silencio era hondo como un abismo. No de ausencia, sino de presencia.

El silencio de un suspiro detenido, de un amor inconfesable, de un saber perdido.

La calma absoluta antes de retumbar el trueno.

La cueva respiraba. Ilangi lo sintió en la piel erizada de los brazos, en los cabellos, en el vello de la nuca, en la blusa que se henchía y desinflaba contra su espalda.

En el alma. Se llevó la mano libre a la boca para ahogar el llanto, con el índice y el pulgar abrazando la nariz para encubrir el penetrante olor a tierra húmeda que invadía el túnel.

Un siseo en la oscuridad.

¿Avanzar o retroceder? ¿Era una señal de la diosa para que siguiera o una advertencia del peligro que se cernía sobre ella?

La niña buscó la ofrenda en el zurrón. La apretó entre los dedos.

Algo la observaba desde la roca misma. Algo hecho de espíritu, sombra y polvo.

El aire se cargó de estática. Pesaba sobre los hombros y en el interior de los pulmones.

Ilangui sacó el exvoto, alzó el puño y lo mostró a la oscuridad, como un símbolo de protección o un salvoconducto. Apretó los párpados y dio un paso.

Un segundo siseo.

Avanzó.

El aire hedía a almizcle.

Otro paso.

La roca sudaba en su mano.

Y otro más.

La piedra latía.

Caminó.

Un silbido de advertencia.

Tragó saliva con la boca seca.

Alzó la ofrenda.

Avanzó.

Pensó que era su imaginación, tenía que serlo: la oscuridad se replegaba.

Se volvía menos densa, más gris, más etérea.

El terreno se inclinaba poco a poco, el túnel serpenteaba y convergía en una grieta.

De ella manaba un fulgor rojizo: la Mari, en el momento de mayor desesperación, le había mandado una señal, una guía.

Tras la abertura se intuía una cámara y un altar.

Una hoguera ardía al fondo sin madera ni combustible aparente.

La sala no era una formación natural, tampoco fruto del trabajo de hombres.

El techo se alzaba hacia las estrellas como la cúpula de una catedral.

Toscas columnas sostenían la bóveda con símbolos arcanos esculpidos en la roca.

Algunos eran tan antiguos que hasta las brujas habían olvidado su significado.

Las llamas refulgían en el cuarzo y la pizarra creando una atmósfera de luz en continuo movimiento.

Copas de madera, paños de lino y vasijas de barro se desparramaban por todas partes fruto de milenios de adoración.

Pese a los minerales que reflejan el fuego más allá de la tercera hilera de columnas, la estancia permanecía en penumbras.

Ilangi camino hacia el altar: una piedra lisa, ennegrecida por antiguas brasas.

La rodeaban cuatro pequeños montículos formando una rosa de los vientos.

Al norte, una raíz seca de roble recordaba la conexión con la tierra.

Al sur, una vela de cera de abeja, consumida hasta casi desaparecer, simbolizaba el fuego sagrado.

Al este, plumas mecidas por el viento. Y al oeste, un cuenco con agua de manantial.

Escuchó un siseo sobre su cabeza. Alzó el rostro.

Fue una visión fugaz, pero bastó para sobrecogerla.

Reptando entre las columnas, abrazándolas, entrando y saliendo de las sombras, se movía la serpiente más grande que Ilangi había visto en su vida.

No tenía nada con lo que compararla: más gruesa que el más anciano de los árboles, tan extensa que no veía ni la cabeza ni la cola.

Las escamas, duras como menhires, fulguraban en tonos rojos, azabache y ámbar.

Más vividos que el retablo de una iglesia.

La niña agachó la cabeza en cuanto se dio cuenta de a quien estaba contemplando.

«No mires directamente a la diosa».

Cayó de rodillas, sollozando. El corazón le arieteaba el pecho. Escuchó las escamas raspando la piedra a su alrededor. Una sombra en espiral se cernía sobre ella.

«No la mientas. No la toques. Jamás le des la espalda».

La oscuridad se extendía por el suelo. La rodeaba. Sopesando qué hacer con ella.

—Perdóname, perdóname, perdóname —musitó Ilangi.

Alzó la ofrenda. La piedra negra del río.

El mechón castaño. El pañuelo manchado con su primera sangre; la misma sangre que esa noche la había convertido en mujer.

Todo desapareció de sus manos sin que nadie la tocara.

Y la muchacha oró, rogó y rezó; en silencio, en susurros y en voz alta, en castellano y en euskera, todo para que la Mari fuera consciente de cuán firme era su devoción.

En el valle, la noche bramaba como un toro encabritado.

Una piel negra cubría el firmamento, solo la fría sonrisa de la luna rompía la continuidad de las tinieblas.

Nubes sin lluvia ocultaban las estrellas, inseminando la tierra con rayos fulgurantes.

Bajo el reinado de los truenos, las criaturas del Baztán se humillaban en silencio.

Ni los lobos ni los insectos se atrevían a llamar la atención de la tormenta.

La boca de la ladera se abrió en dos. De las entrañas de la tierra brotó una figura.

Húmeda, sucia, ensangrentada. Mujer, bruja, sorgina. Había vuelto a nacer.

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