5. El ánima del Vaupés #3
Ella no cambió su expresión, se encogió de hombros, con lágrimas amaneciendo en sus ojos, y el temblor arrugado de sus labios.
No quería que su amenaza de abandono me alejara de ella, de modo que la estreché con mi cuerpo, estimulé toda su piel con mis manos y labios, enloquecí su boca con mi lengua, la hice retorcerse y gritar con mis embistes, la convertí en la mujer más dichosa con mi pericia de amante, uno que, cuando llegara mi hora de partir a la casa de Dios, ella no pudiera encontrar a un hombre mejor que yo y que mi recuerdo se mantuviera en su memoria cuando alguien más la tomara.
Apaporis se aferró a mí, arañando mi espalda, mordiendo mi cuello, contrayendo sus entrañas que me hacían gruñir como si tuviera mal de rabia.
Después de tanto tiempo indefinido, quedamos satisfechos, y caí dormido con el brazo y la cabeza de Apaporis en mi pecho. Unos sonidos de pisadas me despertaron. Escuché voces de hombres cuchicheando. Uno exclamó con terror:
—No friegue, parece ser un superviviente de la protectora del río Apaporis. El último fue de hace sesenta años.
—¿Cómo es eso posible? —preguntó otro, aterrado.
—Cabe la posibilidad —dijo un anciano con bastón— de que la protectora se haya enamorado. Ningún hombre que cae en sus garras puede alejarse de ella. Ella los hechiza con encanto y lujuria, una droga sumamente potente para un hombre heterosexual. Corrí con la misma suerte de este hombre.
—¿Fue usted la penúltima víctima de Apaporis? —le preguntó, temeroso, el primer hombre.
—Así es —dijo el anciano—. Alejarme de la selva para no volver a ella ha sido el peor reto de mi vida. Aunque me haya casado y tenga bisnietos, aún la sigo amando.
—¿Qué haremos con este tipo? —preguntó el segundo hombre.
—Primero —dijo el viejo—, debemos hacerle un tratamiento de aceptación de vínculo roto.
Me levantaron por los brazos y piernas, sintiéndome derrotado del cansancio como para forcejear y volverme a introducir en la selva.
Me bamboleaba con el movimiento de sus pasos, pero no había forma de oponer resistencia, así que dejé que otros eligieran mi futuro hasta tener la fuerza para liberarme de las cadenas.
Tiempo indefinido después, abrí los ojos solo para encontrarme en una choza. A mi lado estaba el anciano, velando en una silla mi descanso. Él abrió los ojos al escuchar mi violento traqueteo en la cama y abandoné la cabaña como si de ello dependiera mi vida.
—¡Ey, vuelve aquí! ¡Si regresas, morirás! —le escuché al viejo, sin detener mi carrera por el extenso pastizal en dirección a la muralla de árboles que le daba la bienvenida a la selva.
Oí los gritos de los dos hombres jóvenes, corriendo hacia mí para impedir mi retorno a la hermosa fantasía de Apaporis. Sentí que la selva se alejaba cuando más creí aproximarme, como si mi bella Apaporis rechazara todo mi amor y pasión hacia ella.
Los brazos de los jóvenes rodearon mi cuerpo y forcejearon ante mi fuerza para que me fuera imposible acercarme a mi amada obsesión.
Escuché la orden del viejo de dormirme con un trapo humedecido en somnífero.
Los tipos me sometieron, haciendo que cayera al suelo.
Mi corazón latía desesperado, el sudor me embadurnaba con su sal y calor, y mis ojos rojos expulsaron más lágrimas de lo habitual.
Me retorcí entre sus agarres; desestabilizaban mi raciocinio.
Entre el pánico de no poder volver a encontrarme con mi hermosa protectora, le grité con todo mi ser:
—¡¡¡Apaporis, si me abandonas con esta crueldad, te juro que me mato, pesándote la culpa por toda tu inmortalidad!!!
De repente, el cielo se oscureció y relámpagos anunciaron la presencia de Apaporis.
Atemorizados, los hombres me soltaron, miraron el cielo tiritando y retrocedieron varios pasos.
El viejo se detuvo en medio del pastizal con el pañuelo humedecido de sedante en la mano.
También contempló el cielo, entre el arrepentimiento y el deseo, pues había escuchado que él también había sido su amante.
Pero ahora era mi turno de serlo, de pasar todos mis amaneceres con ella, que yo fuera el único ser con quien sonriera, con quien fusionara esencias, siendo Apaporis la única que contemplaría mi envejecimiento, convirtiéndome en uno más de su colección de muertos.
Mi hermosa Apaporis salió de la selva entre los árboles. Rápidamente me levanté del prado, corrí hacia ella, la alcé por las axilas —dándole un giro— y la besé con el estímulo que tanto le gustaba. Ella se separó de mis labios y me miró con duda y dolor.
—¿Estás seguro de que quieres estar conmigo hasta la muerte?
Le respondí con una dulce sonrisa rodeada de barba, tomé su mano y la conduje a la selva, para que solo ella disfrutara de mi efímero tiempo en la Tierra.
Antes de cruzar la entrada de vegetación, me giré hacia el viejo, mucho más alejado que los dos hombres.
El anciano vio estupefacto la presencia desnuda de mi dama indígena.
Su amor no correspondido me enfureció, sacando mi instinto posesivo y territorial.
Desaparecí para siempre del mundo con Apaporis cuando traspasamos el umbral selvático, para convertirme en la próxima víctima del Ánima del Vaupés.
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