1. La profecía de las cenizas #2
Oliver despertó casi al amanecer. El rostro aún le ardía con el escozor de las ortigas, y la confusión lo envolvía como un velo.
Poco a poco, los recuerdos regresaron: Elora lo había enfrentado con sus artimañas antinaturales.
Juró venganza. Podría matarla como a un animal, pero no quería un final rápido; deseaba verla sufrir, juzgada y condenada como bruja.
Con las marcas en su piel como prueba, recorrió casa tras casa buscando seguidores.
Para su sorpresa, la mayoría de los habitantes de Ravenshollow no le creyeron.
Confiaban en Elora, la mujer que había salvado tantas vidas.
Aun así, Oliver reunió un grupo reducido: mujeres que envidiaban su belleza y libertad, hombres que la señalaban como bruja.
Su siguiente paso fue buscar a Gideon Blackthorn, el inquisidor más temido, cazador de brujas reconocido en toda la región.
Esa misma tarde, Moira notó a Elora inquieta, mientras ambas trabajaban en brebajes y ungüentos.
—¿Estás bien? —preguntó con voz temblorosa.
Elora suspiró, sus ojos reflejaban un cansancio profundo.
—Anoche Oliver vino a mi casa… intentó forzarme. Pude defenderme, pero esto traerá consecuencias.
Moira se cubrió la boca con gesto de horror. Elora le entregó un colgante con una llave oscura.
—Esta llave abre un compartimiento bajo la cabaña. Allí guardo todo el conocimiento que he reunido, el mismo que he compartido contigo y con las demás. No dejes que muera ese legado.
—No entiendo… ¿por qué me dices esto? —preguntó Moira, confundida.
—Porque vendrán por mí. Me acusarán de bruja y me asesinarán.
Moira negó con lágrimas en los ojos.
—Pero tú no eres una bruja.
Elora la miró con ternura y firmeza.
—Sí lo soy. Una mujer sola, que no envejece, que cura con hierbas y con la fuerza de la naturaleza, que se defiende y sobrevive…
Eso es ser una bruja. Y quiero que sigas el legado.
Esta sabiduría viene de mi madre y de la madre de mi madre.
Yo no pude dejar descendencia: la infertilidad me arrebató esa posibilidad.
Intenté formar una familia, pero fracasé.
Ahora, tú eres mi heredera. —Elora ajustó el colgante en el cuello de Moira—.
Mañana, al amanecer, empieza a sacar todo lo que está en el sótano.
Guárdalo en un lugar seguro. Cuida de Luna y de los demás.
Esta casa será tuya. Y, por favor, no dejes que te descubran. Cuídate y protege a las demás.
Moira no pudo contener las lágrimas. Abrazó a Elora con fuerza, agradecida y temerosa, sabiendo que aquel gesto era más que un adiós: era el inicio de un legado marcado por la oscuridad y la resistencia.
Semanas después, Oliver regresó con el cazador más temido de brujas: el mismísimo Gideon Blackthorn, acompañado de un grupo de inquisidores.
Fueron directo a la cabaña de Elora, pero la encontraron vacía.
Gideon no se rindió: ninguna bruja se le escapaba.
Dicho y hecho, una semana más tarde logró capturarla, la amordazó y golpeó, aunque no sin antes sufrir el escozor de sus ortigas.
A diferencia de Oliver, él resistió. El pueblo quedó enmudecido cuando Gideon apareció con Elora, atada al lomo de su corcel negro.
Moira y las aprendices se miraban con angustia.
—¡Acérquense! —gritó Blackthorn con voz atronadora—. Sean testigos de esta bruja. Miren mi rostro: fue capaz de dañarme solo con sus manos.
Los murmullos se elevaron y Oliver intervino con furia:
—¡Lo mismo me hizo a mí, casi me mata!
Gideon se acercó a Elora, aún amordazada, y levantó su vestido para mostrar un lunar en forma de media luna, rodeado de tres marcas más pequeñas ubicado en su nalga izquierda.
—Aquí está la prueba: la marca del diablo, el pacto que la convirtió en bruja.
El murmullo se transformó en un rugido colectivo.
—Pero falta la prueba final —anunció Gideon con teatralidad—. Vamos al lago.
El cazador arrastró a Elora hasta la orilla profunda. La lanzó al agua helada desde una piedra enorme. El silencio se volvió insoportable.
—Si se hunde, no es bruja. Si flota… será condenada.
El tiempo pareció detenerse. El cuerpo de Elora no emergía. Moira y las chicas contuvieron la respiración, temiendo lo peor. De pronto, unas burbujas rompieron la superficie y Elora apareció flotando, jadeando con serenidad.
—¡Bruja! —vociferó Gideon con ojos encendidos—. ¡Es una maldita bruja!
La multitud estalló en gritos de pánico. Elora fue sacada del lago, temblando de frío, y arrojada al suelo.
—No bastará la horca… debemos quemarla —sentenció Gideon con una sonrisa espeluznante.
Nadie defendió a la mujer que había sanado a tantos. Excepto una. Moira corrió hacia su maestra, le arrancó la mordaza y sollozó:
—Yo te ayudaré a escapar.
—No, Moira… Este es mi destino. Tú debes cuidar el legado. Huye, protege a las chicas.
Moira la abrazó con desesperación, consciente de que el sacrificio de Elora estaba sellado.
Los libros y secretos ya estaban a salvo, pero el fuego que se preparaba en la plaza sería el fin de la mujer que había desafiado al mundo.
Levantaron a Elora del suelo y la amarraron a una estaca sobre una hoguera de leña bañada en aceite.
—Tus últimas palabras… maldita bruja —vociferó Gideon Blackthorn, alzando una antorcha.
Elora observó al pueblo.
Muchos evitaban mirarla.
Otros lloraban en silencio.
Elora, con voz serena, pronunció su profecía:
—Muy pronto, una desgracia azotará a este pueblo y al mundo entero. Millones morirán, pues no habrá cura. Y lamentarán haber eliminado a las brujas… solo ellas tendrán la salvación.
—¡La bruja nos lanza una maldición! —rio Gideon con desprecio—. No temáis, pueblo. Sus palabras son solo el veneno de quien está a punto de morir.
Con un gesto teatral, arrojó la antorcha.
El fuego se encendió con furia, devorando la leña impregnada de aceite.
Moira, entre lágrimas, miraba a Elora, quien le devolvía una sonrisa llena de ternura y paz.
Las llamas envolvieron su cuerpo. La madera crujía como un coro de huesos, pero Elora no profirió un solo grito.
El fuego parecía parte de su esencia, y su cuerpo se transformó en cenizas en una danza caótica y serena.
Durante más de cuatro horas la hoguera ardió, hasta que solo quedaron brasas.
Extrañamente, no hubo restos de huesos: nada quedó, salvo el misterio.
El pueblo permaneció una semana en silencio.
Nadie murmuraba, nadie comentaba nada. Todos sabían que lo ocurrido había sido un error fatal y temían la maldición de la bruja.
De pronto, aparecieron panfletos pegados en cada rincón.
En ellos se exigía denunciar a otras brujas y ejecutar a todos los gatos del pueblo, declarados como bestias del diablo y compañeros de las hechiceras.
Así comenzó la matanza: felinos arrancados de los hogares, mujeres señaladas y condenadas.
Cuando Moira vio el anuncio, corrió hacia la casa que alguna vez fue de Elora.
Llegó demasiado tarde. La vivienda era cenizas y, entre ellas, encontró los cuerpos calcinados de los tres gatos que habían amado a su maestra.
Aquella visión destrozó su alma. Un fuego nuevo empezó a arder dentro de ella.
Decidió marcharse. Reunió a varias chicas y juntas abandonaron Ravenshollow, un pueblo marcado por la atrocidad.
Se internaron en las montañas y allí fundaron su aquelarre, un refugio de sabiduría y resistencia.
Un mes después, la desgracia anunciada por Elora se cumplió.
Hordas de ratas trajeron la peste negra, que arrasó con más del sesenta por ciento de la población de Europa y Asia.
El depredador natural que podía contenerla había sido casi exterminado: los gatos.
La pandemia devastó aldeas enteras, y cada muerte en Ravenshollow recordaba a los lugareños la profecía de la bruja. Se lamentaron por haberla dejado morir.
Moira y su aquelarre mantuvieron vivo el legado de Elora.
Algunas fueron cazadas y ejecutadas en la horca o en la hoguera, pero murieron con la frente en alto, orgullosas de haber sanado vidas y de haber sido libres.
Quizás por eso, todavía existen mujeres que miran el bosque y saben reconocer cada hoja, cada raíz, cada flor.
Mujeres que entienden que la naturaleza no es una enemiga que deba ser dominada, sino una aliada que debe ser escuchada.
Si alguna vez caminas por los bosques del norte de Inglaterra en una noche de niebla, quizá sientas el aroma de las hierbas secándose sobre un fuego invisible.
Quizá escuches el suave ronroneo de un gato entre las sombras.
Y tal vez, solo tal vez, recuerdes que hubo un tiempo en que el mundo decidió quemar a las mujeres que sabían demasiado.
Pero también recordarás que el fuego nunca logró destruir lo que realmente importaba.
Porque el legado de aquellas mujeres sigue vivo.
En silencio.
Esperando.
Aprendiendo.
Resistiendo.
Sigue vivo en cada mujer independiente, en cada profesional, escritora, doctora, artista, arquitecta… en cada madre, hermana, tía, abuela…
Y mientras exista una sola mujer dispuesta a aprender, a cuestionar y a cuidar la vida con sus propias manos, la llama que Elora encendió aquella noche en Ravenshollow jamás se extinguirá, porque se transformó en llama eterna: la llama de la resistencia, la sabiduría y la libertad.
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