AKELARRE 657 2. La leyenda de Xena y el despertar de Sirión
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2. La leyenda de Xena y el despertar de Sirión

© Beatriz Toledano

H ace incontables eras, cuando el mundo aún era joven y los vastos territorios de Sirión no conocían más que la presencia de los hombres, una mujer caminaba entre vetustos árboles, bajo un cielo indomable.

No era una mujer cualquiera. Dominaba los cuatro elementos: agua, tierra, aire y fuego.

Ella era la única criatura que poseía magia verdadera.

Se decía que podía hablar con los ríos, arrancar montañas con su furia y convocar tormentas con una caricia al viento.

Su nombre era Xena, y su poder era tan grande como incomprendido.

La magia de Xena no solo se desplegaba en sus acciones, sino en el silencio que dejaba a su paso.

Los animales se detenían a contemplarla con veneración, las hojas se inclinaban hacia ella como atraídas por una fuerza invisible, y las nubes se apartaban con tal de admirar el espectáculo que obraba el contacto de los rayos del sol sobre su silueta.

Pero, detrás de su semblante sereno, había una ocupación que la guiaba, un vínculo secreto, casi umbilical, con las entrañas mismas de Sirión.

A medida que paseaba entre los extensos paisajes, Xena escuchaba las voces de la naturaleza, los lamentos de los ríos contaminados por la sangre de las guerras y los susurros de los vientos.

Estas no eran más que el reflejo de un lugar fragmentado que había olvidado su orden sagrado.

Sabía que su destino no era únicamente protegerlo, sino también devolverle su espíritu y su armonía perdida.

La gente, sin embargo, no entendía la magnitud de su hacer.

Con miedo y avaricia, la observaban desde lejos, creando leyendas que distorsionaban su verdadera naturaleza.

Pero no todos estaban cegados por el temor.

Había aquellos que, en sus momentos más oscuros, buscaban a Xena como la única salvación en un universo que parecía condenado a la ruina.

Así se forjó un lazo inesperado entre la mujer de los cabellos rosados y un hombre cuya voluntad estaba impregnada de fe.

Este encuentro entre dos almas destinadas a cambiar el curso marcaría el inicio de una nueva era, pero también el despertar de acontecimientos que ni siquiera Xena había comprendido del todo.

A pesar de que su esencia era buena y sus intenciones puras, los hombres que gobernaban por aquel entonces no tardaron en desconfiar.

Pues los corazones ciegos, incapaces de asimilar lo que escapa a su razón, siempre se han estremecido frente a lo que no pueden dominar.

Los rumores comenzaron como chispas en las hogueras; historias de una bruja que andaba descalza por el cielo, que hablaba con los árboles y que podía reducir un poblado a cenizas con tan solo una mirada.

A medida que las historias se propagaban, los habitantes se dividían entre el recelo y la fe.

Algunos creían que Xena era una fuerza de destrucción, mientras que otros veían en ella el antídoto final para los males de un mundo enfermo y terminal que se desmoronaba.

Los ancianos contaban sobre noches en las que las estrellas se apagaban y el viento traía consigo los ecos de sus pasos.

Los niños, con ojos llenos de curiosidad, soñaban con verla y tocar su manto de energía pura.

Cada relato añadía un nuevo matiz a la fábula, hasta que su silueta se erigió como un símbolo de lo desconocido y lo sobrenatural.

Pero Xena, indiferente a las emociones que despertaba, continuaba su andar con la misma calma de siempre.

Ella no buscaba devoción. Su propósito estaba anclado en los profundos secretos de aquel universo, en la restauración de lo que alguna vez fue noble, inmaculado y eterno.

Fue entonces cuando los hados tomaron su oportunidad.

Una noche en la que el cielo parecía llorar y las luces que emanaban de las sombras comenzaron a danzar, los vientos se tornaron cálidos y todo ser viviente sintió un cambio en el aire.

Xena, con su figura centelleante como una llama en la oscuridad, se detuvo en la cima de una colina y miró hacia el horizonte, sabedora de que su cometido estaba a punto de cruzarse con el de alguien que podría alterar los designios de Sirión para siempre.

Un joven cuyo arrojo resonaría con las fuerzas mismas de la naturaleza.

Sin saberlo, ambos estaban destinados a convertirse en piezas esenciales de una historia más grande que cualquiera de ellos.

Y así fue como quedaron escritas las primeras líneas de este preludio, el de un encuentro que cambiaría su conexión con el ecosistema, para siempre.

La incertidumbre creció y, con ella, la ignorancia.

Los líderes de los clanes, cegados por su arrogancia, decidieron que no podía permitirse la existencia de semejante ser.

Así que emprendieron su caza, pero cuando los hombres llegaron al mismísimo centro de la floresta, donde aún se cantaban las canciones del principio de los tiempos, no encontraron a la criatura monstruosa que se habían imaginado.

En su lugar, se les apareció un ser de belleza sobrehumana: cabellos como el atardecer teñido de rosa, ojos tan grises como la ceniza y dotada con la sabiduría de los siglos.

Al verla, los hombres cayeron rendidos ante ella.

Hipnotizados por su hermosura, juraron venerarla.

Se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en la diosa de todas sus oraciones.

Su imagen presidió templos improvisados, adornó altares, lució estandartes y su nombre fue entonado como el de una deidad ancestral.

Sin embargo, donde hay devoción ciega, pronto surge la codicia.

Los regentes, que antes se inquietaban ante su poder, comenzaron a disputarse su amor.

La guerra estalló con la rapidez que se extiende el fuego en los campos secos.

Cada jefe de clan deseaba a Xena para sí, convencido de que solo su sangre era digna de compartir vida con una diosa.

En su delirio, desterraron a sus esposas a tierras cubiertas por los árboles y las marcaron con hierros candentes, sellando su desgracia y declarándolas intocables.

Encerraron a sus hijos e hijas en mazmorras oscuras, buscando eliminar cualquier linaje que pudiera disputarles el poder, pero dejándoles con vida por si no lograban engendrar descendencia con la bruja.

Durante años, Xena desapareció de la vista de todos, envuelta en misterio.

Ninguno pudo encontrarla, y la desesperación creció como una herida sin sanar.

En ese intervalo de ausencia, la fronda parecía respirar con su energía, protegiéndola y ocultándola de ojos indiscretos.

Xena no estaba desaparecida, sino en comunión con las fuerzas que regían Sirión.

Todo el paraje donde reinara el verde de las hojas de los árboles, los matojos y el musgo se transformó en un santuario de vida, donde las criaturas más antiguas se reunían para escuchar su voz.

Allí, Xena perfeccionó su magia, explorando las conexiones más íntimas entre los elementos y aprendiendo a sanar no solo la tierra, sino también los sueños rotos.

Creó senderos invisibles que se abrían solo para aquellos con intenciones nobles y, en esos senderos, las historias de quienes se cruzaban con ella hablaban de milagros y de una bondad inexplicable.

Fue en una de esas noches, cuando la luna llena iluminaba el paisaje, que Xena percibió un cambio.

Una sombra oscura se desplazaba con sigilo, una amenaza que no solo ponía en peligro la paz, sino que parecía alimentarse de los miedos y las codicias que habían estado latentes durante generaciones.

Su alma se inquietó y supo que el momento de volver estaba cerca, que su sino y el de Sirión estaban a punto de entrelazarse de una manera que ninguno podía prever.

Así, con los vientos como testigos y las raíces de los árboles como aliados, Xena comenzó a preparar su regreso.

Su magia se extendió más allá de los límites de la espesura, llegando a cada rincón como una caricia de luz en la oscuridad, una promesa de que la verdadera paz solo podía construirse con estabilidad y unión.

Al fin llegó el día. En lo más profundo de una mazmorra enterrada, un chico llamado Evan, primogénito del líder del clan del Norte, logró escapar de su prisión.

Delgado, cubierto de harapos y con el aliento final apenas sostenido, se aferró a los barrotes de su celda.

No gritó. No maldijo. Lloró en silencio.

Y entonces, elevó una plegaria al viento.

—Si me oyes, mujer de cabellos rosados… si aún caminas por estas tierras… ayúdanos. Devuélvenos la paz. Libérame, y te juro que dedicaré mi vida a restaurar el equilibrio en Sirión. Déjame acabar con este sinsentido y, si así lo deseas, te entregaré mi alma a cambio.

Las palabras fueron suaves como un reflejo al amanecer.

Y la magia las escuchó. Xena se apareció ante él.

No con truenos ni fuegos ni tormentas. Solo con sus ojos grises, dulces como la luna.

Lo miró y vio en él algo que no había encontrado en siglos: bondad.

En Evan no había rencor ni odio, solo la ardiente necesidad de reparar un mundo roto.

La bruja se conmovió. Se acercó a él con lentitud y le rozó los labios.

En ese instante, Evan se transformó. Lo que antes era un muchacho flaco y vencido, se convirtió en un majestuoso dragón dorado, con alas que brillaban como soles.

Xena le entregó un medallón, adornado con símbolos ancestrales y, en medio, la forma de la cabeza de un dragón.

—Devuélvemelo —dijo— el día que hayas cumplido tu juramento. —Luego desapareció.