1. La profecía de las cenizas
© Virginia Salazar
Para mí, una bruja es una mujer que es capaz de dejar que su intuición se apodere de sus acciones, que está en comunión con su entorno, que no tiene miedo de enfrentar desafíos.
—Paulo Coelho
Solo una joven deambulaba por las heladas calles de tierra y piedra.
Avanzaba con paso rápido por el camino que conducía hacia el bosque.
Su capa oscura se agitaba con el viento helado y la pequeña lámpara de aceite que sostenía temblaba con cada paso.
Sus botas crujían sobre hojas secas y piedras sueltas.
A veces, el barro le atrapaba los pies, obligándola a caminar con cuidado para no caer.
Aun así, no se detenía. Caminaba apresurada: no era prudente vagar a esas horas, y menos aún hacia el lugar al que se dirigía.
Al adentrarse en el bosque, su respiración se volvió agitada; el aire frío le arrancaba nubes de vapor de la boca, como si su alma se deshiciera en humo.
Entre los árboles oscuros, armada apenas con una lámpara de aceite, los sonidos se multiplicaban: ramas quebrándose, susurros invisibles, el ulular de aves nocturnas.
Cualquier otro habría huido, pero ella avanzaba firme, como si el miedo no tuviera cabida en su cuerpo.
A lo lejos, un claro se abrió entre las ramas.
Allí brillaba la luz de una cabaña, de cuya chimenea emergía un hilo de humo.
La niebla devoraba el aire, pero el ambiente se tornaba cálido, casi familiar.
La joven apresuró el paso y llegó a la puerta.
Miró en todas direcciones antes de golpear suavemente con los nudillos de sus manos.
Al cabo de un minuto, la puerta se abrió.
En el umbral apareció una mujer de belleza inhumana: piel tersa como seda, pálida como la nieve; cabellos negros y brillantes que caían como un río; ojos de un azul tan claro que parecían vacíos, como si miraran más allá del mundo.
—Buenas noches, Moira —dijo la mujer.
—Buenas noches, Elora —respondió la joven, temblando de frío.
—Pasa, que te vas a congelar —invitó Elora, extendiendo el brazo hacia el interior.
Moira aceptó y, al sentir la calidez de la cabaña, suspiró aliviada.
Colocó la lámpara sobre la mesa y se acomodó en una silla.
Observaba cada rincón con fascinación, aunque ya había estado allí incontables veces.
Ramas, raíces y flores secas perfumaban la estancia; el aire estaba impregnado de aromas dulzones que se mezclaban con el burbujeo de los calderos.
Elora se movía con gracia entre frascos de vidrio, vertiendo brebajes, hierbas y especias.
De pronto, Moira dio un salto al sentir un bulto cálido en su regazo.
Bajó la mirada y encontró un gato negro de ojos amarillos que la observaba con curiosidad mientras ronroneaba.
—Luna, deja a Moira en paz —refunfuñó Elora.
—No pasa nada… Luna me está dando calor —respondió Moira, con una sonrisa, acariciando el cuello de la gata, que se regocijaba en el gesto.
Otros dos gatos se acercaron, restregándose contra las faldas largas de la muchacha, con las colas erguidas en señal amistosa. Elora colocó sobre la mesa un frasco de vidrio con un líquido viscoso y ámbar, lleno de hierbas, trozos de cebolla y ajo. El olor era dulzón, penetrante.
—Ya con esta dosis, tu madre mejorará… Recuerda: una cucharada en agua caliente, mañana y noche. ¿Sigue comiendo pan?
Moira asintió.
—Debe dejarlo hasta que sus pulmones sanen —añadió Elora—. Que coma sopa de habichuelas, con huevos, repollo, remolacha, cebolla… y esta especia. —Colocó otro frasco, más esbelto, con pequeñas hojas secas—. Es orégano.
Moira lo observó con curiosidad.
—Gracias, no sabes cuánto te lo agradezco… La semana que viene te pagaré, cuando mi padre venda las pieles en el mercado.
—No te preocupes, lo importante es que tu madre se recupere. Has crecido tanto… Recuerdo cuando la ayudé a traerte al mundo. —Elora acarició un mechón de su cabello.
—Guau, esa historia me la tienes que contar… Desde que te conozco no envejeces. Debes darme el secreto.
—Cuando quieras, aquí estaré para revelarlo… No es nada del otro mundo —respondió Elora con un guiño.
Moira se levantó sonriente, hizo una reverencia y se marchó.
Esta vez corrió a través del bosque, sosteniendo los frascos en la tula y la lámpara en la otra mano, mientras la niebla volvía a envolverla.
Al llegar a las casas del pueblo de Ravenshollow, permaneció oculta varios minutos entre los árboles.
Un trío de cazadores merodeaba por las calles, sus sombras alargadas se confundían con la bruma.
La joven contuvo el aliento y, cuando los hombres desaparecieron, corrió hasta su hogar.
El alivio la envolvió al sentir la calidez de la casa.
Encendió el fogón, vertió agua en la tetera y esperó a que hirviera.
Sirvió el líquido en una taza de madera y, con sumo cuidado, añadió una cucharada del brebaje espeso que le había entregado Elora.
Lo mezcló hasta que la infusión adquirió un tono homogéneo y se dirigió al cuarto de sus padres.
Su padre dormía, roncando suavemente desde hacía horas.
Su madre, en cambio, seguía despierta. La miró con preocupación, pero también con orgullo.
—Mi niña… debes dejar de arriesgarte —dijo, incorporándose en la cama.
—Valió la pena, ya casi te curas… Solo Elora nos ha dado la cura —respondió Moira, entregándole la taza—. Debes dejar el pan para sanar más rápido.
La madre suspiró y bebió el líquido dulzón. Una tos violenta sacudió su pecho, seguida de una expectoración que le trajo alivio.
—Está bien, lo intentaré —murmuró, agotada—. Gracias, hija… Ve a descansar. Y que tu padre no se entere; sabes cómo se pone con el tema de Elora.
Moira asintió y se retiró a su habitación.
Una semana después, su madre se había sanado por completo al abandonar el pan.
El hecho llamó la atención de los lugareños: aquel mal respiratorio azotaba a la mayoría, tardaba meses en curarse y a algunos los llevaba a la tumba.
Moira, casi en secreto, compartió la cura y reveló quién la había proporcionado.
Pronto, muchas mujeres —y algunos hombres— se adentraron en el bosque en busca de Elora.
Otros se negaron: su belleza inmutable les parecía antinatural y su vida solitaria en lo profundo del bosque despertaba sospechas.
Los hombres la deseaban, las mujeres la envidiaban.
Sin embargo, muchas se convirtieron en sus discípulas.
Entre ellas, Moira, quien pasó a ser su asistente, preparando ungüentos y brebajes para los clientes.
Con el tiempo, ya ni era necesario que los aldeanos se internaran en el bosque: Moira llevaba los remedios personalmente a cada hogar.
La salud del pueblo comenzó a prosperar, como si una fuerza invisible lo protegiera.
Una noche sin luna, Elora escuchó golpes en su puerta.
Como era costumbre, pensó que algún lugareño venía a requerir sus servicios, pero, al abrir, se sorprendió: recostado contra el umbral la esperaba un hombre.
Era Oliver, uno de los cazadores más populares de la aldea.
Los cazadores nunca acudían a ella y esa visita resultaba extraña.
—Buenas noches, Oliver —dijo Elora con voz imponente.
—Buenas noches —respondió él, estirando el cuello para husmear el interior de la cabaña—. ¿Puedo entrar?
—¿Qué está buscando? —preguntó con semblante serio.
—Vengo por tus servicios… ¿Me harás pasar? ¿O así atiendes a tus clientes?
Elora entrecerró los ojos y, con un gesto de la mano, lo invitó a entrar. Oliver se acomodó con excesiva confianza, observando cada rincón de la vivienda.
—Tome asiento —indicó Elora.
El hombre sonrió y se dejó caer en la silla. Un siseo interrumpió la calma: la gata Luna, con el lomo erizado, gruñía hacia el cazador.
—Luna… sal de aquí —ordenó Elora, ahuyentándola con una escoba de paja.
—¿Es inofensiva? —ironizó Oliver.
—Es un gato… aunque puede causar daño si se lo propone —replicó Elora—. Bueno, dígame qué puedo hacer por usted.
—Necesito algo que me ayude a dormir… mis noches son insoportables.
Elora asintió y se dirigió al fogón. Tomó un par de hierbas secas y las colocó en un frasco. Al girarse, encontró al cazador demasiado cerca.
—Es cierto lo que dicen… tu piel es irreal —murmuró Oliver, acariciando su mejilla y aspirando un mechón de su cabello.
Elora retrocedió, pero él la acorraló contra el mesón de piedra. Sus ojos brillaban con una excitación oscura.
—No necesito tus hierbas mágicas… lo que me hará dormir será tu cuerpo —dijo, sujetándola con fuerza por la cintura. Una mano se cerró sobre su cuello, inmovilizándola.
El aire se volvió pesado, impregnado del olor acre del sudor y la leña apagada.
Elora apenas respiraba, pero estaba preparada.
Con una mano sacó de su vestido un fajo de ortigas y lo frotó contra el rostro del cazador.
Oliver gritó: la piel le ardía como fuego, el dolor punzante lo hizo retroceder.
Elora, con las manos también escocidas, respiró hondo.
Aún no había terminado. De uno de sus aretes negros extrajo un hueso afilado en forma de aguja.
Se acercó al cazador y lo punzó en el cuello.
El cazador convulsionó, cayó al suelo desfallecido.
El veneno de acónito corría por sus venas: no lo mataba, pero lo dejaba inconsciente, con el corazón acelerado.
Elora arrastró el cuerpo hasta el establo, lo subió a la carreta y, con ayuda de su corcel negro, lo llevó al límite del pueblo.
Lo acomodó entre los matorrales, comprobó sus palpitaciones —rápidas pero estables— y se marchó, dejando tras de sí un silencio inquietante.