AKELARRE 657 Prólogo
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AKELARRE 657

AKELARRE 657

Por Irus de la Santa Cruz

© inepub.com

Prólogo

L a niebla dormitaba a ras del camino de piedra iluminado por antorchas de rojo candor entre las cabañas arcanas.

Una vibración se elevaba desde lo más profundo del pueblo de Letters of Blood en mitad de las montañas.

El plenilunio acompañaba aquella noche donde las habitantes del lugar se preparaban para el gran ritual anual de Aigolotna.

En el cónclave las brujas supremas agitaban sus manos tejiendo hechizos para que hasta el último detalle fuera perfecto.

Los asientos de madera maciza abrazaban a las cinco brujas mientras murmuraban las palabras que marcarían un antes y un después en aquella noche de gloria.

Las estelas rojas, blancas y negras se entremezclaban haciendo que la sala grano a grano quedara inmaculada.

Las paredes altas detrás de los tronos albergaban la biblioteca del saber, llegando a perderse entre las sombras del alto techo.

En ella los tomos antiguos y nuevos refulgían como joyas de cientos de colores, cada una confeccionada por una bruja, antigua o nueva, del aquelarre.

En las puertas de la sala dos grandes plumas talladas en piedra presidían la puerta de doble hoja robusta y remachada en plata.

A los lados se extendían los nombres de las almas que alguna vez habían formado parte de ese paraíso mágico.

Y por último en el suelo de piedra gris se abría un portal rebosante de líquido espeso del que salían chiribitas al compás de los conjuros.

Tras varias horas de ardua tarea por fin del centro de la marmita oval surgió un hermoso cristal azafranado imbuido en poder y que iluminó la sala por completo. Suri, el brujo de alma vieja y piel joven, entrecerró sus ojos ante el placer y extendió su mano con delicadeza.

—Miren, hermanas, por fin tenemos la piedra de Aigolotna con nosotras, el ritual puede dar comienzo.

—Qué maravilla, todos nuestros esfuerzos han dado frutos un año más— Respondió Ainigriv, la bruja de piel canela y pelo negro, que se sentaba justo a su lado.

—No cantemos victoria todavía, hay que seguir y completar el ritual. —Concedió el brujo que se sentaba desgarbado con su frente alta y pelo rizado desde la esquina, Torvic.

Las otras dos brujas Lebasi y Liagiba asintieron con ganas y entre todas las brujas se miraron para comenzar el llamado a sus hermanas mágicas.

Pero antes de que pudieran comenzar unos pasos apresurados se escucharon desde las sombras y una garra surgió de las tinieblas acompañada de unos ojos rojos.

Suri hizo crecer una enredadera desde el suelo que aprisionó la mano antes de que pudiera siquiera tocar un centímetro del mineral.

Ainagriv se acercó con agilidad a aquel que se ocultaba en las sombras mientras las otras supremas trataban de mantener la calma y compostura.

El murmullo de la conversación suave y áspera se fue apagando hasta todo volver a la naturalidad.

Entonces, el llamado comenzó de manera lenta y se fue elevando cada vez más.

Un murmullo comenzó a recorrer las calles de la gran villa de Letters of Blood , pasando por la plaza grande, los graneros, las casas de piedra y paja, los recovecos de las calles, los pozos y establos.

Cada pequeño rincón se espolvoreó con una melodía que surgía directa del alma de sus supremas y llevaba de la mano a las brujas hacia el cónclave.

Las capas de gala y los sombreros de pico desfilaban uno tras otro en dirección a la gran torre donde Aigolotna recargaría su fuerza un año más.

En las manos las hechiceras agarraban con emoción sus pergaminos y plumas.

Algunas dando puntadas finales, otras seguras de lo que habían conjurado y otras disfrutando una vez más de aquel hermoso ritual.

Una a una las brujas fueron entrando en la torre hasta llegar a la sala de las supremas, que paso a paso se iba agrandando para acoger a sus hijas entre sus muros y protegerlas.

Suri se levantó desde su silla haciendo que sus ropajes se agitasen y abrió los brazos con felicidad.

—Brujas del aquelarre, hijas de Letters of Blood, herederas de la magia, hoy estamos aquí reunidas una noche más de Aigolotna para celebrar nuestros dones y entrelazar más nuestras almas con el divino poder de la creación.

Aquí está nuestra joya anual en toda su magnificencia, que la luz de su gracia las bañe y les de la pasión necesaria para el año venidero.

Adelante, ¡ entreguen sus artes místicas y que viva el conocimiento arcano!

La primera de las magas se acercó al óvalo del suelo donde la espesa mezcla tricolor burbujeaba expectante.

En ella arrojó con decisión y con un silencio tenso creado en la sala el primero de los pergaminos, que fue tragado de inmediato por la poción.

En lo alto de la sala el cristal vibró y del suelo surgió una explosión de pequeñas chiribitas que recorrieron la sala y se adentraron en el fondo de la piedra.

Todas las brujas estallaron en vítores y entraron en un ritmo frenético arrojando una tras otras sus escritos mágicos.

Miles de estrellas de colores refulgían por la sala y un espectáculo de poder se consagró en el lugar.

Una vez las cientos de brujas hubieron ofrendado sus historias era turno de las supremas de sellar el ritual con las suyas.

Una risa metálica rasgó la noche y otra vez la garra apareció dejando caer un pergamino ajado y sucio al portal.

Unas leves chispas rojas vacilaron por la sala apagadas y las demás supremas negaron con la cabeza entre resoplidos.

De pie y juntas a la vez las cinco supremas arrojaron sus pergaminos lustrosos y gruesos, que fueron consumidos con voracidad por la boca mágica.

Casi al instante una ráfaga de magia arcoíris se elevó como una torre y el cristal de Aigolotna se vio repleto de luz mientras flotaba.

Tras unos instantes de calma el mineral se elevó casi hasta el techo y de él surgió un haz brillante que dejó caer estrellas de color cálido como una lluvia.

A cada una de las brujas le cayó un astro en el pecho, haciendo que su alma se llenara de magia con un pequeño tintineo.

Y de esta bendición conjunta salía en un parpadeo un libro que cada bruja dejaba en su estantería correspondiente, aguardando con paciencia a que una hermana lo leyera y se conectara a su magia.

Suri miró a un lado recorriendo con la vista llena de orgullo a sus hechicera y también para atender cómo en la sombra una estrella no era recibida sino aplastada entre unos dedos.

Desde la techumbre estrellas más grandes comenzaron a caer y las supremas recibieron su bendición con gran gozo un año más.

Por último un gran astro surgió de la punta inferior de la joya y se precipitó directo a la poción del óvalo haciendo que salpicara hacia arriba y la superficie se alterara.

Una vibración magnética retumbó en el pecho de todas y todos los miembros del aquelarrey vieron surgir del líquido espeso un gran tomo de tapas oscuras y motivos naranjas, con símbolos y como título el nombre de su hermandad bruja.

El ritual de Aigolotna se había completado un año más y ahora la magia más fuerte que nunca corría por la sangre de las brujas y en las páginas que sus dones habían creado.

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