Capítulo 21 | Sadie responde
Han pasado dos meses
Horak tiene los codos sobre la mesa y habla con una tranquilidad como si todo lo que estuviera diciendo tuviera muy poca importancia.
Sadie escucha con las manos cruzadas sobre el regazo y la espalda recta en la silla, que es la postura que adopta cuando necesita que el cuerpo haga lo que la cabeza no puede hacer sola.
Ralph Novák ha llegado a un acuerdo con la fiscalía. Declara culpabilidad. Entra a prisión.
—¿Cuánto? —pregunta Sadie.
—Veintitrés años. Con la reducción por cooperación y por el acuerdo, es el escenario más probable.
Sadie asiente. Veintitrés años es un número que cabe en la cabeza, concreto, medible. Más manejable que todo lo que lleva dentro desde que supo lo que hizo.
—Ha alegado —Horak hace una pausa pequeña— que su madre ya estaba sentenciada. Que el diagnóstico era terminal. Que él simplemente... adelantó algo que iba a ocurrir de todas formas.
El silencio que sigue tiene un peso específico.
—¿Y la fiscalía lo ha aceptado?
—Como atenuante parcial, sí. No cambia la acusación, pero sí la condena.
Sadie mira el bolígrafo que Horak tiene sobre la mesa. Uno de esos bolígrafos de marca con el clip dorado que los abogados llevan como parte del uniforme. Lo mira fijamente durante unos segundos porque necesita mirar algo que no sea la cara de Horak ni sus propias manos.
Su madre ya estaba sentenciada. La frase de Ralph Novák, dicha en alguna sala que Sadie no ha visto, a alguien que tomó nota, y convertida en atenuante. Su madre ya estaba sentenciada, como si eso fuera una explicación, como si eso fuera cualquier cosa.
—Quiere verla —dice Horak—. Ha pedido que se lo traslade.
—No.
—Sadie, no tiene que…
—No —repite, y la segunda vez no es más alta que la primera, pero Horak cierra la boca—. No voy a verle. Si quiere decirme algo, que se lo diga a usted y usted me lo dice a mí. Así es como vamos a funcionar a partir de ahora.
Horak asiente. Recoge los papeles. Hay más cosas que firmar y Sadie las firma, una por una, con la misma letra de siempre.
Lo que Sadie no quiere es sencillo de enunciar y complicado de ejecutar: no quiere nada de lo que lleva el apellido de su padre.
Lo que no ha sido embargado es bastante.
Cuentas, propiedades, participaciones en empresas que Sadie no sabía que existían y que Horak le explica con paciencia durante varias reuniones.
La casa familiar está ahí, en la lista, y cuando Horak llega a ese punto Sadie dice:
—También.
—¿También?
—También se vende. Todo.
Horak la mira por encima de las gafas con la expresión de quien quiere preguntar algo, pero ha aprendido a callar.
—Solo el centro —dice Sadie—. Eso me lo quedo.
El centro comunitario es un proyecto que su madre soñó y que su padre convirtió en una farsa. El centro era el sueño de Eva Zeman y que luego se convirtió en el suyo propio. Es lo que ha mantenido a Sadie de pie durante los últimos años y eso no va a cambiar.
Consiguen un inversor en menos tiempo del que Sadie esperaba, lo que dice algo sobre cuántas personas estaban esperando que algo de Ralph Novák saliera al mercado.
Las propiedades se venden, las participaciones se liquidan, la casa familiar pasa a manos de alguien que Sadie no va a conocer nunca y no tiene ninguna intención de conocer.
El dinero que queda, más el fideicomiso que lleva su nombre y el aval de su madre, va a una cuenta que Sadie mira una sola vez y luego no vuelve a mirar porque el número tiene demasiados ceros para ser cómodo.
Acepta el dinero porque gran parte de él es lo que le dejó su madre, con su trabajo limpio y lleno de honor.
El otro, el manchado por su padre, es el que invertirá para que el centro funcione como debe ser, para ayudar a quienes lo necesitan y para hacer todo lo que pueda porque el mundo sea un lugar mejor.
Durante esos dos meses, la relación entre Margaret y ella ha avanzado. Pasan las noches entre sus pisos. No se ven cada día, pero cuando lo hacen, lo aprovechan.
—Te ha quedado muy bien —dijo Margaret en medio de una cena que Sadie había elaborado porque se había dado cuenta de que la cocina la tranquilizaba.
—Creo que se ha convertido en mi cena favorita —contestó Sadie mientras masticaba los huevos rellenos de atún.
Las cosas cotidianas empezaron a aparecer: un viernes por la mañana en el piso de Margaret, Sadie seguía dormida cuando Margaret se levantó, y cuando Sadie abrió los ojos encontró una taza de café en la mesita y a Margaret sentada en la silla del escritorio con un informe abierto, ya vestida, ya con los tacones puestos.
Sadie cogió la taza y cerró los ojos sin decir nada.
Luego se levantó, se acercó a ella y le besó los labios.
—Vístete —le dijo Margaret apartando la mirada de golpe—. No puedo llegar tarde a Vítek.
Sadie soltó una carcajada porque Margaret era incapaz de controlarse cuando el cuerpo desnudo de su chica se acercaba a ella de esa manera. Sadie dormía sin ropa y algunas mañanas, Margaret se entretenía demasiado y llegaba tarde al trabajo.
Los martes —o la mayoría de ellos— son de ir al cine. Es un día tranquilo, Sadie tiene pocas clases y Margaret sale a la hora que le corresponde. Casi siempre es Sadie quien elige la película porque Margaret dice que le da igual.
Siempre salen de la sala muy juntas, rozando sus brazos y cuando se suben al ascensor, Margaret se acerca para besarla en los labios.
—¿Qué has traído ahí? —pregunta Margaret cuando Sadie llega a su piso esa tarde.
—Algo que te va a encantar —le responde con una sonrisa de medio lado y Margaret siente un escalofrío.
Veinte minutos después, Sadie Novák tiene los dedos en el cinturón del arnés, pasándolos despacio por el cuero mientras mira a una Margaret demasiado agitada sobre la cama intentando mantener la respiración controlada.
—¿Sabes usarlo? —pregunta Margaret con la voz estrangulada.
—Eso mejor me lo dices tú cuando acabemos —le responde poniendo una rodilla en el colchón y mirando el sexo completamente húmedo de Margaret que minutos antes se encargó de estimular muy bien con la boca.
—Mi amor… —el jadeo que suelta Margaret golpea a Sadie directamente en la columna.
Margaret suelta el aire por la nariz con los ojos cerrados y Sadie empieza a moverse primero con calma y después, con más ritmo.
—Así —dice Margaret con la voz rota y eleva las piernas para sentir más la presión.
Margaret se muerde los labios. El sexo con Sadie siempre ha sido bueno, pero esto… esto no sabe ni siquiera cómo catalogarlo.
—Quiero escucharte, Margaret —Sadie la penetra con más fuerza y Margaret suelta un aullido.
—Voy a correrme, dame…
No puede seguir hablando porque el orgasmo la sorprende llevándose con él la capacidad de Margaret por articular palabras.
Cuando acaban, están las dos tumbadas mirando el techo con el brazo de Margaret debajo del cuello de Sadie, que es una postura que Margaret no habría tolerado antes de esto, antes de su chica.
—Mañana tengo que reunirme con el auditor que va a revisar uno de los documentos del centro —dice Margaret y gira la cabeza para ver a Sadie.
—Que el nuevo equipo jurídico te acompañe —dice Sadie, que ha contratado a un grupo de profesionales para que todo lo que respecta al centro comunitario no tenga ningún problema.
Margaret sigue ayudando a Sadie en todo lo que tiene que ver con el proyecto que lleva el nombre de Eva.
Lo hace de forma desinteresada mientras Sadie se forma en la universidad para estar completamente cualificada para llevarlo.
La chica está muy involucrada y Margaret sabe que no necesita un título universitario para estar frente al centro, pero Sadie no solo quiere dirigirlo, quiere enseñar, hacer exactamente lo que su madre hacía.
—¿Tienes hambre? —pregunta Margaret desperezándose. Le duelen todos los músculos.
—Tengo —contesta Sadie y cuando Margaret la mira, lo que ve en sus ojos es otra cosa.
—Dame un respiro —le pide, pero lo que hace es todo lo contrario.
Trepa por el cuerpo de Sadie y se hunde en el consolador que la chica lleva puesto. Gime cuando lo siente completo dentro y Sadie la mira mientras le pone las manos en las caderas.