Akademie Vítek Epílogo
100%

Epílogo

Cinco años más tarde

El Centro Zeman tiene dos sedes. Sadie lo planeó cuando llevaba seis meses dirigiendo el primero y se dio cuenta de que el espacio no era suficiente para lo que quería hacer.

La segunda sede abrió hace un año, en un edificio que Sadie negoció durante unos meses con una paciencia que habría sorprendido a cualquiera que la conociera antes, y que no habría sorprendido en absoluto a quien la conoce ahora.

Orientación, trabajo social, programas de inserción, una sala de talleres que los miércoles por la tarde siempre huele a pintura porque alguien decidió que el arte también es necesario y Sadie estuvo de acuerdo. Completamente gratuito. Siempre.

Hay gente que se ha atrevido a preguntar cómo lo financia y Sadie contesta que con dinero que ya tenía, sin entrar en detalles, y con donaciones bien gestionadas. El dinero manchado convertido en otra cosa que es simplemente lo que quería hacer con él.

Tiene un título en orientación psicopedagógica y un despacho en la primera sede.

Ha enseñado a su equipo que las puertas abiertas no es un gesto simbólico sino una política, que los formularios no deberían ser más largos que las conversaciones, que el trabajo social no se hace de arriba abajo.

Lo aprendió de los libros de su madre primero, luego en la universidad y ahora de los errores propios.

—Marc, necesito que vayas hoy a la clase de fútbol —le pide Sadie a uno de los voluntarios deportivos—. Haz un recuento del material y me lo haces llegar.

—Claro, Sadie. Cuenta con eso.

Sadie se encierra en su despacho y revisa las cuentas. Todo marcha bien, el dinero fluye gracias a lo que tiene guardado y las muchas donaciones que recibe cada mes. De lo que apenas se encarga es del internado. Sí, la última adquisición de la Fundación Zeman.

El internado está en las afueras de Praga.

Un edificio antiguo con jardines muy grandes, porque los chicos que viven ahí necesitan un sitio donde ver lo bonito que hay en ese lugar.

Familias sin recursos, jóvenes con talento que el sistema habría ignorado, becas completas; y Margaret lo dirige con la misma firmeza con la que dirigía la jefatura de estudios de la Akademie Vítek.

Renunció a su cargo porque el plan que tenían juntas necesitaba más de su tiempo, y Margaret estuvo encantada cuando Sadie tuvo la idea.

—He pensado en comprar el edificio que vimos el mes pasado —le dijo un día Sadie cuando las dos estaban en el sofá leyendo.

—¿Qué quieres poner ahí? —le preguntó Margaret.

—Un internado. Tengo a varios chicos en el centro con talentos extraordinarios y estar ahí se les queda pequeño —explicó la chica e hizo una pequeña pausa—. Me gustaría que tú lo dirigieras.

Margaret dejó el libro a un lado.

—¿Estás segura?

—Trabajar juntas no se nos da demasiado bien —Sadie hablaba de todas las discusiones que habían tenido cuando sus criterios en el centro chocaban—. Tienes mucha experiencia que estás entregando a Vítek y podrías…

Margaret la besó con muchas ganas. Sadie seguía siendo la más joven, y también la más madura. Vio un problema que se estaba gestando entre ellas y lo resolvió con una facilidad alucinante. Un mes después, Margaret empezó a encargarse de que el Internado Zeman fuera un hecho.

—Ha llegado otra carta, mi amor —le dice Margaret cuando regresa del jardín y recoge la correspondencia.

—Tírala —le pide Sadie como siempre y le da un beso en los labios—. ¿Quieres más café?

Margaret sonríe y mira a la chica que tiene frente a ella. Preciosa, fuerte y una mujer que en cinco años ha crecido demasiado.

Ralph Novák sigue en prisión y todos los meses le manda una carta a su hija.

No saben cómo se ha enterado, pero cuando Sadie y Margaret vendieron sus pisos y compraron la casa para vivir juntas, pensaron que las misivas pararían.

No fue así, pero desde entonces Margaret las recoge y, después de comentarle a su chica que ha llegado una nueva, la tira a la basura como todas las demás.

La casa está a veinte minutos del centro. Tiene un jardín de tamaño mediano donde Sadie se ejercita y Margaret babea cada vez que su chica hace una serie de dominadas con un minúsculo top y el torso tan fuerte como apetitoso.

Esta mañana es domingo y Sadie está en la cocina con el café ya hecho y la ventana abierta porque en mayo entra una luz que hace que sea el mejor sitio de la casa a esta hora.

Lleva el pelo recogido de cualquier manera y una camiseta que era de Margaret.

Tiene un informe abierto en la mesa, cosa que viola el acuerdo tácito, pero ese día hay cierta flexibilidad.

Oye los pasos de Margaret en el pasillo y algo que ha aprendido a lo largo de cinco años es que Margaret camina diferente cuando está descalza, cuando lleva tacones y, a esta hora, domingo, es despacio y sin prisa, que es la única versión de Margaret Blazek que el mundo en general no ha visto nunca.

Entra con el pelo suelto y una camisa que probablemente también ha migrado de algún cajón. Se sirve café sin decir nada y se sienta en la silla de enfrente mirando el informe que Sadie tiene en la mano.

—Es domingo —dice con la misma voz que usaba cuando era la jefa de estudios de la Akademie Vítek.

Sadie sube la mirada y sonríe.

—Lo sé.

—Tienes el informe abierto, Sadie —lo suelta como si necesitara mencionarlo para que su novia se dé cuenta.

—Sí, nena, ya lo sé.

Margaret bebe café. Sadie vuelve a bajar los ojos al informe, aunque en realidad no está leyendo nada desde que escuchó los pasos en el pasillo.

—¿Es urgente? —inquiere Margaret.

—No especialmente —Sadie sonríe de medio lado y a Margaret le irrita el gesto.

—Entonces ciérralo.

Sadie levanta la ceja izquierda y entonces observa bien a Margaret. Tiene la taza entre las manos y la mira con una expresión cuyo significado conoce a la perfección: no es una orden, es una propuesta.

—¿Qué hacemos si lo cierro? —Sadie se moja los labios.

—Desayunamos —Margaret se pone de pie y se acerca a la nevera para sacar los alimentos.

—¿Y después?

Margaret lo piensa durante unos segundos.

—Después vemos qué pasa —Margaret no puede acabar la frase porque siente el cuerpo fuerte de su novia pegado a la espalda.

Suelta una risa que nunca dejaría que nadie aparte de Sadie escuchara y se gira entre sus brazos para quedar frente a ella.

—¿Buscas que te castigue? —pregunta la mayor de las dos intentando mantener la compostura.

—Ya te gustaría —Sadie la besa con calma, pero paseando su lengua por la boca de Margaret—. Aunque al final eres tú quien ahora disfruta de mis castigos.

Margaret se muerde los labios porque no puede negar lo que le dice su chica.

Sadie Novák la ha llevado por caminos que jamás pensó transitar.

Una compañía increíble y un sexo alucinante.

Sadie es la más creativa y en cada encuentro le demuestra que no hay nadie con quien quiera estar sino es con ella, porque en algún momento de esos cinco años Margaret ha sentido inseguridad, una muy grande.

La diferencia de edad está ahí, agazapada, y mientras ella se acerca peligrosamente a los cuarenta, Sadie sigue disfrutando de la veintena.

Más guapa que nunca, inteligente y poderosa.

No sabe cuántas veces Margaret Blazek se ha preguntado qué le puede ofrecer a alguien como ella, y entonces Sadie se lo ha explicado con frases que le han devuelto la seguridad de golpe.

—No hay nadie como tú, nena —le dijo una noche en la que Margaret estaba especialmente angustiada—. Te quise desde el minuto que llegué a Vítek y, si me fijé en ti a pesar de que quisiste darme en el culo con una regla, imagínate ahora que sé que eres la mujer más increíble que he conocido.

—Tus castigos son muy interesantes —contesta Margaret y vuelve a besarle los labios.

Sadie le sonríe sin decir nada más y se aleja de ella para buscar el pan.

Cuando Sadie Novák entró en la Akademie Vítek nunca se imaginó que se iba a topar con la que hoy es el amor de su vida.

Tampoco que descubriría que su padre fue el responsable de la dolorosa muerte de su madre, y mucho menos que en la actualidad la Fundación Eva Zeman se convertiría en dos centros comunitarios y un gran internado para jóvenes brillantes.

Hay muchas cosas que Sadie no se esperaba, pero esto —lo que tiene con Margaret— supera todo lo demás. Es lo mejor que le ha pasado nunca, y por fin siente que le pertenece.