Akademie Vítek Capítulo 20 | Lo que nunca se dijo #3
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Capítulo 20 | Lo que nunca se dijo #3

Sadie se rompe y el llanto que tenía apretado en el pecho desde no sabe cuánto, por fin se derrama.

Siente el cuerpo cálido de Margaret a su alrededor, unos brazos fuertes que la sostienen mientras va soltando todo lo que la asfixia.

Durante más de media hora, Sadie Novák llora, murmura cosas y se enfurece.

Luego va calmándose poco a poco y Margaret la sigue sosteniendo mientras le besa la cabeza.

—Lo siento tanto, mi amor —Margaret se lo dice bajito y su mano traza círculos en la espalda para infundirle fuerza.

Sadie sube la mirada y la besa. Lo hace con calma, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Margaret se deja porque sabe que Sadie solo está haciendo lo que necesita. El beso se alarga y las manos de la chica buscan a tientas el botón del pantalón de su antigua jefa de estudios.

Se mueven al dormitorio y Margaret le quita la ropa con una calma que a Sadie siempre le ha resultado más erótica que cualquier urgencia, esos dedos seguros que van haciendo su trabajo sin precipitarse.

—Amo tu boca —le dice Sadie cuando Margaret dejó un rastro caliente por su pecho.

Hacen el amor de una manera diferente. Es más tranquilo, aunque las manos de Sadie se muevan sin control. Aprietan, pellizcan, acarician. Y Margaret gime cuando la chica la llena por completo, moviéndose dentro de ella de una manera deliciosa.

Sadie se corre primero, lo hace con los dedos dentro de Margaret y la mano de la mujer masturbándola con precisión. Luego lo hace Margaret, jadeando mientras le pide que no pare, que no se aparte.

—Te quiero —dice Margaret en medio de un suspiro que no controla.

Sadie gira la cabeza hacia ella.

—Ya lo sé —dice.

Margaret tuerce la boca un milímetro. No es exactamente una sonrisa, pero se le parece.

Una semana después.

Ralph está en prisión preventiva sin fianza.

El juez consideró riesgo de fuga, lo que es una manera elegante de decir que el hombre tiene dinero suficiente para desaparecer y todo el mundo en esa sala lo sabía.

Sadie no ha pedido verlo, pero es que no ha querido.

Durante todos esos días ha pensado mucho, ha leído suficiente también como para saber qué clase de monstruo es su padre.

Ha tenido que ir dos veces más a comisaría y una a reunirse con el abogado.

Hay cosas que firmar, decisiones que tomar sobre las propiedades, sobre las cuentas, sobre todo ese dinero que lleva el apellido Novák y que ahora, por razones que el sistema llama legales, tiene que ir a algún sitio.

Sadie se entera de que parte de la fortuna de su padre ha sido embargada, pero hay otra que es intocable porque es una especie de fideicomiso que lleva su nombre y el aval de su fallecida madre.

Horak habla mucho, Sadie lo escucha y firma donde toca sin importarle demasiado.

Cada día acaba con un dolor de cabeza monumental que a veces le cuesta soportar.

Ha vuelto a su piso, necesita intentar retomar su vida.

Va a la universidad, cumple con sus obligaciones y se va al gimnasio durante dos horas.

Se ha visto con Margaret tres veces, las cosas entre ellas van con calma, aunque es por decisión de Sadie.

Todo lo que ha pasado es demasiado para ella y aunque está segura de lo que siente por Margaret, no tiene intención de correr.

El sábado por la tarde están en el piso de Margaret.

Sadie tiene el portátil en las piernas acabando un ensayo y Margaret está a su lado leyendo o intentándolo porque está demasiado ocupada viendo el cuello liso de la chica que está a su lado.

También hay algo que la tiene inquieta, desde aquella tarde, no han vuelto a acostarse.

Sadie la besa, la abraza, pero parece haber subido un muro que antes no estaba.

No se lo va a preguntar, le dará su tiempo porque…

—Hay cosas que tendríamos que hablar —dice Sadie de repente y Margaret se tensa.

—Quiero estar contigo —comienza Sadie—, pero de verdad. Como dos mujeres que se gustan y quieren empezar una relación. Sin prisa, sin que ninguna de las dos tenga que esconderse. No tenemos que tomar una decisión ahora, pero quiero que esté claro que eso es lo que quiero.

El silencio de Margaret dura lo suficiente para que Sadie se pregunte si ha dicho algo mal. Luego Margaret coge su libro, lo pone en la mesita, y se gira para quedar completamente frente a Sadie.

—Yo también, ya lo sabes.

Sadie la mira y niega con la cabeza. Margaret aprieta la mandíbula.

—Todo esto es nuevo para mí, Sadie, pero tienes razón.

—¿En qué tengo razón?

—En que eres una mujer madura, que a pesar de los años que nos separan eres alguien capaz de llevar una relación estable, de enfrentarse a cualquier cosa y ser lo bastante adulta como para decirme que quieres estar conmigo sin tener que escondernos —Margaret le coge una mano y le besa los nudillos—.

Yo también quiero estar contigo, y ese «sin prisa» me viene bien porque necesito tiempo y con calma.

Sadie asiente y le guiña un ojo de forma seductora.

Margaret niega, pero coge de nuevo el libro y ambas siguen con lo que estaban haciendo.

No necesitan más, lo de ellas comenzó hace dos años en los pasillos de un internado y ahora es real, es tangible y ambas están lo suficientemente seguras de lo que tienen como para que esta conversación no se alargue más.