Akademie Vítek Capítulo 20 | Lo que nunca se dijo
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Capítulo 20 | Lo que nunca se dijo

Lo primero que Sadie ve cuando abre los ojos es pelo.

Pelo oscuro, revuelto, que ahora le cubre parte de la cara porque la almohada está inclinada y la persona que duerme a su lado no ha movido la cabeza desde que se quedó dormida.

Margaret Blazek duerme con la boca ligeramente abierta, los hombros relajados, una expresión en la cara que Sadie no le ha visto nunca porque nunca ha tenido la oportunidad de mirarla así.

La tiene abrazada por la cintura. El brazo está ahí, firme incluso dormida, como si hasta en sueños hubiera decidido que Sadie no se va a mover de ese sitio.

Está preciosa.

Sadie lo piensa sin dramatismo, Margaret Blazek es preciosa siempre, pero lo es más aún cuando el control está apagado y lo único que queda es eso: una mujer tranquila con el pelo en la cara y el brazo sobre la cintura de alguien a quien, Sadie lo sabe ahora con una certeza que no necesita que nadie le confirme, quiere de una manera que no sabe manejar del todo.

Se queda mirándola más tiempo del que probablemente debería.

Luego se levanta con cuidado para no despertarla y se sienta en el borde de la cama unos segundos mirando el suelo del dormitorio de Margaret. El recuerdo la golpea de repente, anoche su padre se fue con la policía. ¿Qué hizo Ralph? ¿Qué le hizo a su madre?

—Hola —Sadie se gira al escuchar la voz ronca detrás de ella.

Margaret se despierta con el movimiento del colchón y ve esa espalda que ha tocado ya varias veces y que la calma de una forma desconcertante.

—Ven aquí —le dice Margaret y Sadie se muerde el labio inferior.

Se acerca ella y trepa por su cuerpo para quedar encima de Margaret.

—¿No te cansas de mandar? —Sadie siente el calor de su cuerpo y la excitación aparece como un fogonazo.

—No —responde Margaret y captura sus labios en un beso corto—. ¿Has dormido bien?

Sadie cierra los ojos y vuelve a besarla. Este es más largo, con un poco de lengua incluso.

—Sorprendentemente sí —contesta la chica—. ¿Y tú?

—Yo también —Margaret no quiere admitir que llevaba meses durmiendo poco y mal. Que esta noche es la primera vez que logra dormir del tirón, abrazada a ella y enganchada a su olor—. ¿Cómo te sientes?

Sadie tuerce el gesto. No es una pregunta para la que tenga una respuesta clara.

Son demasiadas cosas juntas que se mezclan con dolor y sorpresa.

Ralph Novák jamás ha sido un padre cercano, de hecho, desde que Sadie volvió de Miami se han visto más veces que en toda su vida.

Su progenitor siempre se aseguró de que Sadie estuviera bien, que no le faltara nada, pero que viviera lo más lejos posible.

Ella lo quiere, es su padre, pero hay un sentimiento que le cuesta definir porque, aunque es esa figura, Ralph solo se ha comportado como alguien que tiene que cubrir las necesidades de una niña que se quedó sin madre demasiado pronto.

Entonces piensa que quizá lo ha hecho por culpa, porque de alguna manera contribuyó con la muerte de Eva o incluso fue la mano ejecutora.

Sadie se siente vacía, incluso rota sin saber qué pensar o sentir.

—Todo es muy confuso —logra decir.

—Lo sé —Margaret le pasa una mano por la espalda—. Lo único que puedo decirte es que el tiempo que estuve cerca de tu padre, vi lo mucho que te quería.

No sabe cómo encajar el comentario. Margaret lleva con su padre meses y posiblemente lo conozca más que a su propia hija.

—¿Quieres café? —Sadie se levanta del cuerpo de Margaret y la mujer la deja marchar, aunque quisiera abrazarla, dejarla pegada a su piel y decirle que tiene miedo de vivir con este vacío que acaba de sentir cuando se ha alejado de ella.

—Sí, vamos a la cocina.

Ninguna de las dos tiene hambre, así que Margaret se limita a servir dos tazas de café una vez sale del baño.

No hablan, pero sí se miran mucho. Margaret arrincona por un momento la voz de abuela, los prejuicios y todo lo que le da miedo para perderse en el perfil de la mujer frente a ella.

Está irremediablemente enamorada, por primera vez en su vida, ama a alguien de una manera que le duele en el centro del pecho.

Es algo que le cuesta ponerle un nombre completo porque necesita a Sadie, la quiere suya y para siempre.

Quiere poder tocar esa piel cada día, besar los labios calientes que tanto la estremecen y que su olor inunde cada rincón de su vida.

—¿Tú estás bien? —Sadie se da cuenta de que no se lo ha preguntado y Margaret también es parte de todo esto, de una manera rara, sí, pero seguro debe estar afectada.

Margaret se lleva la taza de café a los labios, quiere tener una conversación con Sadie, una real en la que le cuente todo y poder decirle cómo se siente realmente, pero cree que no es el momento, no cuando su padre está en una comisaría y la chica no entiende lo que pasa.

—Un poco descolocada por todo lo que está pasando.

A Sadie la respuesta le parece más bien la de la jefa de estudios de la Akademie Vítek, pero tampoco va a forzar algo que quizá Margaret no está dispuesta a verbalizar.

El móvil de Sadie empieza a sonar y ella lo coge de inmediato. Habla durante un minuto y por las pocas palabras que dice, Margaret intuye que es de la policía.

—Tengo que ir a comisaría —dice Sadie cuando cuelga—. Era el abogado de mi padre, dice que nos vemos allí.

—Entonces, vamos. —Margaret deja la taza—. Te acompaño.

—No puedes entrar.

—No he dicho que vaya a entrar —lo dice mirando a los ojos con ese gesto que Margaret no puede evitar, uno que parece que va a castigar a Sadie en cualquier momento por una insubordinación.

Horak está esperando en la puerta, le estrecha la mano a Sadie y le dice que no tiene que responder nada que no quiera responder y que él va a estar ahí.

Sadie asiente y Margaret se queda en la entrada con las manos en los bolsillos del abrigo y no dice nada, pero cuando Sadie se gira un momento antes de seguir a Horak por el pasillo, la encuentra mirándola, y eso es suficiente.

—No te preocupes por nada, si veo que se están excediendo, yo los frenaré —le dice el abogado antes de entrar a la sala.

Los esperan dos agentes, sentados frente a una mesa.

Uno de ellos es quien comienza a hablar, sin muchas formalidades, solo un «puede sentarse ahí» y le explica que tienen derecho a hacerle algunas preguntas en calidad de familiar directo, que no está acusada de nada, que todo lo que diga es voluntario.

Sadie dice que entiende. Horak dice que sí.

Entonces le cuentan lo que saben.

Sadie lo escucha todo de una vez, sin interrumpir, con las manos sobre la mesa.

Ralph Novák lleva años dentro de una red de inversión en productos farmacéuticos no aprobados, sustancias que no han pasado los controles de seguridad porque los efectos son demasiado graves para cualquier órgano regulador que haga su trabajo.

El dinero que entra si uno de esos fármacos llega al mercado es suficiente para que gente que debería hacer preguntas deje de hacerlas.

Han estado moviéndose durante años, pagando a personas que hacen de conejillos de indias sabiendo lo que son, engañando a otras que no lo saben.

Eva Zeman no lo sabía.

—Su madre enfermó —dice el hombre más joven de los dos agentes—. El médico que la trataba formaba parte de la red. Su padre lo sabía.

A Sadie el ardor le sube por el esófago y tiene que reprimir una arcada. Siente dolor, rabia y angustia, tres cosas al mismo tiempo que podrían desatar un infierno.

—Le administraron el fármaco como parte del tratamiento. La documentación estaba falsificada. Su madre empezó a sospechar, según consta en sus notas personales, pero la enfermedad avanzó antes de que pudiera hacer nada con esa sospecha.

Hace una pausa. Sadie tiene los ojos fijos en el vaso de agua que no ha tocado.

—El juez ha ordenado la exhumación del cuerpo para pruebas forenses. —El agente lo dice despacio—, pero con lo que hemos conseguido en estos meses, la acusación es firme.

—¿Cuánto lleváis investigándole? —pregunta Sadie, que ha podido salir de su mutismo.

—Años —confirma el otro agente—. La red es amplia y sabíamos que su padre formaba parte de ella, pero es un hombre bastante inteligente que pasó desapercibido siempre. El descubrimiento de la documentación por parte de la señorita Blazek nos dio un hilo del que tirar que no teníamos antes.

—Creemos que de alguna manera se confió y allí es donde pudimos cazarlo —explica el agente más joven—. Que le diera acceso a nuestra colaboradora sin siquiera revisar antes lo que le daba, fue un descuido grave de su parte.

Sadie ni siquiera parpadea, acaba de escuchar que su padre mató a su madre con un medicamento que no debería haberle dado y que lo hizo porque había invertido una cantidad de dinero que no podía permitirse perder.

Lo asimila en bloques pequeños porque si lo mira todo junto no va a poder seguir sentada en esta silla.

—¿Tenía usted conocimiento de sus inversiones, señorita Novák?

Sadie niega, no abre la boca.

—Hemos recogido una muestra de un fármaco en su casa —explica el agente—, en el baño de su padre. ¿Sabe que estaba tomando medicación?

—No —esta vez sí lo verbaliza—. Mi padre y yo no hablábamos de esas cosas. ¿Está enfermo?

Uno de los agentes revisa sus notas. Pasa varias páginas de libreta y luego la mira sopesando si decirle algo como eso a su propia hija. Decide que le da igual, que la gente como Ralph Novák es basura y si tienen que pasar por una humillación, es lo que se merecen.

—Su padre sufría de una grave disfunción eréctil detectada hace varios años según los informes médicos a los que hemos tenido acceso —hace una pausa y levanta ambas cejas—.

El fármaco que estaba probando era para corregir ese problema.

Tenía que estar verdaderamente desesperado para que él mismo hiciera de conejillo de indias.

—Ya es suficiente —dice Horak y se pone de pie—. No creo que esa información sea necesaria para la señorita Novák. Vamos, Sadie.