Capítulo 19 | Lo que Ralph enterró
Han pasado tres días.
Sadie lo sabe porque los ha contado, cosa que no hace nunca.
Tres días de mensajes cortos, de respuestas que llegan con retraso, de conversaciones que empiezan en el teléfono y no llegan a ningún sitio porque ninguna de las dos dice lo que tiene que decir.
El «te quiero» sigue ahí, en el piso de Sadie, pegado a la pared donde lo dejó, y nadie lo ha recogido todavía.
Así que cuando Ralph llama para decirle que no va a poder celebrar su cumpleaños la semana que viene porque tiene un viaje de negocios que no puede mover, y que entonces mejor celebrarlo esta noche, pequeño, en casa, solo ellos dos y Margaret, Sadie dice que sí sin pensarlo dos veces.
Lo dice porque quiere ver a su padre, que también es verdad, y porque quiere ver a Margaret en un contexto donde ninguna de las dos tenga que fingir que no está mirando a la otra.
Margaret ya está cuando llega. Está de pie junto a la ventana con una copa de vino en la mano cuando Sadie entra, y no la mira de inmediato, lo que significa que ha oído la puerta y ha decidido no girarse.
Sadie cuelga el abrigo y cuando se da la vuelta Margaret sí la mira, y es una mirada de dos segundos que no dice nada y Sadie decide que esta noche va a comportarse como una persona adulta.
—Llegas pronto —dice Ralph y la abraza con efusividad.
Esta noche hay un cocinero, un tipo que cocina y sirve él mismo comida para un batallón entero. Ralph se ve feliz, sirve más vino y Margaret está más seria de lo habitual, ocupando la silla de enfrente con esa postura suya de siempre, recta, controlada, las manos alrededor de la copa.
—¿Cómo has estado? —pregunta Margaret.
La pregunta es normal, pero hay algo que a Sadie se le escapa y no sabe qué.
—Bien —contesta Sadie—. Ocupada.
Margaret asiente. Ralph comenta sobre el viaje, los sitios que va a visitar y se queja de la reunión a la que no puede faltar, aunque sea su cumpleaños.
La cena transcurre así, en un equilibrio extraño que los tres han aprendido a sostener. Entonces llaman a la puerta.
Ralph frunce el ceño desde la cocina.
—¿Esperáis a alguien? —la pregunta es una tontería porque Sadie le habría dicho que ha invitado a alguien y Margaret directamente no recibe visitas allí.
Ralph va a abrir y Sadie oye voces, dos, masculinas, con ese tono particular de quien tiene autoridad para estar donde quiere. Se levanta antes de que Ralph vuelva a la sala.
—Señor Novák, tenemos una orden de entrada y registro. Le pedimos que nos acompañe.
El tiempo hace algo raro. Sadie lo nota en el cuerpo antes de procesarlo en la cabeza: una especie de presión en el pecho, algo que empuja desde dentro hacia afuera sin encontrar salida.
Ralph mira el papel. Lo coge con las dos manos, lo lee, y su cara no cambia de una manera que resulta más elocuente que cualquier expresión que pudiera hacer.
—¿De qué se trata? —pregunta, y su voz suena exactamente igual que siempre.
—Eso se lo explicaremos en comisaría, señor.
Margaret no se ha movido. Sigue en la silla con la copa en la mano, pero Sadie, sin entender bien por qué, la mira a ella antes que a su padre, y lo que ve en la cara de Margaret no es sorpresa.
—¿Sadie? —Ralph la llama desde la puerta con una calma que no tiene ningún sentido—. Llama a Horak, ¿vale? El número está en la agenda.
Horak, su abogado. Como si ya supiera cuándo iba a necesitarlo.
—Papá —empieza Sadie.
—Llámalo. —Ralph recoge su chaqueta del respaldo de la silla. El gesto es tan tranquilo, que Sadie tiene que parpadear para asegurarse de que está pasando de verdad—. Estaré bien. No te preocupes.
Uno de los agentes le explica a Sadie, con una amabilidad que resulta extrañamente agresiva, que tienen que precintar la propiedad y que no pueden quedarse dentro, que si necesita recoger algo personal tiene cinco minutos, alguien la acompañará y que le agradece la colaboración.
Sadie coge su abrigo. Margaret coge el suyo.
Ninguna de las dos dice nada hasta que están en la calle.
—Vamos a mi casa —dice Margaret de repente y ambas se suben al coche.
No hablan durante todo el camino, las manos de Sadie tiemblan sobre su regazo y Margaret se da cuenta y le coge una para entrelazar sus dedos.
Cuando entran al apartamento, se sientan en el sofá. Margaret prepara dos infusiones y le entrega una a Sadie. Luego, el silencio dura lo suficiente para volverse incómodo.
—Margaret, ¿qué acaba de pasar? —lo pregunta porque tiene la certeza de que ella lo sabe.
Margaret deja su taza en la mesa. Junta las manos sobre el regazo y durante un momento, solo un momento, Sadie ve el esfuerzo que le cuesta organizarse por dentro antes de hablar.
—Hace aproximadamente ocho meses —empieza—, tu padre me dio acceso a la documentación del centro comunitario. Todo el proyecto, los presupuestos, los contratos con los proveedores. Era un trabajo que yo iba a gestionar en gran parte y él quería que tuviera todo disponible.
Sadie escucha, no la interrumpe porque eso ya lo sabía y si Margaret lo está diciendo es porque tiene que haber algo importante ahí.
—El problema es que la documentación no estaba ordenada.
Había carpetas mezcladas, papeles de otros proyectos, actas de reuniones que no tenían nada que ver con el centro.
Al principio simplemente lo iba separando, poniendo en un lado lo que no era relevante.
—Margaret hace una pausa. Coge la taza y la suelta sin beber—.
Entonces encontré una carpeta que no tenía etiqueta.
Sadie es incapaz de preguntar. No quiere saberlo, pero sabe que debe.
—Había documentos técnicos. Jerga farmacéutica, cifras de inversión, estudios de ensayo clínico —se detiene por un momento—.
Un fármaco. Algo que todavía no había salido al mercado porque las pruebas de seguridad no habían sido aprobadas.
No podían serlo: los efectos secundarios eran demasiado graves, pero las proyecciones de beneficio si llegaba a comercializarse eran enormes.
Sadie tiene la taza entre las manos y aprieta los dedos alrededor de ella. Nunca ha estado interesada en los negocios de su padre, porque a pesar de que ha vivido muy bien, Sadie solo ha tenido un sueño desde que era chica y es seguir los pasos de su madre.
—Tu padre había invertido una cantidad muy importante.
Y no era el único. No sé por qué, pero me generó curiosidad.
Busqué información y encontré cosas extrañas: copias de denuncias, ensayos que habían sido detenidos…
ese tipo de cosas, pero como las entendía y a pesar de que me generaban dudas, lo dejé a un lado.
Y entonces, unos días después, encontré otra cosa entre esos papeles.
Silencio.
—Un cuadernillo. —Margaret lo dice despacio—. Pequeño, de esos que se venden en cualquier papelería. Tenía la cubierta azul.
Sadie siente algo. No sabe ponerle nombre todavía.
—Era un diario. —Margaret la mira—. De Eva.
El nombre cae en la sala como un objeto pesado.
—Mi madre —susurra Sadie—. ¿Qué decía?
Margaret respira.
—Que se sentía cada vez peor. Que el tratamiento que le estaban administrando no le parecía correcto, que los síntomas que tenía no correspondían con lo que le habían explicado que iba a pasar.
Que empezaba a sospechar que algo no estaba bien con lo que le estaban dando.
—Una pausa—. Lo escribía con mucho cuidado, Sadie.
Con mucha precisión. Tu madre era una mujer muy precisa.
Sadie no dice nada.
—Lo leí dos veces. —Margaret tiene los ojos fijos en un punto de la mesa—. Y luego lo dejé encima de la mesa de mi despacho y no lo moví durante tres días porque no sabía qué hacer con lo que sentía. —suelta un suspiro—. Después se lo conté a Filip.
—¿Filip sabe todo esto? —a Sadie le cuesta hilar a Filip con lo que ha pasado esta noche.
—Filip tiene un hermano. Daniel. —Margaret levanta los ojos—. Agente del centro de inteligencia. Le entregamos todo: el cuadernillo, los documentos de la carpeta, todo lo que había encontrado.
El tiempo se reorganiza en la cabeza de Sadie. Ocho meses. Las llamadas. El nombre que escuchó en el piso, Daniel, antes de que Margaret saliera corriendo. Todo lleva meses en movimiento y ella no sabía nada.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque era una investigación confidencial.
—La voz de Margaret no es de alguien que busca una excusa, solo da una explicación—.
No me dijeron nada de lo que iban encontrando.
Solo me pedían cosas: copias de documentos, confirmaciones de fechas, pequeños detalles que yo les daba cuando podía.
Yo no sabía hasta dónde llegaba. No podía saberlo.
—Pero sospechabas que algo había pasado con mi madre.
—Sí —dice—. Lo sospechaba y por eso decidí hablar con Daniel y colaborar en todo lo que podía.
Sadie se levanta. No para irse a ningún sitio, solo para moverse, para que el cuerpo tenga algo que hacer mientras la cabeza intenta colocar las piezas en algún orden que tenga sentido.
Recuerda a su padre con esa tranquilidad mientras recogía su chaqueta del respaldo de la silla y le decía que llamara al abogado con esa calma que ahora tiene otro significado.
—Él lo sabía —afirma Sadie—. Esta noche. Sabía que podía pasar.
Sadie se queda en la ventana. La presión en el pecho que empezó cuando llegó la policía ha crecido, se ha extendido, y ahora la está asfixiando.
Intenta respirar despacio y nota que el aire no le llega hasta el fondo, que hay algo que corta el camino a medio recorrido, y que sus manos están temblando, lo que descubre cuando intenta apoyarlas en el alféizar y el cristal vibra.
—Sadie —Margaret se levanta porque la chica está tan pálida que teme que se desmaye.
—Estoy bien.
Margaret está a su lado antes de que Sadie termine de decidir que la necesita.
No dice nada. Le pone una mano en la espalda, plana, firme, y la otra en el pecho, justo encima del esternón, y no le pide que respire ni le dice que se calme ni le explica que no hay peligro porque Margaret Blazek sabe cuándo las palabras no sirven para nada.
—Aquí —dice en voz baja.
Sadie apoya la frente en el cristal de la ventana y siente cómo el frío la atraviesa. Cuando la respiración se estabiliza, ninguna de las dos se mueve.
—Llevo meses cargando con esto sola —dice Margaret—. Y lo siento, no podía decírtelo, aunque quería hacerlo.
Sadie asiente y Margaret se aferra a su cuerpo para conducirla hasta el dormitorio. La sienta en la cama y le quita los zapatos. Margaret se despoja de sus tacones y se tumba a su lado, abrazándola con firmeza, demostrándole que está ahí para ella.
—¿Crees que la mató? —pregunta Sadie con los ojos cerrados.
Margaret se tensa. Es exactamente eso lo que pensó después de leer las notas de Eva y leer todos los documentos que encontró.
—No lo sé —miente Margaret para no causarle más angustia—. Dejemos que la policía haga su trabajo.
Sadie debería decir algo más, hacer más preguntas, pero su cuerpo parece que ha perdido la fuerza suficiente incluso para moverse.
La mano de Margaret se pierde en su pelo ahora, despacio, sin decir nada, y Sadie Novák se queda dormida sintiendo el calor de la mujer que la castigaba en la Akademie Vítek, con la que fantaseó tantas veces que cuando la tocó por primera vez, no pudo creérselo.
Mañana será otro día y tendrá que enfrentar una dura verdad.