Akademie Vítek Capítulo 18 | Los celos de Margaret
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Capítulo 18 | Los celos de Margaret

Su padre la ha invitado a comer y Sadie cree que son solo ellos dos hasta que llega al restaurante y ve a Margaret sentada frente a él con una copa de agua en la mano y la espalda perfectamente recta.

Tres segundos. Eso es lo que tarda Sadie en recomponerse, en hacer que la sonrisa le llegue a los ojos y en avanzar hacia la mesa como si el corazón no le hubiera dado un tirón ridículo al verla. Ralph se levanta para darle un beso en la mejilla. Margaret la mira y no se levanta.

—Llegas tarde, cariño —dice Ralph.

—Cuatro minutos, papá —suspira mientras se sienta en la silla—. La profesora se ha entretenido más de la cuenta.

No mira a Margaret ni una vez, coge la carta y estudia el menú con una atención, intentando decidir qué va a pedir aún teniendo el estómago cerrado.

El restaurante es de esos que Ralph elige siempre: mantel blanco, luz cálida y camareros que no interrumpen.

A ella no le encantan, pero los aguanta porque quiere a su padre.

Sadie pide vino sin esperar a que su padre lo sugiera y Margaret levanta una ceja un milímetro, lo suficiente para que Sadie lo vea y decida ignorarlo.

La comida transcurre con la normalidad de siempre, esa que a Sadie últimamente le cuesta cada vez más sostener.

Hay un momento en que Ralph se levanta para saludar a alguien en la mesa del fondo y las dos se quedan solas.

Sadie no levanta los ojos del plato y Margaret bebe agua para poder soltar la mandíbula que lleva apretada mucho rato ya.

—Parece que has estado muy ocupada —sisea Margaret mirándola con los ojos incendiados.

—Al igual que tú, Margaret —le contesta Sadie con tranquilidad—. Todos tenemos cosas que hacer.

Ralph vuelve a la mesa, hace un comentario sobre el hombre que acaba de saludar y se ríe entre dientes. Entonces parece recordar algo y con esa habilidad suya para meter el dedo donde más duele sin darse cuenta de que lo está haciendo, dice:

—Por cierto, Sadie, ¿quién era esa chica que salía de tu piso ayer por la mañana? ¿Una amiga?

Sadie tiene el tenedor a medio camino entre el plato y la boca. Tiene que parpadear para entender la pregunta de su padre.

—Una compañera de clase —dice recordando que su padre apareció en su piso sin previo aviso y Helen estaba saliendo en ese momento.

—Muy guapa —dice Ralph, en el tono de quien hace un comentario sin importancia—. ¿Y estudia contigo?

—Sí, papá. Estudia conmigo.

Ralph asiente, pincha un trozo de carne, y cambia de tema.

Así de simple para él. El comentario ha durado veinte segundos y ya lo ha olvidado.

Sadie vuelve a comer y no mira a Margaret, porque sabe que si lo hace va a encontrar algo que no quiere ver y no está segura de poder aguantar eso delante de su padre.

Lo que no puede evitar es sentirlo. La rigidez que entra en el silencio de Margaret, ese milímetro de tensión que Sadie ya conoce demasiado bien porque ha pasado muchas horas aprendiendo de Margaret Blazek, pero no dice nada. Por supuesto que no dice nada.

Cuando acaban de comer y Ralph pide la cuenta y Margaret, como si nada, dice que la acompaña a ver el piso, que ya que están tan cerca aprovecha. Lo dice con naturalidad, y Ralph sonríe porque le gusta la interacción entre ellas. Si él supiera.

El piso está a ocho minutos caminando. Van por la calle dejando el espacio suficiente entre las dos, Margaret lleva las manos en los bolsillos del abrigo y Sadie lleva las manos en los suyos. No hablan. El silencio ya dice suficiente.

Sadie abre la puerta del edificio y suben hasta su piso. Margaret la sigue mirando siempre al frente. Cuando ambas entran al piso, Sadie no se espera el tirón de Margaret en uno de sus brazos. De inmediato tiene la espalda pegada a la pared y la mano de la mujer en el cuello.

—¿Quién es? —susurra como una víbora.

—¿Perdona?

—La chica de ayer. —Margaret aprieta más el agarre—. ¿Quién es?

Sadie siente algo que empieza en el pecho y baja hasta el estómago, algo que sabe muy bien que es rabia. ¿Cómo se atreve? Sin embargo, le contesta y lo hace con una sonrisa ladeada que está segura de que la va a irritar.

—Una compañera de clase. Ya lo he dicho.

—Lo has dicho. —Margaret se acerca peligrosamente a su boca—. Y salía de tu piso por la mañana.

—Sí. Y tú entras en la cama de mi padre por las noches. —Sadie hace una mueca de asco—. ¡Qué cosas!

Margaret siente cómo se le revuelve el estómago porque la mujer frente a ella piensa que se acuesta con su padre. Es lo lógico, no hay un motivo evidente para que eso no ocurra. Se supone que ella y Ralph son una pareja, es normal que duerman juntos.

—No es como piensas.

—Ya —dice Sadie y niega con la cabeza que sigue pegada a la pared con la mano de Margaret en el cuello—. Entonces, ¿cómo es?

El silencio cae pesado entre las dos y Sadie sonríe de lado. No es una sonrisa de felicidad, sino de rabia porque sabe lo que a Margaret le gusta estar con ella, lo siente en la piel y no entiende por qué sigue jugando a ser la novia de Ralph Novák mientras está colada por la hija.

—Porque como yo lo veo —dice y empieza a abrirle el pantalón a Margaret—, con quien te gusta follar es conmigo.

Sadie cuela una de sus manos por las bragas de Margaret y nota los labios empapados. Roza sus dedos varias veces y, por instinto, la mayor de las dos abre más las piernas. Sadie aprovecha para tantear su entrada y de un solo movimiento la penetra con dos dedos.

—¿No es así, nena? —los dedos entran y salen de Margaret—. ¿No es a mí a quien quieres sentir?

Margaret suelta un gemido que parece más salido de un animal que de ella.

Sadie Novák la vuelve completamente loca y se lo demuestra apretándose alrededor de sus dedos con una fuerza que incluso le hace daño.

La besa, con desesperación y con ganas mientras mueve sus caderas hacia adelante y hacia atrás.

Le encantan todas las personalidades que puede tener Sadie cuando están follando: la chica dulce, la chica sumisa, la que le habla sucio y la que la penetra con fuerza.

—Dímelo —Sadie acelera sus embestidas.

—Es a ti a la que quiero dentro de mí —jadea Margaret con la mirada borrosa—. Solo a ti. Joder.

Empieza a correrse y Sadie no para de moverse dentro de ella sintiendo el calor y la humedad en sus dedos.

—Vamos, nena —la besa y sus lenguas se encuentran amortiguando los gemidos.

Margaret pone la cabeza en el hombro de Sadie mientras intenta recuperar el aliento.

—Has hecho una pregunta que no tienes ningún derecho a hacer.

—La voz de Sadie suena peligrosa—. Al final, aunque folles conmigo, tienes una relación con mi padre.

Llevas meses cenando con él, durmiendo en su casa, dejando que la gente os vea juntos.

Así que no tienes ningún derecho a preguntarme nada sobre quién está en mi piso.

Margaret siente cómo la rabia la recorre entera y odia su incapacidad para darle la cara a Sadie, para decirle lo que realmente necesita y…

—Te quiero —Sadie lo dice con la voz firme y Margaret se tensa tanto que siente el tirón en el cuello—.

Eso es lo que está pasando desde hace tiempo.

Que te quiero y me importa una mierda quién haya dormido en tu cama antes porque el único momento que no puedo pensar con claridad es cuando estás tú cerca.

Y eso es un problema, uno enorme, porque tú estás con mi padre y yo no sé qué hacer con nada de esto.

El silencio que viene después es el más largo que Sadie recuerda haber sostenido. Margaret no se mueve. Se queda completamente quieta como si el cuerpo le hubiera dado un aviso de que cualquier movimiento ahora mismo puede romper algo.

—Sadie —dice Margaret, y es la primera vez que la oye hablar con la voz tan rota.

Margaret abre la boca, pero la cierra de inmediato.

—Yo —empieza Margaret.

Entonces el teléfono vibra. Margaret lo ignora, pero el maldito aparato vuelve a vibrar en el bolsillo de su pantalón que sigue estando a la mitad de sus muslos.

Y una tercera vez, seguida, insistente. Margaret lo coge con la intención de apagarlo, pero cuando baja los ojos a la pantalla, algo cambia en su cara: una contracción pequeña, casi invisible.

—Tengo que contestar.

—Claro.

Margaret se arregla el pantalón, contesta la llamada y camina hacia la ventana.

—Daniel —saluda—. ¿Cuándo? Está bien. Dame veinte minutos.

Cuelga. Se queda un momento con el teléfono en la mano, de espaldas a Sadie, y Sadie ve cómo recoloca algo en la postura antes de girarse.

—Tengo que irme —dice.

—Ya lo he oído.

—Es importante —Margaret la mira directa a esos ojos verdes que ahora parecen un bosque en llamas—. No es una excusa.

—No te he dicho que lo sea.

Margaret por primera vez delante de Sadie duda. Sus ojos se mueven de un lado a otro porque no quiere dejar a la chica después de ese «te quiero», pero necesita primero reunirse con Daniel.

—Sadie…

—Vete, Margaret. —No hay rabia en la voz ahora. Solo cansancio—. Vete y ya hablaremos.

Margaret la mira y luego asiente. La puerta se cierra tras ella y Sadie se queda de pie en el centro del apartamento durante un momento que no sabe medir. Luego se sienta en el sofá y se queda mirando el techo.

Sadie piensa que ha dicho que la quiere en voz alta por primera vez. Que lo ha dicho sin planificarlo, después de una discusión sobre una chica que no significa nada, y que la respuesta ha sido una llamada de teléfono de un hombre llamado Daniel.