Capítulo 17 | El patrón
Pasan las semanas y se establece, sin que nadie lo diga, un calendario.
Margaret va a casa de Ralph un día entre semana, normalmente jueves.
Llega después de cenar con un bolso pequeño y una sonrisa radiante.
Ralph la recibe con una copa servida que disfrutan mientras ella le va contando cómo avanza el proyecto del centro en honor a Eva.
Margaret se va a la cama pronto con la excusa de que tiene que revisar cosas de Vítek y se despide de ambos —cuando Sadie los acompaña a cenar— con cordialidad.
Por las mañanas desayunan los tres. Sadie llega la última con los auriculares colgando del cuello y se va la primera dejándole un beso en la mejilla a Ralph y un adiós a Margaret sin apenas mirarla.
Los jueves a Sadie no le caben dentro del cuerpo.
Algunas tardes follan en la habitación de invitados, con la puerta cerrada y la música del portátil tapando lo que haga falta.
Otras tardes lo hacen en casa de Margaret.
Sadie va por la mañana entre clase y clase y se queda hasta media tarde.
El piso es ordenado, austero, lleno de libros.
La cama es grande y blanca. Sadie se la ha aprendido entera y nunca pregunta cómo se las arregla para no estar en Vítek a esas horas porque cuando ella estudiaba allí, Margaret siempre estaba.
Hay tardes que son guerra. Margaret le sujeta las muñecas, le susurra cosas que Sadie muchas veces no entiende, le muerde el cuello hasta que la chica le devuelve el mordisco con ganas. Acaban las dos cansadas, pero sin atreverse a hablar de lo que está pasando.
Y hay otras tardes que son diferentes. Hay un viernes que Margaret la ha invitado a comer porque Ralph está fuera. Comen pasta que ha hecho ella, con vino blanco y una conversación casual sobre cualquier cosa. Luego se van a la cama con tanta calma que no parece que vayan a follar.
—Tienes un cuerpo precioso —Margaret le lame los pezones, primero uno mientras aprieta el otro con sus dedos.
Sadie gime y entonces Margaret la besa. Es profundo, sensual, pero tranquilo. Entonces ahí, por primera vez, ambas se dan cuenta de que no están follando, están haciendo el amor, queriéndose en una cama demasiado grande mientras ellas permanecen demasiado juntas.
Después, Margaret se levanta a por agua.
Vuelve con dos vasos, le pasa uno a Sadie sin decir nada, y se mete otra vez en la cama.
Se quedan media hora así, sin hablar, Sadie con la cabeza apoyada en el hombro de Margaret y los dedos de Margaret en su pelo.
Cuando Sadie se va, se despiden con un beso suave que dura demasiado tiempo y vuelven a confirmar que lo que está pasando entre ellas no es una aventura casual.
—Mándame un mensaje cuando llegues —le pide Margaret mirándola a los ojos.
—Claro —Sadie la besa y esta vez le muerde el labio inferior con fuerza.
Margaret gime y la coge por el pelo. Tira de él hacia atrás y le lame el cuello desde la clavícula hasta la barbilla.
—No me hagas enfadar, Novák —la mira con las pupilas dilatadas—. No hagas que te castigue.
Sadie sonríe y piensa entonces que eso de hacer el amor es una chorrada, ellas no están enamoradas, solo follan. Margaret es la novia de su padre. Punto.
Cuando la chica se marcha, Margaret ejecuta su rutina nueva.
Cuando Sadie se va de su piso, no recoge la cama, deja las sábanas como están durante un día entero.
Se acuesta esa noche en ese mismo lado y, si Sadie no vuelve hasta el martes siguiente, las cambia el martes por la mañana.
Margaret nunca se ha permitido un gesto así con nadie.
Decide que se sentará a trabajar durante un rato, los encuentros con Sadie siempre la dejan muy despierta y ahora mismo no tiene nada de sueño.
Margaret tiene una mesa en su despacho que durante años ha estado ordenada por categorías.
Dossiers de Vítek a la derecha. Carpetas personales a la izquierda.
Una fila central para el material en curso.
Desde hace meses, esa fila central la ocupa una sola carpeta gris con una pegatina blanca: Centro Eva Zeman— proyecto.
La carpeta va creciendo, entre tantos papeles nuevos que ha obtenido del archivador al que Ralph le dio acceso total.
Margaret la abre esa noche y vuelve a leer lo que ha encontrado hace tres meses: una copia de una contraprestación a una farmacéutica suiza con sede fiscal en Zúrich, registrada como aportación al programa de salud preventiva del centro.
Una farmacéutica que no tendría que aparecer en los papeles de un centro comunitario para chavales con problemas familiares.
Después de ese primer documento, vinieron muchos más y una tarde antes de que Margaret se los devolviera a Ralph porque estaba segura de que se habían mezclado por error, encontró unas notas de la mismísima Eva Zeman.
No quería entrometerse en las cosas personales de la madre de Sadie, pero al final lo hizo porque hubo frases que le llamaron la atención, cifras muy concretas y comentarios que le pusieron la piel de gallina a Margaret.
Recuerda haber llamado a Filip, era muy tarde y su amigo le contestó con la voz pastosa.
—Otra vez sin dormir —dijo él al descolgar.
—No es tan tarde —rebatió Margaret—. Quería comentarte algo, quizá es una tontería, pero dos cabezas siempre piensan más que una.
—Sobre todo si una de esas cabezas es tan paranoica como la tuya, ¿no?
Margaret bufó, pero le contó lo que había encontrado y entonces Filip le dijo que al día siguiente se veían en su despacho y lo hablaban mejor, porque no sabía si era que estaba demasiado dormido o que los movimientos de detective frustrado de Margaret eran incomprensibles.
Tres días después, Margaret estaba en su piso con Daniel Vesely, el hermano de Filip.
Un agente de policía perteneciente a la unidad de inteligencia nacional.
Todo era extraoficial, pero Filip insistió en que quizá su hermano con una mente más aguda que la de ellos, podría darles su opinión e incluso quitarle a Margaret esas suposiciones dramáticas de la cabeza.
—¿Ralph Novák sabe que estás mirando esto? —preguntó Daniel con uno de los documentos en la mano.
—No —contestó ella—. Todo lo que debería tener es solo del centro comunitario, esto estaba en un archivador junto con los documentos.
—Vale —dijo Daniel y la miró a los ojos—. ¿Puedo llevármelo y revisarlos en casa?
Margaret frunció el ceño.
—¿Es grave?
—No lo sé, todavía —contestó el agente—.
Así sueltos no parecen raros. Ralph Novák es un conocido inversor y para nadie es un secreto que su dinero está invertido en muchos sitios, pero las notas de su difunta mujer y estos estudios…
no sé, Margaret. Quiero revisarlos con calma, no voy a involucrar a nadie si realmente no estoy seguro si esto es o no importante.
Margaret cierra la carpeta, ahora todo lo que hay son copias porque Daniel Vesely se quedó con las originales.
Se pone a trabajar de verdad, el centro comunitario Eva Zeman es casi un hecho.
El edificio estará listo en unos meses, la documentación está aprobada y algunos permisos en trámites.
Margaret hacía mucho tiempo que no se sentía verdaderamente completa, mayormente ha trabajado para escuelas de élite y aunque lo ha disfrutado —así como le gusta su puesto actual en Vítek— colaborar para que un sitio como ese funcione, la tiene completamente encantada.
—Buenas noches, Ralph —saluda Margaret cuando llega una noche, cuatro días después de que Sadie estuviera en su piso.
No han hablado más allá de ese «ya estoy en casa» porque Margaret no se ha atrevido a hablarle y Sadie tampoco lo ha hecho.
No ha podido ir antes a casa de los Novák porque ha tenido que adelantar mucho trabajo que se le ha estado acumulando gracias a los encuentros con la chica.
No ha podido más, esa tarde sus manos han empezado a temblar como si fuera una adicta que necesita su dosis y ha tenido que ir a buscarla.
—Margaret —el hombre se hace a un lado para dejarla pasar y luego le da un beso en la mejilla—. Últimamente estás más hermosa que nunca.
Margaret quiere decirle que los polvos con su hija la mantienen en un profundo estado de excitación continua y quizá sea eso lo que la tiene así.
No se lo dice por obvias razones, pero últimamente ya no ve a Ralph con los mismos ojos, ahora lo ve con desconfianza como hombre que parece ocultar demasiadas cosas y todas ellas bastante oscuras.
Se limita a sonreír y en cuanto da varios pasos hasta el salón, aprieta la mandíbula. Hay demasiado silencio y eso solo puede significar que Sadie no está allí.
—He pensado que podíamos pedir algo para cenar los tres —dice de forma casual cuando Ralph aparece detrás de ella.
—¿No te lo había dicho? —Ralph hace gesto de inocencia—. Sadie se ha marchado a su piso. La humedad, al final, afectó muy poco y pudieron arreglarlo todo antes de lo que me habían dicho. Ayer pasó la primera noche allí.
Margaret siente un pinchazo agudo en el centro del pecho. No se esperaba esa información y mucho menos tener que estar ahí con Ralph cuando es el último lugar en el que quiere estar.
—Pide lo que quieras para cenar —dice el hombre que camina hacia la escalera—. Voy a ducharme y enseguida bajo.
Margaret aprieta los puños y busca su móvil en el bolso. Si se va ahora, todo sería muy raro así que decide pedir en un restaurante que está a unas manzanas de la casa y luego fingirá una emergencia.
Le manda un mensaje a Filip para que la llame dentro de una hora y se sienta en el sofá con una copa de vino.
Está inquieta y no deja de pensar en Sadie.
La necesidad de estar con ella la empuja, quiere decirle la verdad, que no está con su padre, que nunca han sido una pareja real.
Piensa en explicarle la disfunción, las cenas, la propuesta de Ralph de hacer pasar a Margaret por pareja oficial para que su hija no preguntara.
En que aceptó porque pensaba que vería a Sadie algunas horas a la semana y que eso era mejor que nada.
Piensa en decirle lo de Miami, los ocho meses sin saber nada de ella, el calendario del móvil con la fecha de su vuelta marcada, pero de inmediato ese maldito miedo se vuelve a instalar en su garganta y la obliga a repasar la lista mental que tiene creada desde que fue alumna en el internado.
Es demasiado joven. Margaret es trece años mayor que ella.
Margaret no sabe lo que va a querer Sadie a los veintidós, a los veinticinco, a los treinta y le aterra que lo que quiera no sea a ella.
Esta es la que más la incómoda, es la voz que Margaret no se permite escuchar pero que está ahí.
La voz que le habla a las dos de la madrugada, con el acento de su abuela.
La voz que dice vergonzoso. La voz que dice una mujer de tu edad, en tu posición, con la hija de tu pareja, una alumna tuya, una mujer.
Margaret no es religiosa. No se considera prejuiciosa.
Y aun así esa voz habla y para ella es como un puñal.
La lista no es injusta, pero es exactamente lo que cualquier persona razonable diría si Margaret le pusiera los hechos delante.
Sabe que Sadie y ella se deben una conversación, pero ella no sabe cómo abordarla.
Sobre todo porque si Margaret tuviera los pantalones de decirle todo lo que siente, la respuesta la aterra aun más, porque si Sadie le dice que sí, que ella quiere lo mismo entonces todo el mundo sabrá que se ha estado acostando con la joven hija del hombre con el que estaba saliendo.
Se pondrá en tela de juicio si su relación comenzó cuando Sadie estudiaba en Vítek.
Su vida se volvería un caos, pero cree que eso podrá aguantarlo.
Lo que está segura de no poder soportar es que Sadie le diga que no, porque Margaret se quedará sin nada, sin absolutamente nada porque con un pánico incontrolable se ha dado cuenta de que su vida sin Sadie Novák es una bolsa plástica completamente vacía.