Akademie Vítek Capítulo 16 | Como si nada
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Capítulo 16 | Como si nada

Margaret no cena. Sadie la oye salir de la ducha en el otro baño y bajar a la cocina.

Luego hay un murmullo, una conversación con Ralph en el salón, fragmentos sueltos: «mañana temprano», «el centro», «te llamo».

Escucha cuando vuelve arriba y al cabo de unos minutos, la puerta principal cerrándose.

Sadie está sentada en el suelo de la habitación mirando la cama aún deshecha y el olor a sexo que sale de ella.

Se levanta, se viste y decide cambiarlas.

Pone unas blancas de no sabe cuántos hilos que su padre se empeñó en comprarle hace unos meses para cuando volviera de Miami y decide que va a intentar dormir porque mañana tiene que levantarse pronto para su primer día en la universidad.

Sorprendentemente duerme, del tirón, y una vez que está vestida baja a la cocina con unos vaqueros, camiseta blanca y una blazer gris que compró hace unos días. Ralph está en la mesa con café y tostadas. Le ha preparado un zumo.

—Buenos días.

—Buenos días, hija.

Sadie se sirve café. Se sienta enfrente de él.

—¿Qué tal te preparas para tu primer día? —pregunta su padre y lo que continúa atraviesa a Sadie—. ¡Qué pena que Margaret no esté aquí!

Sadie asiente, coge una tostada y le unta mantequilla con una tranquilidad que le cuesta un esfuerzo muscular.

—Se fue anoche —sigue diciendo Ralph—. Tenía cosas en casa. Ya sabes cómo es.

—Ya.

—De hecho —Ralph coge el móvil, lo mira, lo deja—, no suele quedarse aquí más de una noche a la semana, pero quería estar unos días cuando volvieras para que te sintieras más cómoda. Cosas de mujeres.

El hombre encoge los hombros y a Sadie la información le chirría.

—Qué detalle.

—Le caes muy bien —Ralph sonríe con la cara de hombre satisfecho—. Se nota.

Ralph no detecta nada inusual en Sadie, realmente apenas conoce a su hija, tantos años en internados hacen difícil que sepa si ocurre algo raro o no.

—¿A qué hora sales?

—Clase a las nueve —dice Sadie después de tragar—. Vuelvo sobre las seis.

Se levanta y se despide de su padre antes de subir al baño para lavarse los dientes y coger la mochila.

Marek la lleva porque Sadie empieza las clases para sacar el carnet de conducir dentro de unas semanas. Era algo que quería hacer al salir de la Akademie Vítek, pero su padre insistió en Miami y ella simplemente aceptó.

Pasa el día en la facultad. Conoce a tres personas cuyos nombres olvida en el acto.

Toma apuntes a mano porque le da la gana.

Come sola en una cafetería cercana, un sándwich y una Coca-Cola, mientras lee el programa de Sociología Clínica como si fuera una novela.

Cuando vuelve al coche a las seis, tiene la cabeza vacía en un sentido útil: no ha pensado en Margaret más de una docena de veces.

Eso lo cuenta, y se permite un pequeño orgullo de mierda.

En casa de Ralph, Margaret no está. No aparece esa noche, ni al día siguiente.

El sábado, el piso de Sadie sigue en obras. Se lo dice Ralph desayunando: el albañil ha encontrado humedad detrás del alicatado del baño, hay que arreglar dos paredes, son diez días más. Sadie no discute. Cierra los ojos un segundo, los abre y sonríe correctamente.

—No pasa nada, papá.

—Siento el lío, hija.

—De verdad que no pasa nada.

Han pasado ocho días desde la tarde en la habitación de invitados cuando Margaret vuelve.

Es miércoles y Sadie vuelve de clase empapada, porque ha empezado a llover fuerte mientras esperaba el tranvía y se ha olvidado el paraguas en el aula.

Entra en casa con las zapatillas chorreando, deja la mochila en el suelo del recibidor, se quita la blazer mojada.

Margaret está en el salón. De pie, con un abrigo gris todavía puesto, hablando por teléfono. Cuando Sadie entra, Margaret la mira un segundo, sigue hablando y enseguida termina la llamada.

—Hola —dice Sadie.

—Hola.

—¿Y mi padre?

—Tiene una reunión y después cena con un inversor —le explica Margaret con la voz modulada—. Vuelve tarde.

Sadie asiente y sigue camino del piso de arriba deseando darse una ducha caliente que le quite el frío de los huesos, completamente convencida de ignorar a esa mujer.

—Joder, nena, cómo chorreas.

Sadie pudo tomar esa ducha y cuando salió, Margaret estaba en el umbral de la puerta de su habitación. No hubo palabras, Sadie la arrolló con su cuerpo y Margaret perdió la cordura.

Primero Sadie se ha corrido, fue rápido e intenso y ahora Margaret jadea con la cara pegada a la pared mientras la chica la penetra desde atrás con tres dedos.

—Mmm, sí, sigue así —murmura Margaret y a ella misma le cuesta entender cómo esa frase ha salido de su boca.

—Quieta —le dice Sadie y con la mano libre mantiene el cuerpo de Margaret pegado a la pared.

Empieza a gemir, frases cortas, palabras que Sadie no entiende porque las dice entre dientes.

Cuando va a correrse, Margaret intenta girar la cabeza para buscarle la boca. Sadie no la deja. Le sujeta la mandíbula contra la pared con la mano libre y Margaret se corre así, con la mejilla aplastada, los ojos cerrados, y un único gemido largo que a Sadie le sabe a victoria.

Sadie no se mueve hasta que Margaret vuelve a respirar y despacio, le saca los dedos.

La mayor de las dos se queda apoyada en la pared con los brazos temblando.

Entonces Sadie la gira con las dos manos, suavemente, hasta tenerla de frente.

Margaret tiene una marca rosa en la mejilla, los ojos brillantes, la blusa abierta y el sujetador desabrochado.

Está destrozada y perfectamente hermosa.

Margaret la besa, despacio, sin hacer nada más.

Le sujeta la cara con las dos manos y Sadie lo nota en los labios, en la respiración, es el primer beso de los dos que no está hecho de rabia.

La chica se separa, la mira un segundo, Margaret tiene los ojos abiertos y no dice nada.

Entonces Sadie coge la toalla del suelo mientras Margaret continúa inmóvil y camina hacia su habitación.

Cuando por fin se mueve, Margaret Blazek se pone la falda despacio.

Se abrocha el sujetador, se abotona la blusa con los dedos que no le responden del todo.

Recoge el abrigo del suelo y se queda un momento en el mismo sitio.

Ocho días, piensa, ocho días sin verla, trabajando catorce horas diarias, yéndose a dormir a las dos de la madrugada con una copa de vino y el móvil boca abajo, diciéndose que no la echa de menos. ¡Qué equivocada!

Y hoy ha venido sin avisar sabiendo que Sadie iba a estar sola en cuanto volviera de la universidad.

Ha venido sabiendo exactamente lo que iba a pasar.

Ha entrado en casa de Ralph Novák y ha subido a la habitación de su hija con el cuerpo tembloroso y la excusa barata en su cabeza y luego ha bajado al salón a esperarla con ansias

Ocho días han sido lo mismo que el año de Miami.

Eso es lo que acaba de entender. Durante el año que Sadie estuvo al otro lado del Atlántico, Margaret se repitió cada mañana que no la echaba de menos porque no tenía derecho, porque era una alumna a la que había impuesto unos cuantos castigos reglamentarios y a la que no había vuelto a mirar durante ocho meses.

Se lo creyó, Margaret Blazek se miró una mañana al espejo y se mintió diciendo que no la echaba de menos hasta que empezó a morirse por dentro.

Y entonces empezó a aceptar que eso que creía que era una obsesión enferma, era realmente amor.

Se había enamorado de Sadie Novák, su alumna, una chica, y no podía vivir sin ella.

El plan vino unas semanas más tarde porque Ralph Novák había quedado embelesado con Margaret, la había empezado a cortejar y ella se negaba en todo porque se sentía sucia aceptando una invitación del padre de la chica que amaba, pero entonces el año en la Akademie Vítek acabó y Sadie desapareció.

Margaret pensó que, si dejaba de verla por los pasillos, eso que sentía por ella, se acabaría.

No fue así, recuerda las noches encerrada en su despacho, sentada en el suelo con una botella de vino, sintiendo que el pecho se le rompía en dos.

—Margaret, tan hermosa como siempre.

Ralph Novák la sorprendió en una gala benéfica en la que ambos estaban y Margaret se quedó a su lado porque necesitaba saber de Sadie. Lo vio todo con tanta claridad, iba a quedar alguna vez con Ralph para que le contara cosas de su hija, al menos podía conformarse con eso.

—Yo no busco una pareja al uso, Margaret —le dijo Ralph un par de noches después de la gala cuando la invitó a cenar en un restaurante del centro—. Digamos que yo no puedo darte lo que una hermosa mujer como tú merece.

Margaret juntó ambas cejas sin estar segura de entender lo que el hombre le decía.

—Solo busco compañía, una amiga —le aclaró Ralph—. Alguien con quien hablar, compartir comidas, eventos. No voy a negar que me pareces preciosa, pero sería ridículo de mi parte ofrecerte una relación sentimental cuando no puedo complacerte.

Entonces Margaret lo comprendió. Ralph Novák no funcionaba en la cama.

En ese momento no se lo explicó, lo hizo semanas después en su casa cuando el hombre le dijo que se quedara esa noche en su casa, estaban en plena tormenta y sería una tontería que cogiera el coche.

Margaret se tensó visiblemente y Ralph se apresuró a calmarla.

—Hay una habitación al lado de la mía, es inmensa y seguro estarás muy cómoda —Ralph la miró a los ojos—.

Quisiera que esto fuera algo más, pero sufro un grave caso de disfunción eréctil que llevo años tratando sin conseguir ningún resultado.

Me gustas Margaret, pero soy un hombre sensato y sé a lo que puedo aspirar y a lo que no.

Te lo dije, busco a una amiga, una compañera y además todo lo que estás haciendo por el proyecto del centro para Sadie es algo que jamás sabré cómo pagarte.

—Lo siento, Ralph —le dijo Margaret porque le parecía que era un buen hombre sufriendo por algo que lo estaba devorando.

Él simplemente se encogió de hombros.

—Tengo la esperanza de que encuentren la medicación correcta —lo dijo con media sonrisa—. Llevo muchos años invirtiendo en farmacéuticas, antes de que me pasara esto y hay varias de ellas trabajando en un fármaco.

Margaret en ese momento se aseguró de no estar a su lado si encontraban la cura.

Podía estar cerca de él, le caía bien y además le había dado la oportunidad de trabajar en un proyecto de Sadie, pero sería incapaz de dejar que ese hombre le pusiera una mano encima.

Ella quería a su hija y eso no iba a cambiar.

Cuando a Sadie le faltaba una semana para volver a Praga, Ralph llamó a Margaret para que se reunieran en su casa.

—Mi hija no sabe nada de… mi problema —explicó el hombre—, y prefiero que siga siendo así.

—¿A qué te refieres? —preguntó Margaret.

—Para Sadie tú serás mi pareja —a Margaret se le cortó la respiración—. No se va a creer que somos solamente amigos, eres muy joven y mi hija muy astuta. No tengo que explicarle que su viejo padre no funciona como el hombre que debería ser.

A Margaret no le gustó, sobre todo porque Ralph no se lo pidió, simplemente le informó como serían las cosas.

Pudo negarse, decir que no, pero eso implicaría tirar todos esos meses a la basura, no poder ver a Sadie y dejar su proyecto a un lado.

No quería hacerlo, entonces pensó que fingiría por unas semanas y luego dejaría todo ese absurdo plan, pero cuando la vio, Dios…

Margaret simplemente no pudo resistirse y se dijo a sí misma que aguantaría todo y más con tal de poder verla al menos desde lejos.

Acostarse con ella no entraba en esos planes, Margaret sabía que haberse enamorado de la chica no era correcto y dar un paso más, sería un caos.

—Mierda —farfulla Margaret y se pone recta.

El sonido de la ducha la ha sacado de sus pensamientos y camina al baño que usa cuando está en casa de Ralph. Se pasa la mano por el pelo y se mira en el espejo. La marca rosa en la mejilla recuerda dónde estuvo su cara pegada hace unos momentos y ella suspira ansiosa.

Se dice, con los ojos cerrados, que esto no puede continuar.

Se dice, con los ojos abiertos, que no piensa dejar de verla.

Las dos cosas son verdad al mismo tiempo y Margaret, por primera vez en su vida, no sabe con cuál quedarse.

Coge el abrigo, baja las escaleras y sale de la casa para subirse al coche.

Sadie la ve irse desde la ventana de su habitación y el corazón le late de forma atropellada, jamás pensó que acabaría así de enamorada por la que ahora es la novia de su padre.