Capítulo 15 | Lo que no debería pasar #2
No hay palabras durante mucho rato. Hay sonidos y un eventual «joder» y «Sadie» cuando Margaret siente que va a explotar.
Sadie sigue besando el pecho de Margaret mientras su mano baja a la entrepierna de la jefa de estudios.
Siente el calor y cuando se aventura a meter la mano nota la humedad.
Margaret es un río y la chica usa dos dedos para acariciarla.
Por poco se atraganta cuando los pasa por la entrada y la nota tan dilatada que los mete sin pensarlo.
—Mmh —gimotea Margaret—. Joder, Sadie.
Los mete hasta el fondo y los deja ahí unos segundos para que Margaret se acostumbre a ellos. De inmediato empieza con un vaivén lento y profundo que desquicia a las dos.
—Tan abierta —suelta Sadie y le muerde un pezón.
Margaret se corre la primera vez con una rapidez que le molesta. Ha durado, ¿dos minutos? Joder, es que Sadie follándola mientras le mordía los pezones ha sido demasiado para ella.
Sadie sale despacio, besa a Margaret y se pone de pie.
Se quita la ropa y queda completamente desnuda.
Margaret vuelve a sentir el deseo arremolinándose en su vientre.
Sadie Novák es el pecado hecho mujer. Piel tersa, abdomen marcado, músculos firmes, piernas preciosas y un coño húmedo increíblemente atractivo.
—Estoy sudada, lo sé, pero necesito correrme si no voy a explotar —suelta Sadie y se tumba al lado de Margaret.
Sadie la besa con la misma ansia que en el salón, se muerden los labios, sus lenguas se encuentran y las dos gimen con tanta fuerza que sus gargantas se resienten.
Margaret toca el cuerpo de Sadie con torpeza, no tiene ni idea de qué hacer.
Todo le resulta una delicia y no puede parar de tocarla, aunque no sepa cómo avanzar.
Sadie lo nota, hay una inseguridad que ella no diría que sea típica de una mujer como Margaret Blazek y entonces, como un fogonazo, una absurda pregunta se clava en su mente.
—¿Nunca has estado con una mujer? —le pregunta Sadie rompiendo el beso.
Margaret aparta la mirada, su respiración se acelera y se muerde los labios mientras niega con la cabeza.
—Joder —dice Sadie e intenta incorporarse, pero Margaret la sujeta para que no se mueva—. No lo sabía, yo… —Sadie se aprieta el puente de la nariz—, pensé que como poco eras bisexual.
—Nunca me ha gustado una mujer —Margaret pasa las yemas de sus dedos por el abdomen de Sadie mientras decide que no es el momento de hablar, sino de hacer—, pero no quiero parar, déjame tocarte, Sadie.
Sadie la vuelve a besar como respuesta y coge una mano de Margaret para llevarla a su propia entrepierna.
Sabe que está empapada, joder, es que lleva años imaginándose a Margaret en una cama con ella, masturbándose mientras pensaba cómo sería follar con ella.
Ahora está pasando y si la mujer quiere seguir… ella no va a frenar.
—¿Te gusta esto? —pregunta Sadie mientras utiliza la mano de Margaret para masturbarse—. Mira cómo me tienes.
Margaret jamás pensó que estar en la cama con una mujer sería así. Es tremendamente erótico y completamente diferente a lo que está acostumbrada.
—Quiero estos dedos tan adentro —Sadie maniobra con la mano de Margaret hasta que se siente completamente llena—. Fóllame, hazlo como quieras, pero no te detengas hasta que me corra.
Margaret parece impulsada por lo que siente y empieza a mover los dedos atrapados en ese agujero caliente y húmedo.
La sensación es exquisita y mientras besa a Sadie va aumentando la fuerza de las embestidas.
Escucha los suaves murmullos de la chica y hay algo tan poderoso en saber que es ella quien los está causando que no puede evitar moverse más rápido y besarla con fuerza.
—Joder, nena —suelta Sadie y si estuvieran en otra situación, sin duda Margaret pararía para abofetearla, ¿nena? Ni de coña—. Sigue así, lléname.
Sadie sabe que no están haciendo nada espectacular pero cuando el objeto de tu deseo durante tanto tiempo te está follando mientras te da los besos más húmedos que has recibido, absolutamente todo lo que has vivido palidece en comparación a esto.
Margaret frunce el ceño, empieza a sentir pequeños espasmos alrededor de sus dedos y cómo Sadie se va apretando. La chica gime más fuerte y sus besos empiezan a ser desordenados. Entonces entiende que va a correrse y ella no quiere perderse ni un segundo de ese espectáculo.
—Eres preciosa —susurra Margaret pegada a su boca mientras mueve su mano más rápido.
Sadie lo siente, llega de golpe y los dedos de sus pies se encogen. El cuerpo empieza a temblarle sin control mientras Margaret la embiste cada vez con más intensidad.
—Sí, Dios, sí —lloriquea Sadie—. Joder, nena, me estoy corriendo tan fuerte.
Apenas dura unos segundos, pero Margaret disfruta del espectáculo como si estuviera viendo una obra expuesta en un museo en París.
Sadie Novák es increíblemente hermosa, inteligente y corriéndose con los labios separados y esos ojos verdes penetrándola, es lo más maravilloso que Margaret ha vivido nunca.
Sadie se recupera rápido —cosas de la edad y la práctica en Miami— y baja por el cuerpo de Margaret para posicionarse entre sus piernas. No lo quiere pensar, pero quizá este arrebato sea el único entre ellas y Sadie quiere sentirla en la boca.
—Sadie —Margaret balbucea cuando siente la lengua de la chica lamiendo su entrada.
Margaret abre más las piernas y levanta la cabeza. La estampa es brutal, desde su posición puede ver la espalda musculada y ese culo precioso que quiere morder.
Sadie chupa, suelta saliva y lame con precisión. Tantea su entrada con la lengua y vuelve a subir. Margaret está perdiendo la cabeza y para ese momento, sus gemidos son todo menos silenciosos.
Siente cómo Sadie la penetra y esta vez es más lento, como un castigo.
—Sabes tan bien —dice Sadie y le chupa el clítoris con suavidad.
Margaret lo siente en todas partes y su vientre se contrae por el placer, quiere aguantar, la verdad que sí, pero cuando vuelve a mirar a Sadie, la chica está observando mientras la lame y eso es suficiente para dejarse ir.
Se corre haciendo mucho ruido. Se arquea. Cierra los puños en la sábana. Respira una vez larga, una vez corta, y se queda quieta.
Sadie sube por su cuerpo hasta quedar a su altura. Apoya la barbilla en su esternón y la mira. Margaret tiene los ojos abiertos mirando al techo. La boca entreabierta. Un mechón de pelo en la frente. Está guapísima.
—Margaret.
Margaret no contesta.
—Margaret, mírame.
Margaret gira la cabeza y la mira. Y Sadie, que ya lo sospechaba, lo ve en directo: el momento exacto en que Margaret vuelve a ser la jefa de estudios de la Akademie Vítek y la respetada novia de Ralph Novák, su padre.
—Esto no va a volver a pasar.
Margaret lo dice con la boca pequeña y un ardor en la garganta parecido al dolor de estómago.
Esto no debía suceder así, se supone que no tendría que haber tocado a Sadie, no podía cruzar esa línea.
Ese no era el plan, acostarse con una chica que conoció con diecisiete años recién cumplidos ya era suficientemente malo como para hacer todo lo que ha hecho e igualmente terminar cayendo en su propia trampa.
—Vale —Sadie le contesta con tranquilidad porque ya se esperaba este arrepentimiento.
Margaret se incorpora. Recoge el sujetador del suelo. Se lo pone sentada en el borde de la cama, de espaldas a Sadie. Sadie la mira hacer. Lleva los hombros rectos. La columna visible.
—Hablo en serio, Sadie —Margaret necesita repetirlo y que su propia mente lo entienda—. Esto ha sido un error.
—He dicho vale, Margaret.
Margaret se pone el jersey, los pantalones y se recoge el pelo sin mirarse en ningún sitio. Cuando se gira, ya es otra vez la mujer del salón.
—Voy a ducharme —no sabe por qué lo dice y se arrepiente de inmediato porque prácticamente le está diciendo a Sadie que necesita eliminar lo que han hecho.
—Haz lo que te dé la gana —contesta la chica y se pone de pie para entrar a su propio baño.
Margaret la sigue con la mirada, el cuerpo desnudo, sudado, con las marcas de Margaret por el cuello y sus ojos se clavan en las nalgas redondeadas que tanto anhela.
Cuando la puerta del baño se cierra, Margaret se gira y sale de la habitación.
Sadie entra a la ducha y cierra los ojos durante un momento.
Lo que siente no es tristeza, es una especie de claridad nueva y muy limpia, como si alguien le hubiera pasado un trapo por el cristal.
Margaret va a volver al salón dentro de media hora con el pelo recogido y el mismo jersey de cachemir y va a fingir que no ha pasado nada.
Y Sadie, que ha pasado un año aprendiendo en Miami a no querer a nadie demasiado, se da cuenta de que a Margaret Blazek la quiere de una manera que no sabe explicar todavía, pero no se lo va a decir nunca, hasta que Margaret lo diga primero.